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Mostrar y contar

Foto de Fabrizio Morroia (Flickr.com)

Foto de Fabrizio Morroia (Flickr.com)

Un consejo para escribir que se encuentra en libros o cursos sobre escritura afirma que en muchas ocasiones es mejor “mostrar” que “contar”. Una cita también popular de Chéjov lo pone en las siguientes palabras: “No me cuentes que la luna está brillando, muéstrame el destello de su luz en un pedazo de vidrio”[1].

¿Qué es “mostrar” y qué es “contar”?

Como se aprecia en la cita anterior, una misma situación se puede “contar” o “mostrar”. Contar es narrar por medio de palabras más generales o abstractas, un evento, situación o cualidad. Mostrar es narrar mediante palabras más específicas que evocan imágenes concretas en la mente del lector.

Veámoslo con más detalle por medio de unos cuantos ejemplos, donde a) es contar y b) es mostrar. (Algunos son citas, como se indica en las notas a pie, el resto son inventados).

Emociones

a) Pedro lo insultó y Julio se enfureció

b) –Imbécil –lanzó Pedro.

La cara de Julio enrojeció y sus músculos se tensionaron al punto en que pareció explotar. Apretó los dientes y luego se lanzó en una retahíla de improperios:

- ¡Está loco, idiota!

Etcétera.

Cualidades

a) Cuando abrió la puerta encontró una habitación muy ordenada

b) “Cuando abrió la puerta se encontró con una habitación de monje: el rectángulo perfecto del colchón tendido, la sábana impecable, la almohada con su funda sin dobleces, sin las curvas y las avenidas que marca una cabeza con el paso de las noches. Al lado del colchón una tabla de madera sin tratar sobre dos ladrillos; sobre la tabla, un vaso de agua que parecía turbia”.[2]

***

a) “El pequeño y oscuro vestíbulo estaba sucio […]”.

b) “El pequeño y oscuro vestíbulo estaba sucio como un gallinero”[3].

Clima

a) Hacía calor.

b) El sol punzaba su piel y el aire caliente se metía por entre su ropa formando una pesada sopa entre sus pliegues.

Sensaciones

a) El cuerpo me dolía […]. Dando tumbos llegue hasta la hamaca y me acosté con una sensación de alivio […].

b) “El cuerpo me dolía como si hubiera recibido una paliza. Dando tumbos llegué hasta la hamaca y me acosté con una sensación de alivio que se repartía por todo el cuerpo como un bálsamo que agradecían cada coyuntura, cada músculo, cada centímetro de la piel […].”[4]

Estados mentales

a) El presidente me dijo que el club atravesaba una situación difícil. Lo noté atribulado.

b) –Édgar, lo llamé porque estamos en una situación difícil –me dijo Humberto Álvarez, el presidente del club de fútbol Atlético Libertad, hundido entre los papeles de su escritorio, la corbata a medio anudar y la camisa arrugada. Su oficina, en el segundo piso de la casa que hacía las veces de sede administrativa del equipo, no ofrecía un mejor aspecto, llena de cajas arrumadas, periódicos tirados y ceniceros atiborrados de colillas.[5]

El diálogo

a) Discutieron lo sucedido hasta que ella se fue

b) -Si no le hubieras contado no estaríamos en este problema –dijo Édgar entre dientes apenas quedaron solos.

-¿Ah no? –Marisol abrió los ojos de par en par-. Pues te recuerdo que fuiste tú el que puso el tema. ¿Por qué?

- Porque ya iba a entrar, necesitaba distraerlo.

- ¿Y por qué no lo distrajiste con otra cosa? ¿No se te ocurrió?

Etcétera.

El pensamiento

a) Jorge no sabía qué hacer. Se debatía entre escapar y fingir su muerte. Ambas posibilidades conllevaban riesgos…

b) ¿Qué hacer? Una opción sería escapar, salir corriendo al primer descuido de sus captores. Pero si lo veían le dispararían sin dudarlo. Otra opción sería hacerse el muerto…

Foto de Tanakawho (Flickr.com)

Foto de Tanakawho (Flickr.com)

El propósito de mostrar

Como se aprecia, al modificar una frase o una palabra para que “muestre” en vez de “contar”, lo que hacemos es cambiar palabras abstractas, generales, por términos que remiten a imágenes más específicas. También es posible usar el término general y luego añadirle imágenes por medio de un símil u otro mecanismo, como ocurre en un par de los ejemplos citados.

La lectura se vale de la capacidad de formar imágenes en la mente del lector para transmitirle ideas y emociones. Le lectura conduce la imaginación, la guía, la alienta, juega con ella, le da material que ella elabora. Al leer sobre imágenes concretas leemos una historia más real, más viva, que le permite a nuestra imaginación adentrarse con más facilidad en ella.

Al no decir furioso, sino mostrar lo que hace la persona, nos la imaginamos mejor y sentimos más esa emoción. Al mostrar los elementos de un cuarto desordenado u ordenado, no nos llega un concepto sino la sensación de estar ante una personalidad que impregna un espacio y los sentidos. Al desarrollar un diálogo con sus tensiones y gestos, transmitimos muchas más emociones, sensaciones e imágenes que al decir solamente que discutieron sobre cierto tema. Al observar cómo piensa una persona, nos metemos en su cabeza y vivimos con ella esa situación. Al mostrar los efectos del calor, esta sensación nos parece más real que si únicamente decimos que hace calor, porque el concepto general remite a muchas más situaciones que los efectos concretos de cierto día caluroso sobre un cuerpo.

Después de leer la teoría de esta técnica y los ejemplos citados (más los que abundan en cualquier escrito de ficción) sentimos que es fácil y hasta natural escribir así. Pero resulta que no es tan fácil ni tan natural y creo que la razón es, en parte, la siguiente.

Foto de Sharon Mollerus (Flickr.com)

Foto de Sharon Mollerus (Flickr.com)

Por qué no es fácil aprender a “mostrar”

En una de las primeras entradas del blog, llamamos la atención sobre la similitud entre las historias que contamos a otras personas en nuestra vida cotidiana y las historias que se cuentan en la literatura de entretenimiento.

Sin embargo, también hay diferencias entre narrar una historia a otra persona y escribirla, y una de ellas se refiere justamente a mostrar y contar.

Cuando le contamos a otro algo que sucedió, nuestro tono de voz, las expresiones de la cara y los movimientos del cuerpo transmiten una gran cantidad de emociones y significados que le permiten a nuestro interlocutor imaginarse mejor lo ocurrido. Por ejemplo, si decimos “Pepe se puso furiosísimo”, lo decimos en un tono y con una expresión del rostro que transmiten en buena medida esa emoción. Por esta razón, al hablar no tenemos tanta necesidad de “mostrar”. Incluso, a veces causa gracia cuando en una conversación alguien narra un evento acompañándolo de gestos o sonidos para “mostrar” mejor lo que dice. Por ejemplo, si alguien dice: “el avión pasó así: chasssss” y mueve la mano rápido en forma de avión, a veces otras personas les parece gracioso el gesto y dicen en son de broma: “¿cómo hizo el avión?, para que la persona lo repita.

En una charla informal tampoco mostramos el diálogo. No decimos “Pepe dijo: ‘Es el colmo que me trates así’”, ni continuamos: “Y Juana le respondió: ‘Yo jamás he hecho eso’, ni añadimos “una lágrima escurrió por su mejilla”. Lo que hacemos es decir, con las expresiones y el tono correspondientes: “Ella le dijo que él la trataba mal, él lo negó y ella se puso a llorar. Una pelea tenaz…”, etcétera, o algo semejante. Es decir, contamos más que mostramos.

Mostrar durante una conversación sería casi hacer teatro, representar a los personajes con sus tonos de voz, emociones, etcétera. Y, de hecho, eso es lo que hacen quienes realizan un monólogo, por ejemplo, de stand-up comedy: imitan voces, se mueven, actúan, justamente porque es un espectáculo que va más allá de la conversación del día a día.

Entonces, las palabras escritas deben transmitir por sí solas la emoción, las sensaciones y las imágenes que al hablar transmitimos con el tono y el cuerpo. Esta es una de las razones que hacen que contar una historia escrita no sea sencillamente poner en papel lo mismo que diríamos al hablar y que hacen necesario un proceso de práctica y aprendizaje.

 Excepciones y cuestionamientos

Por otra parte, mostrar no es una técnica que deba aplicarse siempre.

Comencemos por un comentario de Francine Prose sobre el siguiente comienzo del cuento “Alga marina roja” de Alice Munro:

Al final del verano Lydia cogió una barca para ir a una isla de la costa sur de Nueva Brunswick, donde iba a quedarse a pasar la noche. Le quedaban sólo unos días para tener que volver a Ontario. Trabajaba como directora para un editor de Toronto. También era poeta, pero ella no lo mencionaba a menos que fuese algo que la gente ya supiera. Durante los pasados dieciocho meses había estado viviendo con un hombre en Kensignton. Por lo que ella creía, aquello se había se había terminado.

