Un remolino en el tiempo

Sobre el tiempo – John Milton

*

Corre, tiempo envidioso, hasta que termines tu carrera,

Apela al transcurrir de las perezosas horas de plomo,

Cuya velocidad no es otra que la del ritmo de la pesada plomada,

Y hártate con aquello que devora tu estómago,

Que no es sino lo falso y lo vano,

Y los meros desperdicios mortales;

¡Tan poca es nuestra pérdida,

Tan poca es tu ganancia!

Así, cuando hayas enterrado todo lo malo,

Y, por último, hayas consumido tu codicioso yo,

La larga eternidad saludará nuestro gozo

Con un simple beso;

Y la alegría nos sobrecogerá como una inundación,

Cuando todo lo que es en verdad bueno

Y perfectamente divino,

Brille por siempre con la verdad, la paz y el amor,

Sobre el trono supremo

De él, cuya sola vista nos alegra,

Y una vez nuestra alma guiada por el cielo ascienda

Entonces, ya sin la crudeza mundana,

Nos sentaremos vestidos de estrellas por siempre,

Triunfando sobre la Muerte, el Azar y sobre ti

Oh Tiempo.

*

1

Foto de Masato OHTA (Flickr.com)

Foto de Masato OHTA (Flickr.com)

–Para ser breve –dijo el Dr. Zenhoffer, sus ojos grises concentrados en los míos a través de sus anteojos–, quería hablar con usted porque su tesis abre nuevas posibilidades para una investigación que he venido desarrollando desde hace unos meses: los viajes en el tiempo.

Mi corazón pegó un salto y un ligero temblor se apoderó de mi cuerpo. Sin quererlo, moví la mano derecha y tumbé mi teléfono del brazo del asiento.

–Lo sé, David, es un tema revolucionario, sorprendente e incluso polémico –Zenhoffer interpretó mi asombro como incredulidad–. Pero, como sabrá, esos son los temas que me interesan, los que alteran paradigmas, los marginados por el resto de la comunidad científica.

Zenhoffer miró un momento el teléfono, que no recogí para no evidenciar mi nerviosismo, y luego escrutó mi rostro. Caí en cuenta de que esperaba una reacción.

–Sí, claro, los viajes en el tiempo… –me esforcé para que mi voz no se resquebrajara–. Un tema polémico, sin duda, e inexplorado. Pero… pero no entiendo qué relación tiene mi investigación con él –dije más por devolverle la palabra que por genuina curiosidad.

–Bueno, la teoría de las supercuerdas…

Zenhoffer se lanzó en una explicación abstracta y resumida sobre la unificación de las teorías fundamentales de la física. Fingí que escuchaba y asentí varias veces, pero en el fondo seguía anonadado por lo que creía imposible: la reaparición de ese fantasma del pasado del que creía haber huido para siempre una década atrás, cuando al comenzar mi pregrado en física en la Universidad de Columbia, en Nueva York, me propuse firmemente huir de cualquier materia o investigación que se relacionara con los viajes en el tiempo. Ahora resultaba que, pese a mis esfuerzos, mi tesis de doctorado en la Universidad de Colorado tenía aplicaciones en ese campo.

Un sudor frío impregnaba mis manos y mi espalda. ¿Se acercaba acaso el momento de revivir lo sucedido años atrás en el apartamento de mis padres en Brooklyn? Aparté el pensamiento horrorizado.

–… que se realiza gracias a un proyecto confidencial financiado por el gobierno –decía Zenhoffer–, por lo que le pido que no divulgue nada, cualquiera que sea su decisión. Mis colaboradores en este proyecto son el Dr. Smith y el Dr. Meyer –mostró con la palma a dos jóvenes investigadores que lo flanqueaban, que yo conocía vagamente–y la Dra. Seyden, a quien recluté hace poco de Harvard y que, eh…., debe estar demorada en clase. Ellos, al igual que usted, comenzarían a medio tiempo mientras conseguimos fondos adicionales para construir un laboratorio de investigación con equipos más avanzados. Por ahora, las condiciones laborales serían…

Zenhoffer hablaba como si yo fuera a aceptar su oferta. No era una presunción descabellada. El Dr. Matthew Zenhoffer era uno de los físicos teóricos más importantes del mundo, ganador del Premio Nobel solamente por una entre muchas de sus investigaciones notables. Recibir una oferta de trabajo de su parte al terminar el doctorado estaba más allá de los sueños de cualquier estudiante. En circunstancias normales me habría botado de cabeza a la oportunidad, así no me pagara un dólar.

–Esas son las condiciones del trabajo, usted me dirá si le interesa y, de ser así, si puede comenzar en quince días –Zenhoffer terminó y enfocó sus ojos de águila en los míos.

El trabajo soñado para cualquier estudiante, pero no para mí. No aceptaría. No contribuiría a crear ese horrible evento que había vivido años atrás.

–Dr. Zenhoffer, el tema es interesantísimo y ante todo déjeme agradecerle por tenerme en cuenta –dije deshaciéndome en amabilidad–. Sería un honor para mí trabajar con usted y su equipo en un tema tan novedoso. Sin embargo, me gustaría explorar otras aplicaciones de mi tesis, en particular en lo relacionado con el control de los campos de probabilidad. Es un tema que me interesa desde hace muchos años y…

–Bien, entonces demos por terminada esta reunión –Zenhoffer me interrumpió, no molesto sino firme, dispuesto a no perder tiempo escuchando los intereses de un recién graduado cualquiera, que era en lo que me acababa de convertir al rechazar su oferta. Se puso en pie–. De todas formas, piénselo, David, y si cambia de opinión quizás haya otra oportunidad. De lo contrario, muchos éxitos en su futuro profesional y gracias por su tiempo.

–No, no, gracias a usted –dije desconcertado por el fin abrupto de la entrevista.

Asintió levemente y se dio media vuelta. Caminó rápido hasta la puerta del salón y salió escoltado por sus asistentes.

 

2

Por un momento, creí que Zenhoffer regresaría e intentaría convencerme de trabajar con él y que de alguna forma lo lograría. Me parecía imposible que con un simple “no” hubiera logrado alejarme de lo que a veces percibía como mi destino.

Zenhoffer, por supuesto, no regresó. Y cuando me convencí de que un científico de su categoría no se rebajaría a rogarle a un estudiante, sentí como si me quitaran un piano de la espalda, como si saliera de un largo túnel negro.

Sentí que revivía y caí en cuenta de la luz que golpeaba mi piel a través de las amplias ventanas del salón. Levanté la mirada. El cielo azul de verano me invitaba a salir, a respirar el aire puro, a disfrutar el calor y la alegría de estar vivo. Las calles de Boulder me esperaban. Animado, me puse en pie, recogí mi teléfono del suelo, alcé mi maletín y caminé hacia la puerta.

Cuando puse el primer pie afuera del salón, escuché pasos veloces acercándose por el corredor. Una mujer giró hacia la puerta y me chocó empujándome hacia atrás. Soltó una tableta y dejó escapar una exclamación de asombro.

–Perdón, perdón –se disculpó y sacudió las manos como si se hubiera quemado.

–No te preocupes –me agaché, recogí la tableta y se la alcancé.

–¿Dr. Ruiz? –dijo y con la mano libre se quitó el pelo castaño de su rostro.

Sentí un corriente de electricidad en mi estómago. Era ella. La misma mujer que había visto por primera vez la víspera, durante la sustentación de mi tesis doctoral. Sentada en el auditorio, en medio de colegas, estudiantes y curiosos, esa misma expresión viva y ojos brillantes habían bastado para cautivarme. Cuando terminé mi exposición y ella salió, poco me faltó para abandonar el recinto y seguirla. Pero el jurado, colegas y amigos me rodearon para felicitarme. Desde ese momento me propuse averiguar quién era y resulta que ahora, menos de veinticuatro horas después, me la encontraba de frente.

–¿Dr. Ruiz? –repitió ella–. ¿O debo decirle David, si aún no se acostumbra a su nuevo título?

Terminó la frase con una sonrisa.

–Ah, perdón –dije saliendo del trance–. ¿Mucho gusto?, ¿Dra. Seydel?

Supuse que se trataba de la tercera asistente de Zenhoffer.

–Margarita, por favor. No me acostumbro a que me digan doctora. Me demoré con los estudiantes y…

Margarita. El nombre resonó en cada fibra de mi cuerpo. Mis sentidos se amplificaron y el mundo adquirió una dimensión adicional. Margarita. Ella era la mujer a la que aludía uno de los mensajes que recibiera años atrás, estaba seguro. La víspera, al verla entre la audiencia, lo sospeché. Ahora, al tenerla frente a mí y saber que se llamaba Margarita, no me cabía la menor duda: ella sería mi esposa.

Esta vez, la certeza de un futuro no me abrumó. Por el contrario, me liberó. Qué importaban las predicciones, qué importaban los mensajes o el destino, si tenía la oportunidad de conocer a la mujer que tenía frente a mí.

–Pero, ¿qué pasó? –terminó Margarita–. ¿No ha llegado el Dr. Zenhoffer?

–¿Zenhoffer? Ah… sí, sí. Ya hablamos y se fue.

–¿Ya? ¿Tan rápido? ¿Cuándo comienzas?

–Eeehhh… –musité con duda–, no voy a trabajar con él. No acepté la propuesta.

Al terminar la frase un peso oprimió mi corazón. ¿Acaso al rechazar la oferta de Zenhoffer me cerraba también a la posibilidad de un futuro con Margarita, a la posibilidad de conocerla? Quizás los dos anuncios que había recibido hace muchos años en Brooklyn estaban relacionados: la advertencia sobre los viajes en el tiempo y el mensaje sobre Margarita. Ella trabajaba con Zenhoffer en el tema de los viajes en el tiempo. Si yo hubiera aceptado la oferta de Zenhoffer, me habría convertido en compañero de trabajo de Margarita y quizás allí la habría conocido mejor al punto de entablar una relación. A lo mejor, al distanciarme de un futuro relacionado con los viajes en el tiempo también me alejaría de Margarita. Este encuentro terminaría en un par de minutos y eso sería todo entre los dos.

–¿Cóooomo? ¿No aceptaste? –Margarita dejó la boca abierta al terminar la frase.

