Teatro, bar y locura (Una noche en Bardo Teatro)

-La primera vez que vine -dice Juan, un joven de pelo largo, gafas, barba rala y saco azul de lana-, le escribí a Wendy en una servilleta: “vale por un matrimonio jipi”.  Luego nos ennoviamos y, un tiempo después, me terminó.

Wendy, sentada frente a él, confirma su versión con un leve asentimiento.

Abro los ojos de par en par. No era la historia que esperaba encontrar en mi visita a Bardo Teatro, bar del centro de Bogotá. Sin embargo, sí sospeché que me toparía con algo fuera de lo común, pues todo en el bar es sorprendente. Comenzando por su ubicación y fachada.

Conjunto residencial y comercial Procoil

En efecto, quien camine desprevenido por los corredores al aire libre del segundo piso del conjunto residencial y comercial Procoil, el enorme edificio color beige-rosado que se alza donde comienza la avenida 19, a la altura de la carrera tercera, se sorprenderá al encontrar, en medio de vitrinas de peluquerías y tiendas, arriba de un supermercado Olímpica, y debajo de oficinas donde ofrecen clases de ruso, trámites ante la curaduría y “confección sobre medidas y arreglos en general”, la vitrina de Bardo Teatro. Esa es ya otra sorpresa: un bar con vitrina. Su contenido no se queda atrás: candelabros con decenas de velas de colores, un grifo, un maniquí de bebé que salta mientras toca un violín, lámparas de sala, máquinas de escribir, bombos metálicos con bolas de bingo. Arriba a la izquierda, un letrero de letras rojas anuncia: “Teatro. Performance”.

Vitrina de Bardo Teatro

No llegué allí desprevenido, sino por recomendación, como llegan muchos, pero no por eso me asombro menos. Voy con mi novia a conocer el bar y, al entrar, el impacto es mayor al que genera la vitrina. El local no tendrá más de cinco metros de ancho por doce de largo. Sus paredes y techos rojos y negros, están repletos de objetos de arte, en una composición interminable de collages que mezclan ya la cabeza de un maniquí con el mango de una guitarra, ya el rostro de Jesús con una pistola o unas tijeras con un pequeño muñeco dentro de una jaula de canario. Nos sentamos en la única mesa libre de las veinte o más distribuidas por la galería-teatro, mesas pequeñas de madera pintadas de rojo, tan pequeñas como la parte central de las antiguas mesas para coser. Lo sé, pues justamente eso es la nuestra. El pedal de hierro la delata.

Bardo Teatro

Nos atienden a la mesa, porque como me dirá más adelante Marco Prieto, propietario y creador, Bardo Teatro es un bar sin barra. Un bar con vitrina, pero sin barra.

Pedimos dos cervezas.

-El que encuentre el objeto más raro -dice mi novia y señala en el techo una caja de violín, con los miembros de un maniquí en sus extremos, dos muletas afuera.

Acepto y con eso comenzamos una exploración del arte infinito que decora el bar: cómics de El Santo y Kalimán en una pequeña vitrina que cuelga de la pared, el molde de una cabeza de … ¿venado?, pintado con los colores de la bandera de Colombia, otra vitrina con cabezas de maniquís, bolas de golf, estetoscopios e imágenes antiguas…

Supongo que es la reacción de quien viene por primera vez, porque los demás asistentes hablan concentrados, gracias al volumen moderado del rock y pop que arrojan los parlantes. Una pareja acaramelada se funde en un pequeño sofá en una esquina, el rincón de una buhardilla. Un hombre de camisa verde limón con infinidad de micos blancos se acerca cada vez más a la mujer que quiere conquistar. Dos jóvenes con camisas negras de Kraken hablan recostados en los asientos, sus brazos extendidos. Un grupo ríe en una de las mesas más grandes. A mi izquierda, un hombre con camisa de Iron Maiden tiene en su brazo un tatuaje recién hecho envuelto en plástico transparente. El tatuaje fresco me llama la atención y me propongo hablar con él.

Por supuesto, la única reacción de quien viene por primera vez no es quedarse mirando las paredes o comentar los hechos del día. De eso da testimonio mi vecino de la derecha, Juan, pues, como decía, en su primera visita al bar le propuso matrimonio a Wendy en una servilleta. Lamentablemente, la servilleta se perdió, como se perdió el incipiente noviazgo en las distancias y diferencias. Sin embargo, por fortuna para ambos y gracias a una nueva servilleta, “vale por un noviazgo”, se volvieron a encontrar.

-Ahí está la tapa de la máquina de coser -dice mi novia y señala una mesa a dos o tres de la nuestra.

