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Secretos mortales (novela corta de suspenso) – Santiago Restrepo

Portada de Secretos mortalesA punto de insertar una llave en la cerradura, el ruido de un golpe en el interior del apartamento me frenó en seco.

Mi corazón se saltó un latido. ¿Quién estaría adentro? ¿Un ladrón? Imposible. El edificio era seguro. Un vigilante cuidaba a toda hora la entrada principal. Además, no veía señales de que la puerta hubiera sido forzada.

Quizás Ana Milena, mi esposa, había llegado antes de lo previsto para darme una sorpresa. Era viernes y me había llamado a mediodía para avisarme que llegaría a las siete de Girardot, donde entresemana grababa una telenovela. Yo me había volado de la oficina a las cuatro y media para comprar algunos ingredientes y cocinarle comida italiana, su favorita.

Metí la llave, giré la chapa y empujé la puerta.

­–¡Hola, amor, ya lleguee-eé! –llamé con entusiasmo.

Nadie respondió.

Me encogí de hombros. El ruido habría salido del apartamento vecino o de algún objeto mal acomodado.

Alcé las bolsas con las compras y caminé desprevenido por el corto corredor de entrada.

Giré a la izquierda para atravesar el comedor hacia la cocina.

Una sombra negra se me echó encima.

Mi respiración se cortó. ¿Qué era…?

Una mano agarró mi camisa y un puño se movió veloz hacia mi cara.

Levanté un brazo por reflejo, pero apenas desvié el puñetazo que aterrizó con fuerza en el costado izquierdo de mi cabeza.

Todo se nubló, el dolor se expandió por mi cráneo y caí al suelo.

El tipo, vestido de negro y encapuchado, se me acercó.

Me cubrí la cara con los brazos a la espera de un golpe.

Pero el tipo siguió de largo.

Apoyé las manos sobre el tapete y levanté el torso. La figura de negro salía al balcón por la puerta de vidrio del comedor.

Me incorporé. Mi cuerpo se fue de costado. Me agarré de la mesa con ambas manos y esperé un segundo. Miré hacia el balcón. Ya no había nadie.

Salí y me asomé por encima de la baranda. El hombre corría calle abajo a unos veinte metros. Desde donde vivíamos, en el segundo piso del edificio, solo había necesitado un salto de un par de metros para escapar.

Lo observé desconcertado un momento, hasta que reaccioné y saqué el celular del bolsillo. Llamé a la policía.

–Línea de emergencias de Bogotá –me contestó una voz templada.

–Mire… eh, un tipo, un ladrón entró a mi apartamento… –dije agitado–, me atacó y acaba de escapar…

El operador tomó mis datos y me hizo algunas preguntas. A medida que pasaban los segundos me fui calmando y me di cuenta de que sería inútil que la policía lo buscara. La carrera séptima quedaba a pocas cuadras del edificio y para el intruso sería muy fácil desaparecer allí, si es que un cómplice no lo había recogido ya.

De todas formas no interrumpí al operador, quien me informó que dos patrulleros acababan de salir en busca de alguien con las características descritas y que luego pasarían por el edificio.

Le di las gracias y colgué.

En ese momento volví a notar el dolor que se expandía por mi cabeza, justo arriba de mi sien izquierda. Me sobé con una mano y noté una inflamación. El maldito tipo me había dado duro. Tendría que ponerme hielo.

Entré al comedor y vi las bolsas de supermercado tiradas en el piso. La mantequilla y el paquete de pasta se habían salido. Recogí todo y lo llevé a la mesa auxiliar de la cocina. Saqué unos hielos del congelador y los envolví en un trapo. Hice presión con él sobre el lugar del golpe.

Una duda apareció en mi mente y regresé al balcón. Miré hacia abajo. No era difícil trepar el muro lateral del antejardín del edificio. Desde ahí una persona ágil podría saltar hasta nuestro balcón. Al ser el barrio tan tranquilo, nadie se había percatado de esa falla elemental de seguridad.

A continuación, examiné la puerta corrediza que conectaba el comedor con el balcón. No exhibía rastros de violencia. Seguramente yo mismo la había dejado sin seguro. Solté un suspiro profundo.

Entré de nuevo al apartamento. Quería mirar qué había robado el hampón. No recordaba haberle visto algo en las manos o un morral en la espalda.

Inspeccioné el estudio. Los dos computadores seguían en su sitio. En el cuarto donde Ana Milena y yo dormíamos no encontré desorden ni cajones abiertos. Al parecer no faltaba nada.

Quince minutos más tarde llegaron los patrulleros y bajé a hablar con ellos. No habían encontrado al intruso. Arnulfo, el portero y vigilante de turno, no se había dado cuenta de nada y mostró una preocupación exagerada. Les conté detalles de lo sucedido y miramos los videos de seguridad. En uno de ellos se veía al tipo trepando por el muro lateral, como lo supuse. Cinco minutos después, según el tiempo registrado por las cámaras, el intruso saltaba y escapaba. Me rasqué la cabeza. ¿Qué había hecho durante cinco minutos en nuestro apartamento? Los ladrones por lo general no pierden un segundo. Este ni siquiera había desenchufado los computadores o escarbado en los cajones. Muy extraño.

***

Decidí no contarle nada a Ana Milena ese día para no recibirla con una mala noticia.

Llegó poco antes de las siete, dichosa aunque cansada. Mientras se bañaba para refrescarse del viaje, le di los últimos toques a la pasta, preparé una entrada de pan con mozzarella y jamón y serví dos copas de vino tinto. Llevé la entrada y el vino a la sala en una bandeja, que coloqué sobre la mesa de centro, tras apartar un pato de bronce y una matera.

Ana Milena volvió a la sala radiante y con ganas de hablar. Brindamos y me contó que, según algunas encuestas, su personaje en la telenovela ganaba popularidad entre la audiencia y que por ello el canal le daría más despliegue. Entusiasmada, me narró detalles de las grabaciones y otras cosas que ocurrieron en Girardot durante la semana.

Al escucharla hablar con esa pasión me sentí muy contento por ella. Cuando Ana Milena y yo nos conocimos, tres años atrás, ella había abandonado la actuación tras una ruptura dolorosa con su anterior pareja. Pero yo la animé a que retomara su profesión con ímpetu y ahora, tras muchos castings, roles pequeños, cientos de ensayos y días y días de incertidumbre, ese papel en la telenovela parecía ser el salto definitivo en su carrera.

Tras unos minutos más de charla, pasamos al comedor y serví la pasta. Mientras comíamos, le conté algunas cosas sobre la campaña de publicidad en la que trabajaba para una marca de chocolates.

Pero en la mitad de una frase me detuve y me quedé mirando al vacío con un poco de pasta enrollada en el tenedor.

–¿Qué te pasa, amor? –me interpeló Ana Milena.

–¿Ah? No, nada, ¿por qué? –dije apartando el recuerdo del puñetazo del intruso. Ingerí el rollo de pasta.

–Te noto distraído –dijo frunciendo el ceño–. Algo te pasó. ¿Es la oficina? ¿Tu jefe otra vez?

–No, no. No es nada, amor. Me distraje un segundo.

–Yo sé que algo te pasa, ¿qué es?

Ana Milena no se detendría hasta averiguar qué me ocurría. Tomé aire y decidí contarle de una vez.

–Esta tarde se metió un ladrón al apartamento –dejé el tenedor sobre la mesa.

–¿Cómo? –Ana Milena dio un respingo en el asiento.

–Sí, esta tarde, como a las cuatro y media.

Le conté todo lo sucedido, desde que llegué con las compras hasta que el tipo me golpeó y escapó.

–¿Seguro que estás bien? Déjame ver –dijo preocupada. Se levantó y se acercó a mí.

–No es nada, amor, solo fue un golpe. Pudo ser peor.

Me escarbó en el pelo y me sobó. Ya casi no me dolía.

–¿Por qué no me dijiste antes? –reclamó molesta.

–No quería recibirte con esa mala noticia. Te iba a contar mañana.

Esperé una protesta, pero no dijo nada. Se quedó mirando al techo y se mordió el labio inferior.

–¿Qué pasó, preciosa?

–No, nada… angustia. Te hubiera podido pasar algo peor… y, bueno, también me da miedo. ¿Me dices que el tipo no se llevó nada? –Se sentó de nuevo.

–Eso es lo raro –dije un poco extrañado por la pregunta–, no se llevó nada y estuvo como cinco minutos dentro del apartamento.

–¿En serio? –Ana Milena tomó la copa de vino y bebió un gran sorbo.

–Sí, una de las cámaras lo grabó al subir y bajar del balcón. En todo ese tiempo ni siquiera hurgó en los cajones o movió los computadores.

Ana Milena se llevó una mano a la mejilla. Sus ojos me miraban pero su mente se había ido a otra parte

–¿No te parece raro? –insistí.

–A lo mejor quería revisar primero para encontrar algo de más valor.

–Pero todo estaba en orden, como si no hubiera movido nada. Y hay otra cosa, cuando yo entré al apartamento el tipo estaba en la cocina o en el comedor, porque me atacó ahí, junto a esa pared –Señalé el lugar–. No estaba en el cuarto o en el estudio, donde cualquiera sabe que hay cosas más valiosas… ¿Estás bien? Te veo pálida.

–No… sí. Es que… como que hasta ahora caigo en cuenta del peligro… una cosa es que me lo digas y otra darse cuenta, sentirlo…

–Claro, te entiendo –dije, aunque en realidad estaba algo confundido por sus reacciones. Preferí callar durante un tiempo para que asimilara mejor la noticia.

Comí algunos bocados de pasta con parsimonia, hasta que se me ocurrió que la situación daba pie para plantear un tema delicado. Sabía que a Ana Milena no le gustaría. Pero lo del intruso tendría que hacerla cambiar de opinión.

***

Bebí un trago de vino, respiré hondo y dije:

–Amor, el problema de este apartamento es que al estar en el segundo piso, con el balcón, no es muy seguro. Yo sé que te encanta, pero con lo que pasó hoy y con lo bien que te está yendo en la telenovela podríamos pensar en un cambio, en conseguir algo mejor en otra parte. Un sitio más seguro y hasta más grande…

–¡No! –gritó Ana Milena.

La mano me tembló y casi tumbo la copa. No esperaba una respuesta afirmativa, pero tampoco un grito.

–Perdona, amor, estaba pensando en otra cosa –dijo Ana Milena al ver mi reacción–. Pero igual tú ya sabes lo que pienso. Este barrio es bonito y el apartamento es ideal para nosotros, tiene justo el espacio que necesitamos.

Cuando la conocí, Ana Milena ya vivía allí. Durante los tres años que llevábamos casados nunca había querido mudarse, a pesar de que buena parte de nuestros ingresos se iba en pagar el exorbitante arriendo, acorde con los precios de una de las zonas más costosas de la ciudad, las faldas de los cerros orientales de Bogotá.

–¿Te parece ideal pagar todo lo que pagamos para que además ahora se nos entren los ladrones? –dije entre molesto y asombrado por su terquedad.

Ana Milena chasqueó su lengua.

–Tú ya sabes que este apartamento me gusta –dijo.

Exhalé con fuerza. Como siempre que discutíamos el tema, Ana Milena huía de los argumentos y se atrincheraba en un gusto irrebatible, un capricho.

–¿Acaso cuánto tiempo quieres que sigamos acá? –dije con fastidio–. Ya son tres años de privarnos de otras cosas por pagar este maldito arriendo. Ya es hora de cambiar, de variar, de encontrar algo mejor.

Ana Milena no respondió. Miró el plato y apoyó la punta del tenedor en él.

Pensé en decirle algo, en provocarla incluso. Pero me arrepentí. Suspiré hasta el fondo de mis pulmones y me tragué mi frustración.

Volví a la pasta. Escarbé con el tenedor sin armar un bocado.

Pasaría un minuto cuando Ana Milena habló en tono sereno:

–¿Sabes qué, amor? Tienes razón. Puede ser que haya llegado el tiempo de un cambio. Pero te propongo una cosa: déjame hacerme a la idea y hablemos del tema en un par de semanas con más calma. ¿Te parece?

No daba crédito a mis oídos. ¿Acababa Ana Milena de salir de su reducto? ¿Iba a cambiar de posición así no más? ¿O simplemente me estaba dando largas? Opté por seguirle la corriente para luego cobrarle sus palabras.

–Excelente, amor, me parece muy bien –dije con entusiasmo–. Dos semanas es un buen tiempo. Vas a ver que encontraremos algo mejor. Mientras tanto, ya esta tarde llamé al presidente de la junta de administración y me dijo que mañana mismo van a instalar una reja en el muro.

Ana Milena arrugó las cejas.

–¿Mañana? Mañana no, José Luis. Mañana es sábado, es día de descanso. Quiero estar tranquila. Cancélalo, que lo hagan la próxima semana.

–Pero… amor, no podemos dejar eso así.

–El tipo no va a volver en estos días, no te preocupes. No voy a gastarme el fin de semana aguantándome una obra aquí al lado, el ruido, el polvo, en fin. No. Tengo dos días en Bogotá y los quiero disfrutar en paz. Que lo hagan entresemana.

Ana Milena no cedería. Ya le conocía el tono. Al parecer había remplazado un capricho por otro.

Debió captar mi molestia, porque suavizó su voz:

–Amor, en vez de discutir, ¿por qué no nos tomamos unos vinos y nos concentramos en nosotros dos? ¿Te parece?

Parpadeé varias veces.

–Claro que sí, maravilloso –dije relajándome un poco.

Terminamos la pasta despacio y pasamos al sofá de la sala.

Sin embargo, lo que debió ser una charla tranquila y romántica, terminó siendo algo muy diferente.

***

Nos tomamos la primera copa de vino despacio. Hablamos de nuestras familias, de amigos en común y de una comida que estábamos planeando para el siguiente fin de semana en nuestro apartamento.

Ana Milena se tomó la segunda copa de vino como si fuera agua y la tercera le dio paso a una expresividad extraña:

–¡Te amo, tienes que saber que te amo! –dijo abrazándome–. Puede que tengamos momentos de dificultad pero yo, contigo… eres alguien que me ha entendido muy bien. Realmente. No olvides eso, amor.

–Yo también te amo, preciosa.

–¡Siempre te voy a amar! Te perdonaría muchas cosas, ¿sabes? Eso no quiere decir que hagas algo malo. No, no, pero te perdonaría. Es cuestión de entenderse.

–¿Cómo así? –dije arrugando las cejas.

–No, nada, amorcito… que perdonar es amar. Y yo te amo. Es bonito lo que hay entre los dos, nunca lo olvides. Nos amamos. Hay que seguir construyendo y superar todos los retos. Eso es lo importante. Si pasan cosas o han pasado, es otra cosa, ¿cierto, amor?

Respondí afirmativamente, aunque con la cabeza enredada. Le pregunté por qué me hablaba así, si acaso quería contarme algo. Ignoró mi pregunta y continuó en la misma tónica.

Traté de que no tomara más, pero fue en vano. Me tocó apurar algunas copas de vino para que no terminaran en su estómago.

En medio de unas palabras sobre la vida, Ana Milena me dijo que estaba cansada y se acostó en el sofá. Murmuró algunas cosas entre dientes y quedó profunda.

Sin entender muy bien qué acababa de pasar, esperé unos minutos hasta que estuvo bien dormida, la alcé y la acosté en nuestra cama. Le quité los zapatos, el saco y la arropé.

