Archivo de la categoría: Escritos completos

Creación

Foto de Nasa

-Bien, Zyrus -dijo el profesor-, excelente tarea, muy buen trabajo. ¿Quién quiere seguir?

Tillt envió un pulso.

-Adelante, ¿qué hiciste? -dijo el profesor.

-Un sistema de expansión de la complejidad -dijo Tillt-. Está en mi canal doce. Es un espacio multidimensional, creado a partir de distorsiones de tejido, que parecen partículas con un comportamiento en parte determinista y en parte aleatorio. Tiene un punto de origen de hipermasa que se expande para luego crear micro concentraciones que llamo galaxias. Los puntos de hipermasa se recrean en una función fractal. Han surgido seres sintientes, semiconscientes, conscientes, megaconscientes e hiperconscientes. El sistema se altera y se recrea de acuerdo a lo que las conciencias logren entender de él. Además, se replica en cada una de las dimensiones que crean los puntos de hipermasa o las hiperconciencias.

El profesor se quedó en silencio un momento, seguramente mientras recorría la extensión de la creación de Tillt en su canal.

-Mmmm. Es bastante sencillo para lo que les pedí, Tillt. No hay hiperalteraciones, la linealidad es excesiva, lo de las dimensiones es simple, el componente azaroso es limitado, carece de suluresencias y la repetición fractal es exagerada, pues no hay demasiada variedad entre los diferentes elementos. Ya es la segunda tarea en la que no te esfuerzas lo suficiente. ¿Quién más quiere presentar la suya?

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Marte, año 2038

Foto de Nasa

Julio Chang levantó la vista del holograma. En el otro extremo del módulo habitacional, un fideo verde y baboso, de medio metro de alto, se arrastraba hacia él.

–Terrícola, saludos de los andromeditas –dijo una voz metálica, que al parecer salía de un rectángulo negro anudado a la parte superior del fideo.

Julio no dijo nada y volvió a concentrarse en el holograma. Veía un documental sobre el ciclo del agua en la Tierra.

–¡Terrícola! –El fideo subió la voz–. Saludos, vengo de Andrómeda. ¿No le sorprende mi presencia?

–Lo mismo me preguntó un perro azul hace unos días –dijo Julio, despectivo, sin alzar la vista–. Una alucinación más.

–Vengo de KN1567, nombre que ustedes le han dado a la estrella de mi sistema planetario de origen. Su especie ha cumplido el criterio para realizar un primer contacto con nosotros los andromeditas: establecer una colonia en otro planeta de su sistema solar. Apenas detectamos la presencia de seres humanos en este planeta, me enviaron a contactarlos.

–Esta vez te superaste, Julio, una alucinación bastante real, ts, ts –negó  con la cabeza sin retirar los ojos del fideo–. La próxima vez imagina una mujer atractiva.

–¡Soy real! –tronó el fideo. Hizo una pausa–. Mmm, perdón por el tono. No esperaba esta reacción. Generalmente las especies inteligentes se sorprenden o emocionan. En fin, de cualquier manera admiramos el logro de la especie humana de llegar a Marte, como lo llaman. ¿Cómo lo hicieron? ¿Unieron todas sus unidades políticas… países… en un esfuerzo por colonizar un nuevo planeta?

–No, llegamos acá gracias a un reality show.

–¿Un qué?

–Un reality show, un programa de telerrealidad. Ahí está la única cámara que no logré destruir –Julio señaló hacia una burbuja de vidrio blindado en el techo del módulo–. Dígale “hola” a los televidentes.

Saludó con la mano dándole ejemplo al fideo.

–¿Un programa de televisión? –El fideo dio un respingo de sorpresa–. ¿Para colonizar un planeta?

–Al comienzo fue un éxito. El viaje, los problemas, la instalación de los módulos. Después, bueno, después se instaló la rutina. Como podrá imaginarse, aquí no hay mucho que hacer. En este momento habrá unas quinientas personas observando el canal, más por azar, por canalear, que porque haya fanáticos. Aunque… si de verdad usted no es una alucinación, a lo mejor rompamos el récord de audiencia… Creo que el actual está vigente desde el día en que se zafó una placa protectora y casi morimos todos asfixiados por falta de repuestos para el destornillador eléctrico.

–Pero, ¿cómo así que un programa de televisión?

–Ay, lo mismo me pregunto cada día… Le explico. Los programas de telerrealidad comenzaron filmando gente por el morbo de la convivencia. A alguien se le ocurrió encerrar a varias personas en una casa y filmarlas las veinticuatro horas del día. El famoso programa del Gran Hermano. Después pasaron a filmar a gente cocinando, luego a gente que quería adelgazar, cantar, ser modelo, vivir en la selva… hasta que llegamos a esto. La exploración espacial financiada por la telerrealidad.

