Archivo de la categoría: Escritos y comentarios

Buena partida

– ¿No entiendo? -le dije a AndreaX, la computadora central de mi casa-. Te pedí que intentarás ganarme en tu nivel más fácil de ajedrez y lo lograste. No soy tan malo. ¿Cómo lo hiciste?

– No fue fácil. Cuando llegamos al medio juego, bajé la temperatura de la casa y dejé pasar más luz por las ventanas. Hice el café sin cafeína y le añadí un toque amargo. Escogí de tu lista de canciones las que bajan tu nivel de atención. Anticipé notificaciones del calendario. La suma de todo eso, como predije, causó que te distrajeras y realizaras malos movimientos. No necesité dejar ingresar zancudos o disparar la alarma de incendios, que eran mis siguientes pasos. Creo que hice un buen trabajo. ¿Otra partida? 

[Zach Duner]

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Extraño favor

-Casi no llegas -dijo Eduardo-. Adelante. Ya está lista la chimenea. ¿Whisk…? ¿Qué te pasa, por qué esa cara?

-Necesito un gran favor -dije afando.

-Claro -Eduardo le dio un sorbo rápido a su whisky.

-Necesito incinerar este brazo en tu chimenea -levanté la bolsa semitransparente con la parte humana en cuestión.

Una explosión de licor salió de la boca de Jorge, seguida de tosidos.

-¿Qué? ¿Estás loco? ¿Qué es eso, por Dios? -dijo cuando medio se repuso.

-Un brazo -dije, mientras me limpiaba la cara de la aspersión de trago-. Luego te explico. No tengo mucho tiempo.

-No, no, no -sacudió los brazos como aspas, habló a borbotones-. No traigas eso acá. Llévatelo. ¿De quién es? Bótalo en una caneca. Tíralo a un potrero.

-Lo encontrarían. No puedo. Hay cámaras.

-Te van a matar por eso.

– No te preocupes. El dueño está afuera, en el carro.

Sus ojos casi se le desprenden de la cara.

-¿A quién secuestraste? Voy a llamar a la…

-A nadie, calma -lo interrumpí-. Es un miembro del cartel de los Zarcos condenado a muerte. Quiere huir a Estados Unidos, pero les tatúan un número en el brazo -levanté la bolsa y se lo señalé-. Él decidió cortárselo.

[Andrés Kozlowicz]

Espíritu navideño

-Aquí está su recompensa, Édgar -dijo el agente Roldán y dejó la bolsa sobre el andén.

-¿Qué? -dije sin dar crédito a mis ojos-. ¿Papás Noel?

-¿Qué quería? ¿Dinero? La policía está corta de recursos. Incautamos droga y contrabando. Sobró algo de contrabando.

-Casi me matan desarticulando la banda de Wang. Fue un trabajo duro.

-Pues tendrá una gran Navidad gracias a él.

-Pero… pero… ¿Qué voy a hacer con todos esos Papás Noel?

-Decore la sede de la agencia de detectives. Es un poco gris. Hay que celebrar la Navidad.

-Si los vendo no me van a dar nada -dije y me rasqué la cabeza.

-Jeje, eso mismo pensó mi teniente.

Expulsé aire por la nariz, indignado por la situación.

-Lo único que se me ocurre es regalarlos -dije finalmente.

-Excelente, Édgar. ¿Si vio? Le sirvieron. Ya se contagió del espíritu navideño.

 

[Édgar Duarte]

 

Zen

-Medita y sabrás quién tomó el cuenco -dijo el monje.

Resoplé, pero obedecí.  

A eso me había llevado el libro Quién se ha llevado mi queso, luego el de El monje que vendió su ferrari, y otros más. A dejar todo y meditar en el Himalaya. Ahora, alguien se había llevado mi cuenco y debía meditar para hallar al culpable.

Medité y medité.

Estrujé mi cerebro y los planos astrales.

Una hora después, la luz se hizo.

-Tú, maestro, te has llevado mi cuenco -dije apenas volvió.

-Lo lograste. Te felicito.

-¿Y cuál es la lección?

-Ninguna. Perdí el mío y no lo encuentro. Necesitaba desayunar. Toma el burro, baja al pueblo y me consigues otro.

[Andrés Durán]

 

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La entrega

-¡Hunde el acelerador! -dije con los nervios de punta.

-¿No me dices que te duele la cabeza? -dijo Katya.

– ¿Este tiesto no va más rápido? ¿Por qué diablos robaste esta cosa?

– Es bonito. Si iba a robar algo, mejor que me gustara.

Resoplé por la nariz. Ella lo robó, porque yo le pagué para ello mientras preparaba la entrega.

– Si no llego a tiempo, esos tipos me van a matar -dije molesto.

– ¿Quién te manda a meterte con esa gente?

– He debido usar el mío.

– Pues no no has debido apostarlo anoche.

– Si hubiera ganado, haríamos la entrega y seguiríamos hacia un flamante yate.

– Si hubieras ganado, no habrías pedido un trago en la barra para pasar la pena y no me habrías conocido.

– Si no te hubiera conocido, no me habría emborrachado.

– A lo mejor sí, pero nadie te habría despertado. Y ahí sí te matarían.

– Me va a matar es el dolor de cabeza.

– Por haberte emborrachado -dijo Katya.

– Mejor hunde el acelerador, ¿sí?

 

[Andrés Kozlowicz]

La rueda

Siempre vuelvo a la rueda. Quiero subir de nuevo mientras gira y gira. Pero llegué hace quince minutos y justo un perro, un pastor alemán, me ladró con rabia. No sé por qué la emprendió contra mí. No quiero hacer nada malo. Solamente subir y dar vueltas, reír y gritar. Finalmente el perro se cansó y avance unos metros. Justo entonces, no sé por qué, los adultos se llevaron a los niños. “Hace frío, entremos ya”, dijeron. Ahora la rueda está vacía y no da vueltas. Igual a cuando, estando en ella, me caí al tratar de robarle un juguete a uno de los niños del barrio y me torcí el cuello. La rueda duró días y días con una cinta amarilla, quieta. [Federico]

 

 

Una vieja camioneta

Ahora sí le va a dar envidia al viejo Emeterio, mi vecino. Porque la camioneta quedó reluciente, como nueva. Incluso en el pueblo, un forastero la elogió: “una joya clásica”. Claro, antes no era más que las latas peladas y Emeterio dele con “ese tiesto está peor que mi azadón”, “corren más mis vacas que esa cafetera”, “Uy, píntela que se la confunden con boñíga”. Gozaba el viejo. Pero ahora sí le va a dar envidia. Y pensar que me tocó arreglarla gracias a él. Porque fui yo quien atropelló sin querer una de sus vacas. Es que la camioneta corre rápido. [Arnulfo Piedrahita].

 

 

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