–Sí, no acepté.

–No puede ser –parpadeó varias veces–. ¿Sabes lo que mucha gente daría por trabajar con Zenhoffer?

–Sí, claro. Pero…

–A mí me hicieron muy buenas ofertas para trabajar en otras universidades. Me decidí por Boulder porque Zenhoffer me buscó y me pidió expresamente que trabajara con él. ¿Estás loco? Ay, perdona, ni siquiera te conozco… pero es que no entiendo cómo alguien se rehusaría a esa posibilidad.

Quizás ahora Margarita me vería como un bicho raro, se despediría y todo lo que me quedaría de ella sería el recuerdo de un encuentro fugaz. ¿Qué hacer? ¿Cambiar de opinión y aceptar la oferta de Zenhoffer para convertirme en colega de Margarita? Las imágenes de lo sucedido años atrás en Brooklyn desfilaron veloces por mi mente. No. Debía mantenerme firme en mi resolución de no involucrarme con los viajes en el tiempo. Además, tenía a Margarita frente a mí. No necesitaba ser su compañero de trabajo para conocerla mejor. De mí dependía que esta charla se prolongara.

–Bueno –dije un tanto nervioso al saber lo que me jugaba–, los viajes en el tiempo son un tema fascinante, sin duda, pero pueden ser problemáticos.

–¿Le dijiste eso a Zenhoffer?

–No, no. Le dije que me interesaba más investigar otros temas.

Margarita sacudió la cabeza aún incrédula.

–¿Te parecen problemáticos los viajes en el tiempo? –dijo tras un par de segundos–. ¿Por qué? ¿Por lo de las paradojas?

En ese momento se me ocurrió contarle lo sucedido aquella tarde de verano en Brooklyn, cuando yo era aún adolescente.

Por fortuna me contuve. Contarle esa parte de mi vida dos minutos después de conocerla sería desastroso. Me creería loco o quién sabe qué.

Más bien, decidí lanzarme al agua.

–Sí, en parte por lo de las paradojas. Pero, ¿sabes qué? Ese tema es demasiado interesante como para hablarlo en medio de un corredor, con la tarde tan maravillosa que está haciendo. Vamos a tomar algo y mientras tanto me explicas por qué te interesa trabajar en algo que solo puede crear caos y problemas –dije en tono de broma.

Margarita sonrió y movió sus ojos hacia arriba.

Pasaron un par de segundos angustiosos durante los cuales creí que se definiría mi futuro.

–Bueno, vamos –dijo finalmente.

 

3

Foto de Masato OHTA (Flickr.com)

Foto de Masato OHTA (Flickr.com)

Salimos de la universidad y caminamos hacia el centro, hablando de todo un poco. Ella, hija como yo de padres inmigrantes (los suyos polacos, los míos colombianos), había crecido en Los Ángeles, California, y había estudiado su pregrado en Berkeley. Después hizo su doctorado en el otro extremo del país, en Harvard. Me contó los temas de sus investigaciones previas y me dijo que su plan era quedarse en Boston, hasta que recibió el correo de Zenhoffer con la propuesta de trabajo. Había llegado hace una semana a Boulder y no conocía mucho más que la universidad y un par de supermercados, así que mientras caminábamos, aproveché para mostrarle sitios interesantes de esa zona, a la vez que le contaba sobre mi juventud en Brooklyn, llena de caminatas por toda Nueva York, largas jornadas de trabajo en el restaurante latino de mis padres, estudios de física por mi cuenta y lecturas de ciencia ficción. Después le conté sobre mi pregrado en Columbia y el doctorado en Boulder durante los últimos cinco años.

En Pearl Street, la calle peatonal flanqueada por almacenes y restaurantes, entramos a un café italiano, uno de mis favoritos. Para aprovechar el día soleado y las horas extras de luz del verano, escogimos una mesa en la terraza y pedimos jugos helados, ella de frambuesa y yo de naranja.

–Bueno –dijo Margarita sonriente cuando el mesero se retiró con el pedido–. ¿Ahora sí me vas a explicar por qué la prevención frente a los viajes en el tiempo?

La pregunta tensionó mis músculos. Durante la caminata había olvidado el tema, sintiéndome como si saliera con una amiga, una mujer que me gustaba, sin preocupaciones. Ahora debía volver a un asunto del que no quería hablar y, además, sobre el que no podía decirle toda la verdad: que mis prevenciones se originaban en una vivencia real, no en teorías.

–Bueno –dije finalmente–, creo que mis reticencias son las mismas que tiene cualquiera que haya visto películas o leído libros de ciencia ficción. Tú misma lo dijiste: las paradojas. Por ejemplo, si alguien viaja al pasado y evita que sus padres se conozcan, esa persona no nacería en el futuro. Pero entonces, ¿cómo pudo evitar que sus padres se conocieran si nunca nació? Y así con cualquier cosa: si viaja al pasado y evita que se construya la máquina del tiempo, ¿cómo hizo entonces para viajar al pasado sin la máquina del tiempo? Como ves, son situaciones absurdas e incluso peligrosas.

Margarita me miró durante unos segundos sin dejar de sonreír.

–Dr. Ruiz –dijo en tono de broma–, ¿me está diciendo que gracias a sus lecturas juveniles de ciencia ficción se acaba de privar de trabajar con uno de los científicos más importantes del mundo?

–No, no –le correspondí la sonrisa–. No por esas lecturas, pero debes admitir que es una posibilidad real, esas paradojas podrían ocurrir.

–Cierto, pero se presentarían si asumimos que existe una sola realidad. Como debes saber, ojalá no solamente por tus lecturas juveniles, hay otras teorías al respecto, por ejemplo, la que la plantea la existencia de múltiples realidades simultáneas.

–Lo sé, lo sé. En todo caso, no se te olvide que la ciencia ficción ha predicho muchos avances de la ciencia –la recriminé, un tanto dolido por su burla a uno de mis pasatiempos favoritos.

Margarita se limitó a sonreír.

–En un mundo de realidades múltiples –dijo después de unos segundos–, de universos paralelos, quien viaja en el tiempo seguiría existiendo incluso si evita que sus padres se conozcan, porque él ya existe en su realidad presente y ese universo entre los múltiples posibles existe tal como él lo percibe. Quizás en otra realidad esa persona desaparezca, quizás en otra quede atrapado en el pasado, y en una más vuelva al futuro y se dé cuenta de que no lo conocen. Pero si el viajero cambió su realidad, él, como determinador de la misma, seguirá existiendo independientemente de que altere el pasado o las condiciones previas de su existencia.

–Yo no pondría una agencia de viajes en el tiempo diciéndole al cliente que es posible que quede atrapado en el pasado.

Margarita rio y yo la secundé.

–En todo caso –dijo–, esa no es la única teoría sobre la realidad. Por ejemplo, supón que el tiempo no existe, que es una ilusión de la mente humana.

–¿Frambuesa? –dijo el mesero acercándose a nuestra mesa, los jugos sobre una bandeja. Margarita lo miró y asintió. El joven puso frente a ella un vaso lleno de un líquido rojo con partículas de hielo. El otro, naranja, lo puso delante de mí. Saqué el pitillo del papel protector y lo hundí en el vaso. Le di un sorbo corto a la bebida que me hizo rechinar los dientes. Extraje el sabor a naranja del hielo y lo pasé despacio.

–Sin tiempo no habría causalidad –dije cuando el mesero se retiró.

Margarita terminó de probar su smoothie.

–Exacto –dijo–. Lo que percibimos como acontecimientos encadenados serían en realidad dibujos o formas en una pintura atemporal.

–Y sin causalidad no habría libertad de decisión.

–Sí la habría –dijo ella–, pero lo que nosotros percibimos como cadenas de acciones serían en realidad formas en ese dibujo sin tiempo. Que no haya tiempo no quiere decir que el dibujo ya esté pintado o si lo estuviera, que fuera inalterable. Quizás seríamos más libres de lo que creemos bajo la teoría de la causalidad. Es complicado. Por su parte, en un viaje en el tiempo, en vez de alterar una línea, una cadena, alteraríamos una zona de la pintura. Modificaríamos una dimensión más de las que alteramos en nuestra vida cotidiana. Crearíamos círculos o burbujas en esa pintura.

Margarita hizo una pausa y le dio un sorbo a su smoothie. No dije nada y esperé a que continuara.

–Una variante de esta teoría postula que la energía necesaria para alterar la pintura con un viaje en el tiempo sería mucho mayor a la que requeriría un viaje en el marco de una realidad regida por la cadena causal tradicional. Y cuanto mayor sea el radio de la burbuja que se quiera modificar, es decir, el lapso de tiempo, mayor sería la energía necesaria. Adicionalmente, esa energía aumentaría exponencialmente a mayor distancia se realice el viaje en el tiempo y mayor sea la duración del mismo. Esto haría que los viajes en el tiempo fueran inestables.

Un balón de colores rebotó en el suelo a mi lado y saltó golpeando mi brazo. Lo agarré en el aire y busqué con la mirada a su dueño. Un niño de unos cinco años corría desde una mesa vecina. Se lo alcancé y sus padres se disculparon con un movimiento de mano y una sonrisa.

–¿Inestables? –Volví mi atención a Margarita–. ¿Qué quiere decir eso?

–No lo sabemos muy bien, aún son especulaciones teóricas, pero quizás sería como un colapso del viaje. Sin embargo, lo que interpretamos como colapso en la teoría podría interpretarse de otra forma desde la experiencia humana del viajero. Quizás racionalizaríamos esa inestabilidad como racionalizamos tantas cosas cuyo fundamento está fuera de nuestro alcance, pero que debemos acercar a nuestra manera de entender la realidad.

–Entonces –dije, dándole vueltas sin cesar al pitillo dentro del jugo helado, angustiado porque esa descripción encajaba con mi experiencia–, si te entendí bien, cambiar el futuro sería mucho más difícil bajo la segunda teoría que bajo la primera. En la segunda, crear una nueva burbuja, o como se llame, implicaría cambiar el tejido de la realidad, mientras que en la primera sería crear una realidad más entre muchas posibles, como de hecho algunos postulan que ocurre a cada instante.

–Así es –dijo Margarita satisfecha y volvió a tomar de su bebida, levantando el rostro para que le diera el sol.