Se había dado cuenta de algo acerca de ella misma en aquel viaje a las Marítimas: La gente ya no estaba tan interesada en conocerla. No era que hubiese creado mucha conmoción anteriormente, pero había habido algo con lo que ella podía contar. Tenía cuarenta y cinco años y hacía nueve que estaba divorciada. Sus dos hijos habían iniciado sus propias vidas, aunque todavía había retiradas y confusiones. No había engordado ni adelgazado, su aspecto no se había deteriorado de forma alarmante pero, no obstante, había dejado de ser una clase de mujer para convertirse en otra, y se había dado cuenta en el viaje.[6]

 Sobre este pasaje Francine Prose comenta, entre otras cosas, lo siguiente:

Finalmente, este pasaje contradice una especie de mal consejo que con frecuencia se les da a los escritores jóvenes, a saber, que el trabajo del escritor es mostrar, no contar. Sobra decir que muchos grandes novelistas combinan el mostrar “dramático” con largas secciones de narración del autor que es, supongo, lo que se quiere decir con contar. Y la advertencia contra el contar lleva a una confusión que hace que los escritores nóveles piensen que todo debe actuarse –no digan que un personaje está alegre, sino que muestren cómo grita “¡yuju!” y salta de felicidad- cuando en realidad la responsabilidad debería asumirla el uso energético y específico del lenguaje. Hay muchas ocasiones en la literatura en que contar es mucho más efectivo que mostrar. Se gastaría mucho tiempo si Alice Munro creyera que no podía comenzar su historia hasta que nos hubiera mostrado a Lydia trabajando como editora, escribiendo poesía, terminando su relación, tratando con sus hijos, divorciándose, envejeciendo, y tomando todos los pasos que llevan al momento en el que la historia propiamente dicha comienza.[7]

 Varias observaciones sobre este párrafo.

- El consejo a los escritores no debe ser “el trabajo del escritor es mostrar y no contar”. Mostrar es una técnica útil para darle realismo, emociones e imágenes vivas a un relato, en ciertos pasajes o incluso en ciertas palabras, al cambiarlas por imágenes más definidas. Y la razón para que este consejo sea tan común para quienes aprenden a escribir no es porque sea la única forma de escribir, sino justamente porque es un mecanismo al que no estamos acostumbrados en nuestras narraciones orales y que es importante aprender y desarrollar.

- Es posible escribir sin mostrar, como lo muestra el ejemplo que cita Francine Prose. Muchos buenos libros están escritos con largos pasajes donde se cuenta más de lo que se muestra.

- Por otra parte, yo no diría que la responsabilidad del mostrar “debería asumirla el uso energético y específico del lenguaje”, pues esas cualidades también se utilizan a la hora de mostrar. Cierto, se puede contar algo de forma energética y específica, pero también se puede mostrar eso mismo. Yo diría más bien que la responsabilidad puede asumirla el uso energético y específico del lenguaje.

- Es claro que mostrar implica mucho más tiempo y más palabras que contar, pues dar más detalles e imágenes ocupa más espacio y tiempo narrativo. Se “muestra” en tiempo real e incluso a un ritmo más lento que el del tiempo real. Por esta razón, con frecuencia resulta más útil contar que mostrar. (En las conversaciones también se cuenta más que se muestra, justamente porque se dispone de menos espacio narrativo que en un libro).

- En la literatura de entretenimiento probablemente sea más importante la técnica de mostrar (al menos en lo referente a pasajes largos, no a palabras específicas). Como se dijo en esa entrada del blog, la literatura de entretenimiento contiene, en general, más acción, menos introspección y es más dinámica. Por eso se usa menos un narrador omnisciente y se narra más desde el punto de vista del personaje, replicando lo que percibe y piensa. Cuando se narra desde el punto de vista de un personaje, nos guiamos por las percepciones tal como se le presentan (por una selección de las mismas) y no por una narración conceptualizada y general. Se muestra lo que el personaje percibe para que el lector se sitúe en su piel, vea lo que él ve, escuche lo que él escucha, etcétera. De esta forma el lector también siente las emociones que experimenta el personaje. 

Foto de Zygzee (Flickr.com)

Foto de Zygzee (Flickr.com)

Cuándo mostrar y cuándo contar

¿Entonces cuándo contar y cuándo mostrar? Un criterio es el ahorro de tiempo, cómo lo dice Francine Prose al final del párrafo. Si una parte de la historia no es tan importante para la parte central de la misma, no es necesario entrar en detalles e imágenes al respecto.

Es más, si consideramos que una parte no reviste interés para la historia, no necesitamos mostrarla e incluso a veces ni contarla, sino solamente darla a entender. ¿Cómo así?

Si decimos: Édgar culminó el interrogatorio y con pasos rápidos salió de la casa. Bajó las escaleras, salió por la puerta del edificio y recorrió una cuadra hasta el paradero. Esperó durante…  Y mostramos a lo largo de una página cómo se desplazó a la oficina, esto probablemente no sería muy relevante para la historia.

Podríamos contarlo: Édgar terminó el interrogatorio y volvió a la oficina.

E incluso podríamos no contarlo, sino darlo a entender:

 - Adiós –dijo Édgar y cerró la puerta tras de sí.

***

- Bueno, obtuve la información –dijo al entrar a la oficina y encontrar a sus dos socios al pie del escritorio.

 En el caso de las emociones y sentimientos, James Scott Bell dice que entre más intensos sean más conveniente es mostrarlos.[8] Como dijimos antes, el lector revive el momento mejor al experimentarlas más de cerca.

Pero como vimos, hay mucho más que mostrar que emociones y sentimientos. Además, mostrar no solo se refiere a pasajes largos, sino incluso a simples palabras, pues es posible cambiar una palabra abstracta por imágenes más concretas. Por esto no es fácil plantear una regla general para saber cuándo mostrar y cuándo contar y por eso aprender a escribir no es solamente estudiar unas técnicas y consejos, sino que implica leer y sobre todo practicar.

Por lo tanto, no hay un criterio universal para decidir qué tanto contar y qué tanto mostrar. Depende del escritor saber qué le quiere transmitir al lector, en qué momento y en qué intensidad o tono. De cualquier manera, es importante conocer esta herramienta para entender cómo se pasa de la conversación a la escritura y cómo proporcionarle al lector imágenes más definidas, que generen más emociones o sensaciones.

 

[1] Anton Chejov, http://quoteinvestigator.com/2013/07/30/moon-glint/ , traducción propia.

[2] Vásquez, Juan Gabriel, 2011. El ruido de las cosas al caer. Madrid, Santillana, p. 52.

[3] Chandler, Raymond [1942]. The High Window. En: Chandler, Raymond, 2002. The Big Sleep. Farewell My Lovely. The High Window. Everyman’s Library, Random House,  Nueva York, p.  490. Traducción propia.

[4] Mutis, Álvaro, 2007 [1986]. La nieve del almirante. Editorial Norma, Bogotá, p. 89.

[5] Restrepo, Santiago, 2014. “El caso del Atlético Libertad”. En: Restrepo, Santiago, 2014. El vidente y otros cuentos de suspenso, intriga y humor. Amazon Kindle.

[6] Munro, Alice, 1982. “Alga marina roja”, en: Munro, Alice. Las lunas de Júpiter. Ediciones Versal, Barcelona, p. 36.

[7] Prose, Francine, 2007. Reading like a Writer. Nueva York, HarperCollins, pgs. 24-25. Traducción propia.

[8] James Scott Bell. Revision and Self-Editing. Writer’s Digest Books, Cincinnati, Ohio, p. 144.

Suspenso, misterio e intriga

Foto de .shock (photoxpress.com)

Foto de .shock (photoxpress.com)

Cuando comenzamos a escuchar o leer una historia, queremos saber qué va a ocurrir más adelante, qué cosa diferente, novedosa, divertida o interesante se va a narrar. Esta curiosidad proviene, en primer lugar, del hecho mismo de que el narrador considere que vale la pena contar la historia, pues en general contamos historias extra-ordinarias. Esto se aprecia con mayor claridad si alguien nos anuncia: “Vengan que tengo algo que contarles”. De inmediato nos preguntamos qué será. Un libro publicado también nos está diciendo: “Tengo algo que contarles”. Esta curiosidad inicial del oyente o lector se refuerza luego con unas buenas frases al principio del relato.

El trabajo del escritor es hacer que esa inquietud, esa expectación inicial, se mantenga y se intensifique a medida que avanza la historia, para entretener y darle una experiencia agradable al lector. Dentro de las herramientas que el escritor tiene para ello, hay tres bastante llamativas y muy usadas en la literatura de entretenimiento: el suspenso, la intriga y el misterio.

Foto de Harry (Phineas H) en Flickr.com

Foto de Harry (Phineas H) en Flickr.com

El suspenso

Además de la curiosidad normal acerca de lo que va a ocurrir más adelante en la historia, hay una expectativa adicional que tiene un mayor contenido emocional. Veamos la definición del RAE de suspenso: “Expectación impaciente o ansiosa por el desarrollo de una acción o suceso, especialmente en una película cinematográfica, una obra teatral o un relato”[1]. Efectivamente, en una secuencia de suspenso nos preocupamos, angustiamos, emocionamos por el desenlace. Y queremos seguir leyendo para saber qué va a ocurrir.

¿Cuándo y cómo se genera el suspenso?

Como lectores nos identificamos con los protagonistas de los libros. Los seguimos en sus acciones y nos desagrada que les ocurra algo malo. Cuando una acción o situación aún se está desarrollando y su desenlace puede afectar el bienestar del protagonista (o de otro personaje), quedamos en suspenso y nos angustiamos al no saber qué le va a ocurrir a esa persona.