Una mesa de coser que sirve de mesa de bar, una servilleta donde se hacen propuestas de matrimonio. Ese parece ser el estilo del lugar. Descomponer objetos, descontextualizarlos, crear collages con otros: una mano de maniquí tan cerca de un rostro que parece dar un mensaje sobre la identidad, afiches de películas clásicas que ven de lejos un afiche de Gardel, el cuadro en blanco y negro de una virgen al lado de murales en las paredes. ¿Qué significa todo eso?, puede preguntarse uno finalmente.

Homenaje a “Bajo el volcán” y a Malcom Lowry.

Letreros de colores que cuelgan de pitas del techo darían pistas.  “Más veces descubrimos sabiduría con nuestros disparates que con nuestra ilustración”. “Ningún arte se encierra a sí mismo”. ¿Son esas fotos en blanco y negro de Jaime Garzón, el mapa de Colombia destruida, al lado de cabeza de maniquíes que cuelgan del techo, una metáfora de la indiferencia ante la violencia en Colombia, como dice mi novia? ¿Es la trasposición de objetos con cuerpos, de tiempos pasados con presentes, de materiales, una reflexión sobre la identidad fragmentada del ser humano?

La respuesta más cercana al origen la tiene su creador, Marco Prieto, director escénico, amante del teatro, la cultura, la literatura, quien desde hace doce años, cuando comenzó el bar, ha elaborado y renovado poco a poco  los objetos que hoy, más que decorarlo, lo constituyen.  “Como aquí no se puede hacer una obra de teatro enorme, necesariamente tenía que ser un teatro de texto. El concepto de colgar objetos en las paredes no es original de este u otros bares de Bogotá, sino de la Posguerra, cuando la gente al abrir un negocio llevaba la porcelana, el cuadro de sus casas, un montón de cosas, y se creaba una simbiosis. Como yo soy director escénico, las cosas las hago yo”.

A partir de sus gustos, de sus estudios en Barcelona, de sus inquietudes intelectuales, Marco elabora obras para reflexionar sobre la desconexión que vive el ser humano actual a pesar de la tecnología, para homenajear a escritores, para celebrar el arte de Miró o Tapiés, para crear un gran escenario donde todos, en últimas, somos actores.

Cambiamos de mesa para lograr otra perspectiva y pedimos más cerveza. Y allí, justo arriba de nosotros, coincidimos en que está uno de los objetos más raros del bar, un par de rotores de una antigua calculadora mecánica, montada en un pedestal con dos manos rojas y una cabeza blanca que sale de la base. Encima, me hace notar mi novia, están los marcos de la máquina de coser, un pedazo más del  rompecabezas.

Cuerpo con piezas de una calculadora mecánica

Hablamos de una cosa y otra, del Halloween que se aproxima, de trabajo, de planes, y tras una hora más pagamos una cuenta que no pasó de cuarenta mil pesos por varias rondas de cervezas y algunos paquetes de pasabocas.

Justo afuera del bar, el hombre de la camiseta de Maiden fuma un cigarrillo. Lo había olvidado, pero no desaprovecho la oportunidad.

“¿Por qué me gusta el lugar? Es diferente, la música, la decoración. ¿El tatuaje? Es arte japonés, me lo acabo de hacer. El último de trece que tengo en todo el cuerpo. ¿Este otro? Una firma. Rock al parque 2010. Un amigo de logística me dijo ‘pásese por acá y le presento a Calamaro’. Me boté por encima de una reja. ‘Fírmeme, fírmeme en cualquier parte’, le dije apenas lo vi, lo que hace uno cuando tiene la oportunidad de conocer a uno de esos manes. Me firmó el antebrazo y luego me lo tatué. Tatuarse es un placer. Genera una adrenalina impresionante. Es una adicción. Cuando uno comienza quiere otro y otro más”.

Tatuarse. Inscribir la piel con dibujos, formas, letras, para proyectar mejor los gustos y la identidad.

Así, en la piel del bar que son las paredes y el techo, Marco ha plasmado su arte, convirtiendo el espacio en una galería, un performance vivo en constante cambio a medida que renueva las obras y cambian los clientes, un teatro que cuestiona y relaja, que descontextualiza y genera adrenalina, que produce significado y locura. Locura de proponer matrimonio en una servilleta la primera vez que se asiste, significado de materializarlo cinco años después.

Porque Juan y Wendy se casan el año entrante.

 

***

 

Bardo Teatro

Dirección: Calle 19 # 3a-37, local 111, Bogotá

Facebook: Bardo Calavera Teatrocidio

Una pared de Bardo Teatro

 

 

 

Al lado de la entrada

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Un pensamiento en “Teatro, bar y locura (Una noche en Bardo Teatro)

  1. Gabriel Restrepo

    Y este relato es como para alimentar un tris la nostalgia por no estar en Bogotá y por el sentimiento que confirmo de que no quiero volver a la capital, salvo si me ofrecen invitación para visitar este extraordinario sitio del formidable cuento breve de mi querido hijo Santiago Restrepo Pabón.

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