Difícil pero no imposible, pensé esperanzado. Es más, quizás yo ya había cambiado el futuro al rechazar la oferta de trabajo de Zenhoffer, una decisión consciente elaborada a lo largo de mucho años. Por otra parte, quizás ahora también podría lograr que Margarita se alejara de los viajes en el tiempo.

–Entonces, ¿para qué viajar en el tiempo?, ¿para qué intentar cambiar la realidad? –dije con aprensión–. Tú misma dices que no sabemos a ciencia cierta qué ocurriría, que los viajes son inestables y que no sabemos cómo los racionalizarían los viajeros. No sabemos nada –dije enfático y extendí mis brazos a los lados.

–¡Exacto! –respondió ella con una medida de entusiasmo igual a mi asombro–. Queremos saber, somos científicos, es nuestra misión. En cuanto a cambiar la realidad, es lo que hacemos a cada instante con nuestras acciones. A medida que la tecnología nos lo ha permitido, los seres humanos hemos ampliado el alcance de nuestra transformación del mundo. Siempre han existido los escépticos o fatalistas, los que dicen “no averigüemos”, “no viajemos”, “no exploremos”, porque es imposible, demoníaco, peligroso o cualquier otro adjetivo negativo. En el pasado se decía “no investiguen lo que no está en la Biblia”, “no viajen al otro lado del mar”, etcétera.

O “no dejes que controlen los viajes”, como me dijera mi yo futuro, años atrás, una frase que aún no entendía, pero que parecía ir en el mismo sentido.

–Pero esto es distinto –protesté sin saber cómo respaldar mi frase.

Margarita me sonrió, a sabiendas de que me quedaba sin argumentos.

–No es distinto –dijo tras unos segundos–. Explorar y entender el tiempo es un anhelo natural del ser humano, de su sed de conocimiento. El ser humano siempre ha querido descifrar el misterio del tiempo e incluso vencerlo. Por ejemplo, ya que me hablabas de lecturas, uno de mis pasatiempos es la poesía y muchos poetas tocan el tema del paso del tiempo, justamente porque es algo inquietante para el ser humano. Pero también es un tema que abordan todas las religiones, la filosofía, en fin…

–Un momento –dije irónico, con ánimo de sacarme el clavo por sus “burlas” a mi gusto por la ciencia ficción–, ¿no me dirá, Dra. Seyden, que está dejando que la poesía sustente sus inquietudes científicas?

Margarita torció la cara con una mirada de reproche, pero en broma.

–Jaja, no, Dr. Ruiz. Leo poesía porque me gusta, porque me despierta una sensibilidad diferente. Pero en la poesía se encuentran, como te dije, los anhelos e inquietudes ser humano. Y el tiempo es uno de ellos. Como es mi tema favorito, colecciono poemas al respecto.

–¿Poemas sobre el tiempo? –dije extrañado. La única poesía que había leído en mi vida fue la que me asignaron en el colegio.

–Sí, sí.

–¿Cómo sería un poema sobre el tiempo? –dije con curiosidad, pues creía recordar, ignorante de mí, que la poesía se refería únicamente a la naturaleza y los sentimientos–. La verdad no leo mucha poesía. Dime uno.

–No me los aprendo. A veces los transcribo para meterme más en el poema… especialmente los de mi colección. Pero, a ver… bueno, hay uno que me gusta. Es “Sobre el tiempo”, de John Milton. Búscalo después en internet y lo lees completo, pero comienza más o menos así: “Corre, tiempo envidioso, hasta que termines tu carrera; Apela al transcurrir de las perezosas horas de plomo, cuya velocidad no es otra que la del ritmo de la pesada plomada, y hártate con aquello que devora tu estómago, que no es sino lo falso y lo vano, y los meros desperdicios mortales; ¡Tan poca es nuestra pérdida, Tan poca es tu ganancia!” Ahmmm… Bueno, no soy muy buena declamadora y no está completo. Pero refleja eso: la obsesión del ser humano con el tiempo y el deseo de vencerlo. Búscalo en internet.

–Bueno, lo haré. Pero entonces yo también te voy a recomendar un par de libros de ciencia ficción para que te ilustres –terminé y le guiñé el ojo.

–Bien, acepto el intercambio y te lo completaré con dos antologías de poesía –dijo Margarita y tomó un sorbo de su bebida. Después me miró a los ojos–. En todo caso, a eso me refería cuando decía que el tiempo es parte del anhelo de conocimiento humano y que debemos satisfacer ese anhelo mediante la investigación. Es lo que hago y lo que me apasiona. Aunque, escuchándote a ti, cualquier diría que el tema también te fascina. Por lo menos lo tratas con más entusiasmo que lo que me contaste sobre tus investigaciones.

–Eh…, siempre fue un hobby, algo que me llamó la atención –dije y suspiré, volviendo a la angustia que me acechaba, justamente, la posibilidad de vencer al tiempo, de alterar el curso de los acontecimientos, para escapar a ese momento horrible del pasado… y el futuro.

Pero al ver a Margarita sonreír frente a mí, decidí que debía apartar esa preocupación. Tenía en frente a una mujer hermosa, con la que sentía una conexión especial, una atracción más que física, sin importar que en el pasado hubiera recibido un mensaje sobre ella. ¿Qué sentido tenía concentrarme en lo sucedido antes o en lo que podría suceder después? Debía vivir el presente, aprovechar el regalo que me brindaba: el día soleado, la terraza, la gente que caminaba tranquila por la calle peatonal y, sobre todo, la presencia de Margarita frente a mí.

Decidí hacer lo posible por prolongar ese momento hacia el futuro y apartar los pensamientos negativos que no me dejaban disfrutarlo plenamente.

 

4

Por fortuna, la relación con Margarita prosperó a lo largo de un verano maravilloso en Boulder. Seguimos viéndonos después de ese día y aprovechamos la tranquilidad de la ciudad universitaria con salidas a comer, visitas a museos, centros comerciales, charlas sobre las lecturas que habíamos intercambiado y caminatas por las montañas. Esto último resultó ser uno de los pasatiempos favoritos de Margarita y fue lo único que empañó el verano, pues en un lugar como Boulder, situado sobre y al pie de las montañas Rocosas, “no dejarla ir a las montañas”, como me advirtiera mi yo futuro hace muchos años, era imposible. Sin embargo, cuando ese recuerdo del pasado aparecía, lo apartaba con rapidez, confiado en que el curso de los acontecimientos ya había cambiado y que, por lo tanto, esa advertencia no me concernía. Unas semanas después de la primera charla en el café ya éramos novios y unos meses más tarde el tema de un futuro en común comenzó a surgir de modo natural en nuestras conversaciones.

Finalmente, una noche de invierno en el apartamento de Margarita, en una de esas charlas, después de disfrutar una comida tailandesa y unos vinos, ella me dijo, cuando le puse el tema, que si íbamos a seguir juntos deberíamos casarnos por la iglesia, pues era algo que su familia, de tradición católica polaca, le había inculcado desde niña.

Yo, por supuesto, no tenía ningún problema en ello. La amaba y sabía que era la mujer de mi vida. Pero la advertencia que recibiera cuando joven sobre “no dejarla ir a las montañas” se refería a mi esposa, no a mi novia.

Entendí, por lo tanto, que había llegado el momento de contarle lo sucedido años atrás, no solo porque ese evento era un episodio fundamental de mi vida, que había guiado muchas de mis decisiones, sino, sobre todo, porque una de las advertencias se refería a ella. Además, ahora que nos conocíamos mejor era más probable que me creyera.

–Me parece maravillosa la idea de casarnos –le dije mientras hablábamos en el sofá de su sala, aún con media botella de vino por delante–. Pero en ese caso hay algo que quiero y debo contarte.

–¡Oh!, las confesiones –dijo con picardía–. ¿Cuál es su oscuro pasado, señor?

–Jeje, sí, las confesiones –dije sonriente, luego me puse serio–. Pero no es lo que imaginas. Creo que he debido contártelo antes, no sé… Pensé que a lo mejor no era necesario. Pero si vamos a ser esposos, es mejor que lo sepas, que conozcas todo sobre mí –hice un pausa, tomé aire y hablé despacio–. Te voy a contar algo que me sucedió hace mucho tiempo, cuando era adolescente.

Margarita frunció el ceño y sus ojos cafés se concentraron en mí.

 

5

Foto de Masato OHTA (Flickr.com)

Foto de Masato OHTA (Flickr.com)

Fue hace catorce años… sí, catorce años casi exactos. Durante mucho tiempo quise olvidar ese evento o creer que no ocurrió. Pero está marcado como un sello en mi memoria y cada cierto tiempo los detalles reviven y me asaltan como si esperaran agazapados la ocasión propicia.

Hace catorce años, una tarde de agosto, leía una novela de ciencia ficción en el sofá de la sala del apartamento donde vivía con mis padres en Brooklyn. Con los pies sobre la mesa de centro, le daba sorbos a una fría malteada de chocolate para paliar las oleadas de calor que se colaban por las ventanas, durante uno de los veranos más fuertes que hubieran azotado a Nueva York.

Mis padres habrían preferido que pasara la tarde ayudándoles en el restaurante, mi ocupación tradicional durante las vacaciones de mitad de año, pero desde hace unos meses los había convencido de que necesitaba más tiempo para avanzar en mis estudios de física. Y, en efecto, dedicaba largas horas a estudiar libros de texto de colegio y universidad, salvo cuando la tarde pedía un descanso y la ciencia ficción me llamaba a una pausa.

Acompañaba al protagonista de la novela en una de sus aventuras, cuando un ruido salió de mi habitación y me hizo levantar la cabeza. Parecía como si una corriente de aire más fuerte que las demás entrara por el balcón. Como había dejado las puertas abiertas para que circulara el aire, me encogí de hombros atribuyéndole el sonido a una ráfaga de viento y volví a la lectura.

Unos segundos después escuché pasos sobre el piso de madera de mi cuarto.