Si el protagonista cuelga de un abismo y se le acaban las fuerzas, si alguien entra por la ventana de su cuarto mientras duerme, si espera una respuesta en su última oportunidad de conseguir trabajo… todas estas situaciones nos colocan en una situación de incertidumbre, ansiedad.

A mayor sea el peligro de determinada secuencia o acción para el bienestar del personaje (o personajes), mayor será el suspenso generado. Si alguien le apunta con un arma al protagonista y le dice que lo va a matar, se crea una tensión e incertidumbre mayor en el lector en comparación con una situación en la que alguien amenaza con golpearlo con un periódico.

Para crear suspenso es necesario que transcurra cierto tiempo entre la aparición de la amenaza o peligro y su resolución. Como lo dice la raíz de la palabra, es necesario que se “suspenda” el desenlace para que las emociones alcancen a aparecer y se hagan sentir en la mente del lector.

Si alguien quiere entrar a la fuerza a la casa del protagonista y golpea la puerta para tumbarla, no habría casi suspenso si este último desenfunda una pistola de inmediato y dispara a través de la puerta terminando con el peligro. En cambio, si el protagonista no está armado, pide auxilio, trata de llamar por teléfono pero las líneas están cortadas, tranca la puerta, los intrusos comienzan a tumbarla, logran entrar, el protagonista se encierra en otro cuarto, en fin, si la amenaza se prolonga, entonces se genera suspenso.

Ahora bien, como se dijo en otra entrada de este blog, una historia de la literatura de entretenimiento se compone de obstáculos que el protagonista debe superar para alcanzar su propósito, es decir, por conflictos entre el protagonista y otros personajes o circunstancias (ver: desarrollo de un cuento o historia). Por esta razón, el suspenso aparecerá, en cierto grado, cada vez que el protagonista se enfrente a esos obstáculos y el lector quiera saber si logrará vencerlos o no. Por ello, se podría decir que casi en cualquier libro de la literatura de entretenimiento hay suspenso (algo generalizable con más cautela a la literatura en general). Por otra parte, cuando se dice que un libro pertenece al género “suspenso”, se debe a que este elemento es predominante en él, por ejemplo, porque el protagonista está inmerso desde el comienzo en riesgos y amenazas.

 

Foto de grahamc99 (Flickr.com)

Foto de grahamc99 (Flickr.com)

El misterio

Otra herramienta para que el lector siga leyendo es el misterio. En el misterio ni el lector ni el protagonista (un detective, una policía, una persona común) saben quién es el responsable de un crimen, un asesinato, un robo, quién es el traidor en un grupo, etcétera. El lector quiere seguir leyendo para averiguar con el protagonista la identidad de esa persona.

Alfred Hitchcock contrasta el misterio con el suspenso: “El misterio es un proceso intelectual como en un ‘who done it[2], pero el suspenso es esencialmente un proceso emocional”[3].  El misterio es un proceso intelectual porque en él hay una pregunta sobre un elemento del pasado que no representa una amenaza directa o inmediata sobre el protagonista y por lo tanto no genera una emoción tan clara como la del suspenso. En el misterio la curiosidad intelectual del lector se alimenta, para que siga leyendo, con diferentes sospechosos, pistas falsas, razonamientos sobre las pistas verdaderas que acercan al protagonista al culpable, interrogatorios tensos, en fin.

Por supuesto, el misterio y el suspenso se pueden combinar. Por ejemplo, en las novelas en las que se trata de capturar a un asesino en serie, si no se conoce su identidad, hay un misterio que resolver al respecto. Y también hay suspenso sobre el siguiente asesinato que se cometerá y sobre las amenazas que pesen sobre el protagonista en su investigación. Hay innumerables posibilidades para combinar estas dos herramientas o géneros.

Finalmente, llevando la interpretación de ambas nociones al límite e ignorando la parte temporal de la definición, se podría decir que en todo suspenso hay algo de misterio y viceversa. En el suspenso hay en parte una curiosidad intelectual por saber lo que ocurrirá. Por su parte, en el misterio hay suspenso acerca de si este se resolverá y con qué consecuencias para las partes.

 

Foto de Nate Robert (Flickr.com)

Foto de Nate Robert (Flickr.com)

La intriga

La intriga está a medio camino entre el misterio y el suspenso.

En la intriga, algunos personajes revelan partes de un plan (para cometer un crimen, por ejemplo) o se muestran acciones sin revelar del todo su significado. Específicamente, el escritor oculta el propósito y/o las motivaciones de los planes o acciones o algunas de sus partes. De este modo, el lector se preguntará qué están planeando esos personajes, qué están haciendo realmente, con qué propósito, por qué razón, y continuará su lectura para averiguarlo.

Así, se sabe que va a ocurrir algo (con incertidumbre por el desenlace, como en el suspenso) pero no se sabe exactamente qué o cuáles son las motivaciones que hay detrás, el elemento de misterio. Lo que va a ocurrir puede ser algo negativo o positivo o incluso puede que se nos oculte esa información.

Veamos un ejemplo,

–Jorge, tú vigilarás la puerta principal una vez neutralicemos al portero  –dijo John Jairo–. No vayas a dejar subir a nadie. De ser necesario los haces pasar al lobby y ahí les disparas. Los demás subimos de inmediato y entramos al apartamento. Únicamente estarán la señora Roldán, su marido y sus dos hijos.

En este par de frases, el lector se pregunta de inmediato ¿cuál es el plan de esta gente?, ¿cuál es su propósito? ¿Quieren robar, secuestrar, asesinar? ¿Qué motivación tienen para lo que están tramando?

Es posible combinar la intriga con el misterio y el suspenso. Por ejemplo, combinemos la intriga y el suspenso en un par de frases.

Andrés Pérez atravesó la puerta principal del aeropuerto alerta a cualquier movimiento o presencia extraños. No lo dejarían salir tan fácil del país, lo querían muerto.

En este caso hay intriga sobre las motivaciones y la identidad de la gente que busca a Andrés. Y hay suspenso por saber si lo van a encontrar y le van a hacer daño.

***

Estas tres categorías, que como tales pueden cuestionarse en cuanto a sus fronteras y definiciones, nos sirven sobre todo para entender mejor algunas de las formas de crear emociones y curiosidad en el lector para que siga leyendo. Como escritores, esforcémonos por reconocer y estudiar estas herramientas al momento de leer y utilicémoslas en nuestros escritos para hacerlos más emocionantes y cautivantes.


[1] “Suspenso”, Diccionario de la Lengua Española, RAE, http://lema.rae.es/drae/?val=suspenso, consultado el 18 de julio de 2013.

[2] Who done it = “Quien lo hizo”, “quién cometió el crimen”.  Género literario en el que el protagonista debe averiguar quién cometió un crimen, también conocido como “misterio” en el mundo anglosajón. Así como el estado mental del suspenso se ha ampliado para abarcar un género literario, de igual manera ha ocurrido con el misterio. Algunos dirían que corresponde al género policíaco en español, pero este último es más amplio.

[3] Alfred Hitchcock, “Alfred Hitchcock: The Difference Between Mystery & Suspense”, video en Youtube, http://www.youtube.com/watch?v=-Xs111uH9ss, consultado el 18 de julio de 2013. Traducción libre.

La trama de un cuento o novela: planearla o no planearla

Foto de jane M. Sawyer (morguefile.com)

Foto de Jane M. Sawyer (morguefile.com)

¿Qué es la trama?

Cuando decimos que un libro tiene una muy buena trama, ¿a qué nos referimos?, ¿qué es la trama de una historia?

La trama es el conjunto de eventos y acciones que determinan y cambian el rumbo de una narración. En otra entrada del blog dijimos que las historias de la literatura de entretenimiento por lo general se centran en lo que quiere lograr un personaje, el protagonista. Por ello, en este tipo de literatura, la trama está compuesta por ese objetivo y los principales obstáculos, avances o giros que ocurren en el recorrido del personaje. La trama, al concentrarse en los elementos más relevantes de la historia, también es un resumen de ella.

La descripción de una trama puede ocupar una frase, varios párrafos o muchas páginas, según el nivel de detalle que se requiera. Por ejemplo, para definir géneros literarios, es posible decir que los thrillers tienen una trama en la que el protagonista debe detener una amenaza y los misterios policíacos una en la que el protagonista debe descubrir al asesino. Cuando en una conversación se pregunta ¿cuál es la trama de esa novela?, o en lenguaje coloquial, ¿de qué trata esa novela?, seguramente la respuesta ocupará unas pocas frases. Para otros propósitos, que mencionaremos más adelante, es posible elaborar una descripción de una trama que ocupe muchas páginas.

Veamos con más detalle los elementos de la trama de una historia perteneciente a la literatura de entretenimiento:

Objetivo. Como ya me he referido a este tema en otras entradas del blog (por ejemplo, en “Buenos finales de cuentos y novelas“), pongamos un ejemplo. Juan Monsalve quiere evitar que un terrorista detone una bomba en un edificio del centro de la ciudad. Un objetivo diferente hará que la trama cambie. Por ejemplo, Juan Monsalve pretende evitar que un asesino mate al Presidente. Es posible que el personaje tenga otros propósitos (uno sentimental, uno laboral, etc.); o también, que durante la historia el objetivo cambie o se modifique: Juan Monsalve puede descubrir que el terrorista es subalterno de alguien más poderoso a quien también deber capturar.