Fui hasta la cocina y me serví un vaso de agua. Pensé en acostarme también, pero ahora era yo el que se sentía intranquilo.

***

Caminé un rato por el apartamento y luego me senté en uno de los sillones de la sala.

Me desconcertaba el comportamiento de Ana Milena. Lo pensativa que se había mostrado durante la comida y la expresividad rara de la charla posterior. Además, había bebido demasiado rápido, algo poco característico en ella. Y el reencuentro romántico, algo muy esperado por ambos todos los viernes, había terminado en un sueño tempranero.

Quizás lo del ladrón la había afectado… Pero eso no explicaría sus extrañas frases sobre el perdón, sobre nuestro amor, como si quisiera asegurarse de que la seguiría queriendo en caso de que algo ocurriera… o hubiera ocurrido.

¿Acaso me estaría siendo infiel? Mi estómago se revolvió ante la posibilidad. Y no es que yo fuera celoso, pero a veces era inevitable pensar en eso durante los días en que Ana Milena se ausentaba. No me resultaba fácil pasar los días encerrado en el piso 30 de un edificio en la fría Bogotá, mientras ella filmaba escenas en vestidos cortos bajo el ardiente sol de Girardot. Tampoco era agradable llegar al apartamento de noche, prender el televisor y verla coqueteando o incluso besándose con los galanes de la telenovela.

Pero, independientemente de lo duro del asunto, yo entendía plenamente su profesión, la respaldaba al cien por ciento y viceversa. Nuestra relación era sólida y no existían motivos reales para celarnos. Además, nuestra comunicación era excelente cuando ella viajaba a Girardot.

Si no era una infidelidad, ¿entonces qué ocurría?

Quizás lo del robo la había alterado en un nivel distinto. Una situación así puede impactar negativamente la sensación general de seguridad. Es más, a lo mejor yo también me sentía inseguro por eso mismo y dudaba de comportamientos o palabras de Ana Milena que, aunque raros, en otra circunstancia habría pasado por alto.

Sonaba lógico, pero algo me decía que no se trataba de eso. Algo me inquietaba y lamentablemente era el asunto de una posible infidelidad. Y es que en los raros momentos en los que irrumpía esa idea, siempre resurgía un elemento del pasado de Ana Milena que terminaba proyectando su sombra sobre el presente.

Valga la pena aclarar, eso sí, que el pasado nunca importó en nuestra relación. Desde el comienzo acordamos no hablar mucho de las uniones anteriores de cada cual y creo que eso fue positivo. Pero algo de lo poco que ella me había contado alimentaba mis dudas.

Ambos estuvimos casados antes de conocernos. O mejor, ambos compartimos nuestras vidas con otras personas. Ella vivió con alguien en unión libre y yo estuve casado por lo civil. Ana Milena conoció a su expareja, Julián, un empresario, en un bar de la Zona Rosa, una noche en la que salió con sus compañeras de universidad. En ese entonces, a ella le faltaban dos años para terminar su carrera de Actuación y Medios de Comunicación y, tras unos meses de noviazgo, se fueron a vivir juntos. La relación fue buena al comienzo, pero, según me contó Ana Milena, con el tiempo se fue deteriorando, al punto en que durante el último año ella estuvo segura de que él le fue infiel en repetidas ocasiones. Sin embargo, eso no terminó la relación. El final definitivo se produjo cuando él se trasladó a la costa norte por razones de trabajo y ella decidió no acompañarlo. En total duraron casi cuatro años entre noviazgo y convivencia. Eso era prácticamente todo lo que yo sabía.

Lo único que no me cuadraba de esa historia era que una mujer bonita, independiente y con carácter, como Ana Milena, se aguantara un año de infidelidades. ¿Por qué no le terminó si sabía que él le era infiel? ¿O es que acaso ella le correspondía con amoríos propios? ¿Por qué conmigo se mostró tan firme al advertirme que no toleraría ese tipo de comportamiento cuando antes no le importó tanto? Nada de eso me cuadraba y no lo entendía.

A cambio de dejar el pasado atrás y construir nuestro futuro, nunca le formulé esas preguntas a Ana Milena. Para mí bastaba la confianza mutua. Pero cuando esa confianza se debilitaba, como ahora que la notaba tan rara, las dudas reaparecían.

Barajé teorías durante media hora, hasta que me cansé y decidí irme a dormir con la esperanza de que al día siguiente el panorama se aclarara.

***

Foto 1

Foto de Santiago Restrepo

El sábado Ana Milena amaneció animada y me dijo que aprovecháramos el día soleado con un paseo por la Sabana. Me sorprendió su cambio de actitud y lo acepté agradecido, sin preguntar a qué se debía.

Salimos en su carro y sin mucho planear paramos a comer pandeyucas por el camino, almorzamos en un restaurante campestre de carnes a la parrilla y llegamos a Guatavita a media tarde, donde caminamos, tomamos tinto y comimos merengón y brevas con arequipe. Al regreso, Ana Milena insistió en que pasáramos por un centro comercial, donde miró vestidos en una tienda de ropa, pero finalmente no compró nada. Llegamos al edificio a las siete y media de la noche, rendidos y con ganas de descansar.

Parqueamos en el sótano, nos bajamos y caminamos hacia el ascensor. Un sonido de pasos a la derecha llamó mi atención. De entre otros carros parqueados salía un tipo vestido con chaqueta de cuero café y camisa blanca de rayas. Hablaba por celular y en la otra mano llevaba una botella de vino.

Aparté la mirada y oprimí el botón del ascensor.

–Me acabo de bajar, Tatis –decía el tipo por el celular–. Ábreme que ya voy subiendo. Ya vienen Julio y Manuela. Chao.

Las puertas se abrieron y entramos. Hundí el 2 y el tipo el 3.

El ascensor se detuvo en nuestro piso y bajamos.

–Estoy cansada –dijo Ana Milena con una sonrisa y puso una mano en mi hombro.

–Yo también. Pero la pasamos rico.

–Sí, amor.

Inserté la llave en la cerradura y abrí.

Prendí la luz, hice seguir a Ana Milena y cerré la puerta al entrar.

Pasamos el corredor de entrada. En la sala, Ana Milena dejó caer su cartera en el sofá. Yo me quité la chaqueta y la puse sobre un sillón.

Dos personas saltaron hacia nosotros desde la oscuridad del comedor apuntándonos con pistolas.

Mi corazón estalló. Di dos pasos a la derecha y me coloqué delante de Ana Milena.

–¡Quietos! ¡Quietos o disparamos! ¡Callados! –dijo duro uno de ellos.

Levanté el brazo izquierdo mostrándoles mi palma vacía.

–Tr…, tranquilos, tranquilos –dije nervioso–. No nos hagan nada, llévense lo que quieran.

–Callado, ¿no entendió? ¡Callado! –dijo el más alto de los dos, un calvo corpulento, de aspecto atlético.

Ambos se acercaron a menos de dos metros de nosotros.

Ana Milena y yo retrocedimos hasta que tocamos el sofá.

–Eso sí, calladitos –siguió el calvo, al parecer el líder–. No vayan a hacer ninguna estupidez si no se quieren ganar un tiro. Siéntense.

Ana Milena soltó un sollozo. La ayudé a sentarse.

–Tranquila, amor –le dije con voz débil y temblorosa.

–Eso sí, muy bien –dijo el calvo–. Y usted tranquila, que ya sabe que esto no es con usted. Wílmer, la puerta.

¿Ya sabe que esto no es con usted? ¿Le hablaba a Ana Milena? Debí entender mal.

El otro tipo, de pelo negro crespo, nariz gruesa, cuerpo ancho con más grasa que músculos, dio unos pasos hacia la puerta y la abrió.

El hombre de la chaqueta de cuero que había subido con nosotros en el ascensor entró con una actitud determinada, muy distinta a la del visitante de reunión social que fingió ser antes. Ya no era un yuppie que iba a una comida a tomarse unos vinos, sino un hampón con una ligera barba negra, quijada gruesa, pelo corto engominado, alguien de buena familia metido en malos pasos desde hace tiempo. Al pasar por el corredor dejó la botella de vino sobre una mesita alta y angosta.

–Bien, Roberto, muy bien –dijo el calvo y luego le habló al bajito corpulento–. Wílmer, requíselos. A la señorita solo el bolso. Se ve que no esconde nada en eso que lleva puesto.

El vestido verde ajustado al cuerpo de Ana Milena dejaba sus hombros y parte de sus muslos al descubierto.

Wílmer apretó los labios. Pasó su mirada por todo el cuerpo de Ana Milena. Pero no se le acercó. Levantó la cartera de un tirón, sacó varias cosas de un manotazo y las examinó. Vació el resto de cosméticos y objetos personales sobre el sofá. Botó la cartera y lo que tenía en la mano al piso.

–Nada, solo pendejadas –dijo Wílmer.

El calvo me indicó que me pusiera de pie. Así lo hice y Wílmer me palmeó la camisa, la cintura y los tobillos.

Al finalizar asintió con su cabeza de marrano en dirección al calvo. Wílmer no solamente era el de más bajo rango entre los tres, sino también el más ordinario, tanto en su comportamiento grosero como en su forma de vestir: pantalones de tela gris barata y una camisa marrón de cuadros medio cubierta por una chaqueta de tela gastada y sucia.

–Guarden las armas. Yo los vigilo –dijo el jefe, el calvo–. Creo que nos vamos a entender.

Wílmer y Roberto obedecieron.

–Roberto, ahora sí ayúdele a Wílmer. Ya saben, sin hacer ruido.

Roberto caminó con Wílmer hacia el comedor. Se detuvieron frente a la pared de la izquierda, justo donde el ladrón me había atacado el viernes.

–¿Qué… qué están buscando ahí? –dije consternado por la coincidencia.

–Lo que nos pertenece –dijo el calvo.

–Ahí no hay nada.

–Shhh, tranquilo. Estese callado y verá que todo sale bien.

Wílmer prendió la luz del comedor. La base de la pared no tenía pintura en una zona de unos cincuenta centímetros de largo por veinte de alto. ¿Qué diablos hacían?

Roberto y Wílmer se arrodillaron. Wílmer le pasó algo a Roberto. Ambos se echaron hacia adelante y comenzaron a raspar la pared. El calvo se sentó en un sillón, frente al sofá, para vigilarnos. Lo giró un poco hacia su derecha para alcanzar a ver la labor de sus hombres.

–¿Qué están haciendo? –dije–. ¿Por qué romp…

–Ya le dije –me interrumpió con fuerza el calvo–, reclamar lo que es nuestro. Esperemos que esté ahí. Aunque, según Roberto, a quien usted se topó ayer en la tarde, hay espacio suficiente detrás de la pared. Y si usted no sabe a qué vinimos, quiere decir que eso quedó en buenas manos y ahí lo vamos a encontrar –el calvo terminó la frase y miró a Ana Milena.

Desconcertado me giré hacia mi esposa.

Observaba el suelo con los ojos húmedos.

¿Sabía algo de todo esto?

Ana Milena levantó la cabeza. Pensé que me hablaría, pero se dirigió al calvo.

–¿Por qué tenían que venir justo ahora? ¿Ah? –dijo con la voz quebrada–. ¿Por qué cuando estamos nosotros?

–Porque el jefe necesita eso ya.

–¿Qué pasa Ana Milena? –dije confundido–. ¿Quién es esta gente? ¿En qué te metiste?

Ana Milena se llevó ambas manos a la cara y se la tapó por completo. Dejó escapar un sollozo.

–Usted no sabía nada, ¿no? –me preguntó el calvo.

–¿Nada de qué? –dije molesto–. ¿Qué tenía que saber?

–Nada, no tenía que saber nada –dijo el calvo–. Mire, para que se tranquilice le voy a explicar qué pasó. El que vivía antes en este apartamento guardó algo detrás de la pared. No lo pudo sacar antes de irse. Un mes después, cuando su mujer se mudó acá, la persona que le cuento la llamó y le advirtió que no tumbara ninguna pared ni le contara a nadie sobre esa llamada, porque pondría en riesgo su vida. Eso es todo. Mañana lo único que va a quedar de todo esto es un hueco que usted mismo puede reparar, para evitar preguntas.

–¿Y qué guardaron ahí? –dije yo seco–. ¿Quién vivía antes acá?

–Fresco, hermano, relájese. Eso es todo lo que necesita saber. Si es inteligente, va a ser discreto como su esposa, que ni siquiera le contó a usted. Siga su vida normal. No le cuente nada a nadie y menos a la policía. Así se va a evitar problemas. Creo que eso es fácil de entender, ¿no?

Pensé en alegar. ¿Cómo me iba a quedar callado mientras unos tipos destrozaban mi apartamento? ¿Mientras hacían sentir mal a mi mujer además de haberla amenazado? Iba a decir algo, pero me contuve a último momento. Estaba claro que esos tipos iban en serio. Gente armada y peligrosa. Profesionales que incluso traían pistolas con silenciadores, lo que mostraba que estaban dispuestos a utilizarlas y huir tranquilamente. ¿Qué estarían sacando de la pared? No había muchas opciones: plata, drogas, armas o quizás hasta un cadáver. Nada legal, en cualquier caso.

Lo mejor que podía pasar era que terminaran rápido, se fueran y nos dejaran en paz. Ana Milena ya me contaría detalles de lo sucedido. Pobre, lo que debió sufrir con esa amenaza encima, con eso ahí en el apartamento…

En ese instante entendí el comportamiento extraño de mi esposa. Claro, eso lo explicaba todo. Ella debió suponer que el intruso que había entrado la víspera al apartamento no era un ladrón común y corriente, sino alguien que venía a buscar lo que habían guardado en la pared. Y como sabía que volvería, insistió en que no instalaran la reja y en que saliéramos a pasear por la Sabana. Quería que sacaran eso rápido, salvándonos de lo que ahora vivíamos. Tomé su mano. Debió sufrir mucho durante los años que llevaba viviendo en el apartamento al saber que algo así ocurriría tarde o temprano.

Todo eso también explicaba por qué Ana Milena nunca había querido cambiar de vivienda. Seguramente temía que la culparan a ella si algo le pasaba a lo guardado.

Sacudí la cabeza de un lado a otro y maldije a toda esa gente. ¿Cómo podían hacerle algo así a una persona inocente? Y, más encima, ahora irrumpían en nuestras vidas pisoteándolas a punta de pistola.

Rezumé rabia durante un par de minutos con los dientes apretados.

¿Y qué podía hacer yo? Nada. Imposible hacer algo contra tres tipos armados. Además, se veía que el calvo era un delincuente profesional. Sentado en el sillón, controlaba todo a su alrededor con frialdad. Giraba su cabeza despacio y sin alarma, mirando de vez en cuando hacia el comedor sin dejar de apuntarnos con la pistola. Claramente era alguien curtido por las dificultades de la vida, incluso por el combate armado, con un rostro duro y una cicatriz gruesa en el cuello. Lucía botas negras estilo militar. Su cuerpo era un bloque de músculos dispuestos a ponerse en acción en cualquier momento.

Roberto y Wílmer se dijeron algo en el comedor. Wílmer, arrodillado, se inclinó aún más en el suelo, llevó sus manos al frente y zafó un ladrillo de la pared. Metió su mano derecha en el hueco. Forcejeó y extrajo un objeto rectangular, envuelto en plástico transparente.

Billetes.

Wílmer sacó el fajo de la bolsa y pasó su dedo pulgar por uno de los bordes. Roberto lo miraba con los ojos bien abiertos.