Mi corazón se paralizó. Me enderecé en el sofá y con el codo tumbé la malteada. Alguien había entrado por el balcón. Vivíamos en el penúltimo piso de uno de esos viejos edificios de principios del siglo XX. Seguramente un ladrón había trepado por la escalera de emergencias y, al no encontrar otro balcón abierto, había llegado hasta el de mi habitación. Con la mano hecha una gelatina busqué el teléfono en mi bolsillo para llamar al 911, mientras escuchaba los pasos acercándose a la puerta.

No alcanzaría a marcar. Me puse en pie sin saber si correr, gritar o qué. Mis piernas casi se rehúsan a sostenerme en pie.

Un hombre adulto emergió por la puerta. Respiraba rápido, su ropa sucia como con tierra y el pelo desordenado. Giró su cara hacia mí.

Me electricé de pies a cabeza. Lo reconocí de inmediato.

Era yo mismo, aunque varios años mayor. Tenía mis rasgos, mi expresión, mis ojos, mi cara. Pero, más que eso, reconocí mi mirada o, mejor, mi conciencia… no sé cómo explicarlo. Es una sensación muy extraña que no he vuelto a experimentar. Como si yo fuera parte de esa conciencia que me miraba.

–Hola, David –dijo agitado–. Vengo… vengo del futuro. Quiero explicarte unas cosas con calma.

Alcancé a pensar que me había quedado dormido en el sofá, que la imagen se desvanecería y yo despertaría.

El hombre dio un paso lento hacia mí, como midiendo mi reacción antes de acercarse más.

Un ruido de brisa azotó de nuevo mi cuarto y mi yo futuro giró su cabeza en esa dirección. Abrió los ojos y la boca de par en par, como si acabara de ver un espanto.

–No es posible… –dijo con un hilo de voz.

Salió de su asombro como si lo abofetearan, saltó como un gato hacia mí y gritó en pánico:

–¡Vienen, vienen! ¡Vámonos! ¡Nos van a matar!

Me agarró de la mano y me jaló.

En estado de shock, no opuse resistencia y lo seguí hasta la puerta principal del apartamento. La abrió y nos lanzamos al corredor. Escuché ruidos detrás, pasos en el apartamento.

¿Qué pasaba? Con el corazón a mil, sin entender nada, a duras penas seguía el correr atropellado de mi yo futuro.

–Por acá –dijo unos metros más adelante y se lanzó escaleras arriba.

Dos disparos retumbaron a mis espaldas. Un pedazo de madera de la baranda saltó en pedazos.

–¿Qué pasa? –balbuceé ahogado, en medio de la angustia y el desconcierto–. ¿Qué pasa?

–Esa gente… –dijo él, sin aliento, en la mitad de las escaleras–. No dejes que controlen los viajes. No…

Un nuevo disparo lo interrumpió.

¿Cuáles viajes? ¿Por qué nos disparaban? ¿Qué era esa pesadilla?

–¿Quiénes son? –apenas logré murmurar cuando terminamos de subir.

Mi yo futuro no respondió. Quizás no me escuchó, o quizás la pregunta no salió de mi boca. Giró a la derecha y corrimos hacia la puerta de entrada a un depósito, que a su vez conducía a la azotea.

–Cuando entren, enciérralos. No dejes que te vean –dijo y me empujó hacia un rincón antes de entrar.

Caí sentado sobre la madera y me arrastré hacia atrás impulsándome con las palmas de las manos, hasta que mi espalda tocó la pared al lado del cuarto de herramientas, en un rincón oscuro.

La escalera de madera chirrió con los primeros pasos de los perseguidores.

Mi yo futuro atravesaba la puerta del depósito, pero se detuvo y sacó la cabeza.

–Tu esposa… –dijo con la voz quebrada–, se llama Margarita. No dejes que vaya a las montañas.

Terminó la frase y se perdió en el depósito, al tiempo que aparecían las cabezas y torsos de varias personas tras las barandas de la escalera. Mi corazón estaba a punto de explotar. ¿Qué diablos sucedía? ¿Qué tenía que ver yo ahí? ¿Por qué disparaban a matar?

No tenía tiempo para preguntas. Dejé de respirar y casi de pensar por el temor de que me vieran.

En el depósito sonaron ruidos de trastos.

Supuse que mi yo futuro quería atraer la atención de los perseguidores y de paso obstaculizar su camino.

Me quedé quieto como una estatua. Ni siquiera me atreví a levantar la mirada.

–Allá, allá –dijo uno de ellos y dos disparos estallaron en el aire destrozando mis nervios.

Los pasos atravesaron el corredor y se alejaron a la izquierda, adentrándose en el depósito.

Esperé un par de segundos y alcé la vista. No vi a nadie. De inmediato, la orden de mi yo futuro resonó en mi mente: “Cuando entren, enciérralos”.

A pesar del miedo, mis músculos se activaron por reflejo. Me puse en pie, avancé hasta la puerta del depósito y me asomé. Los tres tipos se abrían camino en medio del arrume de cajas y trastos que los arrendatarios y el conserje guardaban en desorden. La puerta que salía a la azotea estaba cerrada. Mi yo futuro, ya afuera, quería que yo los encerrara por completo.

Tomé el borde de la puerta y lo jalé despacio hasta que la cerradura se ajustó sin hacer ruido. Pero el seguro se ponía desde adentro. Necesitaba una forma de mantener la puerta cerrada. Volví sobre mis pasos y entré al cuarto de herramientas. Escarbé en los estantes, entre martillos, puntillas, enchapes y demás objetos, hasta que di con lo que buscaba: una cuerda.

Salí y con manos temblorosas enrollé la cuerda a la chapa. La estiré y le di vueltas con el otro extremo a uno de los gruesos barrotes de madera de la baranda de las escaleras.

Golpes metálicos sacudieron el depósito.

Los tipos intentaban abrir la puerta que salía a la azotea.

Escuché pasos que volvían y me alejé. Me metí al cuarto de herramientas.

Un golpe estremeció la puerta, luego otro y otro más.

Me acuclillé donde estaba, temeroso de que la lámina de madera no resistiera. Los golpes continuaron durante unos diez segundos y luego cesaron.

¿Qué pasaba?

Recordé que el cuarto de herramientas contaba con una pequeña ventana desde donde se veía parte de la azotea. Me incorporé y di unos pasos hacia el fondo. La ventana quedaba casi pegada al techo, apenas para brindar algo de luz y ventilación. Me subí a una caja y mi rostro quedó frente a sus cristales ennegrecidos por el polvo y el esmog.

A un par de metros del borde de la azotea, mi yo futuro hablaba con otra persona que estaba de espaldas a mí y que le apuntaba con una pistola.

Parpadeé varias veces. ¿De dónde había salido esa persona? ¿Habían abierto la puerta del depósito? ¿Pero entonces dónde estaban los demás perseguidores?

Mi yo futuro giró su cara justo hacia mí y sentí que me miraba. Después se señaló el pecho.

Arrugué las cejas. ¿Qué quería decir eso? ¿Intentaba comunicarme algo?

Alguien golpeó de nuevo la puerta del depósito con un objeto contundente, como si quisiera zafarla de sus goznes. La de este lado sería más fácil de abrir que la que daba a la azotea.

Afuera, el de la pistola seguía apuntándole a mi yo futuro, que movía sus labios como si hablara.

¿Por qué lo querían matar? ¿Por qué lo perseguían?

Mi yo futuro siguió moviendo los labios y gesticulando.

Observé sus labios tratando de entender lo que decía, en vano. Esperé un poco más, sin saber qué hacer, cuando vi que su rostro se contrajo en una mueca de odio. Un instante después lanzó su cuerpo hacia adelante para embestir al hombre que le apuntaba el arma.

–¡Noooooo! –grité angustiado al darme cuenta de su error.

La pistola lanzó un destello y el disparo rompió la tarde.

Mi yo futuro se frenó en seco y echó la cabeza hacia adelante, como si le hubieran dado un puñetazo en el estómago.

Un nuevo disparo retumbó con fuerza.

Mi yo futuro retrocedió, su rostro arrugado por el dolor.

Sentí como si yo recibiera el balazo: un dolor invadió mi pecho y el miedo más fundamental, el miedo a la muerte, estremeció mis entrañas.

Bajé de la caja, salí del depósito y corrí hacia las escaleras.

–¡Nooooo, nooooo! –grité en medio de sollozos.

Bajé los peldaños de dos en dos. No me detuve en el piso de mi apartamento. Descendí hasta el primero y salí a la calle. Corrí despavorido por el barrio, alejándome del edificio. Solo cuando quedé sin aliento, varios minutos después, bajé el ritmo de mis pasos hasta caminar. No sabía adónde ir, ni me interesaba escoger un destino. Deambulé por las calles, adolorido por lo que acababa de presenciar. Me pregunté una y mil veces qué significaba todo eso, pero no encontré una respuesta coherente.

Solo hasta después del anochecer volví al edificio.

 

6

Levanté mi rostro y encontré el de Margarita, que no me había interrumpido durante la narración. Me miraba con detenimiento, la copa de vino olvidada en su mano, ambos pies recogidos sobre el sofá.

–Uuuaaahhh –dijo al notar que esperaba una reacción–. Creo que encontraste tu nueva vocación. Lo tuyo no era la física, sino la ciencia ficción. Escribirías buenas historias.

Sonreía a la espera de que yo le confesara que se trataba de una broma.

Apreté los labios, molesto por su forma de tratar mi relato. Le iba a hacer el reproche, pero a último momento me contuve. Sería absurdo esperar que Margarita, o cualquier otra persona, creyera ese episodio de buenas a primeras.

–Te hablo en serio, amor –dije sereno pero firme–. Es la primera vez que le cuento esto a alguien. Esa fue la razón por la que no acepté trabajar con Zenhoffer. Lo que vi esa tarde me hizo decidir que nunca me involucraría con los viajes en el tiempo.

Margarita me miró en silencio. Parecía examinar cada rincón de mi rostro, de mis ojos, en busca de alguna de las pequeñas señales que reconocemos en el otro, sobre todo si lo conocemos bien, de que nos juega una broma. No era extraño en nuestra relación que nos dijéramos algo raro, absurdo, chistoso, solamente por salir de la rutina.

Mi semblante no se alteró. Las cejas de Margarita se recogieron sobre sus ojos.

–¿Estás seguro? ¿Es en serio? –miró la copa de vino en su mano como si fuera un objeto extraño y la dejó sobre la mesa de centro.