Obstáculos. Los obstáculos frenan el recorrido del personaje hacia su objetivo. Ver más en la entrada “Desarrollo de un cuento o historia”. La trama de la historia de Juan Monsalve cambiará de acuerdo con el tipo de obstáculos: si el terrorista lo quiere matar o no, si Juan conoce la identidad del terrorista o no, si su superior en la Policía lo quiere despedir o no, etcétera.

Avances. Además del tipo de obstáculos, la decisión sobre cómo superarlos también determina la historia, porque una misma dificultad se puede enfrentar de diferentes maneras. Si el terrorista está atrincherado con el detonador, Juan Monsalve decidirá entre convencerlo con alguna oferta o atacarlo a bala, entre otras opciones.

Giros. Un giro desvía el curso esperado de la historia. Por ejemplo, si se revela que un supuesto cómplice del terrorista es en realidad un agente de inteligencia y le da información valiosa a Juan Monsalve, entonces el rumbo de la trama cambiará. Algo similar ocurrirá si se descubre que el terrorista no quiere lograr un impacto político con su bomba, sino que pretende un pago en efectivo.

Personajes. La trama es hasta cierto punto independiente de los personajes, porque la podrían protagonizar otros con características diferentes. Por ejemplo, Juan Monsalve podría ser de buen o mal genio, ser Catalina Monsalve o tener 20, 35 o 50 años. Sin embargo, a ciertas tramas les convendrán más cierto tipo de personajes para darle más fuerza a la historia y otras requerirán incluso que estos posean algunas características específicas. Por ejemplo, si Fernando Ramírez quiere convertirse en campeón mundial de boxeo, pero uno de los obstáculos consiste en que debe dejar el alcohol y las drogas, entonces ese personaje deberá tener ciertos rasgos de carácter e historia personal que se adecúen a esa narrativa. (Lo contrario también ocurre cuando desarrollamos la historia a partir de un personaje: algunas tramas le corresponderán mejor a un personaje determinado).

Tramas complejas y sencillas

Hay libros con tramas complejas y sencillas. La complejidad de una trama se define como la complejidad de cualquier cosa, es decir, como el número de partes e interacciones entre ellas: el número de personajes, las relaciones entre sí, el número y la dificultad de los obstáculos y sus relaciones, etcétera. Por ejemplo, Juan Monsalve puede tener una aliado, el detective Pérez. Mientras Juan indaga sobre la identidad del terrorista, el detective Pérez se encarga de buscar el artefacto explosivo por toda la ciudad. Cada uno encuentra obstáculos para lograr su propósito, pero ambos se relacionan porque es una misma historia. Una trama más compleja o más sencilla no hace mejor a un libro, ya que esto tiene que ver más con el gusto del lector/escritor y el énfasis que se le quiera dar a la historia.

La trama en la literatura tradicional

En la literatura tradicional o clásica (En la entrada ya mencionada se describen sus diferencias con la literatura de entretenimiento) las tramas carecen de elementos característicos tan definidos como los de la literatura de entretenimiento, pues, por ejemplo, no se requiere que los personajes avancen hacia sus objetivos o que encuentren obstáculos que deban superar. Veamos tres ejemplos (inventados o no) de tramas de novelas de literatura general resumidas en una frase: primero, una novela en la que un personaje camina por la ciudad pensando en desorden sobre su vida y la de su país (es posible que el personaje ni siquiera quiera aclarar algo, solo reflexionar). Segundo, se retratan las relaciones de una familia de clase media en una gran ciudad, con los dramas y dilemas de sus miembros (hay obstáculos pero no necesidad de superarlos, puede haber propósitos pero a lo mejor no se lucha por ellos o se lucha un momento y luego se abandonan). Tercero, en Esperando a Godot dos personajes esperan a un tercero, Godot, mientras hablan de otros temas (no hay un propósito activo, simplemente esperan, no hay obstáculos o avance).

Foto de hfng (photoxpress.com)

Foto de hfng (photoxpress.com)

¿Para qué nos sirve como escritores saber qué es la trama?

En primer lugar, al conocer los elementos de la trama los escritores encontraremos con mayor facilidad ideas para nuevas historias. A partir de una idea sobre un objetivo, un obstáculo, un avance o un giro, es posible desarrollar el resto de un relato.

En segundo lugar, estaremos en capacidad de dirigir la historia con más facilidad para que avance, resulte entretenida y no se detenga en elementos poco interesantes. Es posible hacer esto de dos maneras generales. Los escritores por lo común se identifican con una de ellas.

Por una parte, están los escritores que elaboran un esquema, un plan de la trama de su cuento o novela antes de comenzar a escribir. Estos autores registran algunos, muchos o todos los objetivos, obstáculos, avances, giros, interacciones entre personajes, etc., en un esquema, lista, mapa o diagrama, según su gusto o costumbre, y una vez terminado lo utilizan de guía para comenzar a escribir frase por frase la narración.

Por otra parte, están los escritores que escriben sin planear previamente. Dan inicio a su historia desde la primera oración, a partir de una situación interesante, y desarrollan la narración y la trama simultáneamente.

Foto de Irum Shahid (www.sxc.hu)

Foto de Irum Shahid (www.sxc.hu)

Planear la trama versus no planearla:

Veamos las opiniones contrastantes sobre este tema de dos autores reconocidos en el campo de la literatura de entretenimiento:

Jeffery Deaver

 “Yo no me subiría a un avión si el diseñador o el constructor hubieran dicho: ‘suminístrenme aluminio, plástico, vidrio y voy a ensamblar un avión a ver qué tal funciona’… Mis historias tienen al menos tres o cuatro tramas desarrollándose simultáneamente. Es necesario tener un esquema, una estructura que permita libros así con historias de múltiples tramas. Todas las partes deben encajar. Hay algunos autores muy brillantes que pueden ver la pantalla en blanco y comenzar desde ahí. Yo no puedo hacerlo. Y sospecho que la mayoría de autores que escriben el tipo de libros que yo escribo, novelas comerciales populares, deben hacer algún tipo de plan previo. Es posible que yo sea algo excesivo al respecto, pero también soy una persona a la que no le gusta dejar nada al azar… planeo mis novelas muy, muy extensamente. Las planeo durante ocho meses, de tiempo completo, entre ocho y diez horas al día. El plan para mi último libro, The Broken Window, tenía una extensión de 190 páginas y contenía todos los elementos de la historia”[1].

Stephen King

“Desconfío de los planes por dos motivos: primero, porque en gran medida nuestras vidas carecen de plan, incluso cuando se añaden todas nuestras precauciones razonables y planes cuidadosos; y segundo, porque creo que planear y la espontaneidad de la creación verdadera no son compatibles (159). El plan es el último recurso del buen escritor y el primero del lelo. Es probable que la historia que resulte de él parezca artificial y forzada (160). Yo me baso más en la intuición y puedo hacerlo porque mis libros se basan más en situaciones que en historias… Coloco a un grupo de personajes (quizás a un par; quizás incluso a uno solo) en una especie de aprieto y luego los observo mientras tratan de salir de él (160-161). Como dije, he escrito novelas basadas en planes… la única novela mía basada en una trama que realmente me gusta es The Dead Zone (y, para ser francos, debo decir que me gusta mucho) (166)”[2].

Cada autor hace concesiones al método opuesto de trabajo: Jeffery Deaver elogia a quienes pueden escribir sin planear y Stephen King admite que ha escrito una novela planeada que le gusta mucho y que sus historias se basan más en situaciones.

Pero cada autor también critica con fuerza el sistema opuesto. Sin embargo, para cada argumento sería posible encontrar contraargumentos. Por ejemplo:

La vida es espontánea, carece de plan – Leemos libros en parte por eso, para hallar historias más ordenadas que las de la vida real.

Improvisando se enredará la trama – Si se tiene claro cómo se desarrollará una situación no existe ese riesgo, además la creatividad solucionará los problemas.

Al planear no hay espontaneidad – La espontaneidad de la trama también ocurre al momento de planearla.

Y así sucesivamente.

Por esta razón se ha notado, como lo dice Jeffery Deaver cuando afirma que él es una persona a la que no le gusta dejar nada al azar, que a lo mejor la preferencia por uno u otro método de trabajo depende del carácter de la persona. Si el escritor es ordenado y metódico para otras cosas, a lo mejor preferirá planear la historia. Si no es tan metódico, quizás optará por escribirla directamente. Hay un paralelo de este dilema que se menciona mucho: por una parte, hay quienes planean un viaje (el primer día haremos esto, esto y esto), pues les parece que de otro modo no aprovecharían todo; y, por otra parte, hay quienes no lo planean, porque consideran que en caso contrario se restringirían demasiado, no disfrutarían o perderían oportunidades inesperadas.

Carácter o gusto personal, lo mejor es que cada uno utilice el método que mejor le sirva, con el que mejor se sienta. Y para encontrarlo lo mejor es probar. Si se comienza un escrito y se ve que la historia se enreda sin remedio, una opción es detenerse y elaborar un plan para clarificar su desarrollo. Si uno tiene una idea que considera que va a fluir con facilidad, entonces puede comenzar a escribirla sin mayor dilación. Posteriormente uno irá mejorando su forma de trabajo y le resultará más fácil escribir un relato.


[1]Jeffery Deaver discusses his new book, Broken Window, “CBS Video”, video en Youtube: http://bit.ly/Za07dh , consultado el 5 de abril de 2013, traducción libre.

