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Secretos mortales (novela corta de suspenso)

Portada de Secretos mortales

Novela corta “Secretos mortales” de Santiago Restrepo

¿Si tu ser querido se involucrara con delincuentes sin saberlo?

¿Si tu pareja guardara un secreto de amenazas?

¿Si tuvieras que escapar de matones que buscan su fortuna?

***

Hay secretos que duelen, secretos que hieren y… secretos que matan. Ana Milena y José Luis, jóvenes esposos, tienen una buena relación y progresan como profesionales, ella como actriz y él con planes de abrir su propia agencia de publicidad. Aparentemente la vida les sonríe. Pero uno de ellos esconde un secreto que arrastra un enorme peso del pasado, un secreto de delincuencia, amenazas y dinero, que se revelará en una noche en la que ambos pondrán a prueba la fortaleza de su relación y lucharán por sus vidas.

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Secretos mortales

A punto de insertar una llave en la cerradura, el ruido de un golpe en el interior del apartamento me frenó en seco.

Mi corazón se saltó un latido. ¿Quién estaría adentro? ¿Un ladrón? Imposible. El edificio era seguro. Un vigilante cuidaba a toda hora la entrada principal. Además, no veía señales de que la puerta hubiera sido forzada.

Quizás Ana Milena, mi esposa, había llegado antes de lo previsto para darme una sorpresa. Era viernes y me había llamado a mediodía para avisarme que llegaría a las siete de Girardot, donde entresemana grababa una telenovela. Yo me había volado de la oficina a las cuatro y media para comprar algunos ingredientes y cocinarle comida italiana, su favorita.

Metí la llave, giré la chapa y empujé la puerta.

­–¡Hola, amor, ya lleguee-eé! –llamé con entusiasmo.

Nadie respondió.

Me encogí de hombros. El ruido habría salido del apartamento vecino o de algún objeto mal acomodado.

Alcé las bolsas con las compras y caminé desprevenido por el corto corredor de entrada.

Giré a la izquierda para atravesar el comedor hacia la cocina.

Una sombra negra se me echó encima.

Mi respiración se cortó. ¿Qué era…?

Una mano agarró mi camisa y un puño se movió veloz hacia mi cara.

Levanté un brazo por reflejo, pero apenas desvié el puñetazo que aterrizó con fuerza en el costado izquierdo de mi cabeza.

Todo se nubló, el dolor se expandió por mi cráneo y caí al suelo.

El tipo, vestido de negro y encapuchado, se me acercó.

Me cubrí la cara con los brazos a la espera de un golpe.

Pero el tipo siguió de largo.

Apoyé las manos sobre el tapete y levanté el torso. La figura de negro salía al balcón por la puerta de vidrio del comedor.

Me incorporé. Mi cuerpo se fue de costado. Me agarré de la mesa con ambas manos y esperé un segundo. Miré hacia el balcón. Ya no había nadie.

Salí y me asomé por encima de la baranda. El hombre corría calle abajo a unos veinte metros. Desde donde vivíamos, en el segundo piso del edificio, solo había necesitado un salto de un par de metros para escapar.

Lo observé desconcertado un momento, hasta que reaccioné y saqué el celular del bolsillo. Llamé a la policía.

–Línea de emergencias de Bogotá –me contestó una voz templada.

–Mire… eh, un tipo, un ladrón entró a mi apartamento… –dije agitado–, me atacó y acaba de escapar…

El operador tomó mis datos y me hizo algunas preguntas. A medida que pasaban los segundos me fui calmando y me di cuenta de que sería inútil que la policía lo buscara. La carrera séptima quedaba a pocas cuadras del edificio y para el intruso sería muy fácil desaparecer allí, si es que un cómplice no lo había recogido ya.

De todas formas no interrumpí al operador, quien me informó que dos patrulleros acababan de salir en busca de alguien con las características descritas y que luego pasarían por el edificio.

Le di las gracias y colgué.

En ese momento volví a notar el dolor que se expandía por mi cabeza, justo arriba de mi sien izquierda. Me sobé con una mano y noté una inflamación. El maldito tipo me había dado duro. Tendría que ponerme hielo.

Entré al comedor y vi las bolsas de supermercado tiradas en el piso. La mantequilla y el paquete de pasta se habían salido. Recogí todo y lo llevé a la mesa auxiliar de la cocina. Saqué unos hielos del congelador y los envolví en un trapo. Hice presión con él sobre el lugar del golpe.

