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La Laguna del Cacique de Guatavita (El Dorado)

Cientos de personas rodean la laguna. Pero solo cuando no se escucha más que el sonido del viento y los pájaros, el cacique sale de la tienda. El sol radiante golpea su cuerpo dorado y proyecta rayos del mismo color en todas direcciones. Mi respiración se corta. Es una visión gloriosa: el cacique dorado, el cacique hecho sol al pie de la laguna esmeralda, recipiente de consagración regalo de los dioses. El cacique camina despacio hacia la balsa. Pero no lo hace con la seguridad de antaño. Debe ser la incertidumbre. Yo, que viajé desde una región remota, he escuchado las historias. La ceremonia de hoy podría no salir como siempre.

Esas montañas tienen magia, pienso, mientras viajo hacia el norte de la Sabana de Bogotá por la Autopista y luego la doble calzada a Tunja, para visitar la laguna del cacique de Guatavita y revivir, así sea de oídas, su maravillosa historia. Esas montañas que acompañan la carretera durante kilómetros, son las mismas que arropan a Bogotá en su costado oriental. Y, sí, tienen magia. La misma magia que encontraron los españoles al fundar Bogotá a sus pies, la misma que encuentran quienes suben a Monserrate en busca de milagros, la misma de la laguna sagrada que quiero visitar. Al pie de esas montañas se encuentra el pueblo Sesquilé, a 37 kilómetros del Puente de la Caro, y desde allí comienza el ascenso a la laguna sagrada de los muiscas.

Después de recorrer quince kilómetros y medio desde el pueblo, primero bordeando el embalse de Tominé y luego tomando una estrecha carretera, se llega a la zona de ingreso a la laguna. Un amplio parqueadero y una zona empedrada reciben a los visitantes. El lugar está bien organizado para recibir el flujo de turistas, que de todos modos tiene un límite de setecientos diarios, para no sobrecargar el ecosistema. Y turistas hay, pues además de un par de familias colombianas, a mi grupo lo sigue un racimo de visitantes chinos. La entrada vale 12.000 pesos para los nacionales, 17.000 para los extranjeros. Niños y adultos mayores no pagan.

Zona de acceso a la reserva

Después de la entrada, el guía espera para reunir un grupo suficiente, y se inicia un recorrido por un camino de ladrillo rodeado de bosque, ya un agradable paseo, hasta llegar a la reproducción de una maloka muisca. Allí el guía de la CAR, Luis Carlos Toro, da una ilustrativa charla de quince minutos sobre la cultura de ese pueblo aborigen. De allí continuamos a pie el camino hacia la laguna.

Reproducción de una maloka muisca

La balsa del cacique se mueve despacio hacia el centro de la laguna. Cuatro auxiliares lo acompañan, las ofrendas de oro dispuestas en el borde, listas para ser arrojadas como tributo a los dioses . Allí está la mía, una figura en oro del dios de la lluvia para pedirle una cosecha abundante. ¿Qué ocurrirá? Algunos dicen que el cacique no se lanzará al agua, que va a protestar, que duda de la bendición divina. Dicen que no entiende cómo los dioses permiten lo que se cuenta: invasores, hombres-bestia de metal sedientos de oro, alimentos, mujeres, prestos a asesinar a quien no obedezca.

Probablemente ese mismo camino lo hayan recorrido los primeros que intentaron sacar las enormes cantidades de oro que los indígenas arrojaron durante generaciones a la laguna, en forma de ofrendas. Pues en 1545, enterado de las historias que se contaban, Lázaro Fonte y Hernán Pérez de Quesada intentaron vaciar la laguna con una cadena humana que pasaba baldes y baldes. Fracasaron. En tres meses no bajaron más de tres metros el nivel del agua.

Después de varios minutos se llega a la base exterior de las paredes de la laguna. Sí, esta es una extraordinaria particularidad geológica. Parece como si la parte superior de una enorme copa de ochocientos metros de diámetro hubiera surgido de la tierra, sus bordes externos e internos plenos de vegetación. Esa extraña formación de la laguna se produjo, dice la hipótesis más creíble que relata nuestro guía, por el vaciado de un enorme depósito de sal, la misma que se asentó en ese enorme mar que ocupaba la Sabana hace millones de años. Para entrar al interior de la copa, donde está la laguna, hay que subir sus bordes externos. Son 140 cuarenta escalones y numerosas rampas de un sendero empedrado, que nos lleva desde los dos mil novecientos sesenta metros metros sobre el nivel del mar, hasta los tres mil.