[2] King, Stephen, 2002. On Writing. Pocket Books, Nueva York, traducción libre. Hay traducción al español: Mientras escribo, sello Debolsillo, editorial Random House Mondadori.

El punto de vista de la narración de un cuento o novela

Foto de Thomas & Dianne Jones (Flickr)

Foto de Thomas & Dianne Jones (Flickr)

El punto de vista del personaje

El propósito de la literatura de entretenimiento es, como su nombre lo dice, entretener al lector, generarle emociones.

Quienes experimentan las emociones en el relato son los personajes. Pero el lector se identifica con ellos para sentir y vivir todo lo que les ocurre.

Por lo tanto, al escribir, entre más acerquemos al lector a la experiencia del personaje, más emociones le proporcionaremos.

Por esta razón, el mejor punto de vista para narrar una historia es el del personaje al que le suceden los acontecimientos principales.

Esto quiere decir que una escena, un cuento o una novela se contará desde la perspectiva de ese personaje, esto es, como si estuviéramos en su cuerpo y en su cabeza. Solamente se relatará lo que ese personaje sabe, percibe, siente, piensa y la forma en que él se ve a sí mismo, a los demás y al mundo. De esta forma el lector se ubicará en su interior y experimentará sus emociones de cerca.

Anteriormente, se utilizaba con frecuencia el punto de vista del narrador omnisciente. Es decir, la historia se contaba como si el narrador supiera todo lo que ocurre en todas partes, en todos los tiempos y en la cabeza de todos los personajes. Veamos un ejemplo de este tipo de narrador para contrastarlo luego con el punto de vista de solo un personaje.

Ejemplo de narrador omnisciente:

Jorge lamentó que la situación llegara a eso, levantó el arma y le apuntó a Zacarías en el pecho.

- No más evasivas –dijo Jorge con firmeza-. ¿Dónde están las joyas?

Zacarías guardó silencio. Conocía el escondite, pero no diría nada. Jorge no se atrevería a dispararle.

Ocultos detrás de una caneca, en el fondo del callejón, dos miembros del clan de atracadores de Los Nachos observaban y escuchaban con atención, a la espera de que Zacarías revelara la información para matarlos a ambos.

En este crudo ejemplo el narrador sabe lo que piensan Jorge y Zacarías. También sabe que hay dos personas más ocultas en el callejón. Como se ve, este narrador sabe todo lo que ocurre.

Si narramos este mismo fragmento únicamente desde el punto de vista de un personaje, primero debemos escoger uno de ellos. Qué personaje escoger dependerá de cada relato. Es muy posible que contemos la historia desde el punto de vista del protagonista.

En este caso, veamos qué pasa con nuestro fragmento al narrarlo desde el punto de vista de Jorge:

Jorge lamentó que la situación llegara a eso, levantó el arma y le apuntó a Zacarías en el pecho.

- No más evasivas –dijo Jorge con firmeza-. ¿Dónde están las joyas?

Zacarías guardó silencio.

Jorge escrutó el rostro de Zacarías en busca de alguna señal que le revelara si sabía algo. Pero su expresión no se alteró.

Un ruido metálico salió del fondo del callejón. El pecho de Jorge se contrajo. Giró la cabeza en esa dirección. Solo vio canecas apiladas en desorden. Seguramente una rata corría entre la basura.

Como se aprecia, en este caso el narrador sabe únicamente lo que Jorge percibe, siente y piensa. No sabe lo que piensa Zacarías ni lo que hay en el fondo del callejón. Esto nos acerca más a la experiencia personal de Jorge, a sus emociones y su incertidumbre.

Ahora, bien en las novelas o en los cuentos no tan cortos por lo general hay una gran cantidad de escenas cuyo protagonista no es el mismo de la novela, sino el personaje más importante para ese segmento de la historia, que puede ser incluso el antagonista (“el malo”) o algún personaje secundario. En esas historias cada escena se narrará desde el punto de vista del personaje más importante o del que se quiera escoger para dar una impresión particular.

Entonces, si al escribir nuestro relato queremos cambiar de punto vista, lo mejor es cambiar de escena o capítulo para no confundir al lector. El cambio de escena se puede señalar incluso con un espacio o con un símbolo para mayor claridad (por ejemplo: ***).

En nuestro ejemplo, supongamos que la escena termina y Jorge no le dispara a Zacarías. Ahora queremos saber qué pasa con este último personaje. Dejamos un espacio y comenzamos la siguiente sección.

Zacarías respiró aliviado. A pesar de que intuía que Jorge no le dispararía, nunca se sabía hasta dónde lo llevaría la ambición. Caminó hacia la salida del callejón, alerta a cualquier movimiento extraño y a que Jorge no lo siguiera. Entre más rápido se deshiciera de las joyas mucho mejor.

Veamos otro ejemplo en el que se corrige una frase para que quede contada desde la perspectiva del personaje.

Andrés leía en su sillón. Alguien lanzó un piano a la calle y el impacto causó un estruendo.

Si narramos desde el punto de vista de Andrés, que está concentrado en su lectura, él no tiene cómo saber que alguien lanzó un objeto, ni que ese objeto fue un piano. Esta frase tendría que convertirse en algo así:

Andrés leía en su sillón. Un estruendo sacudió el edificio y estremeció sus tímpanos. Su corazón se paralizó. ¿Qué había pasado? Se levantó alarmado, dio un paso tembloroso y se acercó a la ventana. Un piano destrozado ocupaba toda la acera y algunos pedazos invadían la calle.

Andrés primero escucha el impacto y luego averigua qué fue lo que sonó. Al final de la frase Andrés todavía no sabe cómo cayó el piano: si alguien lo lanzó, si se le cayó a personas que lo subían a un edificio o cualquier otra posibilidad.

Para apreciar mejor esta técnica conviene fijarnos en cómo la utilizan los autores de la literatura de entretenimiento. La mayoría sigue las convenciones anteriores. Si se quiere hacer algo diferente, como cambiar varias veces de punto de vista durante una escena, conviene cerciorarse de que no se confundirá al lector.

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Foto de Steve Jurvetson (Flickr)

La presentación del punto de vista

Una cosa es el punto de vista de la narración y otra el pronombre que se utiliza para presentarlo.

En el caso del narrador omnisciente se usa la tercera persona, como se mostró en el primer ejemplo de esta entrada del blog. No es posible emplear la primera persona, porque el narrador omnisciente no se sitúa por definición desde la perspectiva de un solo personaje.

Por el contrario, si narramos la historia desde el punto de vista de uno de los personajes, es posible escoger entre la primera, la segunda o la tercera persona, aunque la segunda persona prácticamente no se utiliza.

Veamos qué ocurre con nuestro ejemplo al narrarlo desde la perspectiva de Jorge, pero en primera persona (antes estaba narrado en tercera persona).

Lamenté que la situación llegara a eso, levanté el arma y le apunté a Zacarías en el pecho.

- No más evasivas –dije con firmeza-. ¿Dónde están las joyas?

Zacarías guardó silencio.

Escruté su rostro en busca de alguna señal que me revelara si sabía algo. Pero su expresión no se alteró en lo más mínimo.

Un ruido metálico salió del fondo del callejón. Mi pecho se contrajo. Giré la cabeza en esa dirección. Solo vi canecas apiladas en desorden. Seguramente una rata corría entre la basura.

Es posible narrar toda una novela desde la perspectiva de un solo personaje en primera persona. Lo hacen varios autores, por ejemplo Raymond Chandler en El sueño eterno (The Big Sleep) y otras novelas.

Por otra parte, es claro que resultaría confuso escribir dentro de un mismo relato el punto de vista de dos personajes diferentes en primera persona. No sabríamos a quien se refiere el narrador en cada momento o sería mucho más difícil aclararlo.

Pero sí es posible escribir la perspectiva de un personaje, el protagonista, en primera persona y la de los demás en tercera persona, alternando las escenas (Esto lo hace James Patterson, entre otros).

Algunos escritores consideran que la narración que utiliza la primera persona es más íntima, acerca más al lector al personaje. Otros dicen que en realidad no hay mayor diferencia. En cualquier caso, ambas modalidades tienen su atractivo y vale la pena probarlas o simplemente dejar que surja cualquiera de ellas al momento de escribir.

Independientemente del criterio que se escoja, lo importante es mantener la claridad y diferenciar bien los puntos de vista para que el lector acceda sin dificultades a la experiencia de los personajes.

Cómo manejar el suspenso

¿Cuál es la relación de este tema con el suspenso?

El punto de vista del narrador omnisciente tiene una ventaja y una desventaja en cuanto a la creación de suspenso.

Por una parte, tiene la ventaja de que nos puede anunciar un peligro que el personaje no conoce generando así suspenso.

Por otra parte, tiene la desventaja de que no experimentamos tanto ese estado mental porque no lo vivimos del todo desde “la piel” del personaje.

Al narrar desde la perspectiva del personaje es posible que este no sepa que se acerca un peligro (en nuestro ejemplo los tipos al fondo del callejón). Entonces, lo que habría que hacer para crear suspenso es, por ejemplo, narrar una escena anterior desde el punto de vista de los “maleantes” donde se les muestre planeando lo que van a hacer.

Además, así se crea así una dinámica de alternancia de puntos de vista que la da velocidad y variedad a la narración. Pero esto ya es tema para otra entrada del blog.