Una duda apareció en mi mente y regresé al balcón. Miré hacia abajo. No era difícil trepar el muro lateral del antejardín del edificio. Desde ahí una persona ágil podría saltar hasta nuestro balcón. Al ser el barrio tan tranquilo, nadie se había percatado de esa falla elemental de seguridad.

A continuación, examiné la puerta corrediza que conectaba el comedor con el balcón. No exhibía rastros de violencia. Seguramente yo mismo la había dejado sin seguro. Solté un suspiro profundo.

Entré de nuevo al apartamento. Quería mirar qué había robado el hampón. No recordaba haberle visto algo en las manos o un morral en la espalda.

Inspeccioné el estudio. Los dos computadores seguían en su sitio. En el cuarto donde Ana Milena y yo dormíamos no encontré desorden ni cajones abiertos. Al parecer no faltaba nada.

Quince minutos más tarde llegaron los patrulleros y bajé a hablar con ellos. No habían encontrado al intruso. Arnulfo, el portero y vigilante de turno, no se había dado cuenta de nada y mostró una preocupación exagerada. Les conté detalles de lo sucedido y miramos los videos de seguridad. En uno de ellos se veía al tipo trepando por el muro lateral, como lo supuse. Cinco minutos después, según el tiempo registrado por las cámaras, el intruso saltaba y escapaba. Me rasqué la cabeza. ¿Qué había hecho durante cinco minutos en nuestro apartamento? Los ladrones por lo general no pierden un segundo. Este ni siquiera había desenchufado los computadores o escarbado en los cajones. Muy extraño.

***

Decidí no contarle nada a Ana Milena ese día para no recibirla con una mala noticia.

Llegó poco antes de las siete, dichosa aunque cansada. Mientras se bañaba para refrescarse del viaje, le di los últimos toques a la pasta, preparé una entrada de pan con mozzarella y jamón y serví dos copas de vino tinto. Llevé la entrada y el vino a la sala en una bandeja, que coloqué sobre la mesa de centro, tras apartar un pato de bronce y una matera.

Ana Milena volvió a la sala radiante y con ganas de hablar. Brindamos y me contó que, según algunas encuestas, su personaje en la telenovela ganaba popularidad entre la audiencia y que por ello el canal le daría más despliegue. Entusiasmada, me narró detalles de las grabaciones y otras cosas que ocurrieron en Girardot durante la semana.

Al escucharla hablar con esa pasión me sentí muy contento por ella. Cuando Ana Milena y yo nos conocimos, tres años atrás, ella había abandonado la actuación tras una ruptura dolorosa con su anterior pareja. Pero yo la animé a que retomara su profesión con ímpetu y ahora, tras muchos castings, roles pequeños, cientos de ensayos y días y días de incertidumbre, ese papel en la telenovela parecía ser el salto definitivo en su carrera.

Tras unos minutos más de charla, pasamos al comedor y serví la pasta. Mientras comíamos, le conté algunas cosas sobre la campaña de publicidad en la que trabajaba para una marca de chocolates.

Pero en la mitad de una frase me detuve y me quedé mirando al vacío con un poco de pasta enrollada en el tenedor.

–¿Qué te pasa, amor? –me interpeló Ana Milena.

–¿Ah? No, nada, ¿por qué? –dije apartando el recuerdo del puñetazo del intruso. Ingerí el rollo de pasta.

–Te noto distraído –dijo frunciendo el ceño–. Algo te pasó. ¿Es la oficina? ¿Tu jefe otra vez?

–No, no. No es nada, amor. Me distraje un segundo.

–Yo sé que algo te pasa, ¿qué es?

Ana Milena no se detendría hasta averiguar qué me ocurría. Tomé aire y decidí contarle de una vez.

–Esta tarde se metió un ladrón al apartamento –dejé el tenedor sobre la mesa.

–¿Cómo? –Ana Milena dio un respingo en el asiento.

–Sí, esta tarde, como a las cuatro y media.

Le conté todo lo sucedido, desde que llegué con las compras hasta que el tipo me golpeó y escapó.

–¿Seguro que estás bien? Déjame ver –dijo preocupada. Se levantó y se acercó a mí.

–No es nada, amor, solo fue un golpe. Pudo ser peor.

Me escarbó en el pelo y me sobó. Ya casi no me dolía.