–¿Pero dónde están los demás?

–Helmut enloqueció. Extrañaba el verde, la naturaleza, y ahora hace hace ruidos de vaca o marrano todo el día y corre de un extremo al otro de los módulos. Ahora debe estar dormido… gasta mucha energía. María dijo un día que estaba harta del encierro, que salía a dar una vuelta, que quería ser libre. Salió de los módulos… sin traje espacial. Taliana, en cambio, sí salió con traje espacial. Nunca volvió.

–Bueno… no es lo que esperaba encontrar. Siendo así, este seudo proyecto no cumple los criterios para entablar contacto con la especie humana… Regreso a Andrómeda.

–No, no, no –dijo Julio afanado y se puso en pie de un salto–. Vaya a la Tierra, tiene que ir.

–¿Para qué? ¿Para negociar con los más altos dignatarios un tratado de cooperación?

–No. Para que por favor me lleve de regreso.

Testigo silencioso

Siempre volvía a casa tarde en la noche y atravesaba, veloz y alerta, el lote abandonado.

Pero justo en esa ocasión miraba el teléfono, dichoso aparato, y de la nada dos tipos salieron a mi paso.

-¡Quieto! -dijo uno de ellos, de camisa negra, y apuntó un revólver a mi pecho.

Quedé paralizado. Ni siquiera logré abrir la boca para decir que se llevaran mis pertenencias y no me hicieran daño.

El otro hombre, de ropa sucia y raída, mirada cristalina y errática, carraspeó al hablar:

-Este… este sirve, matemos a este.

Un resuello involuntario escapó de mi boca.  

-¿Seguro? -preguntó el del revólver.

-Sí, sí, sí -dijo ansioso el andrajoso-, que aprendan a no traicionar, a no robar.

-No, no, no -alegué, por fin, a borbotones-. Soy inocente… yo… les juro… nada.

-Jejeje, claro que es inocente -afirmó desquiciado el de ojos como canicas-. Pero alguien nos roba la mercancía. La gente necesita un escarmiento.

-Perfecto -dijo el de camisa negra.  

-No, no, no -le imploré a él, el más cuerdo de los dos, si puede serlo alguien que detiene a otro a punta de pistola en un parque para matarlo.

No se conmovió. Apretó los músculos de su cara y del brazo en que sostenía el revólver.

Dios.

Supe que dispararía.

Contuve la respiración.

No había más que hacer.

Era el fin.

El hombre giró su brazo, apuntó el cañón hacia su compañero y apretó el gatillo.

Un fogonazo salió del arma y un restallido me estremeció los tímpanos.

Si antes mi corazón galopaba, con eso explotó.

-¿Qué, qué…? -balbuceé desconcertado al tiempo que el cuerpo del hombre andrajoso caía fulminado al suelo.

-Silencio -dijo el hombre-. Va a caminar conmigo hasta que estemos lejos. Si encontramos policías, o me buscan luego con cámaras, usted dirá que este tipo me iba a atracar y que le disparé en legítima defensa.

-Pero… por… por…

-Robaba mercancía. Pensaba pasarse a la banda rival. Ahora, usted, colabore. No quiero hacerle daño después. Me llevo sus documentos. Además, ya lo escuchó, el tipo quería matarlo para cubrirse.

Creo que asentí, de nuevo sin habla.

Caminamos juntos unos quince minutos, hasta que el hombre se perdió en la oscuridad de la noche.

No dije nada al respecto. Ni entonces, ni después.

El hombre andrajoso no merecía la muerte.

Pero yo tampoco buscaría problemas con una denuncia cuando su intención era matarme sin motivo.

Que yo sepa, nunca nadie investigó el crimen.

Unos meses después, por azar, encontré la foto del hombre de la camisa negra en la portada de un diario amarillista que colgaba en la reja exterior de la tienda del barrio:

“Abaleado líder de pandilla en enfrentamiento a campo abierto”.

Solté un silbido de asombro, entré a la tienda y compré el paquete de chicles por el que iba.

Nunca volví a atravesar el lote abandonado.

Progreso

La camioneta, montada sobre el andén y el hidrante, parecía una fuente con el agua que salía a chorros por sus ventanas.

-Supongo que fue la causa de todo -dijo el teniente Rodríguez y señaló al hombre de traje, empapado en agua, de pie a unos metros de la camioneta-. Habrá querido eludir a los del choque..

-Hubiera podido pasar por el otro lado -dije-, si el viejo no abandona su auto para irse caminando.

-¿Caminando? ¿Cómo así…? ¿Qué le pasó?

-Lo desesperaron los gritos del flacuchento -lo señalé en la ambulancia-. Un ataque de nervios.