–Excelente, muchachos –les dijo el calvo animado. Luego nos miró a Ana Milena y a mí–. Al parecer todo está en su sitio.

***

Debía tratarse, por supuesto, de plata del narcotráfico, el único negocio ilegal que mueve tanto efectivo. Cuando no alcanzan a lavar todo el dinero en negocios fachada, esos delincuentes tienen la costumbre de recurrir a ese tipo de caletas para esconderlo, convirtiéndolo en una reserva para situaciones de crisis o necesidad.

Complacido por el hallazgo, el calvo tuvo el descaro de preguntarnos dónde guardábamos el trago. Entretanto, sus hombres removían un segundo ladrillo de la pared falsa. Como de nada serviría mentirle, se lo dije y él con toda tranquilidad se desplazó hasta el mueble de pared del comedor, sacó una botella de whisky y se sirvió en un vaso. Nos ofreció pero declinamos.

–Relájense. El jefe me dio órdenes de no hacerle daño a nadie. Eso sí, siempre y cuando se comporten bien.

No respondí nada. Ana Milena seguía acongojada, con la mirada perdida.

En el comedor, Wílmer y Roberto comenzaron a sacar uno a uno los fajos. Los retiraban siempre de abajo, seguramente de varias enormes columnas de billetes situadas entre la pared falsa y la original. Como la tarea les tomaría tiempo, me decidí a charlar con el calvo para sacarle información.

–Hay que admitir que planearon muy bien todo esto –lo halagué cuando le vi la cara de placer al chupar whisky.

Me miró en silencio.

–No entiendo todavía cómo hicieron para entrar al edificio –seguí–. No creo que hayan repetido lo del balcón. ¿Arrendaron un apartamento en otro piso o qué?

El calvo me examinó durante varios segundos por encima de su vaso de licor.

–Supongo que puedo contarle, ya no importa –dijo con un dejo de orgullo en su voz–. Fue una operación sencilla. Vigilamos el edificio hoy desde temprano para detectar un carro que saliera lleno de equipaje, es decir, el de alguien que saliera a pasar el fin de semana fuera de Bogotá. Escogimos uno y lo seguimos. En un descuido del dueño, le robamos el dispositivo electrónico que abre las puertas del garaje y se lo instalamos a un carro del mismo modelo y color. El resto fue colocarle unas placas idénticas hechas por un conocido del…

Un movimiento en el comedor captó mi atención. Wilmer, aún arrodillado, se giraba hacia la sala. Se llevó una mano a la cintura y sacó su pistola.

Mi corazón se aceleró. Pensé en decir algo, pero me paralicé.

El calvo miró en esa dirección. Cuando vio lo que ocurría levantó su arma.

Dos silbidos secos salieron de la pistola de Wílmer.

La cabeza del calvo se fue hacia atrás con fuerza y su cuerpo se sacudió sobre la silla. Varias gotas de sangre salpicaron la mesa de centro.

El pánico invadió mis venas. Me giré y eché medio cuerpo encima de Ana Milena, que gritaba tapándose los ojos con las manos.

Wílmer giró con la pistola y le apuntó a Roberto que apenas se volteaba a mirar qué sucedía.

Los silbidos sonaron de nuevo.

El cuerpo de Roberto se contorsionó y un instante después se desgonzó como si fuera un muñeco de trapo.

Una mancha de sangre quedó sobre el hueco de la pared.

Wílmer se volteó de nuevo y nos apuntó con el arma.

Levanté una mano en un gesto inútil de indefensión.

–¡Quietos hijueputas! ¡Quietos ahí o los quemo! –dijo Wílmer con rabia.

No nos movimos. Ambos lo miramos aterrorizados mientras se acercaba. Pero no se dirigió hacia nosotros, sino hacia el calvo, que se había escurrido al suelo. Wílmer le apuntó a la cabeza y le disparó de nuevo.

–Aaaaaaaah –gritó Ana Milena espantada y se pegó aún más a mí.

Yo respiraba a mil por hora. Con una mano sujetaba a Ana Milena y con la otra apretaba uno de los cojines del sofá.

–¡Cállesen! –dijo Wílmer y se agachó junto al calvo.

Le quitó la pistola que aún sostenía en su mano derecha y le sacó otra más pequeña del tobillo. Luego volvió al lado de Roberto y corrió su cuerpo hacia la puerta de la cocina para despejar el hueco de la caleta. Se agachó y le sacó un arma del cinto.

–Jaja, ¿estos tarados qué creían? –dijo Wílmer con desprecio y alegría–. ¿Que me iban a pagar una miseria por sacar este dineral? ¿Que de verdad le íbamos a llevar todo al güevón ese? ¡Que se jodan todos! Bien bruto sí es ese man por dejar la plata ahí.

Wílmer colocó el arma de Roberto sobre la mesa, mientras nos miraba de reojo. Le sacó el proveedor a su pistola y lo cambio por otro. Solo entonces guardó el arma de Roberto en su chaqueta junto a las del calvo.

–A ver –dijo señalando varias veces con la pistola hacia el corredor que llevaba al cuarto y al estudio–, vamos por dos maletas. ¡A empacar billetes! ¡Apúresen!

Asentí sin poder abrir la boca. Ana Milena, con el rostro desencajado, miraba el cadáver del calvo estirado sobre el suelo a menos de dos metros de nosotros.

–Y usted, mi amor –le dijo Wílmer a Ana Milena–, deje esa carita de tristeza y más bien muévase a ayudarle a su marido. Ande, bellezura.

Wílmer terminó la frase y con la boca abierta se quedó mirándole las piernas a Ana Milena. Con los sobresaltos de los disparos, el vestido se le había subido más arriba de la mitad de los muslos.

Ana Milena se dio cuenta y bajó la tela con sus manos.

–¡Vamos! –dijo Wílmer cuando se le acabó la distracción–. Dos maletas y a empacar. Y sin güevonadas o ya saben.

Nos pusimos de pie y caminamos hacia por el corredor. Por los nervios, casi me enredo y me tropiezo con Ana Milena. Ella me sostuvo del brazo. Entramos al estudio.

Con manos temblorosas abrí las puertas del armario para sacar las maletas. En mi cabeza aún resonaban los disparos. Vi el movimiento violento de la cabeza del calvo, su cuerpo en convulsiones, la sangre…

Cerré los ojos y sacudí la cabeza. Necesitaba concentrarme en el presente.

–¡Sáquelas, sáquelas! –gritó Wílmer.

–Voy, voy.

Me moví despacio para ganar tiempo y calmarme. Tomé una maleta grande y la arrastré hacia afuera.

Miré a Wílmer de reojo. Sus ojos brillaban mientras observaba a Ana Milena recibir la maleta que yo le pasaba.

No me quedaban dudas de que Ana Milena le atraía.

Me apresuré a sacar un maletín, disgustado con ese tipo asqueroso.

Cuando lo coloqué al lado de la maleta me paralicé.

Wílmer no nos necesitaría dentro de poco. A él le convendría matar a todos los testigos antes de huir. No querría que nosotros le contáramos detalles de lo sucedido a la policía o incluso a su jefe, si venía a investigar.

Y por lo que percibía, a mí me necesitaba menos que a Ana Milena. Una vez me utilizara para terminar de sacar y empacar los billetes, me dispararía. Y entonces nada le impediría violar y luego matar a mi esposa.

Un corriente de tensión se apoderó de todo mi cuerpo. Necesitaba hacer algo.

De vuelta en el corredor, pensé en lanzármele al hampón para quitarle la pistola. Pero Wílmer mantenía una distancia prudente con nosotros, apuntándonos siempre con el arma. Sería imposible atacarlo sin que abriera fuego.

Un peso profundo me oprimió el pecho, como si todas las paredes del apartamento me aplastaran.

En el comedor, Ana Milena y yo nos agachamos entre el hueco de la pared y las pilas de billetes amontonadas sobre el tapete, al pie de la mesa. El cadáver de Roberto yacía a poco más de un metro de nosotros. Evité mirarlo, así como la sangre que manchaba la pared. Me concentré en empacar billetes a la par de Ana Milena. Wílmer se plantó en la sala, al lado de la mesa de centro, con el arma en alto dirigida hacia nosotros.

Cuando Ana Milena sacó uno de los fajos y lo puso encima de una pila, nos miramos a los ojos. Su semblante pálido traspiraba angustia y temor.

Ella también sospechaba lo que se nos venía encima.

Seguí empacando despacio los billetes mientras pensaba qué hacer. ¿Qué puede hacer uno contra alguien armado que le apunta desde lejos?

Me forcé a pensar soluciones. Una sería hablarle a Wílmer y convencerlo de que de que no nos hiciera nada, de que nos dejara vivir. Al fin y al cabo, ya tenía lo que quería, los billetes. Le prometeríamos que no le diríamos nada a su jefe e incluso que nos iríamos del apartamento durante una semana a Girardot o a cualquier otra parte…

Deseché la idea con rapidez. Un delincuente como ese no confiaría en la palabra ajena. Además, el hampón no se veía dispuesto a dialogar. Más bien, parecía listo a jalar el gatillo, acelerado como estaba tras matar a sus compinches.

Otra opción sería hablarle solo para distraerlo y en ese descuido atacarlo. Quizás preguntándole por su jefe… o alabando su agilidad para matar a sus compañeros.

Sacudí la cabeza. Era una idea absurda. No alcanzaría a dar dos pasos antes de que el hampón me frenara a balazos.

Apreté los labios y resoplé con fuerza por la nariz. Algo tenía que intentar. No esperaría la muerte así no más.

A lo mejor… una imagen se me vino a la mente… y… sí, juntando ambas cosas podría funcionar. Era la única posibilidad.

Organicé mejor los fajos que ya había metido en el maletín, sin dejar espacio entre ellos. Hice como que me acomodaba mejor y pasé por encima del maletín, dejándolo entre Wílmer y yo.

Cuando estuvo casi lleno, me corrí un poco hacia Ana Milena y le ayudé a meter billetes en la maleta grande. Necesitaba decirle algo sin que Wílmer se diera cuenta. Me incliné un par de veces hacia ella para captar su atención.

Ana Milena se percató de lo que yo quería, agarró un fajo y lo metió en el lado de la maleta más cercano a mí.

Giré la cabeza para que Wílmer no me viera la boca y le dije a mi esposa casi en un susurro:

–Provócalo.

Me acerqué de nuevo al maletín. Con una mano seguí echando billetes y con la otra sujeté con fuerza una de las manijas.

La expresión seria en el rostro de Ana Milena me dijo que había entendido el plan. Era cuestión de instantes. La adrenalina se disparó en mi sangre ante la inminencia del riesgo de muerte. Un vacío se formó en mi estómago.

Mantuve la cabeza agachada, observando con un ojo a Wílmer y con el otro a Ana Milena.

Apoyé mi pie izquierdo con fuerza sobre la alfombra para hacer palanca contra el suelo.

Unos segundos después Ana Milena actuó:

–Tengo calor –dijo y sacudió su pelo castaño largo mirando hacia arriba. En cuclillas, se bajó la parte de arriba del vestido mostrando más de su piel bronceada. Bajó sus manos despacio por el costado de su torso y las pasó con suavidad sobre sus piernas. Agarró el borde de su falda y lo subió despacio.

Los labios de Wílmer formaron una leve sonrisa y sus ojos se concentraron en Ana Milena.

Con velocidad me levanté y alzando el maletín frente a mí, a modo de escudo, me abalancé con la cabeza agachada hacia Wílmer con todos los músculos de mi cuerpo tensionados.

Di un paso, dos. Al tercero creí que no llegaría.

Los disparos sonaron con más fuerza que antes.

Trastabillé, pero en la caída choqué con fuerza al hampón. Caímos sobre el sofá.

Solté el maletín y busqué con desespero sus manos para sujetar la pistola.

Encontré su mano derecha y sentí el metal frío del arma. La agarré con fuerza con ambas manos.

Wílmer no la soltó.

Un disparo salió del arma. La lámpara del techo se quebró.

Wílmer jaló con fuerza la pistola.

Resistí el tirón y no la solté.

El hampón liberó una mano y lanzó un puñetazo que me dio en el pómulo derecho. El dolor se expandió por mi cara.

No aflojé el arma y eché mi cabeza hacia adelante con fuerza, golpeando su nariz.

–Agghhh –bufó Wílmer.

Repetí el movimiento. El hampón esquivó mi golpe moviéndose hacia la izquierda. Mi cabeza chocó el espaldar del sofá y perdí mi punto de apoyo.

Wílmer plantó sus pies en el suelo para ponerse de pie. Jaló la pistola con más fuerza.

Sentí que se me escapaba de las manos.

Un golpe seco sonó arriba de mí. No entendí qué era, pero las manos de Wílmer dejaron de hacer fuerza y su cuerpo se desplomó. Acompañé su caída sin soltar el arma. Sus rodillas impactaron el suelo y luego se fue de cara contra la alfombra. Le zafé la automática de las manos inertes y miré hacia arriba.

Ana Milena sostenía en sus manos el pato de bronce de la mesa de centro. Lo bajó y golpeó de nuevo la cabeza del hampón. Se produjo el mismo ruido seco, ahora acompañado de un crujido.

–Maldito idiota, asesino –dijo Ana Milena y subió el pato para golpearlo de nuevo con rabia.

–Ya no se mueve –dije con la voz ahogada por la respiración.

Ana Milena igual lanzó el golpe.

Le agarré el brazo y la detuve, más por calmarla que por salvarle la vida a Wílmer, que igual ya estaba bastante malherido. La sangre se enredaba en su pelo crespo y algunas gotas caían sobre la alfombra habana.

***

–¿Estás bien?, ¿te pasó algo? –dijo Ana Milena, la primera en salir del shock.

–Estoy bien, creo –Me miré el pecho y el estómago. Me pasé la mano por encima, aún incrédulo–. ¿Tú estás bien?

–Sí –Ana Milena miró el pato de bronce en su mano.

Lo dejó caer espantada.

El pato pegó en la mano de Wílmer y rodó hacia un costado.

Tomé a Ana Milena del brazo y di con ella un par de pasos hacia atrás. Contemplamos en silencio el desastre que nos rodeaba. Dos muertos, un herido, una pared rota y una enorme cantidad de billetes entre dólares, euros y pesos.

Recordé las pistolas que Wílmer le había quitado al calvo y a Roberto. No quería que se recuperara y tuviera armas a la mano. Se las saqué de los bolsillos de la chaqueta y las coloqué sobre la mesa del comedor. Seguí empuñando la pistola de Wílmer.

Mi corazón aún latía con rapidez. No me cabía en la cabeza que hubiera sido capaz de arriesgar mi vida lanzándome con un maletín como escudo contra alguien armado, escuchando los disparos mientras avanzaba, estrellándolo…

Sacudí la cabeza y aparté el recuerdo.

Por mera curiosidad me acerqué al maletín que me había servido de escudo. Le di la vuelta y varios fajos cayeron al suelo. Examiné algunos y encontré los huecos hechos por los disparos. Pasé saliva. Me había salvado por poco. Dejé el maletín en el suelo y saqué mi celular del bolsillo del pantalón. Era el momento de acabar con todo el caos y que la policía acudiera a realizar su trabajo.

–¿Qué haces? –dijo Ana Milena.

–Llamar a la policía. Ya es hora de que…

–¿Estás loco? –me interrumpió alzando la voz y levantando sus brazos–. ¿Cómo se te ocurre, José Luis? No podemos hacer eso.