–¿Por qué no me dijiste antes? –reclamó molesta.

–No quería recibirte con esa mala noticia. Te iba a contar mañana.

Esperé una protesta, pero no dijo nada. Se quedó mirando al techo y se mordió el labio inferior.

–¿Qué pasó, preciosa?

–No, nada… angustia. Te hubiera podido pasar algo peor… y, bueno, también me da miedo. ¿Me dices que el tipo no se llevó nada? –Se sentó de nuevo.

–Eso es lo raro –dije un poco extrañado por la pregunta–, no se llevó nada y estuvo como cinco minutos dentro del apartamento.

–¿En serio? –Ana Milena tomó la copa de vino y bebió un gran sorbo.

–Sí, una de las cámaras lo grabó al subir y bajar del balcón. En todo ese tiempo ni siquiera hurgó en los cajones o movió los computadores.

Ana Milena se llevó una mano a la mejilla. Sus ojos me miraban pero su mente se había ido a otra parte

–¿No te parece raro? –insistí.

–A lo mejor quería revisar primero para encontrar algo de más valor.

–Pero todo estaba en orden, como si no hubiera movido nada. Y hay otra cosa, cuando yo entré al apartamento el tipo estaba en la cocina o en el comedor, porque me atacó ahí, junto a esa pared –Señalé el lugar–. No estaba en el cuarto o en el estudio, donde cualquiera sabe que hay cosas más valiosas… ¿Estás bien? Te veo pálida.

–No… sí. Es que… como que hasta ahora caigo en cuenta del peligro… una cosa es que me lo digas y otra darse cuenta, sentirlo…

–Claro, te entiendo –dije, aunque en realidad estaba algo confundido por sus reacciones. Preferí callar durante un tiempo para que asimilara mejor la noticia.

Comí algunos bocados de pasta con parsimonia, hasta que se me ocurrió que la situación daba pie para plantear un tema delicado. Sabía que a Ana Milena no le gustaría. Pero lo del intruso tendría que hacerla cambiar de opinión.

***

Bebí un trago de vino, respiré hondo y dije:

–Amor, el problema de este apartamento es que al estar en el segundo piso, con el balcón, no es muy seguro. Yo sé que te encanta, pero con lo que pasó hoy y con lo bien que te está yendo en la telenovela podríamos pensar en un cambio, en conseguir algo mejor en otra parte. Un sitio más seguro y hasta más grande…

–¡No! –gritó Ana Milena.

La mano me tembló y casi tumbo la copa. No esperaba una respuesta afirmativa, pero tampoco un grito.

–Perdona, amor, estaba pensando en otra cosa –dijo Ana Milena al ver mi reacción–. Pero igual tú ya sabes lo que pienso. Este barrio es bonito y el apartamento es ideal para nosotros, tiene justo el espacio que necesitamos.

Cuando la conocí, Ana Milena ya vivía allí. Durante los tres años que llevábamos casados nunca había querido mudarse, a pesar de que buena parte de nuestros ingresos se iba en pagar el exorbitante arriendo, acorde con los precios de una de las zonas más costosas de la ciudad, las faldas de los cerros orientales de Bogotá.

–¿Te parece ideal pagar todo lo que pagamos para que además ahora se nos entren los ladrones? –dije entre molesto y asombrado por su terquedad.

Ana Milena chasqueó su lengua.

–Tú ya sabes que este apartamento me gusta –dijo.

Exhalé con fuerza. Como siempre que discutíamos el tema, Ana Milena huía de los argumentos y se atrincheraba en un gusto irrebatible, un capricho.

–¿Acaso cuánto tiempo quieres que sigamos acá? –dije con fastidio–. Ya son tres años de privarnos de otras cosas por pagar este maldito arriendo. Ya es hora de cambiar, de variar, de encontrar algo mejor.

Ana Milena no respondió. Miró el plato y apoyó la punta del tenedor en él.

Pensé en decirle algo, en provocarla incluso. Pero me arrepentí. Suspiré hasta el fondo de mis pulmones y me tragué mi frustración.

Volví a la pasta. Escarbé con el tenedor sin armar un bocado.

Pasaría un minuto cuando Ana Milena habló en tono sereno:

–¿Sabes qué, amor? Tienes razón. Puede ser que haya llegado el tiempo de un cambio. Pero te propongo una cosa: déjame hacerme a la idea y hablemos del tema en un par de semanas con más calma. ¿Te parece?