-Ah… Entonces él comenzó todo.

-No, fue la señora -señalé a la mujer de unos cincuenta años que tomaba agua en un andén, el rostro enrojecido, el pelo hecho una bola de sudor, las gafas en el pasto-. No avanzó. Quería pasar al carril central de la avenida, metiéndosele a los carros poco a poco. Ya sabe, como se acostumbra. No fue capaz. Entró en crisis y se pegó a la bocina para que le dieran paso. Fue inútil, con la falta de civismo. Los bocinazos estallaron los nervios del del flacuchento, que chocó al de adelante. El viejo se desesperó y se fue. La camioneta buscó otro camino y toteó el hidrante. Los heridos fueron por otra discusión más atrás, que terminó en pelea.

-Qué caos -dijo el teniente y llenó de aire sus pulmones-. ¿Qué sugiere, Pérez? ¿Qué hacemos?

-Corrámonos un poco que nos estamos mojando.

-No, hombre -dijo fastidiado-. ¿Qué hacemos para mejorar esta intersección? Ya es la tercera vez que pasa algo grave. Cada vez es peor.

-Ah… ¿Qué tal una campaña educativa?

El teniente alzó las cejas y suspiró.

-Por ahora instalemos un semáforo.

Una tarde en el zoológico de Nurk

-El zoológico de Nurk tiene la única colección en el universo de esta curiosa rama evolutiva -dijo orgulloso el guía-: dinosaurios rescatados del planeta Tierra antes de que los humanos existieran.

-¡Qué ternura de animalitos! -dijo un niño mientras un pterodáctilo le picoteaba el zapato a través de la reja.

-¿Por qué no destruimos ese planeta antes de que los humanos salieran? -dijo uno de los turistas.

-Nuestros antepasados no eran previsivos -le respondió otro visitante-. Nos habríamos librado de esa plaga.

-¿Plaga? -dijo otro más-. Es culpa de los militares que no pueden con ellos y sus aliados. Pero plaga no son. Un tío que vive en la galaxia Zelix me dice que son deliciosos.

-Jeje, cierto. Costumbres curiosas de nuestra especie. Dicen que fritos son ricos. En otras galaxias los tienen como mascotas. A mi entender, no son más que una curiosidad de zoológico. Pueden verlo por ustedes mismos en la próxima galería. Sigamos.

Whisky nacional

Whisky nacional

-Por fin -dijo Heriberto contento y tomó otro largo sorbo del whisky recién salido del alambique-. Este nos quedó perfecto.

-A mí me saben todos igual -dijo Yeison, que podría haber estado tomando alcohol puro.

-Es exacto al original -dijo Heriberto-. Ahora toca comprarles botellas vacías a los recicladores, eso sí, de las mejores marcas, y llenarlas con nuestro whisky. Luego las vendemos a buen precio.

Yeison se rascó la cabeza.

-Pero… ¿si nuestro whisky es tan bueno, por qué no sacamos una marca nacional? Eso pasó con la cerveza. Ahora hay muchas cervecerías artesanales.

-Yeison, eso sería mucho trabajo: mercadeo, competencia, superar prejuicios, pedir permisos y licencias, pagar impuestos, traer maquinaria en buen estado, esperar a que se añeje, en fin. No señor, vamos a ser ricos rápido.

-¿Y si alguien saca un whisky colombiano exitoso?

-Pues llenamos sus botellas con el nuestro.

-¿Y si la policía nos encuentra?

-Jaja, la policía, ¿cómo nos va a encontrar la policía?

-Jaja, sí, ¿cómo? -rio Yeison, no muy seguro, y confió en que nadie repitiera lo que él había contado en la fiesta de la pensión, después de unos tragos. Es que el whisky le daba muy duro.

“La chismosa”

Tardes y noches pasaba Misía Ernestina en la ventana que daba a la plaza, a la espera de eventos para comentar en la peluquería, el café, la iglesia. Horas aguardaba para detectar el roce sugerente de dos amantes, la llegada de un forastero, el alegato de dos conocidos, el nuevo auto de Don Rumiano y hasta un asesinato tarde en la noche, el de Bernabé. Ese sí que fue un gran suceso y ella, gustosa, narró con detalles y a quien la quiso escuchar, cómo la sombra esperó en una esquina para acuchillar a la finada. El comisario también le pidió su testimonio. Le llamaron la atención el entusiasmo, los detalles, la falta de empatía, y la insistencia en que Bernabé fue acuchillada. Porque al asesino, capturado no lejos del pueblo, le encontraron un cuchillo limpio en una bolsa, con una fajo de billetes. El machete con sangre apareció cerca del río. Misía Ernestina se quebró. Con magras palabras confesó que había mandado matar a Bernabé porque le decía “La chismosa”.