–¿Por qué no? –respondí asombrado–. ¿Qué más vamos a hacer? ¿Cómo vamos a lidiar con…? –me faltaron las palabras para argumentar algo tan evidente. Señalé con mi mano hacia la sala y el comedor.

–Guarda el teléfono un segundo –dijo Ana Milena con firmeza–. Espera.

Me detuve y la miré. La seriedad de sus ojos se incrustó en los míos. Bajé el celular.

–José Luis –Ana Milena apretó los labios y bajó su rostro–, acuérdate que yo tengo que responder por esa plata.

El tono de fatalidad que usó Ana Milena me hundió. Recordé las palabras del calvo: el inquilino anterior le había advertido a ella que no tumbara paredes o remodelara… es decir, que no tocara esa plata.

Me pasé la mano por la frente buscando clarificar lo que eso implicaba. Porque eran los enviados de ese mismo tipo los que acababan de romper la pared. Pero Ana Milena detuvo mis pensamientos casi de inmediato.

–Creo que tenemos que hablar –dijo entre resignada y temerosa–. Te tengo que contar algunas cosas.

***

Quedé frío por el tono que usó. Nunca me había preocupado tanto por el “tenemos que hablar”.

Me senté en el sofá, algo desconcertado, dispuesto a escuchar.

Al ver los tres cuerpos tirados en el piso, dos en la sala y uno en el comedor, me paré de nuevo como un resorte.

–Vamos al comedor –dije–. Pero antes amarremos a este tipo.

Metí todas las pistolas menos la de Wílmer en una bolsa de supermercado y la guardé en una alacena de la cocina. Saqué un cuchillo de un cajón y corté una de las cuerdas del tendedero de ropa del pequeño patio del fondo. Volví a la sala y le amarré las manos al hampón detrás de la espalda y luego a la mesa de centro.

En el comedor, Ana Milena me esperaba sentada al fondo, en la cabecera de la mesa. Al caminar hacia ella me fijé en las luces que salían de algunas de las ventanas del edificio del frente. Sentí envidia de sus residentes. En ese momento disfrutarían sin preocupaciones de la noche de sábado con alguna reunión, fiesta o comida, sin imaginar que a pocos metros de ellos sus vecinos vivían una catástrofe.

Suspiré y me senté despacio.

Ana Milena miraba a la pared con los brazos cruzados. Decidí esperar a que comenzara a hablar.

–No sé por dónde empezar –dijo después de unos segundos. Inclinó el rostro y se mordió el labio inferior.

–Cuéntame lo que me tengas que contar –la animé incierto.

–Espero que me entiendas… –dudó, hizo una pausa y siguió–. Primero que todo, perdóname por no haberte dicho nada antes… era para… protegerte. Porque ha sido algo muy complicado. Lo único que quería era que esa gente viniera un día que no estuviéramos acá y se llevara todo sin problemas.

–Por eso querías que saliéramos el fin de semana.

–Sí, pero espera… porque lo que dijo el calvo no es cierto. Eso sí, por favor no te apresures a juzgarme y escúchame todo lo que te voy a contar.

–Claro que sí, amor, no te preocupes –dije esforzándome por mostrar una tranquilidad que no sentía. Mis pulmones buscaban aire con afán.

Ana Milena abrió la boca para empezar a hablar. La cerró de nuevo. Pensé que iba a seguir con más preámbulos y rodeos, pero me lo soltó de una:

–Mi anterior pareja fue un narcotraficante.

***

Quedé de piedra. Me tocó repetir mentalmente las palabras para entenderlas.

–¿Qué? ¿Cómo…? –medio reaccioné al fin–. ¿Cómo así? Me habías dicho que era… que era un empresario.

–Sí, pero no. En realidad era un narcotraficante.

–¿Cómo así? –subí el tono de voz–. ¿Por qué diablos no me dijiste antes?

–Cálmate, primero que todo. Dijiste que me ibas…

–¿Que me calme? ¿Quieres que me calme cuando me dices que tu ex fue un narcotraficante y que por eso casi me matan? ¿Cómo se te ocurre, por Dios, Ana Milena? ¿Por qué me cuentas eso solamente hasta ahora? Mmmgghh –las palabras se atoraron con rabia en mi garganta–. Absurdo… esto es absurdo… yo creo que es mejor que esto lo arregle la policía.

Apoyé las manos en la mesa para pararme.

–¿Acaso quieres que me maten? –gritó Ana Milena.

El tono de pánico me dejó helado.

La miré a los ojos.

–Te dije que me escucharas antes de juzgarme y me dijiste que sí –dijo con firmeza–. Cumple tu palabra.

Retiré las manos de la mesa y exhalé con fuerza.

–¿Cómo quieres que no te juzgue si no fuiste sincera conmigo? –dije molesto, aunque ya no exaltado–. ¿Cómo no me vas a contar algo así? Mira las consecuencias: casi nos matan y quedamos en medio de un desastre total. Y tú sabías que algo así podía pasar.

–José Luis, si no te conté fue para protegerte y porque me amenazaron. Nunca pensé que ocurriría algo así.

Abrí la boca para decir algo. Ana Milena se me adelantó:

–Además, quedamos en no hablar de nuestras relaciones anteriores.

La sangre se me subió a la cabeza.

–Claro que quedamos en eso, claro que sí –dije con rabia–. Pero fue para no meter otras relaciones en la nuestra, no para que me ocultaras que viviste con un hampón.

–Mira, José Luis –dijo Ana Milena con la voz templada–, cuando nos conocimos yo no necesitaba ocultarte nada. Acuérdate que fuiste tú el que insistió en que comenzáramos a salir y a conocernos. Yo te dije que tenía heridas que sanar, que no estaba lista para otra relación. Y tú me dijiste con grandes palabras que no importaba, que esas heridas se sanarían con una relación bonita, que lo malo se borraría al construir nuestro futuro, que dejáramos el pasado atrás y cosas por el estilo ¿Eran mentiras o qué?

Tenía razón. ¿Pero cómo imaginar que las heridas del pasado provenían de una relación con un narcotraficante?

–Mira, déjame explicarte –siguió Ana Milena–, cuando conocí a Julián, yo no sabía que él era… que él trabajaba en eso.

–Delinquía en eso –la corregí.

–Bueno, lo que sea. Pero yo tenía… ¿cuántos?, veintidós años. Estaba en la universidad. Es que… ponte en mi lugar. Simplemente conocí a alguien que me gustó en un bar y comenzamos a salir. Julián me dijo que era un empresario y siempre se comportó como tal ¿Qué iba a hacer yo? ¿Pedirle antecedentes judiciales? Ni siquiera eso hubiera servido. En esa época ni la policía sabía que se dedicaba a eso. Es más, yo misma conocí las empresas que él tenía. Lo que no supe y no tenía cómo saber, era que en realidad se trataba de empresas fachada para lavar la plata del narcotráfico.

Respiré hondo. Sonaba plausible. Podía imaginarme a Ana Milena, unos años más joven, saliendo con alguien de perfil empresarial… ¿Y cómo podía saber ella que él se dedicaba a otra cosa?

En todo caso seguía confundido. ¿Cómo era posible que Ana Milena me hubiera ocultado algo así? ¿Y cómo creerle ahora si me había mentido antes? Sin embargo, recordé que en las escasas ocasiones en que hablamos del tema, Ana Milena siempre se mostró reacia, incluso cortante. En cambio, ahora parecía sincera, dispuesta a hablar y preocupada porque yo la entendiera.

De cualquier manera era una historia difícil de creer.

–Es imposible que no te dieras cuenta –dije con extrañeza–. Tuviste que tener algún indicio. Además, una cosa es salir y ser novios y otra vivir juntos. A esa gente le gusta darse la buena vida, ostentar.

–Julián tenía plata, sí, pero no se desvivía por los lujos excesivos. Y yo suponía que la plata que gastábamos venía de sus empresas. Al fin y al cabo tenía varias. Además, él siempre decía que quería vivir una vida tranquila.

Resoplé con desprecio.

–Es que, José Luis, puede pasar, piénsalo –dijo Ana Milena como si enunciara algo evidente. Luego hizo una pausa y siguió con voz dura–. ¿O qué crees? ¿Que los narcos son todos montañeros, traquetos ostentosos o jíbaros que viven en casuchas de mala muerte? No. Existen los que, como Julián, intentan llevar una vida más o menos normal, no solo porque les gusta, sino para que ni la policía ni sus amistades sospechen de ellos. Por mala suerte, porque no sé cómo más explicarlo, a mí me tocó conocer a uno… no sé por qué esto me pasó a mí. ¿Tal vez fui ingenua? Puede ser. Pero de verdad no tenía cómo saber que Julián se dedicaba a eso.

Tomé aire despacio y lo solté. A lo mejor sí podía pasar algo así. Tenía sentido. Lo que no terminaba de creer era que le hubiera ocurrido justo a Ana Milena… y que ahora me afectara a mí.

–Te voy a contar el resto –siguió Ana Milena–. Los primeros dos años fuimos una pareja normal. Pero después todo comenzó a cambiar. Julián salía más por las noches y asistía a innumerables a reuniones de trabajo. Se volvió irritable y fastidioso. No fue de la noche a la mañana, claro, sino poco a poco. ¿Sabes yo que pensé? Que me estaba siendo infiel. Y así se lo dije varias veces. Él siempre lo negó y yo nunca encontré algo que confirmara mi sospecha. No se me ocurrió otra posibilidad y menos una que tuviera que ver con la ilegalidad.

–¿Vivían acá?

–No, eso ya te lo he contado… acá me pasé cuando nos separamos. Julián y yo vivíamos cerca de la Zona Rosa. El caso es que, como te decía, él cambió mucho, era casi otra persona. Finalmente me cansé y lo confronté. Lo amenacé con terminar la relación. Le dije que yo no me sentía bien así, que todo había cambiado. Cuando vio que hablaba en serio, me dijo que me explicaría lo que ocurría. Me contó abatido que se había metido en malos negocios, que debía mucha plata, que no había querido preocuparme, pero que la situación estaba muy mal. Yo le creí, otra vez. Porque eso explicaba su irritabilidad y hasta las horas extras de trabajo. Terminé por decirle que tranquilo, que yo lo apoyaba, que por mí no había problema si teníamos que hacer sacrificios, en fin.

Entorné mis ojos examinando a Ana Milena, esforzándome por ver más allá de lo que decía.

–Lo peor es que la relación siguió mal –continuó Ana Milena–. Y Julián comenzó a ponerse hasta paranoico. Se alteraba mucho. Le daba susto salir, pero no lo admitía. Cosas absurdas. Y cuando de todas formas salía, regresaba aún más alterado. Yo cambié con él. Comencé a volverme distante y fría. Finalmente, un día, de la nada, me llevó a un restaurante y se sinceró conmigo. Me dijo que necesitaba que yo confiara en él y me lo contó todo. Era narcotraficante desde hacía seis o siete años. Trabajaba en una organización pequeña, pero eficiente. Un amigo del colegio lo había invitado a unirse. Él aceptó porque su familia tenía problemas de plata, deudas grandes.

–Sí, claro –dije con sarcasmo–. Todo fue por una buena causa.

–Escúchame –me interrumpió Ana Milena con sequedad–. Eso fue lo que él dijo y tienes razón, yo tampoco le creí. El caso es que, según él, se fue involucrando poco a poco con la organización y luego escaló peldaños. Me dijo que cuando me conoció quiso salirse para que comenzáramos una nueva vida juntos.

–¿Pero?

–Pero ya le quedaba muy difícil zafarse. Una vez adentro es complicado salir. Los socios temen que los desertores los delaten. Además, les debía muchos favores y plata a sus jefes. Finalmente, en caso de salirse, se habría quedado sin la protección de la organización y cualquiera podría haberlo asesinado por venganza o para robarle la plata del retiro. Me dijo que nunca quiso contarme nada para no meterme en eso. Y que nunca me presentó a sus compañeros para protegerme.

–Tan considerado.

–Deja ya el sarcasmo, José Luis –Ana Milena me incrustó la mirada con furia–. Si no me quieres escuchar, dímelo. De lo contrario deja que te cuente y luego me juzgas, si eso es lo que quieres.

Sostuve su mirada unos segundos y luego bajé los ojos.

–En la misma conversación –siguió Ana Milena–, Julián me explicó que su cambio de actitud, su irritabilidad, su paranoia, todo eso se debía a que la policía por fin se había enterado de la existencia de la organización. Él y sus socios temían que alguien los delatara o que los capturaran en cualquier momento.

–Esa gente vive con ese miedo constante.

–Que te quede claro, por más que Julián me explicó y se justificó, yo terminé mi relación con él en ese mismo momento. Le dije que no viviéramos más juntos. ¿Y sabes qué? Él estuvo completamente de acuerdo. En cualquier momento podía caerle la policía y él me quería alejar de todo eso. Ahí fue cuando arrendé este apartamento. En ese entonces, como te conté alguna vez, mi carrera iba bien y tenía un buen papel en un seriado –la voz de Ana Milena se debilitó–. Lo que no me imaginé es que la separación y toda esa historia fueran a afectar mi ánimo y trabajo hasta el punto en que el director decidió sacar mi personaje de la serie. Todo ese tiempo fue muy malo para mí. Me comenzó a ir mal en todo.

Respiré profundo por la nariz. Pude sentir el dolor de Ana Milena. Entendí el absurdo de ver su carrera y su vida destrozadas por culpa de alguien que la engañó y solo le contó la verdad cuando era demasiado tarde.

–Quiero que sepas todo de una vez y te voy a ser sincera –siguió Ana Milena–. Suena fácil decir que le terminé a Julián y que me quise alejar. Pero una cosa dice el pensamiento y otra los sentimientos. Yo lo amaba. Es más, Julián fue mi primer amor. Mis novios anteriores fueron cosas de adolescente. Yo de verdad creí que Julián era el hombre de mi vida. Y en un instante todo se derrumbó… quedé en el aire –sus ojos se aguaron–. Y él seguía diciéndome que me amaba. Y yo… también lo amaba, pero sabía que era una relación imposible. No me pude alejar con facilidad… no lo puedo explicar, no sé… Seguía con la esperanza absurda de que las cosas cambiaran, de que renunciara a todo o pagara sus crímenes… y al mismo tiempo sabía que nunca volvería a estar con alguien así.

La entendía perfectamente. Es posible amar a alguien que uno sabe que no le conviene. Yo había estado casado antes y mi relación tampoco terminó bien. Yo creí que mi esposa, Ángela, sería la mujer de mi vida y la amé profundamente. Pero ella no sentía lo mismo o si lo sintió no le duró mucho. Ángela me dejó por un compañero de trabajo de su empresa. Y yo, enamorado como estaba, hice mucho más de lo que debí por tratar de recuperar una relación que ya no tenía sentido.

Ana Milena se pasó las yemas de los dedos por los bordes de sus ojos.

–Sí, yo lo amaba –dijo–. Pero en el fondo sabía que no iba a seguir con él, que debía dejar de quererlo. Y eso no es fácil. Me dio muy duro. Y claro, para él también fue muy difícil, porque yo era la única persona en quien él confiaba. Ni su familia ni sus amigos sabían en qué estaba metido y desconfiaba de sus socios.

–Entonces se siguieron viendo –dije por curiosidad, sin ánimo de juzgarla.