Asentí despacio sin dejar de mirarla.

–Uahhh. No sé, amor, es… tan absurdo… ¿No has pensado que a lo mejor fue sueño?

Inhalé hondo, llenándome de paciencia.

–Claro que sí, amor. Pensé que en medio del calor y el cansancio de la tarde, en la posición cómoda en que leía en el sofá, me pude quedar dormido. Pero…

–En una época leí sobre los sueños –me interrumpió con entusiasmo–. Algunos tienen elementos premonitorios, como sería la mención a tu esposa, el nombre de Margarita. Pero, más que premoniciones, los sueños más significativos, los que más nos impactan, están llenos de símbolos sobre la vida y la muerte, lo divino y lo terrorífico. Por ejemplo, en tu… historia… te encontraste con un yo más sabio, con un maestro que te guía y te aleja de los peligros llevándote hacia arriba en un ascenso a los cielos, a la azotea…

–Pero…

–Espera –levantó la mano derecha en señal de pare–. En el sueño también aparecen tu profesión y tus gustos, así como algunos miedos y deseos. Tu deseo de formar una familia en el futuro es la mención a tu esposa. También están los miedos a la muerte, al fracaso profesional y a ser atacado físicamente…. Mmmm, aunque, ahora que lo pienso, la muerte que observaste podría interpretarse como el cambio de cierta parte de tu yo, en esa etapa adolescente en que definías tu identidad afirmando tu gusto por la física y alejándote del restaurante de tus padres. Además, hay otros elementos oníricos y/o mitológicos, como la simbología de las montañas y los mensajes del futuro. En definitiva, diría que es un sueño en parte simbólico y en parte premonitorio… si es que no me arrepiento de casarme contigo –guiñó un ojo y sonrió.

Respiré hondo. Margarita me hablaba con cariño, con tranquilidad, con ganas de comprender, pero desde una posición lejana, la de alguien que trata de darle sentido a lo extraño para que se adapte a su experiencia y conocimiento.

–Muy interesante tu interpretación –dije calmado–, pero no explica los disparos en las paredes. Cuando volví al edificio por la noche, mis padres me contaron que había ocurrido un tiroteo en el edificio. Los vecinos y el conserje encontraron la cuerda con que amarré la puerta.

–¿Y la policía qué dijo?

–No investigaron a profundidad. Achacaron el incidente a una riña entre pandillas y pasaron a casos más urgentes. Como nadie denunció un robo, una herida, algo más serio, anotaron el reporte y ya.

Margarita bajó las piernas del sofá y tamborileó con sus dedos sobre la mesa de centro. Luego me miró y habló menos segura.

–Es posible que, como ocurre a veces, mientras soñabas hayas metido los ruidos que escuchabas en tu sueño y que de verdad haya sido una riña entre pandillas.

–Es posible –dije preguntándome como probar algo que sabía que no se podía probar–. Pero de ser así, entonces yo también podría decirte que lo que vives en este momento es un sueño y lo de ayer también, que nada es real. No hay forma de probar lo contrario. Pero en el fondo tú sabes, uno sabe, cuándo algo es un sueño y cuándo no. Y ese episodio fue tan real que he basado decisiones de mi vida en él, como alejarme de las investigaciones sobre los viajes en el tiempo y no aceptar la propuesta de Zenhoffer.

Margarita no dijo nada. Se llevó una mano a la barbilla, acariciándola.

–Si ese episodio es tan real, si es tan importante para ti. ¿Por qué no me lo habías contado antes?

Margarita tenía razón. No supe qué responderle. Además, ella figuraba en ese momento del pasado que yo no había compartido.

–No sé –dije desconcertado–. Al comienzo no te dije nada porque me habrías creído loco y después… quise, no sé, quise olvidar eso porque… porque creo que con mis acciones he contribuido a que la realidad cambie. Al fin y al cabo, gracias a ese viaje de mi yo futuro me alejé de los viajes en el tiempo. Hoy el recuerdo reapareció con fuerza y decidí contártelo, porque nos vamos a casar. No creo que nos afecte, pero la advertencia de mi yo futuro fue: “Tu esposa se llama Margarita… no la dejes ir a las montañas”, es decir, se refirió a mi esposa, no a mi novia.

–¿“No la dejes ir a las montañas”? –dijo Margarita–. Es que todo es tan absurdo… Ese es mi pasatiempo favorito. Tú mismo me has acompañado a los paseos. Y es aún más absurdo porque estamos en Boulder, una ciudad que está encima de las montañas, rodeada de más montañas y en un estado montañoso como Colorado. ¿Por qué tu yo futuro te diría una frase tan imprecisa, tan absurda?

Me quedé en silencio un momento.

–No sé… –dije finalmente–. Recuerda que nos perseguían disparándonos. No había tiempo ni calma para pensar, para elaborar una advertencia. Yo también estaba muerto de miedo. No te garantizaría que eso fue exactamente lo que él dijo. A lo mejor habló de las montañas porque, como tú misma lo dices, es un símbolo y fue lo primero que se le vino a la mente… no sé.

Margarita exhaló con fuerza.

–Es absurdo –dijo–, ¿qué eventos absurdos ocurrirían en esa otra realidad para que te quisieran matar? Además, con Zenhoffer solamente hemos investigado el viaje de partículas elementales a nivel teórico. Eso de que personas viajen al pasado todavía es poco probable.

–Pero el centro de investigación que van a construir es para explorar la posibilidad de viajes de objetos más complejos, incluso de personas. Y va a estar ubicado “en las montañas”.

–Como todo lo que ves alrededor –dijo con fastidio–. Estamos “en las montañas”. Lo importante del centro no es que vaya a estar en las montañas, sino que va a construirse en un lugar remoto para evitar posibles alteraciones en el presente al realizar los viajes –Margarita hizo una pausa y respiró hondo–. Ay, no sé, David. Esto me enreda la cabeza demasiado. Igual, tú mismo lo dijiste, esta realidad ya debió cambiar gracias a tus acciones.

–¿Y si la teoría verdadera es la de una realidad sin tiempo, como una pintura?

–Los cambios también son posibles en esa teoría.

–Pero son mucho más difíciles.

–No imposibles –Margarita puso una mano sobre mi brazo–. La intensidad de lo ocurrido en el viaje que me cuentas puede indicar que se trató de un evento que alteró la realidad. Tu yo futuro viajó al pasado justamente para producir un cambio. Pero ni siquiera fue necesario que siguieras las advertencias, porque el solo hecho de ver a tu yo futuro perseguido a tiros bastó para que tomaras decisiones que te alejaron de crear ese evento.

–Quizás, quizás… –dije pensativo y miré al techo un segundo–. A veces siento que todo ha cambiado, pero a veces siento también que las circunstancias me empujan en cierta dirección. Recuerda además cómo nos conocimos: a la salida de la entrevista con Zenhoffer. ¿Casualidad? Además, antes de eso, yo pensaba que mis investigaciones no tenían nada que ver con los viajes en el tiempo. Y resultó que sí, gracias a una conexión desconocida… Mira, amor, yo sé que no es fácil considerar lo siguiente, pero quizás estaríamos más tranquilos si comenzamos de nuevo, si nos vamos a otra ciudad, conseguimos nuevos trabajos. Podemos tomar nuestro matrimonio como una oportunidad para comenzar una nueva vida.

–¿Cómo? –Margarita abrió los ojos incrédula. Su voz se tensionó–. ¿Me estás pidiendo que renuncie a mi trabajo, casi a mi futuro profesional, a lo que me apasiona, y a mi hobby de pasear en las montañas, solamente por un evento incierto y remoto, que además has debido contarme antes? –sus ojos se le salían del rostro–. Nuestro matrimonio es la consolidación de lo que hemos construido acá en Boulder, no un nuevo comienzo. No vamos a arrojar todo por la borda. ¿Cómo vamos a conseguir otro trabajo? ¿Cómo voy a justificar ante otras universidades haber renunciado a trabajar con Zenhoffer? No estoy de acuerdo.

Cruzó sus brazos y miró al frente.

No dije nada.

–Estás equivocado, David –remató ella–. Aquí en Boulder está nuestro futuro. No podemos cambiar nuestra vida de buenas a primeras y menos por algo así. Yo vine acá para trabajar en lo que me apasiona. Si lo hubiéramos pensado con tiempo, si me lo hubieras dicho antes, quizás. Pero ya es demasiado tarde.

¿Qué podía decirle? Nada. Tenía razón.

Después de unos minutos de silencio y de unas frases vacías, la velada terminó.

Eso fue todo lo que hablamos con relación al tema. Al día siguiente habíamos dejado atrás la discusión y retornamos a nuestro ritmo de vida normal.

 

7

Nos casamos en una ceremonia sencilla, con presencia de amigos de la universidad y de nuestros padres que nos visitaron para la ocasión.

Tras una luna de miel en República Dominicana, volvimos a Boulder y nos sumergimos en un agradable ritmo de vida de casados. Aparte del trabajo en la universidad, nuestro tiempo lo ocupábamos con pasatiempos en conjunto como idas a cine, clases de cocina y tango, salidas a restaurantes y, sí, paseos a las montañas, pues comencé a acompañarla con mayor frecuencia a las caminatas que realizaba con un grupo de amigos. En esas salidas terminé por contagiarme del placer de recorrer los majestuosos paisajes naturales que nos rodeaban: los altos picos, las rocas rebelándose contra su destino asomadas aquí y allá en formaciones imposibles, los cursos de agua que evidenciaban un paciente trabajo de milenios por labrar su camino.

Casi había olvidado mis temores sobre el futuro. La vida nos sonreía y éramos felices.

Hasta que llegó la fatídica tarde a comienzos de mayo, casi dos años después de casarnos.

Margarita y yo acostumbrábamos almorzar los jueves en nuestro apartamento, en un pequeño balcón con vista a los campos y montañas de occidente. Cocinábamos una pasta, un arroz, cualquier comida rápida, y la acompañábamos con cerveza o vino, luego postre y café. Un pequeño ritual que nos sacaba del trajín y anticipaba el fin de semana.

El segundo jueves de ese mes, entré al apartamento a la una, la misma hora de siempre. Por lo general, Margarita llegaba antes, así que abrí la puerta y llamé:

–Amor, holaaaaa.