Inicio del sendero de ascenso a la laguna

Al llegar a la cima, es decir, al borde de la enorme copa en cuyo interior está la laguna, se accede al primero de tres miradores. Desde allí se aprecia la laguna en todo su esplendor: un espejo circular de agua color esmeralda, de setecientos metros de diámetro en su parte más ancha, rodeado por la vegetación de las paredes del cuenco. Con esa visión es fácil entender por qué el pueblo muisca consideró sagrado este lugar maravilloso, una laguna verde resplandeciente enclavada en las montañas, rodeada de vegetación, un teatro natural donde miles acudirían a contemplar desde las laderas el ritual de El Dorado, el cacique cubierto de polvo de oro que buscaba la bendición de los dioses.  

En la balsa, recogido en sus plegarias, el cacique llega a la mitad de la laguna. Pienso que se va a quedar así, buscando en su interior el significado de las historias que se escuchan. Pero justo entonces se pone en pie y los rayos del sol parecen golpearlo con más fuerza. Su figura dorada brilla a plenitud en medio de la laguna esmeralda. Camina con los brazos en alto hasta el borde de la balsa y arroja al agua una ofrenda tras otra. Los cuatro auxiliares que lo acompañan lo imitan. Unos minutos después no queda una pieza de oro. Entonces, el cacique se yergue cuan alto es, eleva sus brazos al cielo y lanza un grito que resuena en la laguna, sus paredes y hasta en las montañas circundantes. Su cuerpo dorado se estira en un arco y vuela por el aire en busca del agua. 

Laguna del cacique de Guatavita

Otra maravilla geográfica de la laguna es su conexión subterránea con los páramos, desde donde le llega agua constante, según cuenta nuestro guía, Luis Carlos Toro. Y fue justamente ese flujo permanente de agua, lo que echó a pique el siguiente gran intento de extraer el oro arrojado por los indígenas a la laguna. En efecto, una enorme cicatriz en el costado aún recuerda que en 1580 Antonio de Sepúlveda le hizo un tajo a la montaña para extraer el agua. Logró bajar el nivel veinte metros, pero el muro colapsó, mató a varios hombres, dejando apenas algunos hallazgos de oro y la enorme cicatriz que aún hoy se ve.

Hoy en día, la laguna está protegida por la CAR para preservar el rico ecosistema que la rodea, así como para evitar nuevos intentos depredadores de extraer el oro que alberga en sus profundidades. No se podrá repetir el último esfuerzo que se hizo por secar la laguna, esta vez por parte de una compañía inglesa, que mediante un túnel hasta el centro sacó el agua, pero dejó un enorme lodazal que con el sol se transformó en cemento, imposibilitando la extracción de cantidades significativas de oro. La compañía terminó por quebrar. Si hoy en día se encuentra oro, será como le ocurrió a un trabajador en 2006, que halló varios tunjos de oro en una olla de barro mientras realizaba reparaciones a un camino.

Justo antes de salir, en el tercer y último mirador, se aprecia mejor el corte que se le hizo al borde de la laguna. Más de cuatrocientos años después, debería repararse. Que el agua llegue hasta el tope. Si inundamos un pueblo cercano (Guatavita La Vieja) para construir un embalse (Tominé) y obtener energía, ¿por qué no restaurar esta maravillosa formación para apreciar aún más de cerca lo sagrado que los muiscas encontraron en este lugar?

Laguna del cacique de Guatavita – A la izquierda, el corte de desagüe


Los guías apresuran a mi grupo para terminar el recorrido, pues nos sigue de cerca un grupo de turistas alemanes. Ha sido una caminata agradable, llena de historia, naturaleza, paisajes maravillosos, la laguna con su geología peculiar e historia fabulosa. Queda medio día para explorar los alrededores, para ir a Guatavita La Nueva, para visitar la Catedral de Sal de Zipaquirá, como hará el grupo de chinos, o simplemente para recorrer la Sabana, las montañas, y maravillarse ante el paisaje.

El cacique cae al agua y un grito de algarabía explota en torno a la laguna. La felicidad me embriaga, la esperanza de un futuro pleno, de la protección de los dioses. Ojalá este ritual se repita por siempre. Que las personas que vengan en el futuro sientan lo sagrado como lo sentí yo, que respeten a los dioses, que vean en esta laguna la bendición de la madre naturaleza sobre todo lo existente.

 

***

 

Tenga en cuenta:

Horario: Martes a domingo de 9 a.m. a 4 p.m.

Valor del ingreso: 12.000 (USD$4), niños menores de 5 años y adultos de más de 65 años no pagan ingreso

Se permiten máximo 700 visitantes al día, así que llegue temprano.

Vaya bien abrigado. La temperatura promedio en la Laguna es diez grados. Puede bajar más dado que se encuentra a 3100 metros de altura.

Lleve zapatos cómodos y seguros para caminata por terreno desigual.

Puede llover, lleve impermeable o sombrilla.