–Sí, aunque ya no éramos nada. Nos vimos algunas veces para hablar, para charlar de cualquier cosa. Creo que para él era una forma de pretender que su vida todavía conservaba algo de normalidad. Y para mí era una manera, quizás contradictoria, de hacer menos doloroso el fin de la relación.

Ana Milena miró al vacío. Yo trataba de asimilar toda la información, todo lo que eso implicaba. Pero aún me faltaba saber algo.

–¿Y lo de la plata? ¿Cómo es que terminó escondiendo esa plata en tu apartamento?

Ana Milena suspiró.

–Eso es lo más grave –dijo–. La plata no la escondió Julián, sino su jefe, que lo amenazó y lo obligó a venir acá.

***

–¿Cómo? –dije abrumado.

–Sí, así como lo oyes. Un día Julián llegó acá con dos personas más: un tipo de unos cuarenta o cuarenta y cinco años, de traje, sin corbata, camisa blanca, bien plantado, y un empleado de él, un obrero. Desde que entraron al apartamento me di cuenta de que a ese tipo Julián le tenía, si no miedo, al menos mucho respeto. Hablamos un rato de pendejadas hasta que el tipo se fue al baño y Julián me dijo que ese era Zacarías, su jefe, uno de los duros de la organización, y que nos iba a tocar obedecerle.

Ana Milena respiraba rápido. Hizo una pausa para tomar aire y continuó:

–Al rato, Zacarías me dijo en tono amable que necesitaba guardar algo y que había aceptado la oferta de Julián de utilizar mi apartamento. Mentiras, Julián nunca le ofreció nada. Pero, ¿qué le podía decir? Zacarías me dijo que confiaba en mi discreción. Luego acercó su rostro al mío y su expresión se endureció a tal punto que me heló la sangre. Me dijo: “Usted me responde con su vida por lo que voy a guardar ahí. Si le cuenta a alguien o si esa plata se pierde, la mando matar”.

Ana Milena cerró los ojos y soltó un gemido. Me acerqué y tomé su mano. Las lágrimas corrieron por sus mejillas y habló en medio de sollozos:

–Maldito tipo asqueroso. ¿Cómo se le ocurre hacerme eso? Meter esa plata ahí y amenazarme, amarrándome a este estúpido apartamento, que en realidad detesto, José Luis.

Soltó el llanto. La abracé y le besé la frente. Se desahogó durante un minuto. Su lamento se suavizó despacio, hasta que me dijo con voz cortada:

–Regálame un vaso de agua.

Le apreté la mano, luego la solté y me alejé hacia la cocina. Antes de entrar me acordé de Wílmer. Temeroso de que se hubiera soltado me asomé a la sala. El hampón seguía en la misma posición con los ojos cerrados.

Serví un vaso de agua en la cocina, volví al comedor y lo puse sobre la mesa, frente a Ana Milena.

Le dio un par de sorbos lentos. Me miró a los ojos:

–Por eso no podemos llamar a la policía, José Luis, ¿entiendes? –dijo en tono de desesperanza–. Zacarías me mata si no encuentra su plata. Y por eso mismo tampoco te conté nada antes. ¿Ves?

Me senté a su lado y le tomé la mano.

–Sí, amor, entiendo.

Todo era más complicado de lo que pensaba. Pero entendía a Ana Milena. No me había ocultado todo eso sin razón. Una amenaza de muerte había pesado sobre ella durante los últimos años. Al no decirme nada no había hecho más que proteger su vida e intentar no dañar la mía.

–No pasó mucho más –siguió Ana Milena–. Ese día que te cuento, el obrero apiló los billetes y construyó la pared falsa. Yo, inocente y preocupada por mi vida, le dije a Zacarías que el obrero iba a saber dónde quedaba guardado eso, que se lo podría robar y me culparían a mí. Zacarías me sonrió como si yo no entendiera algo evidente, luego negó con la cabeza, miró al obrero y se pasó una mano por la garganta como si fuera un cuchillo.

–Dios mío.

–Sí, el tipo iba en serio. Quería cuidar su plata a toda costa, que como ves es mucha. Ese día, cuando el obrero terminó, todos se fueron. Fue la última vez que los vi. Quince días después leí en el periódico que la policía los había capturado. En menos de tres semanas los extraditaron a Estados Unidos acusados de narcotráfico. No supe más de ellos hasta hoy. Seguramente Zacarías salió libre por colaborar con la justicia o algo así y ahora quiere recuperar su dinero. Hoy en día los narcotraficantes extraditados pagan penas muy bajas en Estados Unidos.

Respiré hondo.

–No sabes lo que sufrí con eso –siguió Ana Milena acongojada–. Todos los días, por más alegrías que viviera, por más feliz que estuviera contigo, siempre se me atravesaba el recuerdo de ese “muerto” en la pared. Solo esperaba que algún día vinieran a sacarlo y me dejaran en paz.

–Hasta que vinieron –dije.

–Sí, hasta que vinieron. Pero no solo no se llevaron la plata, sino que nos dejaron un par de muertos más.

***

Me pasé una mano por la cara de arriba a abajo.

–Si no llamamos a la policía, ¿entonces qué hacemos? –dije en voz alta más para mí que para Ana Milena.

–No sé.

–Cuando el tal Zacarías se dé cuenta de que sus matones no regresan va a enviar más gente armada. Y no les va a gustar nada encontrar a sus compañeros muertos.

–No creo que nos hagan daño –dijo Ana Milena y se puso de pie–. Acuérdate que el calvo dijo que tenía órdenes de no hacernos nada.

–Sí, pero eso era cuando nadie había muerto por esa plata. Ahora es diferente. Además, cualquiera puede perder el control… ya sea por la plata, como le pasó a Wílmer, o por ver a sus compinches muertos.

Ana Milena no dijo nada. Yo también me levanté de la silla y me acerqué a la ventana. Un par de personas paseaban sus perros bajo las lámparas del parque diagonal al edificio. Nadie más circulaba por la calle. Más atrás de los edificios, la silueta oscura de los cerros de Bogotá, siempre placentera, ahora se me antojaba ominosa, como la de las sombras que amenazaban con destruirnos. Me di la vuelta, pero ver el interior del apartamento resultó peor. Si antes consideraba nuestra vivienda como un sitio agradable, a pesar del precio del arriendo, ahora la sentía como una trampa que amenazaba con asfixiarnos hasta la muerte.

–¿Entonces qué vamos a hacer, José Luis? –dijo Ana Milena angustiada–. Dime qué vamos a hacer.

Casi le respondo que no tenía ni idea, que cómo quería ella que yo supiera. Pero me contuve. Ambos estábamos nerviosos. Necesitábamos conservar la calma.

–Podríamos… no sé… podríamos esconder la plata–lancé la idea mientras la elaboraba–, sacarla del apartamento y esperar a que envíen otra gente. Eso nos daría poder de negociación para que no nos hagan nada.

–¿Estás loco? –Ana Milena abrió los ojos de par en par–. Esa gente es peligrosa, ya los viste. No se detienen ante nada. ¿Qué quieres? ¿Que maten a uno de los dos para que el otro diga dónde está la plata? O peor, ¿qué nos torturen para sacarnos la información y luego nos maten?

Callé perplejo durante unos segundos.

–Tienes razón –Me rasqué la quijada buscando otras ideas–. Mmm, otra opción sería irnos del apartamento. Irnos de vacaciones por un tiempo, salir hoy… ya mismo. Irnos a Girardot. Yo miro cómo hago con mi trabajo, pido un permiso o renuncio. Cuando envíen otros hampones a averiguar qué pasó, no nos van a encontrar. Es más, podemos dejarles una nota explicándoles lo que pasó y diciéndoles que se lleven la plata y los muertos.

–Jajaja, amor, no digas bobadas, ¿y qué decimos en la nota? “Favor llevarse la plata y los cadáveres. Limpiar todo bien, muchas gracias. Hay juguito en la nevera si les provoca” –soltó una carcajada y siguió–. No, José Luis, no seas chistoso. A esa gente solo le importa la plata. Imagínate lo que pasaría si vienen y solamente se llevan los billetes. Los cadáveres se pudrirían y llamarían la atención de los vecinos, o al volver los encontraríamos… ¿y qué haríamos? No, José Luis. ¿Y si la policía se da cuenta de que unos tipos quieren entrar al apartamento? ¿Si los detienen y encuentran todo esto? Zacarías perdería su plata y me mandaría matar.

–Bueno, entonces dime tú qué hacemos –dije molesto por la desinflada de mi idea.

–No sé, déjame pensar.

De pie ante la ventana, nos quedamos en silencio.

Examiné de nuevo las consecuencias de llamar a las autoridades. Una posibilidad sería acogernos al programa de protección de testigos de la Fiscalía. Contaríamos todo y nos proporcionarían una nueva identidad, un traslado a otra ciudad… Pero eso significaría abandonar nuestras vidas, nuestras amistades, trabajos, todo. Un precio demasiado alto.

Exploraba otra idea cuando Ana Milena puso su mano en mi hombro y me miró con el rostro iluminado.

–¡Ya sé! Llevémosle la plata nosotros –dijo animada–. Así no va a tener tiempo de enviar más hampones y se va a dar cuenta de nuestra buena voluntad, de que no lo queremos robar.

–¿Qué? ¿Cómo se te ocurre? –dije consternado–. ¿Quieres ir adonde ese narco asesino? ¿No te acuerdas lo que me contaste del obrero? Noooo, Ana Milena… ¿Qué pretendes que hagamos?, que lleguemos allá… ni siquiera sabemos dónde vive… ¿y qué le decimos? ¿“buenas noches, para lo de su plata, acá están sus millones”? ¿Y los cadáveres qué? ¿Se los llevamos también? ¿“Vea, señor, esos muertos también son suyos, hasta luego y muchas gracias”?

Ana Milena echó los ojos hacia arriba.

–Cálmate antes que nada –me respondió conteniendo su voz–. Piensa las cosas sin prevenciones. Primero, si el tipo ese porquería, Wílber o como se llame, está vivo todavía, él nos puede decir dónde está Zacarías. Y segundo, cuando le llevemos la plata, eso es lo único que le va a importar. Sobre todo cuando le expliquemos lo que pasó, que Wílber mató a los otros dos tipos porque se la quería robar. Es más, se lo llevamos que lo interrogue y haga con él lo que se le dé la gana, ese no es nuestro problema. En cualquier caso, Zacarías va a quedar agradecido con nosotros.

–¿Y los cadáveres?

–¿Qué de los cadáveres?

–¿Qué hacemos con ellos? ¿Se los llevamos? ¿Le decimos que los recoja? ¿Qué pasa si no quiere encargarse de eso?

–José Luis, preocupémonos primero por los vivos, por nosotros. Lo primero es salvar nuestras vidas. Cuando Zacarías vea que le llevamos su plata seguramente nos va a ayudar con ese problema.

Sacudí la cabeza de un lado a otro sin dar crédito a lo que oía. Ir a buscar a un narcotraficante, a un asesino, a un ex convicto, para llevarle una fortuna en efectivo y pedirle que recogiera los cadáveres de sus hombres de confianza.

–Bueno, ¿entonces dime qué otra cosa se te ocurre? –dijo Ana Milena exasperada–. ¿Ah? ¿Qué más podemos hacer? Yo sé que esto es un caos. Sé que la embarré por no haberte dicho antes y que todo es mi culpa. Y te pido perdón, amor, de verdad. Pero ahora tenemos que salir de este enredo y lo que te propongo es lo mejor que podemos hacer. No se me ocurre más.

–No sé –dije reticente–. Debe haber una opción diferente a convertirnos en transportadores de plata del narcotráfico.

Ana Milena produjo un chasquido con su boca y levantó las cejas. Miró hacia un costado. Pasamos varios segundos en silencio hasta que se me acercó y puso su mano sobre la mía.

–Es la única opción, amor –dijo con suavidad–. Piénsalo. Solo así mantendremos algo de control sobre esta situación. Si esperamos sin hacer nada o si nos vamos, lo más probable es que Zacarías nos culpe por todo este desastre. Si le llevamos la plata nos va a creer.

Traté de pensar otra salida, pero no se me ocurrió ninguna. Nada en la vida me había preparado para algo así. Mi instinto de supervivencia me decía que me alejara del peligro, no que me acercara a él. Pero a veces la osadía tiene su recompensa. Eso sí lo sabía por mi profesión: los mensajes atrevidos llaman la atención de la gente. Y qué más atrevido que ir a devolverle la plata en la cara al tipo ese.

Después de un minuto de duda terminé por ceder. Pero no porque creyera mucho en esa solución, sino porque no vislumbraba una distinta.

–Miremos a ver qué nos dice Wílmer, si es que está vivo –dije–. Y registremos a los demás a ver si encontramos alguna pista.

Ana Milena esculcó al de chaqueta de cuero y yo al calvo. Cada uno de ellos llevaba un teléfono celular, pero solo los habían utilizado para llamarse entre sí. Seguramente eran teléfonos prepago comprados únicamente para este “trabajo”. De resto, solamente hallamos municiones, plata, llaves, chicles y otras pendejadas carentes de utilidad.

Tocaría sacarle la información a Wílmer, de ser necesario a la fuerza.

***

Me acerqué al hampón. Seguía en la misma posición. Su cabeza descansaba sobre una mancha oscura y espesa de sangre. Metí mis manos en sus bolsillos. No encontré nada de interés. Comprobé la firmeza del nudo en sus muñecas y del que lo unía a la mesa de centro. Mire su pecho para saber si respiraba. No se movía. Su boca estaba cerrada. Me agaché y coloqué mi mano bajo sus fosas nasales.

–¿Está vivo? –dijo Ana Milena detrás de mí.

–Sí, está respirando –Un leve soplido de aire caliente caía sobre mi mano–. Trae una vasija con agua. Vamos a despertarlo.

Al ver el rostro desencajado de Wílmer me invadió una sensación de culpa. Un ser humano yacía herido ante mí y yo solo pensaba en sacarle información.

El remordimiento me duró poco. La porquería esa nos habría matado de no haber actuado como lo hicimos.

Ana Milena volvió con una jarra de plástico con agua al tope y me la pasó. No lo pensé dos veces y vertí un chorro sobre la cara de Wílmer.

Se movió como acosado por pesadillas, pero no abrió los ojos. Le di unas palmadas en el cachete, cada vez con más fuerza.

–¡Wílmer, Wílmer!

Abrió los ojos, luego los cerró. Parpadeó varias veces. Parecía no captar que volvía a la conciencia.

–¡Despierte, güevón, despierte! –le dije mientras le palmeteaba la cara.

Le eché más agua encima.

–Aaaayy, mi cabeeezaaa –se quejó por fin y sacudió la cara para quitarse un poco de agua. Entreabrió los ojos, como descifrando dónde se encontraba. Cuando se fijaron en mí los abrió de par en par. Aspiró aire con violencia y su cuerpo se estremeció. Forcejeó con los brazos para soltarse.

–¡Suéltemen, suéltemen! –dijo furioso y movió su cuerpo con más fuerza. Los nudos resistieron–. ¡Estos hijueputas! ¡Suéltemen o van a ver, malparidos!

–¡Cállese, Wílmer! Yo mando ahora –dije con una determinación que me sorprendió.

Siguió haciendo esfuerzos desesperados por liberarse. Le agarré el cuello y se lo apreté para que me tomara en serio.

–¡Quieto! –le dije.

Tosió dos veces y carraspeó ahogado. Dejó de hacer fuerza.

Lo solté.