Buenos finales de cuentos y novelas

Foto de Stefan Wagner (stock.xchng)

Foto de Stefan Wagner (stock.xchng)

La importancia del final

Muchas veces, leyendo cuentos, me he dado cuenta de que aunque buena parte de su calidad depende del desarrollo, lo que hace la diferencia entre un cuento aceptable y uno bueno, o entre uno bueno y uno excelente, es el final.

En las novelas el final también es muy importante, por supuesto, pero se nota más en los cuentos porque al ser narraciones cortas no alcanzan a desarrollar más elementos que puedan satisfacer al lector. En los cuentos el final está más cerca, se siente llegar más pronto y su relación con cada una de las partes del relato es mayor.

¿Por qué son importantes los finales en una historia y más la literatura de entretenimiento? Porque es el punto hacia donde va la historia desde que comienza, el punto que reúne como destino todo lo acontecido antes. Al comenzar algo, ya tenemos, consciente o inconscientemente, la idea de que queremos que termine como queremos. Si llegamos a un buen destino sentiremos que las dificultades del viaje han valido la pena. Y si en literatura de entretenimiento leemos con el propósito de entretenernos, entonces esperamos que el final nos deje eso, una sensación de que tuvimos una experiencia divertida. Y ese va a ser el recuerdo más fresco que le quede al lector..

Si el final no es satisfactorio, a lo mejor es porque la historia no da todo su potencial y hay que seguir trabajándola.

Foto de Angela Sevin (Flickr)

Foto de Angela Sevin (Flickr)

Elementos de un buen final

Un buen final se conecta con elementos que la historia desarrolló durante su trama, incluso desde el comienzo.

Como dijimos en otra entrada de este blog, en la literatura de entretenimiento el protagonista busca un objetivo principal y lo consigue por sus propios medios (no gracias a ayuda inesperada). Por ejemplo, el propósito del protagonista puede ser identificar y capturar a un asesino o vencer a un personaje que planeaba un atentado.

En algunos cuentos y en especial en las novelas, los aliados y el protagonista tienen objetivos adicionales que también consiguen al final. Por ejemplo, además de identificar al asesino, el protagonista quiere resolver un dilema moral, recuperar su trabajo, conquistar una mujer, entender cosas de su pasado, lograr una paz interior, etcétera.

Es posible que los personajes no sean del todo conscientes de algunos objetivos, especialmente los sicológicos o morales (por ejemplo, cambiar algún aspecto negativo de su personalidad). Sin embargo, la historia los cuestiona tanto que esos problemas salen a flote y el protagonista los enfrenta.

Sin embargo, no basta con conseguir el o los  objetivos. Deben lograrse (o no lograrse en el caso de las tragicomedias) de manera ingeniosa, novedosa, interesante y/o sorpresiva: ingeniosa, en el sentido de utilizar habilidades especiales para lograrlos, de ser recursivos; novedosa, para que no sea la misma solución que dan otros libros del mismo género; interesante, en la medida en que, por ejemplo, el lugar en el que ocurren los últimos acontecimientos sea llamativo; y, finalmente, es especialmente satisfactorio para el lector cuando el objetivo se consigue (o no) de manera sorpresiva. Por ejemplo, el asesino no era el que se sospechaba, sino el mismo que contrató al detective. Como la historia va en una dirección aparente, al dar una sorpresa al final, un giro, se crea una emoción suplementaria y el lector obtiene mayor satisfacción (¿a quién no le gustan las buenas sorpresas?). (Pero la sorpresa no debe salir de la nada, sino que debe haberse insinuado ya en la trama, sin que el lector se dé cuenta).

En el final también se puede revelar una perspectiva diferente de la historia, por ejemplo, el punto de vista o los motivos ocultos de algún personaje. La historia adquiere así un nuevo sentido.

Hay otros elementos que contribuyen a un buen final. Por ejemplo, se puede crear la sensación de un significado mayor de la historia al reelaborar elementos anteriores y presentarlos al final  donde adquieren un nuevo sentido. Muchas figuras literarias se basan en la repetición de palabras. Repetir algo da a entender que algo que venía de antes se cierra y a la vez se abre un nuevo significado. Al mencionar un miedo, un chiste asociado a un contexto, una imagen u otra cosa que ya figuraba antes, se muestra el cambio dentro de lo que en parte sigue igual o se deja ver que algunas cosas siguen igual así cambien un poco. Por ejemplo, el atardecer que el protagonista vio varias veces durante la novela, ahora lo vuelve a ver pero con otros ojos, con otro significado.

Muchas veces el párrafo final o la última frase de una historia hacen referencia al futuro. Pero a ese futuro se llegará gracias a todo lo que ocurrió durante el cuento o novela. Entonces, se abre una nueva historia gracias a que esta terminó. El final se convierte en un nuevo comienzo. Se da a entender, además, que la historia es más grande que la novela, que los personajes existen más allá del libro, pues los dejamos ahí pensando en su futuro.

Finalmente, a veces no todos los objetivos se cumplen al final y queda se deja cierto grado de incertidumbre. Esto es semejante al punto anterior, pues se quiere dar la idea de que la historia sigue más allá del texto. Además, a la imaginación del lector, ya impregnado del tono de la historia, le queda la tarea de resolver esa incertidumbre.

Las posibilidades para construir un buen final son innumerables, pues hay infinitas maneras de elaborar y combinar estos elementos y los que no se mencionaron.

Por otra parte, construir el final de nuestras historias con estos elementos puede darnos ideas para mejorar el desarrollo de la trama. Al ver la historia desde otra perspectiva, desde su destino, es posible hallar nuevos caminos por los que transcurra.

Ejemplos de un buen final

A diferencia que ocurre con los buenos comienzos de cuentos y novelas, es más difícil dar un ejemplo de un buen final en una entrada de blog. Se necesita toda la historia para entender el final.

Voy a dar tres ejemplos, uno a partir del resumen de la trama de un cuento, otro a partir de un cuento publicado en internet y el tercero comentando el final de una novela.

High Stakes blog 10 Joel (Colier_1)stock.xchng

Foto de Joel – Colier_1 (stock.xchng)

Primer ejemplo

High Stakes, de John Lutz[1]. Hace unos días leí este cuento, me gustó y tiene varios elementos de un buen final. Resumiré las partes de la trama relevantes para entender el final y entre paréntesis irán los comentarios:

Ernie, un apostador en una racha de mala suerte, se hospeda en una habitación en el piso 12 de un hotel.

Dos matones pagados por alguien al que Ernie le debe mil dólares llegan para matarlo. Lo acorralan. Ernie sale por la ventana y queda de pie sobre la saliente. Los matones cierran la ventana y se van.

Durante un largo tiempo, en una gran secuencia de suspenso, Ernie hace todo lo posible por volver a entrar por la ventana, pues no encuentra otra forma de escapar. Tras superar muchos peligros lo logra, utilizando, entre otras cosas, un naipe que tenía en el bolsillo.

(Aquí podría terminar el cuento, pero sigue. Elementos de esta parte del final: el protagonista logra el objetivo de salvar su vida y lo logra de forma ingeniosa).

Ernie se cree a salvo. Pero entran los matones y Carl, el tipo al que le debe los mil dólares. Carl le dice que la deuda queda cancelada, porque acaba de ganar mil dólares. Todo fue planeado. Carl apostó con otra persona, desde el edificio de enfrente, a que Ernie sobreviviría.

(Aquí también podría terminar el cuento, pero sigue. Elementos de esta parte del final: el protagonista logra el objetivo de “escapar de Carl”, pero además lo logra saldando la deuda. También se revela sorpresivamente la perspectiva de otro personaje, Carl, y que las acciones del protagonista respondían en parte a un designio de otra persona).

Ernie, asustado porque casi muere, se arrepiente de su comportamiento anterior. Jura no volver a apostar. Está tan seguro de que no lo hará, que piensa, en la última frase del cuento, que “podría apostarle a eso”.

(el cuento termina mostrando que Ernie no logrará su objetivo (inconsciente) de no apostar más).

Segundo ejemplo

“Espuma y nada más”, de Hernando Téllez. Cuento ya mencionado en la entrada de buenos comienzos. Se puede leer en varios lugares en internet, entre ellos, en la publicación Ciudad viva y en la revista Soho.

En este cuento, el objetivo del protagonista es decidir, mientras afeita al capitán Torres, responsable de múltiples ejecuciones y torturas, entre contribuir a la causa revolucionaria volviéndose un asesino o no hacerlo y seguir siendo un excelente barbero. La cuchilla de afeitar es instrumento para ambos objetivos. Después examinar su dilema, el protagonista decide que no matará al capitán Torres y que no se convertirá en asesino.

(El protagonista resuelve así su objetivo moral y ahí podría terminar el cuento, cuando dice que él “se manchará de espuma y nada más”. Se repite la frase del título (“espuma y nada más”) y ahí entendemos su sentido).

En una segunda parte del final, se revela con sorpresa la perspectiva y el objetivo del otro personaje. El capitán Torres le dice al barbero que le habían dicho que él lo iba a matar, pero que vino a comprobarlo, porque “él sabe que matar no es fácil. Yo sé por qué se lo digo”. El capitán no solo revela su objetivo, sino también que él vivió el mismo dilema moral del protagonista, aunque lo resolvió de manera diferente.