No daba crédito a mis oídos. ¿Acababa Ana Milena de salir de su reducto? ¿Iba a cambiar de posición así no más? ¿O simplemente me estaba dando largas? Opté por seguirle la corriente para luego cobrarle sus palabras.

–Excelente, amor, me parece muy bien –dije con entusiasmo–. Dos semanas es un buen tiempo. Vas a ver que encontraremos algo mejor. Mientras tanto, ya esta tarde llamé al presidente de la junta de administración y me dijo que mañana mismo van a instalar una reja en el muro.

Ana Milena arrugó las cejas.

–¿Mañana? Mañana no, José Luis. Mañana es sábado, es día de descanso. Quiero estar tranquila. Cancélalo, que lo hagan la próxima semana.

–Pero… amor, no podemos dejar eso así.

–El tipo no va a volver en estos días, no te preocupes. No voy a gastarme el fin de semana aguantándome una obra aquí al lado, el ruido, el polvo, en fin. No. Tengo dos días en Bogotá y los quiero disfrutar en paz. Que lo hagan entresemana.

Ana Milena no cedería. Ya le conocía el tono. Al parecer había remplazado un capricho por otro.

Debió captar mi molestia, porque suavizó su voz:

–Amor, en vez de discutir, ¿por qué no nos tomamos unos vinos y nos concentramos en nosotros dos? ¿Te parece?

Parpadeé varias veces.

–Claro que sí, maravilloso –dije relajándome un poco.

Terminamos la pasta despacio y pasamos al sofá de la sala.

Sin embargo, lo que debió ser una charla tranquila y romántica, terminó siendo algo muy diferente.

***

Nos tomamos la primera copa de vino despacio. Hablamos de nuestras familias, de amigos en común y de una comida que estábamos planeando para el siguiente fin de semana en nuestro apartamento.

Ana Milena se tomó la segunda copa de vino como si fuera agua y la tercera le dio paso a una expresividad extraña:

–¡Te amo, tienes que saber que te amo! –dijo abrazándome–. Puede que tengamos momentos de dificultad pero yo, contigo… eres alguien que me ha entendido muy bien. Realmente. No olvides eso, amor.

–Yo también te amo, preciosa.

–¡Siempre te voy a amar! Te perdonaría muchas cosas, ¿sabes? Eso no quiere decir que hagas algo malo. No, no, pero te perdonaría. Es cuestión de entenderse.

–¿Cómo así? –dije arrugando las cejas.

–No, nada, amorcito… que perdonar es amar. Y yo te amo. Es bonito lo que hay entre los dos, nunca lo olvides. Nos amamos. Hay que seguir construyendo y superar todos los retos. Eso es lo importante. Si pasan cosas o han pasado, es otra cosa, ¿cierto, amor?

Respondí afirmativamente, aunque con la cabeza enredada. Le pregunté por qué me hablaba así, si acaso quería contarme algo. Ignoró mi pregunta y continuó en la misma tónica.

Traté de que no tomara más, pero fue en vano. Me tocó apurar algunas copas de vino para que no terminaran en su estómago.

En medio de unas palabras sobre la vida, Ana Milena me dijo que estaba cansada y se acostó en el sofá. Murmuró algunas cosas entre dientes y quedó profunda.

Sin entender muy bien qué acababa de pasar, esperé unos minutos hasta que estuvo bien dormida, la alcé y la acosté en nuestra cama. Le quité los zapatos, el saco y la arropé.

Fui hasta la cocina y me serví un vaso de agua. Pensé en acostarme también, pero ahora era yo el que se sentía intranquilo.

***

Caminé un rato por el apartamento y luego me senté en uno de los sillones de la sala.

Me desconcertaba el comportamiento de Ana Milena. Lo pensativa que se había mostrado durante la comida y la expresividad rara de la charla posterior. Además, había bebido demasiado rápido, algo poco característico en ella. Y el reencuentro romántico, algo muy esperado por ambos todos los viernes, había terminado en un sueño tempranero.

Quizás lo del ladrón la había afectado… Pero eso no explicaría sus extrañas frases sobre el perdón, sobre nuestro amor, como si quisiera asegurarse de que la seguiría queriendo en caso de que algo ocurriera… o hubiera ocurrido.