–Vea, Wílmer, hagamos esto fácil –dije con seguridad–. Necesito que me cuente una cosa. ¿Dónde está su jefe? ¿Dónde se esconde el tal Zacarías?

Wílmer movió sus pupilas hacia arriba. Su respiración se aceleró y su rostro perdió color. Quizás imaginaba lo que le sucedería cuando su jefe supiera lo que había hecho.

–¿Zacarías? Yo no sé quién es ese man –dijo rápido–. A mí me contrataron los dos pendejos esos para hacer una vuelta, no me dijeron nada más… mmm, vea, hermano, hagamos una cosa, suéltemen y partimos ese billete en dos, cojan ustedes la mitá y yo el resto. Déjemen ir… ustedes tienen las armas… me sueltan y yo me pierdo.

Siguió hablando, pero no le puse cuidado.

Su propuesta era ridícula, por supuesto. Si lo soltábamos sería capaz de volver adonde Zacarías y acusarnos de matar a sus dos compañeros. O, peor, podría regresar por su cuenta para matarnos y llevarse la plata…

Caí en cuenta de que lo único que podríamos hacer con Wílmer era llevárselo a Zacarías con los billetes.

–Háblale que está desvariando –dijo Ana Milena y me tocó el hombro con la mano.

Parpadeé un par de veces. Wílmer seguía hablando en voz alta.

–¿Dónde está su jefe? –le grité en la cara–. ¡Hable a ver, güevón!

No reaccionó. Le agarré el pescuezo con fuerza.

–No conozco a ningún jefeghsss, agghhh –Aflojé la presión para que siguiera–. Roberto me contrató… –habló falto de aire–, para un trabajito… no me dijo más… yo no conocía al calvo ese… le juro que…

–No sea güevón, Wílmer. No hable mierda.

–No sé, le juro por mi santa madrecita que yo no sé –Sacudió la cabeza sobre la alfombra–. Miren, les prometo que me sueltan y no me vuelven a ver en esta vida ni en la otra. Demen apenas unos billeticos pa’los gastos y quédesen con el resto.

Le pregunté varias veces más, pero no admitió nada. Me sacó la piedra. De nuevo cerré mis manos sobre su cuello.

–Vea imbécil –dije con rabia–, a mi poco me importa su vida, como a usted poco le importó la nuestra. ¿Quién es su jefe y dónde está? Hable o le va a ir mal.

Apreté su garganta con fuerza unos segundos y lo solté.

Tosió con los ojos cerrados. Luego me miró apretando los dientes y destilando ira.

–¿Sabe qué? Estaría mejor muerto que si el jefe se entera de lo que pasó –admitió por fin–. ¿Usted me cree güevón o qué? No voy a hablar. Hagan lo que se les dé la gana. Si quieren llévesen la plata. Eso sí, váyasen bien lejos porque los van a buscar.

Me levanté y saqué del cinturón la misma pistola que Wílmer había utilizado antes. Le apunté al pecho.

–Esto es en serio, idiota, hable o no respondo –dije furioso.

–¡Cuidado, José Luis! –gritó Ana Milena.

–Jajaja, no sea güevón –dijo Wílmer–. ¿De qué le va a servir matarme? Igual no le voy a decir nada. Y deje de hacerse el valiente, que usted solo es un niño bien.

Ejercí algo de presión sobre el gatillo pero me detuve a tiempo.

–¿Cree que no soy capaz? –dije exaltado.

–No sabe con quién se está metiendo. Esto no es un juego. Esto no es la televisión. Toda esa plata está untada de sangre. No se meta en lo que no le importa.

–Dígame dónde está su jefe, a la una –dije con firmeza.

–No sea güevón.

–Hable, a las dos –la voz me tembló al final.

–Jajaja, está cagado del susto. Pa’disparar esa mierda se necesitan pelotas.

La sangre me explotó en la cabeza. Bajé el brazo, le apunté al muslo y oprimí el gatillo.

La pistola reculó y el ruido secó del disparo me aplastó los nervios.

–Aaaayyy, ¡José Luis! –gritó Ana Milena.

La pierna de Wílmer se sacudió con el impacto. El rostro del hampón se arrugó y soltó un alarido desgarrador. Me lancé a taparle la boca con mi mano.

–¿Qué hiciste? –gritó Ana Milena–. ¡No lo mates, no lo mates!

Forcejeé para taparle la boca. Él se dio cuenta y mandó una dentellada. Retiré la mano. Agarré uno de los cojines decorativos del sofá y le lo planté sobre la boca.

–Aaahhhhhmmmmpppfffff… –dijo ahogado por el cojín.

–Trae un trapo, algo para amordazarlo –le dije a Ana Milena–. ¡Apura!

Wílmer revolvió su cabeza con fuerza. Mantuve el cojín sobre su boca. Pasaron varios segundos y busqué a Ana Milena con la mirada. Corría desde la cocina con un trapo en la mano. Me lo alcanzó y lo cambié por el cojín. Pero el largo no daba para hacerle un nudo atrás.

En ese momento Wílmer dejó de moverse.

–La sangre, la sangre –dijo Ana Milena nerviosa.

Miré hacia la pierna del hampón. El líquido opaco manaba a borbotones desde el amasijo de carne y tela en que había quedado convertido su muslo. Le retiré el trapo de la boca y lo puse sobre la herida, haciendo presión.

–Dios mío, Dios mío, Dios mío –dijo Ana Milena.

La sangre no paraba de salir. Quité el trapo y rasgué el pantalón para descubrir la herida. Busqué el lugar exacto de donde salía la sangre. Pero no logré diferenciar nada entre la carne desgarrada. Le coloqué de nuevo el trapo.

–Una cuerda, pásame una de las cuerdas del patio –dije desesperado.

No sabía qué más hacer para contener la hemorragia. Cada segundo que pasaba se llevaba un poco de la vida de Wílmer.

Ana Milena volvió con un par de metros de cuerda del tendedero.

–Haz presión con el trapo –le dije.

Ana Milena se agachó. Quité mi mano temblorosa y como pude hice un nudo con la cuerda en el muslo de Wílmer, arriba de la herida, a modo de torniquete. Después subí su pierna sobre la mesa de centro.

–Ya vengo –le dije a Ana Milena.

Entré a la cocina y busqué un cuchillo. Pasé al patio y corté la última de las tres cuerdas del tendedero. De vuelta en la sala, la amarré con fuerza sobre la herida de Wílmer para que sostuviera el trapo.

El tipo se estaba muriendo. ¿Qué más podíamos hacer? ¿Llamar a una ambulancia? No. Eso sería arriesgar la vida de Ana Milena por salvar la del hampón.

Me incorporé, di un paso atrás y me paré al lado ella.

El tapete se había convertido en un pantano de sangre. Seguramente la bala había roto la arteria femoral.

Si Wílmer no había muerto ya, moriría pronto.

Como dos estatuas, Ana Milena y yo lo observamos en silencio.

***

–No entiendo cómo le disparaste –dijo Ana Milena, sentada en el borde de nuestra cama, tras varios minutos de silencio. Movió su cabeza despacio de un lado a otro.

Wílmer había dejado de respirar poco después de ponerle el torniquete. No hicimos nada más por él. Todo lo que se nos ocurrió fue alejarnos del caos, primero lavándonos la sangre de las manos y luego buscando refugio en nuestro cuarto, el lugar más lejano al que podíamos ir.

–Yo tampoco entiendo –dije desconcertado y me pasé una mano por la mejilla–. Me dejé llevar por… me enfurecí… no sé.

–¿Y ahora qué vamos a hacer?

Ambos nos quedamos callados.

Escuché de nuevo el disparo, el grito de muerte de Wílmer, vi su rostro lleno de dolor, la sangre que brotaba de la herida… La realidad de lo que había hecho me aplastaba. No entendía por qué le había disparado. Me parecía incluso como si otra persona lo hubiera hecho… He debido hacer algo distinto, golpearlo con la pistola, amenazarlo… ¿Por qué actué así? ¿Por un deseo de venganza? ¿Para demostrar mi poder sobre él? ¿O simplemente por algo tan absurdo como que me hubiera llamado cobarde?

Sacudí mi cabeza. Ya no importaba. No había forma de cambiar las cosas.

Suspiré hasta el fondo de mis pulmones. Qué lejos estaba la tarde del viernes en la oficina cuando trabajaba en la campaña para la marca de chocolates. Qué lejos el momento en que decidí volarme para prepararle una comida a Ana Milena, cuando mi mayor preocupación era aprovechar al máximo el fin de semana con ella.

–El carro –dijo Ana Milena afanada–. El carro está en el garaje.

–¿Qué? ¿Cuál carro?

–El calvo dijo que entraron al edificio en un carro igual al de unos vecinos. Hay puede haber alguna pista. Había una llave de carro entre las cosas que les sacamos de los bolsillos.

–Tienes razón –dije animado–. No me acordaba. Espérame la busco.

Volví a la sala y escarbé entre las pertenencias de los hampones, que habíamos dejado sobre la mesa del comedor. Encontré una llave de mango negro.

–Cuando entramos al ascensor en el sótano, el tipo de chaqueta de cuero venía de la derecha –dije al entrar al cuarto, mostrándole la llave a Ana Milena–. Estaría esperando en el carro a que nosotros llegáramos para avisarle al calvo. De todos modos no puede haber muchos de esta marca en el parqueadero…

–Déjame voy yo –dijo Ana Milena–. Necesito salir de este apartamento así sea un minuto.

–Dale, anda. Mmm, espera. Lleva una bolsa. Saca todo lo que encuentres y lo examinamos acá.

Ana Milena salió y yo me dirigí al comedor evitando mirar los cuerpos tirados en el suelo. Busqué en el mueble de pared otra botella de whisky. No quería ni ver la que había sacado el calvo. Serví dos dedos del líquido y me tomé la mitad de un solo trago. No quería pensar.

En la cabecera de la mesa, del lado del balcón, giré un asiento y me senté mirando hacia la ventana. Me concentré en la silueta de Monserrate y en la iglesia blanca que brillaba iluminada sobre su cima.

Tomé otro par de sorbos de whisky.

Me sentía ansioso, agitado. Necesitaba calmarme. Inhalé aire profundamente y lo solté despacio.

Pensé en mis padres. En la vida tranquila que llevaban. A esta hora estarían viendo los programas de televisión de la noche, a lo mejor una película y les faltaría poco para dormirse. Mañana domingo madrugarían sin falta a abrir la tienda, como habían hecho durante toda su vida adulta.

Quería verlos. Iría pronto, quizás mañana mismo con Ana Milena, si todo salía bien. Me imaginé charlando con ellos sobre los cambios en el negocio, los clientes, las amistades de mi madre, el voluntariado de mi padre con los niños del barrio… todo tan diferente a lo que Ana Milena y yo vivíamos ahora… ¿Habrían pasado ellos alguna vez por una situación semejante? ¿Qué habrían hecho en mi lugar? Que yo supiera nunca les había tocado algo así, solamente un par de robos en la tienda cometidos por adolescentes en busca de dinero.

El timbre del apartamento chilló.

Me puse de pie, apuré mis pasos hasta la puerta y la abrí.

La mirada vacía de Ana Milena sobre su rostro pálido mandó mi ánimo al suelo.

–¿Qué pasó? –le pregunté y puse una mano sobre su brazo.

–Parece que el que envió a esos tipos fue Julián, mi ex.

***

Hice seguir a Ana Milena, que con la vista clavada en el suelo arrastró los pies por el corredor. Entramos a la cocina y la ayudé a sentarse en la mesa auxiliar.

–¿Qué fue lo que encontraste? –dije preocupado.

En una de sus manos llevaba la bolsa de supermercado llena de objetos. Pero no movió esa mano, sino la otra, y colocó un papel sobre la mesa.

Lo desdoblé y leí la dirección de nuestro edificio y el número del apartamento.

–Es la letra de Julián –dijo consternada–. No entiendo… ¿por qué va a mandar a esa gentuza a invadir mi apartamento, a poner en riesgo mi vida?

Ana Milena terminó la frase y se quedó mirando al vacío. Me levanté y traje la botella de whisky. No era su trago favorito. Igual llené medio vaso y se lo puse en frente.

Lo agarró de inmediato y se lo llevó a la boca.

–Es increíble –dijo Ana Milena rezumando rabia–, Julián mandó a esos tipos como si yo no existiera, como si no le importara en lo más mínimo. Hubiera entendido si fuera el bruto de Zacarías. Pero Julián no tiene derecho a hacerme esto. Mandar a esos asesinos a sacar la plata a punta de pistola… no le hubiera costado nada avisar o llamar.

–Al menos les dijo que no nos hicieran daño –dije buscando algo positivo.

–Pfffff –resopló con desprecio.

Le dio vueltas al vaso despacio mientras lo miraba concentrada.

–Amor, fíjate que en realidad es algo positivo –dije buscando animarla–. Es mucho mejor llevarle la plata a Julián que al tal Zacarías. Julián te conoce y no querrá hacerte daño.

Ana Milena levantó la cabeza y abrió los ojos de par en par.

–¿Qué pasó?

–Dios mío… –dijo en tono de fatalidad–, no había pensado que… si Julián fue el que envió a esa gente, es porque le quiere robar la plata a Zacarías. Y si Zacarías la pierde entonces me va a mandar matar. ¿Te das cuenta? Y Julián lo sabe. Por eso envió esa gentuza, porque no es capaz de darme la cara. Sabe que está firmando mi sentencia de muerte.

Pasé saliva. Eso tenía sentido. Peores cosas se han hecho por menos plata.

Pero a lo mejor había alguna otra posibilidad.

–No nos apresuremos a concluir algo así –dije sin demasiada convicción–. Es posible que haya ocurrido otra cosa… que Zacarías le haya dado a Julián la orden de sacar la plata… o que simplemente le haya pedido que le anotara la dirección en un papel. No sabemos.

–No sé, José Luis. No tengo un buen presentimiento.

Pensé algo que decir, pero no se me ocurrió nada. No teníamos suficiente información.

–¿Qué más encontraste en el carro? –dije mirando la bolsa de supermercado–. ¿Alguna pista?

Ana Milena alzó la bolsa y la vació sobre la mesa. Cayeron varios billetes, algunos recibos, paquetes vacíos de pasabocas, esferos.

Recogí los recibos. Dos eran de restaurantes de comida rápida. Uno de un centro comercial cercano a nuestro apartamento y el otro de un asadero en la carrera 30. El tercero era de uno de los peajes de una carretera al occidente de Bogotá.

–¿La carretera que va hacia Guaduas y Honda te dice algo? –le pregunté a Ana Milena, que miraba hacia la nevera.

–¿Ah?

–Que si la carretera a Honda te dice algo.

–No, no… nada, ¿por qué?

–Haz memoria –dije asegurándome de captar toda su atención–. ¿Segura que no te dice nada? ¿La carretera a Villeta, Guaduas, Honda?

–Mmm, déjame pensar… ehhhh… ¿sabes que sí? Una vez, poco antes de que vinieran a esconder la plata, Julián y yo hicimos un viaje. Como te dije, él estaba muy estresado, paranoico. Me dijo que necesitaba salir de Bogotá y alejarse de todo. Ya no vivíamos juntos. Acepté porque yo también me sentía muy mal. Viajamos en carro y, si no recuerdo mal, fuimos a Villeta, sí.

–¿A una casa en el pueblo?

–No, no. Creo que era adelante de Villeta. Una casa con un lote grande. Me dijo que era una especie de refugio, que nadie sabía de esa finca. Ni sus socios, amigos o familiares. Que era un lugar para alejarse de todo.

