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La rueda

Siempre vuelvo a la rueda. Quiero subir de nuevo mientras gira y gira. Pero llegué hace quince minutos y justo un perro, un pastor alemán, me ladró con rabia. No sé por qué la emprendió contra mí. No quiero hacer nada malo. Solamente subir y dar vueltas, reír y gritar. Finalmente el perro se cansó y avance unos metros. Justo entonces, no sé por qué, los adultos se llevaron a los niños. “Hace frío, entremos ya”, dijeron. Ahora la rueda está vacía y no da vueltas. Igual a cuando, estando en ella, me caí al tratar de robarle un juguete a uno de los niños del barrio y me torcí el cuello. La rueda duró días y días con una cinta amarilla, quieta. [Federico]

 

 

Una vieja camioneta

Ahora sí le va a dar envidia al viejo Emeterio, mi vecino. Porque la camioneta quedó reluciente, como nueva. Incluso en el pueblo, un forastero la elogió: “una joya clásica”. Claro, antes no era más que las latas peladas y Emeterio dele con “ese tiesto está peor que mi azadón”, “corren más mis vacas que esa cafetera”, “Uy, píntela que se la confunden con boñíga”. Gozaba el viejo. Pero ahora sí le va a dar envidia. Y pensar que me tocó arreglarla gracias a él. Porque fui yo quien atropelló sin querer una de sus vacas. Es que la camioneta corre rápido. [Arnulfo Piedrahita].

 

 

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Agua lodosa

Margarita. Despierto. ¿Donde estoy? En un automóvil, un lote semiabandonado, agua lodosa alrededor, la puerta del pasajero abierta. ¿Qué pasó? La imagen llega con fuerza. Un aguacero terrible, un viejo que cojea en el andén. La compasión me mueve a recogerlo. Idiota. Apenas se sube saca un arma: “¡Al parqueadero!” Oh no… Me pide que me quite la chaqueta. Obedezco. Me dice que baje y abre la puerta de su costado. Cuando medio voltea la cara, saco el arma que llevo en la cartera. Disparo. De su arma sale un flash que me ciega. ¿Qué pasó? Mi mano encuentra un líquido caliente en la sien. Me asomo a la puerta. Su cadáver yace entre el agua mugrosa.