Nadie respondió.

Supuse que se había demorado en la oficina. Dejé mis cosas en el sofá y entré a la cocina para comenzar a preparar el almuerzo.

Encontré un papel sobre el mesón. Lo alcé y encontré un texto escrito a mano:

“Amor, hoy no voy a trabajar, estoy estresada. Me voy a las montañas, de pronto con Katty y Sabine. Te dejo almuerzo en la nevera. Besos, te amo! PD dejaste tu teléfono en el baño”.

Mi sangre se heló al terminar de leer el mensaje y volví sobre las palabras del medio: “Me voy a las montañas”.

No sé cómo supe, pero lo sentí: esas palabras me anunciaban una tragedia. Entendí que mi yo futuro se refería a esas palabras, a ese papel, cuando me lanzó la advertencia sobre Margarita. Quizás por verlas escritas se impregnaron en su memoria y salieron en ese momento de angustia en el que nos perseguían y disparaban.

Allí en la cocina, con la nota en la mano, recordé que durante los últimos días las lluvias se habían incrementado en Colorado, superando los records históricos de precipitaciones. El caudal de muchos ríos superaba los máximos habituales y se esperaba que en algunos puntos se rompieran represamientos naturales desatando furiosas crecientes. A Margarita le gustaba caminar siguiendo el curso de los ríos para experimentar el placer de acompañar al agua, lo más fluido, en medio de la inmensidad y dureza de las rocas.

Con el corazón a mil, corrí al baño y encontré mi teléfono celular al lado del lavamanos. Marqué el número de Margarita.

Su aparato ni siquiera timbró. Muchas zonas montañosas del estado carecían de cobertura de señal.

Salí a toda velocidad del apartamento y llamé a las dos compañeras que Margarita mencionaba en la nota.

Ambas me confirmaron lo que temía. Ninguna pudo dejar sus obligaciones para acompañarla. Se había ido sola.

 

8

Los recuerdos de las horas que siguieron se me refunden en una sucesión borrosa llena de dolor. Sé que manejé a toda velocidad por las carreteras y busqué el carro de Margarita en dos o tres de sus sitios favoritos. No lo encontré. Por la tarde, dos amigas de ella, al escuchar mi voz de angustia, se unieron a la búsqueda, y al caer la noche lo hicieron más amigos y las autoridades. A la mañana siguiente encontraron su carro lejos de Boulder, en un sitio al que habíamos ido un par de veces para internarnos desde allí en la montaña. Se organizaron partidas de búsqueda. Recuerdo rostros preocupados, ansiosos, voces desordenadas. Recuerdo que yo sentía como si todo a mi alrededor se desvaneciera, como si no lograra agarrar la realidad, sujetarla de alguna esquina para detenerla y evitar que avanzara hacia lo que temía.

A media mañana uno de los grupos de búsqueda reportó el hallazgo de unos objetos sobre una piedra, no lejos del borde de un río crecido por las lluvias. Pronto establecieron que se trataba del teléfono de Margarita, el morral que llevaba a las caminatas, sus medias y zapatos. Exactamente los mismos objetos que acostumbraba dejar cerca de los ríos cuando quería mojarse los pies, adentrarse un par de metros en el agua o sentarse en una roca a contemplar el paisaje.

De inmediato los grupos de exploración peinaron la zona circundante. Más de setenta personas entre amigos, compañeros de universidad, voluntarios y rescatistas, colaboramos llamándola y buscándola en los alrededores y río abajo, a pesar de que todos sospechábamos, sin atrevernos a decirlo, lo que había sucedido: la creciente la había sorprendido arrastrándola río abajo. Con un caudal como el que se observaba sería imposible sobrevivir.

Varios rescatistas, amigos y yo mismo continuamos la búsqueda durante días, pero con el tiempo nos rendimos ante la evidencia: Margarita había encontrado la muerte en ese valle de enormes montañas y árboles frondosos, en uno de los ríos que tanto le gustaba contemplar y recorrer. Su cuerpo nunca apareció, quizás devorado por animales salvajes o atrapado en una formación rocosa bajo las aguas. En su teléfono encontraron dos llamadas que intentó hacer a mi teléfono y antes una llamada que alguien le hizo desde los teléfonos públicos de una tienda de implementos de caza y pesca en las afueras de un pueblo a unas cincuenta millas del lugar, quizás una amiga de California que le había dicho que pasaría por Colorado.

Así, sin más, había perdido a mi esposa, al amor de mi vida.

 

9

Es inútil hablar del dolor que sentí durante esos días y que más que dolor fue un enorme vacío que se apoderó de mis entrañas y hasta de los objetos que me rodeaban. Durante las semanas que siguieron a la muerte de Margarita me encerré en nuestro apartamento. No fui a la universidad. Amigos comunes y compañeros trataron de apoyarme, de animarme. En vano. ¿Qué sentido tenía seguir con mi vida y mi trabajo si eran parte de mi proyecto común con Margarita? ¿Qué sentido tenía seguir construyendo algo que habíamos comenzado juntos? Además de la tristeza, del vacío, el remordimiento que sentía al no haber hecho más por salvarla de la muerte, cuando yo mismo me había enviado un mensaje al respecto desde el futuro, me acechaba día y noche. Un par de veces pensé incluso en suicidarme, en terminar con mi vida para ponerle fin al dolor. No lo hice, por fortuna, pero no me faltó mucho.

Lo único que hacía, aparte de hundirme en mis pensamientos y la tristeza, era revisar las pertenencias de Margarita para recordarla, para sentir que en parte seguía conmigo. Sé que es absurdo, pero no me quedaba otra forma de revivir, al menos en parte, su recuerdo y mis sentimientos por ella.

Una noche, cuando la tristeza se incrementaba con cada segundo, mi única opción para paliarla fue volver a ese ritual e intentar hallar la presencia de Margarita en sus posesiones. No había mirado sus libros viejos ni sus cuadernos de universidad. Los abrí y leí al azar sus notas clase, muy ordenadas, aunque con una que otra anotación al margen, como ideas sobre teorías y experimentos. Minutos después, tomé un cuaderno que me llamó la atención por su portada roja. Lo abrí y encontré lo que parecían ser transcripciones de poemas. Leí por encima un par y entendí que se trataba de su colección de poemas sobre el tiempo, la misma que me había mencionado el día que nos conocimos.

No quería volver sobre el tema. No me interesaba nada que tuviera que ver con viajes en el tiempo. Pasé las páginas rápido, primero las llenas, luego muchas vacías y ya lo iba a cerrar, cuando vi que en la última hoja había algo escrito.

Reconocí las palabras de inmediato:

 

Así, cuando hayas enterrado todo lo malo,

Y, por último, hayas consumido tu codicioso yo,

La larga eternidad saludará nuestro gozo

Con un simple beso;

Y la alegría nos sobrecogerá como una inundación,

Cuando todo lo que es en verdad bueno

Y perfectamente divino,

Brille por siempre con la verdad, la paz y el amor,

Sobre el trono supremo

De él, cuya sola vista nos alegra,

 

Un escalofrío recorrió mi cuerpo. Era el poema sobre el tiempo de Milton. El mismo cuyo comienzo Margarita me había recitado aquella remota tarde en que nos conocimos y el mismo que yo leí ese verano, después de intercambiar lecturas. Me había gustado, pero no me había impactado tanto como me impactó en ese momento, con su idea de vencer la muerte y el tiempo, que resonó en los rincones más profundos de mi mente. Lo leí de nuevo y me llené de una energía extraña. Sentí como si el poema me diera fuerzas, como si me hablara o me indicara el camino a seguir.

Esa fue la semilla que hizo que unos minutos después apareciera en mí una idea desesperada: si yo viajaba en el tiempo al pasado, a lo mejor podría evitar que Margarita cayera al río. Era una posibilidad remota, muy remota. No solo los viajes en el tiempo tendrían que desarrollarse más, sino que cuando eso sucediera tendría que ser posible alterar con relativa facilidad el pasado, en contra de lo que predecía la teoría más aceptada hasta el momento. Pero era una posibilidad, una luz de esperanza, y a ella me aferré.

Animado, me puse en pie y comencé a caminar en círculos por la sala del apartamento. Por supuesto, eso implicaría involucrarme de nuevo con los viajes en el tiempo. Significaría hacer lo que había evitado durante años: arriesgarme a que los acontecimientos me llevaran a viajar al pasado para encontrar la muerte en la azotea del edificio en Brooklyn. Pero, si ese llegara a ser el caso, que no creía, no estaría mucho peor a como estaba en ese momento sin Margarita, casi muerto en vida. No me importaría jugarme la vida por intentar salvarla.

 

10

–Entiendo, entiendo… –dijo Zenhoffer, sentado en uno de los sillones de su amplia oficina en el campus de la universidad–. Sin embargo, me temo que la respuesta es no, David.

–¿No? Pero yo aportaría…

Zenhoffer levantó una mano para interrumpirme.

–Yo sé muy bien lo que aportaría –dijo seco–. Por eso le hice la oferta cuando sustentó su tesis. Pero sospecho, y corríjame si me equivoco, que su interés actual está contaminado por una situación personal: el comprensible dolor que le produjo la muerte de Margarita. Por supuesto, esa tragedia también nos ha afectado profundamente, al equipo y a mí, dadas las cualidades profesionales y sobre todo personales de su esposa. Pero es algo a lo que debemos sobreponernos, separando el afecto y el deber profesional.

–Yo…

–La ciencia no se guía por motivaciones personales, David – Zenhoffer me interrumpió con el índice en alto–. La ciencia solo se guía por la verdad y la preservación de sí misma. La ciencia debe defenderse de toda interferencia exterior, de toda fuerza que intente controlarla, una de las cuales es el interés personal. Me imagino que usted habrá fantaseado, como algunos de nosotros, debo confesarlo, con la posibilidad de desarrollar más la tecnología, viajar al pasado y salvar a Margarita. Advertirle sobre la creciente en el río. ¿Cierto?

No dije nada. Zenhoffer tampoco esperó mi respuesta.