Tercer ejemplo

Novela conocida como El silencio de los inocentes o El silencio de los corderos, según la edición (En el original The Silence of the Lambs), de Thomas Harris.

En este caso, por la extensión, no resumiré la trama. Mencionaré los elementos más importantes del final y qué papel cumplen en el cierre de la novela.

Clarice Starling, la protagonista, estudiante del FBI, se enfrentará sola al asesino en serie que han tratado de capturar durante toda la novela. Los investigadores principales siguen una pista falsa en otra ciudad.

(La protagonista se enfrenta por sus propios medios al antagonista).

Hannibal Lecter, un asesino que colabora con la investigación, le proporcionó a Starling una pista sobre el asesino en serie que tiene secuestrada a la hija de una senadora. Le hizo ver que el asesino solo escondió bien un cadáver, el primero, porque no quería que lo encontraran, pues lo abandonó cerca a su lugar de residencia. Su primer asesinato, no tan planeado, debió nacer del deseo que sentía todos los días al ver a su primera víctima.

De las características que comparten varias de las mujeres asesinadas, Starling deduce el lugar donde el asesino debió contactar a la primera, en un negocio de ropa. Starling va a una casa a buscar a los familiares de la difunta dueña del negocio para obtener más información.

El hijo de la dueña del negocio le abre la puerta. Ella no sabe que él es el asesino.

Mientras habla con él, ve una mariposa o polilla nocturna igual a la que encontró en la garganta de una de las personas asesinadas.

El asesino huye al sótano. Starling lo sigue.

(De forma ingeniosa el protagonista encuentra al asesino).

El asesino apaga todas las luces del sótano.

Starling queda a ciegas. El asesino tiene gafas de visión nocturna. Se prepara para dispararle a Starling. Alza la pistola y la amartilla.

Al oír el ruido Starling dispara en esa dirección. El disparo del asesino roza su mejilla. Los disparos de Starling matan al asesino.

(El protagonista enfrenta al antagonista en un lugar interesante y lo vence de forma ingeniosa. Muchas veces el protagonista está en desventaja y pone en riesgo su vida. Clarice Starling cumple el objetivo de capturar al asesino. Cumple el objetivo de liberar a la hija de la senadora).

Starling estaba en riesgo de que la retiraran de sus estudios, pero gracias a que capturó al asesino los prosigue con renovada confianza.

(La protagonista cumple el objetivo de proseguir sus estudios).

Hannibal Lecter, que escapó de prisión durante la novela, sigue en libertad al final.

(Queda la incertidumbre sobre el futuro de uno de los personajes. Debería estar bajo custodia pero escapó y seguirá libre. Aunque Hannibal Lecter, desde su punto de vista, cumplió su objetivo).

Clarice Starling acepta la invitación de alguien que conoció durante la historia para ir un fin de semana a una finca.

(El protagonista logra su objetivo romántico).

La última frase de la novela “Clarice Starling duerme profunda y dulcemente en el silencio de los corderos”, repite el título del libro. Se conecta el principio con el final, se cierra el último hilo. Además, esta corta frase condensa la realización del objetivo sicológico y profesional de Clarice Starling.

En sus entrevistas con Hannibal Lecter, este asesino intercambiaba recuerdos de Starling por información sobre el asesino en serie. En cierta ocasión, Lecter le preguntó cuál era el recuerdo más doloroso de su niñez. Starling le dijo que era el asesinato de su padre. Un tiempo después de eso, su madre la dejó donde unos familiares en el campo. Allí se encariñó con un caballo. Luego descubrió que a los caballos los sacrificaban para vender la carne. Una noche escuchó a unos corderos gritar (balidos) porque los estaban sacrificando. Eso la movió a escapar con el caballo para salvarlo. Termina en un orfanato.

Clarice Starling todavía tiene pesadillas en las que los corderos gritan. Lecter le pregunta que si cuando atrape al asesino cree los corderos dejarán de gritar. Clarice le dice que sí. Lecter le hace prometer que ella le contará si eso ocurre.

Al capturar al asesino, Clarice Starling sana el recuerdo de la muerte de su padre, transferido luego al caballo, a los corderos y finalmente a las personas asesinadas. Lo logra gracias a su profesión. Al impedir nuevas muertes, los corderos dejan de gritar. Se salva, “salva” a su padre, salvando a los demás.

Sin embargo, Lecter le dice a Starling en una carta final que deberá ganarse ese silencio continuamente porque ese es su “karma”, su condición existencial.

(El protagonista logra su objetivo sicológico (consciente o inconsciente), ligado en este caso a la consecución de sus objetivos profesional y romántico).


[1] John Lutz, 1984. “High Stakes”, en: Edward D. Hoch (ed.), 1985. The Year’s Best Mystery and Suspense Stories. Nueva York, Walker and Company.

Características de la literatura de entretenimiento

Foto de Wolfgang Staudt (Flickr)

Foto de Wolfgang Staudt (Flickr)

Una de los propósitos de la literatura es entretener. Y la rama de la literatura que más se ocupa de ese propósito es la que se conoce como literatura comercial o, llamémosla mejor, literatura de entretenimiento. Hacen parte de ella una multitud de géneros y subgéneros entre los que encontramos los relatos policíacos, el thriller, el romance, la ciencia ficción, la fantasía, el terror, etcétera.

Por supuesto, la literatura general o clásica también entretiene, pero no es su objetivo más importante ni está diseñada para ello. Su propósito principal es retratar artísticamente la condición humana e indagar acercar de ella, en sus diferentes tiempos y espacios. Muchas veces sacrifica el entretenimiento en aras de explorar aspectos profundos del ser humano y de exponer una visión determinada del mismo y su sociedad, dando un placer más artístico e intelectual a sus lectores.

Ahora bien, tampoco se puede decir que la literatura de entretenimiento no indague sobre la condición humana ni la retrate artísticamente. Al tratar sobre seres humanos inevitablemente lo hace (incluso si narra historias sobre seres de otra especie, como en la fantasía o la ciencia ficción, pues los antropomorfiza o si no, por oposición, nos hace ver a los seres humanos desde otra perspectiva), pero en un grado mucho menor, sacrificando ese aspecto para darle más énfasis al entretenimiento.

Por supuesto, dentro de esta clasificación unos libros tienden más hacia los extremos y otros más hacia el medio.

Pero, en cualquier caso, cuando vayamos a escribir obras policíacas, thrillers, ciencia ficción, romance, etcétera, debemos tener presente constantemente que nuestro propósito es entretener al lector.

Diferencias concretas entre la literatura de entretenimiento (o comercial) y la general

Las diferencias que voy a mencionar a continuación también son de grado. Es decir, una determinada característica no es exclusiva de la literatura de entretenimiento, sino que por lo general es más importante para ella, aunque también puede estar presente en la literatura general.

La literatura comercial procura generar ciertos estados mentales y emociones específicos en el lector, tales como el suspenso, la ansiedad, el miedo, el misterio, el romance, la intriga, la curiosidad sobre lo nuevo o lo extraño, entre otros, con el fin de darle al lector una experiencia emocionante. Al escribir debemos crear situaciones que creen este tipo de estados mentales o emociones. (Más sobre esto en una próxima entrada del blog).

La literatura de entretenimiento prefiere una trama bien definida, con un comienzo, un medio y un final claros. De este modo el lector no se preocupa tanto por descifrar el orden de la historia o de entender de qué se trata, y así está más dispuesto a experimentar las emociones que se narran. Ahora bien, cuando se omiten partes del comienzo, se invierte el orden de las partes de la historia o se ocultan elementos de la trama, se debe hacer para generar intriga, que es una de los estados mentales que queremos crear.

La literatura de entretenimiento, en general, tiene una moralidad más definida. Hay “buenos” y “malos”, hay un héroe y un antagonista. Esto nos permite experimentar más emociones, pues al  identificarnos con un bando (¡ojalá el de los “buenos”!) todas nuestras emociones se mueven en esa dirección, sin preguntarnos constantemente si algo es moralmente aceptable o no. La literatura general tiene más zonas grises pues trata de explorar o retratar la dualidad moral de los seres humanos.

En relación con lo anterior, la literatura de entretenimiento por lo general le da un objetivo claro al protagonista (por ejemplo, hallar al responsable de un crimen) y se espera que al final lo consiga. El protagonista sufre calamidades pero las supera, lo que nos genera satisfacción. Y aunque sospechemos que el protagonista va a salir airoso de los retos y la prueba final, esto no le resta emoción al relato, pues al identificarnos con él queremos que triunfe y sufrimos con los peligros que enfrenta. Además, la intriga de saber qué pasará con su destino se remplaza con la intriga de saber cómo logrará vencer: ¿cómo va a derrotar al antagonista si parece indestructible?, ¿cómo va a descifrar el misterio si parece indescifrable?, ¿cómo va a entrar a la fortaleza si parece inexpugnable?

Por esto mismo, en la literatura comercial se busca que “pasen cosas”, que la historia avance hacia la consecución del objetivo por parte del protagonista. Los nuevos acontecimientos crean intriga y suspenso o resuelven los que se generaron antes. Por ello, la descripción, la reflexión sobre temas ajenos a la trama y la introspección no son tan importantes en este tipo de literatura, pues nos alejan de las emociones que queremos crear a través de los acontecimientos de la historia. En cambio, para la literatura general sí son importantes, pues le permiten cumplir su propósito de crear un retrato artístico e indagar sobre la condición humana.