–Bueno, si Julián tiene algo que ver con esto y logró salir de la cárcel en Estados Unidos, ese sería un lugar ideal para esconderse. ¿Sabrías cómo llegar?

–Sí…, creo que sí.

–Entonces vamos –dije resuelto–. Voy a empacar la plata en el carro y salimos.

Ana Milena se mordió el labio inferior.

–Espera me cambio este vestido… –dijo dubitativa.

La prenda tenía un par de manchas de sangre.

–Anda –dije con calma y ella salió.

Luego de unos segundos no pude evitar preguntarme por su comportamiento. ¿Quería quitarse el vestido solamente por evitar sospechas de alguien que nos viera o acaso quería estar bien presentada para ver a Julián? Sacudí la cabeza. Era una pregunta absurda y la respuesta era obvia. Si por azar la policía de tránsito nos paraba en la carretera, no sería fácil explicar esas manchas.

Me rasqué la cabeza. Entendí que mi desconfianza se debía a lo que Ana Milena me acababa de contar: su viaje a Villeta con Julián. ¿Por qué hizo ese viaje si la relación ya había terminado? ¿Por qué no me lo contó hace unos minutos cuando supuestamente me iba a confesar todo?

Respiré hondo. Me estaba enredando en pensamientos inútiles. Ana Milena ya me lo había explicado. Los sentimientos a veces nos juegan malas pasadas y nos hacen hacer cosas que no nos convienen. Además, eso era parte del pasado. El presente apremiaba.

Saqué del apartamento la maleta grande y el maletín con los billetes y los guardé en la camioneta de los hampones.

Pensé en llevar todas las pistolas, pero me quedé únicamente con la de Wílmer.

Finalmente, con incertidumbre acerca de lo que nos esperaba en Villeta, me di a la tarea de requisar a los delincuentes de nuevo en busca de alguna pista, otra arma o algo de utilidad.

***

Atravesamos la ciudad en medio del tráfico mediano de un sábado por la noche. Ninguno de los dos habló gran cosa durante el trayecto. En mi caso, porque se me ocurrían sin cesar pensamientos negativos que no quería compartir con Ana Milena para no preocuparla. Imaginaba confrontaciones verbales agresivas con un grupo de narcotraficantes, que pasaban luego a los insultos y terminaban en disparos y muertes.

Tampoco hablé mucho, debo admitirlo, porque me invadían oleadas de celos. Por alguna razón no lograba sacarme de la cabeza que el Julián ese había sido el primer amor de Ana Milena. Yo entendía que se trataba de algo del pasado, claro. Pero el problema era que la relación no había terminado por falta de sentimientos entre ambos, sino prácticamente con la extradición de Julián a Estados Unidos. El viaje a Villeta lo probaba. Y ahora que al parecer él había regresado, yo no sabía qué sentiría Ana Milena cuando lo viera. Además, la confianza entre ella y yo no estaba en su punto más alto tras saber todo lo que me había ocultado… y para colmo nos dirigíamos al territorio del tipo ese.

Cada vez que me perdía en todas esas ideas me esforzaba por volver a concentrarme en lo importante: por una parte, en el amor que Ana Milena y yo nos teníamos y, por otra, en nuestro objetivo, entregar esa plata, lograr que recogieran los muertos del apartamento y volver a nuestra vida normal lo más pronto posible.

Pero todo dependía de que Julián estuviera en esa finca y decidiera aceptar una solución amigable al problema.

Tomamos la ruta a la Vega y tras avanzar a un ritmo constante llegamos a Villeta. Ana Milena no recordaba exactamente el camino. Sabía que después de pasar al pueblo debíamos girar en algún momento a la derecha y recorrer un par de kilómetros por una vía destapada.

Terminamos dando vueltas durante media hora. Probamos sin éxito un par de carreteras, hasta que Ana Milena reconoció la correcta por un muro de enormes piedras pintadas de blanco que cercaba una de las primeras propiedades.

Al saber que pronto llegaríamos a nuestro destino mis músculos se tensionaron por completo. No sabía qué esperar.

Pero ya no había reversa posible y un kilómetro más adelante llegamos hasta un portón de tablas pintadas de verde, detrás del cual se veía, en medio de un gran prado adornado por árboles y matas, una casa de estilo moderno, sobria, color beige, de dos pisos, con ventanas amplias. Un par de reflectores iluminaban la fachada. Dentro de la vivienda, solamente uno de los cuartos del segundo piso arrojaba luz.

–Es mejor que entremos así no más. Déjame yo abro el portón y tú entra el carro –Ana Milena se bajó sin darme tiempo de responder.

Observé una y otra vez el terreno que rodeaba la finca, temiendo que saltaran de la oscuridad muchos Wílmeres armados listos a disparar. Sin embargo, no vislumbré más que las formas típicas de la vegetación opacadas por la oscuridad.

Rodé la camioneta unos metros y esperé a Ana Milena, que se subió de nuevo.

Avanzamos despacio por el prado.

–Mejor pita para anunciarnos y no asustar a nadie –dijo ella.

Tenía razón. Hice sonar el pito dos veces y arrimé la camioneta a la puerta de la casa. La detuve al lado de un Audi negro, el único carro aparte del nuestro.

–Bajemos y hagamos como si viniéramos a saludar –dijo Ana Milena.

Me sorprendió su tranquilidad. Pero, claro, ella ya sabía a lo que se enfrentaba.

Abrí la puerta de la camioneta. Apoyé la pierna izquierda en el prado y casi se me dobla de los nervios. Bajé el otro pie. Tranquilo, todo está bajo control, no va a ocurrir ninguna desgracia, todo va a salir bien.

Sentí que alguien me miraba y levanté la vista. Una silueta se retiró de la ventana del cuarto iluminado del segundo piso.

Ana Milena y yo dimos unos pasos hacia adelante y entramos a una terraza con piso de madera, donde reposaban sillas y mesas del mismo material.

Una luz se prendió en el primer piso dejando ver una sala amplia, amoblada con sofás y sillones de color naranja, algunas mesitas con jarrones y lámparas y un mueble largo de pared con cerámicas y esculturas. Al fondo, alguien bajaba del segundo piso por unas escaleras.

–Es él –me susurró Ana Milena.

Supuse que con eso se refería a Julián, su ex.

Un hombre de unos treinta años, como sacado de una propaganda de colonias, con quijada cuadrada sin afeitar y pelo negro corto peinado hacia arriba en desorden, atravesó la sala hacia nosotros. Vestía un bluyín con algunos rotos y una camisa de manga larga blanca con rayas azules, los dos botones de arriba desabrochados. A un costado de su cintura relucía el brillo del metal de una pistola, medio tapada por la camisa.

Pasé saliva.

El tipo abrió la puerta.

–Ana Milena, ¡qué sorpresa! Ehhh… –Sonrió incómodo y arrugó el entrecejo–. ¿Qué… qué haces acá?

–Vine a traerte lo que tus matones fueron a buscar a mi apartamento –respondió ella seria.

–¿Cómo así? –dijo preocupado–. ¿Acaso qué pasó? Pero sigan, sigan. ¿Y él es…? ¿Tu esposo?

–José Luis Pérez –dije y extendí mi mano como si fuera cualquier presentación social. Julián ni se dio cuenta y la retiré.

Ana Milena no respondió a la pregunta de Julián y en vez de ello le habló con una mezcla de rabia y dolor:

–¿Cómo se te ocurre mandar a esa gente, a esos asesinos a meterse así a nuestro apartamento? No puedo creer que hayas sido capaz de algo así, Julián.

–Pero cuéntame qué pasó…

–¿Qué pasó? ¿Qué pasó? –dijo Ana Milena ahora furiosa–. Que tus matones entraron a sacar esa plata cuando nosotros estábamos ahí. Casi nos matan. Uno de ellos se la iba a robar y mató a los otros dos. Pasó que me mandaste unos asesinos.

–No me digas… entonces esa gente salió torcida… Es que no era fácil… ¿Y la plata? ¿Se la llevaron?

–La plata, la plata –dijo Ana Milena con fastidio–. ¿Eso es lo único que te importa? Maldito idiota.

Ana Milena levantó la mano y le dio una cachetada que le sacudió la cara.

Aguanté la respiración a la espera de una reacción de Julián, listo a abalanzármele.

No hizo nada, ni siquiera me miró para ver en qué actitud estaba yo. Su única reacción fue hablar en tono calmado, haciendo énfasis en cada palabra.

–Escúchame primero, Ana. Lo siento mucho, de verdad. Mira… yo les dije a esos tarados que no les hicieran nada a ustedes, que entraran cuando no hubiera nadie. Ahora, lo que pasa es que… no pude supervisarlos. Tengo poco tiempo. Una gente me quiere matar y mañana mismo me voy del país –miró atrás de nosotros–. De verdad perdóname, Ana…

–Después de todo lo que tú y yo vivimos me parece el colmo –Ana Milena seguía furiosa–. Quisiste pasarme por encima como si yo no existiera. Hubieras podido avisar, llamarme, cualquier cosa. Y tú sabes –le señaló el pecho con el índice– que lo peor no es eso. ¿Qué va a pasar cuando Zacarías sepa que te llevaste la plata? Me va a matar. Él mismo me dijo que yo respondía por eso.

–Por eso no te preocupes.

–¿Que “no me preocupe”? ¿Que “no me preocupe”? Claro, para ti es fácil decirlo, imbécil, porque te vas del país. Para ti…

–Ana Milena… –dijo Julián tratando de retomar palabra.

–Es mi vida la que está en peligro –siguió ella–. Y tú ahí, fresco. Envías asesinos y ahora dices…

–Zacarías está muerto –dijo Julián alzando la voz–. ¿Me oyes? Zacarías murió. Yo lo mandé matar.

***

Ana Milena y yo, algo desconcertados, nos sentamos en un sofá. Julián nos ofreció algo de tomar, pero no aceptamos. Él se preparó un trago con ginebra. Se sentó en un sillón frente a nosotros, al otro lado de una mesa baja de cedro.

Ana Milena le contó con rabia todos los detalles de lo sucedido en nuestro apartamento. Julián escuchó atento, negando varias veces con la cabeza y soltando uno que otro improperio contra sus hombres.

–Cuanto lo siento, de verdad –dijo Julián en tono arrepentido cuando ella terminó–. Otra vez te pido disculpas de corazón. A usted también. Pero déjame te explico un poco lo que pasó con Zacarías –Se untó los labios de ginebra y siguió–. Como recordarás, él era mi jefe en la organización y me obligó a guardar la plata en tu apartamento. No fue el único sitio donde escondió algo, ni fue la única persona de la organización que lo hizo. Todos estábamos nerviosos, paranoicos. La situación estaba muy complicada en ese momento con la policía pisándonos los talones. ¿Te acuerdas? Yo pensaba que me espiaban, que me seguían, no sabía en quién confiar.

Julián parecía sincero, pero había algo extraño en su comportamiento. Hablaba con algo de cuidado y en voz baja, como si temiera que se le escapara algo indebido.

–A la larga resulté estar en lo cierto –siguió el narco–. Cuando llegué extraditado a Estados Unidos, pronto me quedó claro que tenían muchas pruebas en mi contra y mucha información. A pesar de la seguridad, allá uno también tiene la manera de averiguar cosas, de saber qué se traen la fiscalía y la DEA. Por un contacto al que tuve que pagarle unos dólares, un infiltrado en la DEA, me enteré relativamente rápido de que Zacarías había comenzado a colaborar con la justicia estadounidense desde mucho antes de que lo capturaran en Colombia. Había llegado a un acuerdo para contribuir a desmantelar la organización a cambio de una rebaja importante en su condena.

–No te lo puedo creer –dijo Ana Milena echándose hacia adelante en el sofá.

Julián aprovechó la pausa para tomar un sorbo largo de ginebra y asentir con gravedad.

A diferencia de Ana Milena, a mí esa traición no me sorprendió. El mundo del hampa, y en especial el del narcotráfico, está lleno de traidores y delatores. Lo que sí me parecía increíble era que ahora el hampón se hiciera la víctima y se quejara. De todos modos, mantuve un rostro interesado y hasta asombrado, levantando las cejas y asintiendo de vez en cuando.

–Sí –siguió Julián tras empinar el codo de nuevo–, la paranoia que tenía en Colombia era real. Zacarías le pasaba información a la DEA y ellos coordinaban con la Policía colombiana para hacer seguimientos e interceptar teléfonos. Pero Zacarías les jugó doble en algunas cosas, por ejemplo, en esconder un buen trozo de su fortuna, parte de ella en tu apartamento. Y lo hizo bien, pa’qué, porque si alguien hubiera descubierto esa plata nos habrían culpado a ti o a mí y él no habría perdido sus beneficios judiciales.

–Qué porquería de tipo –dijo Ana Milena.

–Sí. Y a los demás nos iban a meter un montón de años de cárcel. Pero gracias a excelentes abogados y a uno que otro soborno, yo recibí una condena menor. En todo caso, el güevón ese quería devolverse rápido a Colombia a vivir bueno. Y te cuento, si Zacarías hubiera alcanzado a salir de la cárcel y a venir a buscar su plata, seguramente te habría matado para que no contaras nada.

–No tenía ni idea de que las cosas fueran así –dijo Ana Milena conmovida–. No sé qué decir…

Yo estaba indignado. El tipo ese quería convertir una vendetta de narcos en un acto de amor.

–Por eso contacté una gente y entre varios de los extraditados de la organización pusimos billete para que bajaran a Zacarías. Unos presos lo chuzaron en un descuido y ahí terminó el problema.

Se hizo un momento de silencio.

–Perdóname por juzgarte tan duro –dijo luego Ana Milena y se llevó una mano a un ojo, como si se limpiara una lágrima.

Yo volteé la cabeza para mirarla de frente, asombrado. ¿No estaba acaso Julián admitiendo que además de narcotraficante era asesino? ¿Qué era ese ataque de sentimentalismo por ese tipo? Por culpa de él casi nos matan un par de horas antes.

–No te preocupes, Anamí, te entiendo. Yo hubiera pensado lo mismo.

¿Anamí? Tosí varias veces. ¿Qué era esto? ¿Una reunión cariñosa de una expareja? ¿No que veníamos a entregar esa plata y ya? Sin embargo, no me atreví a intervenir. Hablábamos con un criminal, un asesino.

–Fue un momento muy jodido para mí, toda esa situación antes de salir de Colombia –siguió Julián–. Y te agradezco ahora, porque a pesar de no contarte todo desde el comienzo, de todas formas estuviste cerca, lista a escucharme. Perdóname por toda esa situación, yo nunca quise hacerte daño, al contrario. Y con lo de la gente que fue a tu apartamento, bueno, mira, perdóname de nuevo. Supe que te habías casado y no quería meterme en tu vida, quería que siguieras sin la menor perturbación. No me imaginé que esos tres pendejos la fueran a embarrar así de feo…

Julián me miró y asintió con solemnidad. No entendí el gesto ni me importó.

–Pero hubieras podido llamarme, al menos avisarme –dijo Ana Milena.

–Es que no te quería poner en riesgo. Tu teléfono puede estar intervenido. Los amigos de Zacarías me quieren matar. En todo caso, me alegra verte y saber que estás bien –terminó con una sonrisa.

–Yo te amé, Julián –soltó Ana Milena sin más. Luego me miró–. José Luis lo sabe. Yo le conté toda nuestra historia, tú fuiste mi primer amor.