Cómo llegar: Desde Bogotá, tome la Autopista Norte, el puente de La Caro y la vía Briceño-Tunja. Desvíe en la entrada a Sesquilé. Desde allí, a siete kilómetros encuentra el desvío a la laguna del cacique Guatavita y en otros siete kilómetros llega al parqueadero de visitantes. También puede llegar por La Calera o por Sopó.  

Para saber más:

Artículo de la Sociedad Geográfica de Colombia Consultado 31.10.2017

Página de la CAR, entidad que administra el parque

Wikipedia

Tripadvisor

Google Maps

 

 

 

Teatro, bar y locura (Una noche en Bardo Teatro)

-La primera vez que vine -dice Juan, un joven de pelo largo, gafas, barba rala y saco azul de lana-, le escribí a Wendy en una servilleta: “vale por un matrimonio jipi”.  Luego nos ennoviamos y, un tiempo después, me terminó.

Wendy, sentada frente a él, confirma su versión con un leve asentimiento.

Abro los ojos de par en par. No era la historia que esperaba encontrar en mi visita a Bardo Teatro, bar del centro de Bogotá. Sin embargo, sí sospeché que me toparía con algo fuera de lo común, pues todo en el bar es sorprendente. Comenzando por su ubicación y fachada.

Conjunto residencial y comercial Procoil

En efecto, quien camine desprevenido por los corredores al aire libre del segundo piso del conjunto residencial y comercial Procoil, el enorme edificio color beige-rosado que se alza donde comienza la avenida 19, a la altura de la carrera tercera, se sorprenderá al encontrar, en medio de vitrinas de peluquerías y tiendas, arriba de un supermercado Olímpica, y debajo de oficinas donde ofrecen clases de ruso, trámites ante la curaduría y “confección sobre medidas y arreglos en general”, la vitrina de Bardo Teatro. Esa es ya otra sorpresa: un bar con vitrina. Su contenido no se queda atrás: candelabros con decenas de velas de colores, un grifo, un maniquí de bebé que salta mientras toca un violín, lámparas de sala, máquinas de escribir, bombos metálicos con bolas de bingo. Arriba a la izquierda, un letrero de letras rojas anuncia: “Teatro. Performance”.

Vitrina de Bardo Teatro

No llegué allí desprevenido, sino por recomendación, como llegan muchos, pero no por eso me asombro menos. Voy con mi novia a conocer el bar y, al entrar, el impacto es mayor al que genera la vitrina. El local no tendrá más de cinco metros de ancho por doce de largo. Sus paredes y techos rojos y negros, están repletos de objetos de arte, en una composición interminable de collages que mezclan ya la cabeza de un maniquí con el mango de una guitarra, ya el rostro de Jesús con una pistola o unas tijeras con un pequeño muñeco dentro de una jaula de canario. Nos sentamos en la única mesa libre de las veinte o más distribuidas por la galería-teatro, mesas pequeñas de madera pintadas de rojo, tan pequeñas como la parte central de las antiguas mesas para coser. Lo sé, pues justamente eso es la nuestra. El pedal de hierro la delata.

Bardo Teatro

Nos atienden a la mesa, porque como me dirá más adelante Marco Prieto, propietario y creador, Bardo Teatro es un bar sin barra. Un bar con vitrina, pero sin barra.

Pedimos dos cervezas.

-El que encuentre el objeto más raro -dice mi novia y señala en el techo una caja de violín, con los miembros de un maniquí en sus extremos, dos muletas afuera.

Acepto y con eso comenzamos una exploración del arte infinito que decora el bar: cómics de El Santo y Kalimán en una pequeña vitrina que cuelga de la pared, el molde de una cabeza de … ¿venado?, pintado con los colores de la bandera de Colombia, otra vitrina con cabezas de maniquís, bolas de golf, estetoscopios e imágenes antiguas…

Supongo que es la reacción de quien viene por primera vez, porque los demás asistentes hablan concentrados, gracias al volumen moderado del rock y pop que arrojan los parlantes. Una pareja acaramelada se funde en un pequeño sofá en una esquina, el rincón de una buhardilla. Un hombre de camisa verde limón con infinidad de micos blancos se acerca cada vez más a la mujer que quiere conquistar. Dos jóvenes con camisas negras de Kraken hablan recostados en los asientos, sus brazos extendidos. Un grupo ríe en una de las mesas más grandes. A mi izquierda, un hombre con camisa de Iron Maiden tiene en su brazo un tatuaje recién hecho envuelto en plástico transparente. El tatuaje fresco me llama la atención y me propongo hablar con él.

Por supuesto, la única reacción de quien viene por primera vez no es quedarse mirando las paredes o comentar los hechos del día. De eso da testimonio mi vecino de la derecha, Juan, pues, como decía, en su primera visita al bar le propuso matrimonio a Wendy en una servilleta. Lamentablemente, la servilleta se perdió, como se perdió el incipiente noviazgo en las distancias y diferencias. Sin embargo, por fortuna para ambos y gracias a una nueva servilleta, “vale por un noviazgo”, se volvieron a encontrar.