–Noble motivo que resultaría en un esfuerzo vano. En las pruebas con partículas elementales hemos visto que entre más lejano sea el viaje en el tiempo más inestable resultará. Las partículas tienden a regresar más pronto, supongo que para preservar el equilibrio de energía en el tiempo, no lo sabemos aún. Segundo, además de esta tendencia a regresar al tiempo de origen, existe otra tendencia a que las cosas sigan su curso, a evitar alteraciones en la realidad. Es decir, entre más lejano sea viaje en el tiempo más resistencia al cambio hay. En conclusión, lo más probable es que los viajes en el tiempo alteren ciertos eventos, pero que el curso general de los acontecimientos sea el mismo. Entre más significativo sea cierto hecho, entre más conexiones tenga con otros, más difícil será cambiar.

–No imposible.

Zenhoffer miró hacia la ventana un par de segundos. Luego se enfocó en mí:

–No lo sabemos –dijo y alzó las cejas–. Una opción es que se cree una nueva realidad, un universo paralelo. Y otra opción es que esta realidad se altere en todos sus tiempos o en su atemporalidad, en cuyo caso sería más difícil de cambiar y habría que preguntarse para qué queremos cambiar la historia. ¿Por motivos personales? ¿O por motivos que redunden en el beneficio de valores más elevados?

Lo miré sin decir nada.

–Es probable que no se creen nuevas realidades –siguió Zenhoffer–. Quizás las mismas contradicciones o la energía necesaria para alterar la realidad hagan que los viajes sean extremadamente inestables, es decir, que se deshagan por motivos que los humanos racionalizamos, pero que en realidad se refieren a la naturaleza de las cosas. Un ejemplo: si Margarita desapareció, si estamos en esta realidad sin ella, es posible que usted viaje al pasado y se ahogue, que aparezca un oso y lo mate o que muere por problemas técnicos en la máquina, en fin, es posible que ocurran mil cosas que parecerían casualidades para la razón humana, pero que a nivel de la estructura de la realidad no serían más que eventos necesarios para preservar la lógica profunda de la misma. Según esta teoría, la misma máquina del tiempo sería altamente inestable, casi una contradicción consigo misma. De hecho, esa es una de las razones por las que nuestro centro de investigación se está construyendo en una zona aislada en las montañas.

–Entiendo.

–Finalmente –dijo Zenhoffer–, por más que solucionemos esos problemas, queda el asunto del tamaño o la complejidad de lo que viaja en el tiempo. Si bien hemos logrado enviar al pasado partículas elementales, aún no sabemos si es posible transportar estructuras más complejas, como personas. Quizás no se pueda…

–Bueno –lo interrumpí jugando mi carta–, al respecto tengo una idea que permitiría superar esa barrera.

Zenhoffer torció la cabeza y recogió sus párpados.

–¿Una idea? Cuénteme –dijo ávido–. Lo escucho.

 

11

Foto de Masato OHTA (Flickr.com)

Foto de Masato OHTA (Flickr.com)

A los dos días Zenhoffer me hizo firmar un contrato de confidencialidad con el gobierno, una de cuyas agencias federales financiaba el proyecto. La universidad no sabía a qué se dedicaba Zenhoffer en el tiempo que estaba ausente y yo iría en calidad de préstamo a trabajar bajo sus órdenes. La universidad no se opuso. El mero hecho de contar con Zenhoffer en su nómina, así fuera en licencia remunerada y con unas pocas apariciones al semestre para conferencias, le traía más recursos y prestigio de los que perdía por permitirle trabajar en otro proyecto.

Dos meses más tarde me mudé al centro de investigación, construido en una zona apartada de Colorado, en un terreno montañoso y boscoso, a unas veinte millas del pueblo más cercano. El aislamiento servía para evitar posibles alteraciones de la realidad con los viajes, pero también para mantener el carácter secreto del proyecto. Enclavado en el costado de una montaña y arropado por los árboles circundantes, el centro de investigación parecía más un búnker de concreto que un sofisticado laboratorio. Sin embargo, la tecnología que albergaba en su interior compensaba la pobreza del diseño exterior. Cuatro grandes cuartos almacenaban todo tipo de materiales y en dos grandes laboratorios se realizaban las investigaciones y los ensamblajes de prueba. Cada uno de los cinco investigadores, contándonos a Zenhoffer y a mí, tenía su propia oficina.

El espacio que se gastaba en laboratorios se ahorraba en dormitorios. Cada uno de nosotros disponía de un pequeño cuarto de unos ocho metros cuadrados, donde apenas cabía lo esencial: una cama, una mesa de noche, un escritorio y un armario.

A llegar al centro de investigación me sumergí de inmediato en la rutina del trabajo diario. Aparte de pasar las horas metido en el laboratorio, lo único distinto que hacía era recordar a Margarita durante las caminatas diarias que realizaba a través de los bosques circundantes y leer literatura clásica y poemas en mi cuarto antes de dormirme. Nada de ciencia ficción.

Durante una de las primeras caminatas que realicé, reapareció en mi mente la segunda advertencia que recibiera de mi yo futuro en Brooklyn: “No dejes que controlen los viajes”. La primera advertencia, la que se refería a Margarita, había resultado cierta a pesar de todo. Por lo tanto, era posible que la segunda también, y más aún ahora que trabajaba con los viajes en el tiempo. Pero, ¿a qué se refería exactamente la frase “No dejes que controlen los viajes”? No era clara. ¿No dejes que quiénes controlen los viajes? ¿El gobierno? ¿Acaso debía evitar que el gobierno se apoderara de una tecnología tan poderosa? ¿Qué sería de esa tecnología en manos del ala radical de cierto partido político? ¿O acaso la advertencia se refería al mismo Zenhoffer y a sus colaboradores? ¿Debía impedir que desarrollaran la tecnología por las alteraciones que causaría en la realidad? ¿Alteraciones que quizás harían que gente armada me persiguiera en el futuro? ¿Y qué quería decir exactamente “controlar” los viajes? ¿Debía destruir la máquina? ¿Hacer pública la investigación y evitar que fuera un proyecto secreto del gobierno?

No tenía respuestas a esas preguntas.

Sin embargo, en los días posteriores a esa reflexión, una visita inesperada resolvió mis dudas.

 

12

El jueves de mi segunda semana en el centro de investigación, un grupo de hombres vestidos de camuflado y armados con pistolas al cinto emergió por entre el bosque y entró al centro de investigación saludando con tranquilidad. Zenhoffer los recibió en el laboratorio y después los hizo seguir a una terraza de madera a la que se accedía desde la cocina y que daba a la parte de atrás de la construcción.

No supe de qué hablaron, pero, por supuesto, apenas los tipos se fueron me apuré a interrogar a Zenhoffer.

–¿Quién son ellos? ¿Qué hacen acá? –le dije apenas entró a la cocina para servirse un café.

–Ah, Anthony y compañía. Son vecinos, los de la propiedad que colinda al norte con la nuestra.

–¿Por qué están armados? ¿No es peligroso que vengan acá? Pensé que el gobierno no quería que nadie se enterara del proyecto.

Zenhoffer le dio un sorbo lento a la bebida negra.

–A veces las cosas se esconden mejor si uno pretende que no oculta nada –dijo y puso la taza sobre el mesón–. Si les negara el acceso, si actuara con reserva, sospecharían y quizás se interesarían por averiguar más. Solo les he dicho que investigamos propiedades de las partículas elementales para un proyecto de la universidad. No les he dicho que es del gobierno. Detestan al gobierno federal. Hacen parte de uno de esos grupos de derecha que quieren mayor independencia. Si por ellos fuera el gobierno no existiría. Creen que se mete demasiado en la vida de la gente. Así que no les vaya a contar nada.

–Claro que no. Pero…

–Ahora bien –siguió como si yo no hubiera hablado–, no les gusta el gobierno, pero saben cuál es su lugar. No se atreverían a desafiarlo. Saben que si se sobrepasan, el gobierno los haría entrar en razón mediante su poder militar y político. En fin, cada loco con su tema. Hay comunidades para todos los gustos. Ellos son una comunidad militar y política, nosotros una científica que muchos considerarían igual de desorientada, jaja.

Reí por corresponderle. Pero sus palabras confirmaban mis sospechas. Ese tal Anthony y sus secuaces debían ser los que me perseguían en el edificio de Brooklyn.

–Pero… qué pasa si averiguan de alguna forma lo que hacemos –dije buscando la forma de que Zenhoffer se diera cuenta de los riesgos–. Esa tecnología les interesaría, fortalecerían enormemente su poder… los viajes en el tiempo serían peligrosos en sus manos.

–No son científicos, David –dijo casi con desprecio–, no tienen cómo saberlo si no les decimos nada. Vienen a visitarnos porque como grupo militar y político les gusta marcar su territorio, sentir que controlan los alrededores. Pero solo son visitas de vecinos. No hay de qué preocuparse.

Con esas palabras Zenhoffer despachó mis inquietudes.

 

13

Por supuesto, mi preocupación no hizo sino incrementarse, pues para mí estaba claro que Anthony y sus milicianos intentarían apoderarse de la máquina del tiempo. Estaba seguro de que a ellos se referían las palabras “no dejes que controlen los viajes”. ¿Qué tal, por ejemplo, que cuando la construyéramos se apropiaran de ella, se transportaran a Washington en el pasado cercano y mataran a los funcionarios del gobierno que conocían la existencia del proyecto secreto? Luego matarían a Zenhoffer y a todos sus ayudantes, incluyéndome a mí, y obtendrían el control absoluto de una tecnología que usarían para los fines de su organización.

¿Cómo impedir que lo hicieran?

Destruir los avances que llevábamos no era una opción. Necesitaba dejar abierta la posibilidad de salvar a Margarita. Era mi única razón para trabajar en el proyecto.

Alertar al gobierno sería contraproducente. Se comunicarían con Zenhoffer y, si bien alejarían a los milicianos, Zenhoffer me despediría por saltarme su autoridad.

Tras varios días de darle vueltas al problema me incliné por una solución intermedia: construiría una réplica de la máquina del tiempo en un lugar distante del centro de investigación. Esto me permitiría, dado el caso, destruir la máquina principal y preservar la posibilidad de rescatar a Margarita. Eventualmente, también podría deshacer los cambios que los milicianos hicieran en el pasado, en caso de apoderarse de la máquina principal. También podría prevenir al gobierno sobre las intenciones del grupo, con un viaje al pasado reciente en Washington, si sentía que un movimiento de su parte era inminente.