–Miren –dije reuniendo como pude algunos pedazos de dignidad–, creo que después de tanto tiempo sin verse tienen cosas de qué hablar. Voy a ir bajando los billetes de la camioneta.

–Sí, Josito, sí –dijo Ana Milena con la variante de mi nombre que utilizaba cuando quería ignorarme.

Mi cabeza explotó de la rabia. ¿Qué pasaba? ¿Qué hacía yo ahí como un vil güevón haciendo de mandadero? ¿Cargando la fortuna de un hampón mientras él evocaba sus años de amores con mi esposa? Juro que alcancé a pensar en sacar la pistola y dispararle a ese idiota para acabar con el problema y de paso hacerle un favor a la sociedad.

Pero me contuve. Recordé lo ocurrido con Wílmer. Además, el problema no era el tipo, sino lo que Ana Milena sintiera por él. Caminé con rabia hacia la puerta y salí a la terraza.

Di varios pasos de un lado a otro e inhalé el aire fresco de la noche. Necesitaba calmarme, mantenerme en mis cinco sentidos. Si permitía que los celos me dominaran, le añadiría gasolina a una situación ya de por sí explosiva.

Yo amaba a Ana Milena. Debía confiar en ella y comprenderla. El imbécil ese había sido su primer amor, para bien o para mal, y eso no lo podía cambiar. Era normal que afloraran algunos sentimientos y recuerdos.

Abrí el baúl para bajar las maletas rápido. A lo mejor Julián se distraería con eso. También plantearía de inmediato el asunto de la recogida de los cadáveres. Un buen tema para acabar con cualquier recuerdo romántico.

Bajé la maleta grande al suelo y la rodé sobre la terraza. Abrí la puerta de la casa y entré. Iba a dejarla ahí para volver por el maletín, pero la curiosidad me pudo y la arrastré varios metros más. La acosté en el suelo y abrí la cremallera despacio como si quisiera verificar que todo estuviera en orden. Desde ahí alcanzaba a oírlos. Sabía que me contradecía al decir que confiaba en ella, pero no lo pude evitar.

–…a veces es como si el destino nos hubiera separado –decía Julián–. Allá nunca dejé de pensar en ti.

–Yo también te pienso a veces –dijo Ana Milena–. Y me pregunto qué hubiera pasado si nunca te hubieras metido en eso del narcotráfico… pero entonces de pronto no nos hubiéramos conocido.

–De verdad pensé en huir contigo, decirte que nos largáramos a otro país y abandonar la organización. Pero con tanta presión encima no tenía tiempo ni de respirar. Luego ya fue demasiado tarde.

–De pronto el destino se equivocó con nosotros Julián. El nuestro fue un amor imposible. A pesar de que te veo y aún siento cosas por ti.

–Yo también. Pero son las cosas de la vida.

Por más que hablaran de un amor pasado, un dolor profundo llenó mi cuerpo. Mis ojos se humedecieron. Pero no podía hacer nada. Me levanté para buscar el maletín y apurar la salida.

Iba a girar hacia la izquierda cuando un movimiento en la escalera llamó mi atención.

Una mujer bajaba los últimos escalones. Alta, de cabello largo y rubio, hacía poco por esconder su esbelta figura detrás una blusa blanca amarrada arriba del ombligo y unos shorts de jean.

–Con que esta es la perra que tenías escondida –dijo la mujer con sus ojos en llamas.

Ana Milena se echó hacia atrás en el sofá y parpadeó varias veces.

–¿Qué estás diciendo? ¿Qué te pasa? –dijo Julián sorprendido–. Estamos hablando de negocios, Xiomara, tú sabes cómo es esto…

–¡Qué negocios ni qué mierda! –gritó Xiomara–. Te estaba oyendo desde la escalera, imbécil, descarado. Y me decías que yo era la única, que yo era tu amor…

–Entonces sí tenías una amante… –dijo Ana Milena con los ojos abiertos de par en par.

–Cuál amante ni cuál amante, estúpida –dijo la rubia–. Tú eras la amante, porque él se la pasaba conmigo todos los días y luego durmió conmigo hasta que se lo llevaron.

Yo escuchaba atónito. Entendí que el comportamiento extraño de Julián con Ana Milena, antes de que lo extraditaran, se debió no solamente al temor de la persecución policial, sino también a lo que Ana Milena sospechó en esa época: la presencia de otra mujer. De día él no debía pasar mucho tiempo con sus socios de la organización, sino con Xiomara.

Ana Milena miraba a Julián con la boca abierta, seguramente reinterpretando todo lo sucedido a lo largo esos meses, las mentiras, las ausencias…

–¿Y a qué vino esta mosquita muerta? –dijo Xiomara–. ¿A qué traes a esa estúpida acá? Eres un maldito cochino y descarado.

Iba a intervenir y decir que yo era el esposo de Ana Milena, pero la rabia de Xiomara se concentró en Julián. Se le acercó y comenzó a golpearlo con sus puños en el pecho y los brazos.

–Espera, Xiomara –dijo Julián mientras frenaba los golpes con sus brazos–. Yo no la invité, yo no la quería ver. Espera te explico…

–Mentiroso, otra vez con tus malditas mentiras. Vivías con ella cuando me conociste, ¿no? Y dizque dormías en sitios diferentes para que no te encontrara la policía, puerco mentiroso. Y ahora acabas de llegar de Estados Unidos y ya la tienes metida acá, en “nuestro nidito de amor”.

–Ella fue la que vino. Cuéntale, Ana Milena, dile.

Ana Milena seguía anonadada.

–Cerdo asqueroso, traicionero –gritó Xiomara y retomó su andanada de golpes–. Con que eso era lo que escondías y yo bien ingenua y crédula. Y me jurabas amor eterno, idiota.

Lo que ocurrió a continuación sucedió tan rápido que me tomó por sorpresa.

Julián le agarró una mano a Xiomara para detener sus golpes.

Ella intentó soltarse y golpeó a Julián en el pecho con la mano libre. Luego la bajó hacia la cintura.

Algo metálico brilló en el aire.

No entendí qué era hasta que un estruendo retumbó en toda la casa.

Xiomara le había quitado la pistola a Julián y le había disparado.

El narcotraficante se agarró el pecho con ambas manos y sus rodillas se doblaron. Cayó de medio lado sobre la mesa de centro.

Ana Milena soltó un grito mientras el cuerpo de Julián resbalaba y caía al suelo.

Xiomara movió la pistola en dirección a Ana Milena.

Mi cuerpo se electrizó de pies a cabeza.

–¡Cuidado Ana! –grité y llevé mi mano hacia la pistola que cargaba entre el cinturón y el pantalón.

Quisiera decir que desenfundé con rapidez y disparé sin darle tiempo a Xiomara de reaccionar. Pero yo nunca había manejado una pistola y menos llevado una conmigo. Tuve que mirar el mango, agarrarla y sacarla, todo en unos segundos que se me hicieron eternos.

El estruendo de un nuevo disparo aplastó mis nervios.

Ana Milena se fue hacia atrás y su cuerpo golpeó el espaldar del sofá. Se llevó ambas manos al estómago.

Levanté la pistola.

Xiomara se giró hacia mí.

Oprimí el gatillo una vez, dos veces. El ruido ahogado del silenciador acompañó los disparos.

Xiomara me apuntó y su pistola detonó con fuerza escupiendo fuego.

Dos golpes hundieron mi pecho. Un quemonazo me desgarró el brazo. Caí hacia atrás y solté la pistola. Golpeé el piso con los glúteos, luego con la espalda y la cabeza. Quedé tendido sobre los baldosines. Un dolor agudo hormigueaba por todo mi brazo.

Levanté el cuello con dificultad. Xiomara, aún de pie, caminaba hacia mí. Mis disparos habían fallado. Bajé la cabeza de nuevo.

Indefenso, entrecerré los ojos como si agonizara. No alcanzaría a agarrar la pistola sin que Xiomara me rematara.

El final se acercaba.

A menos que…

Recordé lo sucedido en el apartamento. Si Wílmer había mostrado una debilidad por una mujer como Ana Milena, a lo mejor Xiomara tenía una parecida por el dinero. Cuando estuvo a tres o cuatro metros de mí, le hablé con voz ronca y ahogada y señalé la maleta fingiendo un temblor en mi brazo:

–Los dólares, los dólares –dije y con temor cerré los ojos y desgoncé mi cabeza hacia un lado, como si hubiera expirado.

Si Xiomara me disparaba en el rostro antes de satisfacer su curiosidad, estaría perdido.

Esperé unos segundos temiendo lo peor. Nada sucedió y abrí los ojos.

Xiomara, en cuclillas delante de la maleta, sostenía la tapa con la misma mano que sujetaba la pistola. Con la otra escarbaba entre el arrume de billetes. Sus ojos bien abiertos brillaban con intensidad.

Miré a mi derecha. La pistola reposaba en el suelo a medio metro de mi mano.

Apoyé mi pie izquierdo en el suelo y empujé mi cuerpo hacia la derecha sobre las baldosas. Estiré la mano y agarré el arma.

Xiomara volteó su cabeza hacía mí y soltó la tapa de la maleta.

Levanté el brazo y le apunté al pecho. Tan cerca sería imposible fallar. Oprimí el gatillo con furia una, dos, tres y más veces sin parar.

El torso de Xiomara se fue hacia atrás y el brazo en el que llevaba el arma se movió como una serpiente atemorizada. Su cuerpo cayó inerte al suelo.

Me levanté y corrí hacia Ana Milena.

***

¿Me sentí culpable después de quitarme el chaleco antibalas? Sí, claro que sí. Y más al saber que Ana Milena acababa de entrar a cirugía con un disparo en el abdomen, una herida que, aunque no parecía muy grave, sí era de consideración.

De pie afuera del hospital de Villeta, a donde había salido a tomar algo de aire, no solo me sentía culpable, sino miserable. Y trataba de encontrar por un lado y otro, si no una justificación, al menos una explicación para lo que había ocurrido. Mi único consuelo era que Ana Milena viviría.

Veinte minutos antes, en la finca, después de haberle disparado a Xiomara, alcé a Ana Milena y la subí al campero. Conduje a toda velocidad hasta el pueblo y, tras preguntar la ruta un par de veces, llegué al hospital. Casi de inmediato la ingresaron a cirugía. A mí me desinfectaron la herida superficial del disparo en el brazo y me la vendaron. Los dos disparos que recibí en el pecho no traspasaron el chaleco antibalas que le había quitado al calvo en el apartamento.

La policía no demoraría en llegar, alertada por los médicos de las heridas de bala. También iban en camino hacia la finca de Julián con una ambulancia, aunque me parecía que tanto a él como a Xiomara los encontrarían muertos.

¿Por qué me puse el chaleco antibalas y no se lo ofrecí ni le dije nada a Ana Milena? Cuando estábamos en el apartamento e íbamos a salir a buscar a Julián, Ana Milena me dijo que primero se cambiaría el vestido. Después de echar las maletas en el carro, volví a la sala y registré de nuevo los cadáveres de los tres hampones. No encontré nada útil, salvo el chaleco antibalas del calvo. Por eso Wílmer le había disparado en la cara. La verdad es que me lo puse sin pensarlo. Fue casi un reflejo. Sin embargo, creo que tuve varios motivos para actuar así, que esa noche al lado del hospital de Villeta solamente asomaron a borbotones, pero que luego con el tiempo he examinado mejor, impulsado por el remordimiento y la necesidad de explicarme ante Ana Milena. Supongo que creí que ella no tenía mucho que temer por ser la ex de Julián. Ella lo conocía bien, mientras que yo ni siquiera lo había visto y no sabía qué esperar. A lo mejor, también pensé que ella iba armada con la historia de la relación entre ambos, con su belleza, que ese era su modo de protegerse, mientras que yo necesitaría la pistola y el chaleco. O quizás, mi acción obedeció a un breve ataque de celos al saber que ella se encontraría con su ex. A ello habría que añadirle la inseguridad que yo sentía por la posibilidad de que Ana Milena me estuviera ocultando más cosas sobre su relación con Julián. Por último y por absurdo que suene, en ese momento se me cruzó el pensamiento de que ella no se podría poner el chaleco porque su vestido no le cubría los hombros… ridículo, lo sé, porque justamente se iba a cambiar en ese momento. En fin, unos dirán que fue el egoísmo combinado con el instinto de supervivencia y otros pensarán que el machismo me hizo suponer que si yo iba protegido y armado, la defendería de cualquier peligro.

En definitiva no sabía por qué había actuado así y en adelante siempre me acompañaría ese remordimiento.

Lo único que me quedaba claro en ese momento, mientras esperaba que Ana Milena saliera de la operación, era que, al igual que antes, yo amaba a mi esposa y quería seguir adelante con nuestra relación. Y sabía que ella sentía lo mismo por mí. Pero también sabía que no sería fácil y que tendríamos mucho por hablar.

En últimas, nuestra relación no había sufrido por culpa de alguno de los dos, sino por la situación que involuntariamente nos tocó vivir. Ambos actuamos erróneamente en algunas cosas, cierto, y pusimos en riesgo el bienestar físico del otro. Pero también nos salvamos la vida mutuamente.

En fin, con nuestros cuerpos, mentes y corazones heridos, necesitaríamos tiempo, amor y diálogo para sanar.

Pero lo lograríamos. Al fin y al cabo a través de las dificultades se construye el amor.

Con ese pensamiento me giré y caminé hacia la puerta del hospital.

Iba a entrar de nuevo a la construcción cuando recordé que en la camioneta aún seguía guardado el maletín lleno de billetes que no había alcanzado a bajar en la finca de Julián.

Mi mente funcionó con rapidez. A Ana Milena y a mí se nos vendrían muchos problemas para explicar y solucionar todo este lío. No sabía si nos acusarían de algún delito. En cualquier caso, tendríamos que gastar mucho tiempo y dinero en aclarar todo con las autoridades. A lo mejor, algunas personas nos estigmatizarían si se enteraban del problema, sobre todo en el medio en que trabajaba Ana Milena. Tendríamos que ausentarnos de nuestros trabajos por un tiempo, quizás incluso los perderíamos. Además, necesitaríamos mudarnos de apartamento de inmediato.

Y la policía decomisaría toda la plata que encontrara.

Pero si yo sacaba unos cuantos fajos de billetes del maletín y los escondía cerca del hospital, seguramente nadie los echaría de menos. Sería como una especie de indemnización por todo lo que habíamos sufrido y todo los que nos faltaba por sufrir.

Me di la vuelta para volver a la camioneta y sacar unos billetes.

Después de dar un par de pasos me detuve en seco. Estaba a punto de hacer lo mismo que había causado todo el problema, lo mismo que había hecho Zacarías. Obtener plata de manera ilícita y esconderla.

Además, ese dinero había sido el causante de toda nuestra desgracia presente, arrastrando el mal y la codicia tras de sí. Había atrapado a Ana Milena haciéndola sufrir durante años. Todo lo que ella quiso durante ese tiempo fue que se lo llevaran de su apartamento y la dejaran en paz. Si me aferraba a él prolongaría la tenaza de ese pasado molesto, de esos delincuentes, sobre nuestro futuro.

No. Que fuera lo que fuera, pero que fuera nuestro y limpio.

Me di la vuelta y entré al hospital a buscar a Ana Milena.

*** FIN ***

© 2013 Santiago Restrepo. Todos los derechos reservados. Publicado originalmente como “Secretos mortales”.