-Ahí está la tapa de la máquina de coser -dice mi novia y señala una mesa a dos o tres de la nuestra.

Una mesa de coser que sirve de mesa de bar, una servilleta donde se hacen propuestas de matrimonio. Ese parece ser el estilo del lugar. Descomponer objetos, descontextualizarlos, crear collages con otros: una mano de maniquí tan cerca de un rostro que parece dar un mensaje sobre la identidad, afiches de películas clásicas que ven de lejos un afiche de Gardel, el cuadro en blanco y negro de una virgen al lado de murales en las paredes. ¿Qué significa todo eso?, puede preguntarse uno finalmente.

Homenaje a “Bajo el volcán” y a Malcom Lowry.

Letreros de colores que cuelgan de pitas del techo darían pistas.  “Más veces descubrimos sabiduría con nuestros disparates que con nuestra ilustración”. “Ningún arte se encierra a sí mismo”. ¿Son esas fotos en blanco y negro de Jaime Garzón, el mapa de Colombia destruida, al lado de cabeza de maniquíes que cuelgan del techo, una metáfora de la indiferencia ante la violencia en Colombia, como dice mi novia? ¿Es la trasposición de objetos con cuerpos, de tiempos pasados con presentes, de materiales, una reflexión sobre la identidad fragmentada del ser humano?

La respuesta más cercana al origen la tiene su creador, Marco Prieto, director escénico, amante del teatro, la cultura, la literatura, quien desde hace doce años, cuando comenzó el bar, ha elaborado y renovado poco a poco  los objetos que hoy, más que decorarlo, lo constituyen.  “Como aquí no se puede hacer una obra de teatro enorme, necesariamente tenía que ser un teatro de texto. El concepto de colgar objetos en las paredes no es original de este u otros bares de Bogotá, sino de la Posguerra, cuando la gente al abrir un negocio llevaba la porcelana, el cuadro de sus casas, un montón de cosas, y se creaba una simbiosis. Como yo soy director escénico, las cosas las hago yo”.

A partir de sus gustos, de sus estudios en Barcelona, de sus inquietudes intelectuales, Marco elabora obras para reflexionar sobre la desconexión que vive el ser humano actual a pesar de la tecnología, para homenajear a escritores, para celebrar el arte de Miró o Tapiés, para crear un gran escenario donde todos, en últimas, somos actores.

Cambiamos de mesa para lograr otra perspectiva y pedimos más cerveza. Y allí, justo arriba de nosotros, coincidimos en que está uno de los objetos más raros del bar, un par de rotores de una antigua calculadora mecánica, montada en un pedestal con dos manos rojas y una cabeza blanca que sale de la base. Encima, me hace notar mi novia, están los marcos de la máquina de coser, un pedazo más del  rompecabezas.

Cuerpo con piezas de una calculadora mecánica

Hablamos de una cosa y otra, del Halloween que se aproxima, de trabajo, de planes, y tras una hora más pagamos una cuenta que no pasó de cuarenta mil pesos por varias rondas de cervezas y algunos paquetes de pasabocas.

Justo afuera del bar, el hombre de la camiseta de Maiden fuma un cigarrillo. Lo había olvidado, pero no desaprovecho la oportunidad.

“¿Por qué me gusta el lugar? Es diferente, la música, la decoración. ¿El tatuaje? Es arte japonés, me lo acabo de hacer. El último de trece que tengo en todo el cuerpo. ¿Este otro? Una firma. Rock al parque 2010. Un amigo de logística me dijo ‘pásese por acá y le presento a Calamaro’. Me boté por encima de una reja. ‘Fírmeme, fírmeme en cualquier parte’, le dije apenas lo vi, lo que hace uno cuando tiene la oportunidad de conocer a uno de esos manes. Me firmó el antebrazo y luego me lo tatué. Tatuarse es un placer. Genera una adrenalina impresionante. Es una adicción. Cuando uno comienza quiere otro y otro más”.

Tatuarse. Inscribir la piel con dibujos, formas, letras, para proyectar mejor los gustos y la identidad.

Así, en la piel del bar que son las paredes y el techo, Marco ha plasmado su arte, convirtiendo el espacio en una galería, un performance vivo en constante cambio a medida que renueva las obras y cambian los clientes, un teatro que cuestiona y relaja, que descontextualiza y genera adrenalina, que produce significado y locura. Locura de proponer matrimonio en una servilleta la primera vez que se asiste, significado de materializarlo cinco años después.

Porque Juan y Wendy se casan el año entrante.

 

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Bardo Teatro

Dirección: Calle 19 # 3a-37, local 111, Bogotá

Facebook: Bardo Calavera Teatrocidio

Una pared de Bardo Teatro

 

 

 

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