¿Acaso me estaría siendo infiel? Mi estómago se revolvió ante la posibilidad. Y no es que yo fuera celoso, pero a veces era inevitable pensar en eso durante los días en que Ana Milena se ausentaba. No me resultaba fácil pasar los días encerrado en el piso 30 de un edificio en la fría Bogotá, mientras ella filmaba escenas en vestidos cortos bajo el ardiente sol de Girardot. Tampoco era agradable llegar al apartamento de noche, prender el televisor y verla coqueteando o incluso besándose con los galanes de la telenovela.

Pero, independientemente de lo duro del asunto, yo entendía plenamente su profesión, la respaldaba al cien por ciento y viceversa. Nuestra relación era sólida y no existían motivos reales para celarnos. Además, nuestra comunicación era excelente cuando ella viajaba a Girardot.

Si no era una infidelidad, ¿entonces qué ocurría?

Quizás lo del robo la había alterado en un nivel distinto. Una situación así puede impactar negativamente la sensación general de seguridad. Es más, a lo mejor yo también me sentía inseguro por eso mismo y dudaba de comportamientos o palabras de Ana Milena que, aunque raros, en otra circunstancia habría pasado por alto.

Sonaba lógico, pero algo me decía que no se trataba de eso. Algo me inquietaba y lamentablemente era el asunto de una posible infidelidad. Y es que en los raros momentos en los que irrumpía esa idea, siempre resurgía un elemento del pasado de Ana Milena que terminaba proyectando su sombra sobre el presente.

Valga la pena aclarar, eso sí, que el pasado nunca importó en nuestra relación. Desde el comienzo acordamos no hablar mucho de las uniones anteriores de cada cual y creo que eso fue positivo. Pero algo de lo poco que ella me había contado alimentaba mis dudas.

Ambos estuvimos casados antes de conocernos. O mejor, ambos compartimos nuestras vidas con otras personas. Ella vivió con alguien en unión libre y yo estuve casado por lo civil. Ana Milena conoció a su expareja, Julián, un empresario, en un bar de la Zona Rosa, una noche en la que salió con sus compañeras de universidad. En ese entonces, a ella le faltaban dos años para terminar su carrera de Actuación y Medios de Comunicación y, tras unos meses de noviazgo, se fueron a vivir juntos. La relación fue buena al comienzo, pero, según me contó Ana Milena, con el tiempo se fue deteriorando, al punto en que durante el último año ella estuvo segura de que él le fue infiel en repetidas ocasiones. Sin embargo, eso no terminó la relación. El final definitivo se produjo cuando él se trasladó a la costa norte por razones de trabajo y ella decidió no acompañarlo. En total duraron casi cuatro años entre noviazgo y convivencia. Eso era prácticamente todo lo que yo sabía.

Lo único que no me cuadraba de esa historia era que una mujer bonita, independiente y con carácter, como Ana Milena, se aguantara un año de infidelidades. ¿Por qué no le terminó si sabía que él le era infiel? ¿O es que acaso ella le correspondía con amoríos propios? ¿Por qué conmigo se mostró tan firme al advertirme que no toleraría ese tipo de comportamiento cuando antes no le importó tanto? Nada de eso me cuadraba y no lo entendía.

A cambio de dejar el pasado atrás y construir nuestro futuro, nunca le formulé esas preguntas a Ana Milena. Para mí bastaba la confianza mutua. Pero cuando esa confianza se debilitaba, como ahora que la notaba tan rara, las dudas reaparecían.

Barajé teorías durante media hora, hasta que me cansé y decidí irme a dormir con la esperanza de que al día siguiente el panorama se aclarara.

***

El sábado Ana Milena amaneció animada y me dijo que aprovecháramos el día soleado con un paseo por la Sabana. Me sorprendió su cambio de actitud y lo acepté agradecido, sin preguntar a qué se debía.

Salimos en su carro y sin mucho planear paramos a comer pandeyucas por el camino, almorzamos en un restaurante campestre de carnes a la parrilla y llegamos a Guatavita a media tarde, donde caminamos, tomamos tinto y comimos merengón y brevas con arequipe. Al regreso, Ana Milena insistió en que pasáramos por un centro comercial, donde miró vestidos en una tienda de ropa, pero finalmente no compró nada. Llegamos al edificio a las siete y media de la noche, rendidos y con ganas de descansar.