Algunos de los diferentes géneros de la literatura de entretenimiento

La siguiente clasificación es más para darnos ideas sobre qué escribir o leer, al buscar libros parecidos a los que nos han gustado. Formas de clasificar hay muchas y ninguna puede ser del todo clara o exhaustiva, así que esta es una más. Los invito a explorarla y a buscar otras más sobre los géneros que les interese, pues en cada uno de los géneros mencionados hay muchísimos subgéneros más que aquí no aparecen.

Blog 9 Policía Nacional de Colombia (Flickr)

Grupo operativo contra blancos de alto valor, GOAV. DIPOL, Policía Nacional de Colombia (Flickr).

Géneros según el objetivo de la obra

- Resolver un crimen (perteneciente al conocido género policíaco).

Subgéneros:

El investigador “de sillón” (El investigador o detective resuelve todo mediante el razonamiento). Por ejemplo, las historias de Sherlock Holmes de Arthur Conan Doyle.

El detective moderno (el detective sale a las calles y se vale de diferentes estrategias para resolver el crimen o misterio). Comienza, entre otros, con El halcón maltés de Dashiell Hammett, El sueño eterno de Raymond Chandler. (Algunos situarán estas obras dentro de la novela negra­).

- Detener un crimen o una amenaza (género policíaco): Thriller, suspenso. Ejemplos: El código Da Vinci, de Dan Brown.

- Cometer un crimen: historias de criminales (caper story). Serie de Dortmunder, de Donald E. Westlake (por ejemplo, The Hot Rock).

- Unir a dos personas: romance, novela romántica.

- Llegar a un destino enfrentando obstáculos: relato de aventuras. Sandokán de Emilio Salgari.

En cada uno de estos géneros hay elementos de los demás. Por ejemplo, en los thrillers (suspenso-acción) por lo general hay un elemento romántico: el protagonista comienza una relación mientras transcurre la historia principal. Esto le añade más emociones  la narración. De igual modo, en las novelas románticas puede haber elementos de las historias sobre crímenes.

También, dos géneros se pueden mezclar del todo. Por ejemplo, en una historia en la que el protagonista busca a un asesino en serie, no solo debe resolver los asesinatos anteriores sino detener los siguientes.

Los géneros mencionados arriba por lo general se combinan con escenarios o mundos específicos para crear los que se mencionan a continuación.

Géneros según lugar/tiempo o “reglas” del mundo

- Terror. Admite la existencia de lo sobrenatural. Carrie de Stephen King, El exorcista de William Peter Blatty.

- Fantasía: mundos paralelos en los que existe la magia y seres inteligentes de otras especies conviven con los humanos. Ejemplo: El señor de los anillos de J.R.R. Tolkien, Harry Potter y la piedra filosofal de J. K. Rowling.

- Ciencia ficción: exploración del futuro de la humanidad y de otros mundos posibles del universo. Fundación de Isaac Asimov (y la serie), Hyperion y La caída de Hyperion de Dan Simmons (y la serie).

- Vampiros. Drácula de Bram Stoker.

Entonces, es posible combinar el propósito de detener una amenaza con un escenario de ciencia ficción, como hacen muchas obras del género.

O, al combinar las historias románticas con un mundo en el que existen los vampiros se obtienen libros como Eclipse de Stephanie Meyer.

Buscar, leer y escribir

Si queremos escribir es importante identificar el tipo de libros que nos gusta leer, leer más como esos, conocer más sobre el género y finalmente escribir historias con nuestro toque personal.

Paso a paso: escribir todos los días y escribir una obra

Foto de Xerones en Flickr.com

Foto de Xerones en Flickr.com

Escribir todos los días

Muchos escritores destacan la importancia de escribir todos los días. Veamos lo que dice Walter Mosley en un libro que se titula Este año escribes tu novela[1], pero que cada cual podría leer como Este años escribes tus cuentos, tus ensayos, tu libro de poesía, etcétera.

“Para ser un escritor debes implementar una rutina diaria. Separa determinada cantidad de tiempo (no inferior a una hora y media) para sentarte con tu computador o cuaderno. Sé que esto puede ser difícil.”

La escritura diaria crea o fortalece el hábito de algo a lo que finalmente nadie nos obliga y nos acostumbra a mantener un contacto permanente con nuestra capacidad creativa.

Pero, como sabe cualquier que lo haya hecho o querido, esto no es fácil. Obligaciones diferentes a escribir ficción nos acechan, consumiendo tiempo y energía. Pero si queremos escribir, se trata justamente de que la escritura se abra un espacio en nuestra cotidianidad.

Una de las dificultades para lograrlo consiste en que a lo mejor nos abrumamos con la sola idea de sacar todo ese tiempo para escribir.

Antes de ver cómo hacer manejable esta idea, veamos un problema relacionado.

Escribir una obra: cuento(s), novela corta, novela

El solo hecho de pensar en escribir un cuento, una novela corta o una novela puede parecer abrumador. Es posible que la enorme cantidad de palabras o páginas que tiene una obra de ficción nos intimide. Nos pasaría lo que le ocurre a alguien que contempla una montaña antes de escalarla, ve la cima como algo muy remoto y lejano y se queda pensando en eso. Esta persona dudaría de su propósito al punto incluso de paralizar o posponer su escalada.

Foto de ardelfin en morguefile.com

Foto de ardelfin en morguefile.com

El primer paso y el siguiente paso

¿Cómo hacer para que no nos resulte abrumador pensar en escribir todos los días o en escribir una determinada obra?

Concentrándonos en el siguiente paso.

La siguiente media hora

La recompensa de escribir durante determinado tiempo no está solamente en lo que se produce durante esos quince, sesenta, noventa o más minutos. Está, sobre todo, en el flujo creativo que se experimenta mientras se escribe (para liberar dicho flujo creativo ver la primera entrada del blog).

Por lo tanto, en este caso, lo más complicado es decidirse a sentarse ante el cuaderno o computador durante determinado tiempo. Si apenas estamos comenzando a escribir, a ejercitar la pluma, bastará con quince minutos o media hora. Pero si ya hemos avanzado un poco y queremos seguir el consejo de Mosley, entonces debemos encontrar el momento del día en que dispongamos de al menos una hora y media o dividir ese período de tiempo en varios segmentos. No es imposible encontrar media hora libre en diferentes momentos del día. Cuando abrimos ese espacio y lo utilizamos productivamente nos damos cuenta de que media hora más en otro momento del día no nos representará una carga excesiva.

Cuando dispongamos de más tiempo y experiencia escribiremos durante más de una hora y media.

En todo caso, el primer paso y el siguiente siempre consistirán en escribir durante un determinado lapso de tiempo, tan corto como para encontrarle un espacio y tan largo como nos sea posible dado nuestro desarrollo como escritores.

La siguiente página y la siguiente tarea específica

Cuando uno ya identificó una obra que quiere escribir, no debe pensar siempre en la totalidad del proyecto, sino en cada uno de los pasos que debe dar para completarlo y, en particular, en el siguiente paso.

Para escribir un cuento, una novela corta o una novela, no debemos pensar demasiado en las 10 o 100 o 400 páginas a escribir. Es mejor considerar la obra como la suma de muchas frases o páginas que escribiremos una a una (no hay otro modo). Si cada día escribimos una, dos, tres o más páginas, en poco tiempo tendremos una primera versión de un cuento y en unos meses de una novela, algo que parecería imposible de otro modo.

De hecho, esto lo hemos experimentado como lectores, pues cuando vamos a leer un libro no nos quedamos pensando en su elevado número de páginas, sino que nos sumergimos en la lectura, de página en página, y casi sin darnos cuenta avanzamos hasta terminarlo.

Por otra parte, también es conveniente determinar con claridad cuál es el siguiente paso, la siguiente pequeña tarea que debemos abordar para escribir nuestro relato u obra. Para dar el siguiente paso hay que tener claro cuál es: buscar una idea, solucionar un problema de la trama, identificar qué problema no nos deja avanzar o simplemente seguir escribiendo o corrigiendo en el punto en que vamos. Así concentraremos nuestra energía creativa en algo concreto y no en pensar en lo inabarcable y grande de nuestra labor.

Por ejemplo, si estamos buscando una idea, enfocaremos nuestra mente en estar alertas para cuando aparezca, escribir una lluvia de ideas, leer textos que nos sugieran algo, meditar, en fin, cualquier método para buscar ideas, pero enfocados en ese propósito.

¡Adelante!

El primer paso siempre es el más difícil. Por eso conviene comenzar con un paso pequeño e ir ganando confianza a medida que se den más.

Si se trata de tiempo y queremos comenzar a escribir, entonces quince minutos o media hora al día nos permitirán ir adquiriendo el hábito para luego escribir más.

Si se trata de una obra, entonces es mejor comenzar escribiendo cuentos breves, cuentos, novelas cortas y después sí novelas.

Por otra parte, ambos propósitos, el de escribir todos los días y el de escribir un texto, se refuerzan mutuamente. La escritura diaria nos servirá para progresar en una obra y avanzar en el texto nos hará querer seguir escribiendo todos los días.

Así pues, invito a los que quieran escribir  a hacerlo absolutamente todos los días (me incluyo en este propósito) y a compartir su experiencia en esta o en otra entrada del blog que volverá a tratar este tema más adelante.


[1] Walter Mosley, 2007. This year You Write Your Novel. Nueva York, Hachette.