Parqueamos en el sótano, nos bajamos y caminamos hacia el ascensor. Un sonido de pasos a la derecha llamó mi atención. De entre otros carros parqueados salía un tipo vestido con chaqueta de cuero café y camisa blanca de rayas. Hablaba por celular y en la otra mano llevaba una botella de vino.

Aparté la mirada y oprimí el botón del ascensor.

–Me acabo de bajar, Tatis –decía el tipo por el celular–. Ábreme que ya voy subiendo. Ya vienen Julio y Manuela. Chao.

Las puertas se abrieron y entramos. Hundí el 2 y el tipo el 3.

El ascensor se detuvo en nuestro piso y bajamos.

–Estoy cansada –dijo Ana Milena con una sonrisa y puso una mano en mi hombro.

–Yo también. Pero la pasamos rico.

–Sí, amor.

Inserté la llave en la cerradura y abrí.

Prendí la luz, hice seguir a Ana Milena y cerré la puerta al entrar.

Pasamos el corredor de entrada. En la sala, Ana Milena dejó caer su cartera en el sofá. Yo me quité la chaqueta y la puse sobre un sillón.

Dos personas saltaron hacia nosotros desde la oscuridad del comedor apuntándonos con pistolas.

Mi corazón estalló. Di dos pasos a la derecha y me coloqué delante de Ana Milena.

–¡Quietos! ¡Quietos o disparamos! ¡Callados! –dijo duro uno de ellos.

Levanté el brazo izquierdo mostrándoles mi palma vacía.

–Tr…, tranquilos, tranquilos –dije nervioso–. No nos hagan nada, llévense lo que quieran.

–Callado, ¿no entendió? ¡Callado! –dijo el más alto de los dos, un calvo corpulento, de aspecto atlético.

Ambos se acercaron a menos de dos metros de nosotros.

Ana Milena y yo retrocedimos hasta que tocamos el sofá.

–Eso sí, calladitos –siguió el calvo, al parecer el líder–. No vayan a hacer ninguna estupidez si no se quieren ganar un tiro. Siéntense.

Ana Milena soltó un sollozo. La ayudé a sentarse.

–Tranquila, amor –le dije con voz débil y temblorosa.

–Eso sí, muy bien –dijo el calvo–. Y usted tranquila, que ya sabe que esto no es con usted. Wílmer, la puerta.

¿Ya sabe que esto no es con usted? ¿Le hablaba a Ana Milena? Debí entender mal.

El otro tipo, de pelo negro crespo, nariz gruesa, cuerpo ancho con más grasa que músculos, dio unos pasos hacia la puerta y la abrió.

El hombre de la chaqueta de cuero que había subido con nosotros en el ascensor entró con una actitud determinada, muy distinta a la del visitante de reunión social que fingió ser antes. Ya no era un yuppie que iba a una comida a tomarse unos vinos, sino un hampón con una ligera barba negra, quijada gruesa, pelo corto engominado, alguien de buena familia metido en malos pasos desde hace tiempo. Al pasar por el corredor dejó la botella de vino sobre una mesita alta y angosta.

–Bien, Roberto, muy bien –dijo el calvo y luego le habló al bajito corpulento–. Wílmer, requíselos. A la señorita solo el bolso. Se ve que no esconde nada en eso que lleva puesto.

El vestido verde ajustado al cuerpo de Ana Milena dejaba sus hombros y parte de sus muslos al descubierto.

Wílmer apretó los labios. Pasó su mirada por todo el cuerpo de Ana Milena. Pero no se le acercó. Levantó la cartera de un tirón, sacó varias cosas de un manotazo y las examinó. Vació el resto de cosméticos y objetos personales sobre el sofá. Botó la cartera y lo que tenía en la mano al piso.

–Nada, solo pendejadas –dijo Wílmer.

El calvo me indicó que me pusiera de pie. Así lo hice y Wílmer me palmeó la camisa, la cintura y los tobillos.

Al finalizar asintió con su cabeza de marrano en dirección al calvo. Wílmer no solamente era el de más bajo rango entre los tres, sino también el más ordinario, tanto en su comportamiento grosero como en su forma de vestir: pantalones de tela gris barata y una camisa marrón de cuadros medio cubierta por una chaqueta de tela gastada y sucia.

(continúa…)

***

Foto de Santiago Restrepo

Foto de Santiago Restrepo

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Los invito a leerla y espero que disfruten leyéndola tanto como yo disfruté escribiéndola.