No era la solución ideal y conllevaba muchos riesgos, pero al menos ellos no serían los únicos que “controlarían los viajes”.

Por supuesto, ese curso de acción implicaba que debía mantenerme alerta a cualquier señal de que los milicianos alterarían su comportamiento en apariencia amigable. Al mismo tiempo, necesitaba avanzar en la construcción de mi máquina. Por lo tanto, en mis viajes semanales al pueblo comencé a traer los componentes que no podía sustraer del laboratorio. Los compraba por internet y me los enviaban a un casillero donde los recogía. Al regresar al centro de investigación paraba en el camino y los dejaba en el bosque. Durante la semana aprovechaba mis caminatas para llevar los componentes hasta el lugar donde los ensamblaba.

En paralelo hacía lo posible por demorar la construcción de la máquina del laboratorio, con cálculos y sugerencias equivocadas para ganar tiempo y terminar primero la mía.

En esa rutina se me pasaron las semanas, hasta que finalicé la construcción de mi máquina, unos días antes de lo que se estimaba terminaríamos la principal.

 

14

No sé si sería mi ansiedad, si el grupo estaba tenso por la inminencia de la culminación del proyecto o si había otra razón… el caso es que durante esos días noté cierto nerviosismo en mis compañeros y en Zenhoffer, que se manifestaba en respuestas secas, dudas ante preguntas sencillas, miradas esquivas, en fin.

Así que, cuando una tarde Zenhoffer me pidió que fuera al pueblo a traer algunas provisiones, la solicitud despertó mis sospechas. No necesitábamos con urgencia nada de lo que pedía y, sobre todo, me daba la orden justo la víspera del día en que planeábamos hacerle los últimos ajustes a la máquina.

Se me ocurrió que quizás Zenhoffer quería alejarme con otro propósito y decidí averiguarlo. Al final de la tarde, salí rumbo al pueblo en la camioneta. Me alejé del centro de investigación por la carretera de gravilla, pero a menos de un kilómetro me detuve y me adentré con el vehículo en el bosque, en el mismo sitio donde descargaba los componentes para mi máquina del tiempo. Estacioné la camioneta y emprendí el regreso a pie por entre los árboles, preguntándome una y otra vez qué ocurriría.

Quince minutos después divisé el cemento del “búnker”, como le decíamos al centro de investigación, y lo rodeé desde una distancia prudente, escondido entre los árboles, atento a cualquier anomalía.

No había avanzado veinte pasos cuando creí escuchar voces en el exterior, en la parte de atrás.

La terraza. No había otro sitio desde el cual se escucharan las voces a ese volumen. Avancé por entre los árboles cuidándome de que nadie me viera, hasta que llegué a una parte del laboratorio que carecía de ventanas. Me acerqué agazapado hasta la pared del búnker y desde allí me arrastré sobre la hierba, pegado al concreto, hasta que las voces se clarificaron.

–…nos hemos demorado porque el ensamblaje presenta problemas prácticos que no se pueden prever desde la teoría –decía Zenhoffer–. Por eso mismo, cuando la máquina esté lista serán necesarios unos pocos viajes de prueba. Simplemente para realizar ajustes y verificar que todo funcione bien. Es un procedimiento normal.

–No me gusta tanta demora, Zenhoffer. ¿Está seguro de qué va a salir bien? –dijo una voz que no reconocí.

–No hay razón para temer –dijo Zenhoffer con tranquilidad–. Todo está bajo control. Es cuestión de no afanarnos, de no equivocarnos por la prisa.

–Eso lo dice usted porque su inversión ha sido mínima, yo me juego mucho acá.

Reconocí la voz y mi sangre se heló. El que hablaba era Anthony, el líder de los milicianos. ¿Qué diablos pasaba? ¿Por qué Zenhoffer hablaba con él sobre los viajes? ¿Qué inversión era esa que mencionaba?

–Los tiempos de la ciencia no son los mismos del dinero ni de las armas –dijo Zenhoffer–, creo que he sido claro en eso varias veces. Esto no es meter un proyectil en la recámara y disparar. A menos que usted quiera inaugurar la máquina y viajar a colocar las cargas explosivas… Pero después no me culpe si queda atrapado en el Medio Oriente.

–No se pase de listo, Zenhoffer –dijo Anthony con sequedad.

Con cada frase que escuchaba, mi asombro e indignación se incrementaban. Zenhoffer me había ocultado la verdad. Los milicianos no solo conocían la existencia de la máquina, sino que planeaban algo en conjunto con Zenhoffer. ¿Cargas explosivas? ¿Medio Oriente? ¿Qué diablos pasaba?

–No me paso de listo –Zenhoffer subió el tono de voz–. Esto tiene sus tiempos, a menos que usted quiera asumir el riesgo de obviarlos. Una de dos.

Se hizo silencio unos segundos.

–Está bien –dijo Anthony–, voy a tratar de ganar algo de tiempo con los aportantes. Ellos quieren sus ganancias ya, pero tendrán que entender. Eso sí, en adelante solo operaremos con capital propio. En fin… ¿Qué más nos hace falta coordinar?

–De mi parte nada –dijo Zenhoffer seco–, la máquina está casi lista y, como le dije, mañana comenzamos las pruebas. No sé me ocurre qué más podríamos resolver…

–¿Todavía necesita a…? ¿Cómo se llama? ¿Daniel?

–David.

–¿Todavía lo necesita o solucionamos eso de una vez? –dijo Anthony–. Hay que atar los cabos sueltos pronto, minimizar los riesgos. ¿Lo eliminamos esta noche?

Mi pecho explotó al escuchar esas palabras. ¿Eliminarme? ¿Matarme?

–No, esta noche no –dijo Zenhoffer. Apenas lograba escucharlo por encima de los latidos de mi corazón–. Lo necesito mañana para el ensamblaje final y un par de pruebas. Preferiría que resuelvan ese asunto por la tarde, durante una de las caminatas que acostumbra a dar en el bosque, no aquí en el centro de investigación. Eso sí, debe parecer un accidente, quizás uno de caza, no sé… o que aparezca muerto lejos de acá, en una carretera… algo que no nos traiga problemas con las autoridades. Ustedes sabrán cómo hacerlo, son los expertos.

 

15

Quedé paralizado, con un frío de muerte en mis venas, mientras Zenhoffer y Anthony pasaban a discutir la compra de unos terrenos aledaños o algo por el estilo. ¿Por qué me querían matar? ¿Qué tramaban? Las preguntas se agolpaban en mi cabeza en desorden. ¿Desde hace cuánto tiempo se habían aliado? ¿Para qué?

Un par de minutos después, mi instinto de supervivencia se abrió paso entre mis inquietudes y mi deseo por escuchar más. Si me descubrían me matarían de inmediato. Me di la vuelta y me arrastré por el pasto, siguiendo exactamente el mismo recorrido por el que me había acercado. Si alguno de los milicianos patrullaba los alrededores y me veía, estaría perdido.

No encontré a nadie de regreso y llegue hasta el punto del bosque desde donde me había aproximado a la construcción. Me puse en pie y caminé rápido por entre los árboles, mirando cada tres o cuatro segundos hacia atrás, con temor a que en cualquier momento apareciera uno de los milicianos. Después de unos doscientos metros me tranquilicé lo suficiente como para volver a pensar en lo sucedido, pero seguí caminando rápido hacia la camioneta.

Quedaba claro que Zenhoffer y Anthony se habían aliado para construir la máquina del tiempo y sacar provecho de ella. Zenhoffer me había mentido desde el comienzo. Los papeles, el contrato y el acuerdo de confidencialidad firmados con el gobierno eran falsos. Todo había sido un engaño. Los milicianos no eran vecinos nuestros por casualidad. Por el contrario, al parecer habían financiado la construcción del centro de investigación y ahora Zenhoffer les pagaría con la utilización de la máquina del tiempo, de alguna manera que involucraba viajes al Medio Oriente y explosivos, seguramente actos terroristas para aumentar el precio del petróleo o algo por el estilo.

Zenhoffer había vendido su alma al diablo. Enceguecido por su deseo de desarrollar la tecnología, se había aliado con milicianos, gente para quien la ciencia no era más que un instrumento político. Zenhoffer no veía que así como esos tipos presionaban por mi eliminación cuando yo ya no fuera útil, de ese mismo modo lo matarían a él y a los demás investigadores cuando dejaran de necesitarlos.

No dejes que controlen los viajes.

La advertencia de mi yo futuro resonó en mi mente como un martillazo en una lámina de metal.

Había llegado el momento de actuar. No solo debía salvar mi vida, sino que debía evitar que los milicianos controlaran los viajes en el tiempo. Con la adrenalina inundando mis venas, tracé un curso de acción acelerado: llegaría a la camioneta y huiría lo más rápido posible de las montañas; manejaría hasta Denver y alertaría a la policía o incluso al gobierno federal para que detuvieran a Zenhoffer, a sus colaboradores y a los milicianos, e incautaran los equipos, los computadores y la máquina.

Recorrí varias centenas de metros más entre el bosque y, a medida que me tranquilizaba, caí en cuenta de que mi sencillo plan tenía varios problemas. En primer lugar, el FBI o el gobierno no creerían con facilidad una historia de viajes en el tiempo. No tenía ninguna prueba y acusaría nada menos que a un premio nobel de algo descabellado, que además él negaría rotundamente. Además, no sabía ante quién denunciar el caso. Se hacía tarde y debía manejar hasta Denver y buscar las oficinas del FBI, que probablemente ya habrían cerrado. ¿Qué hacer entonces? ¿Llamar a la policía? De nuevo, sin pruebas no me creerían o se tomarían el asunto con poca urgencia. Me creerían loco. ¿Cuánto me demoraría en lograr que me escucharan, ya no que me creyeran? Durante todo ese tiempo Zenhoffer sospecharía de mi ausencia. Para colmo, los milicianos tenían hombres en el pueblo más cercano. Si contra todo pronóstico lograba que la policía lanzara una operación, los milicianos la detectarían a tiempo. Zenhoffer y sus aliados alcanzarían a esconder la máquina y los computadores. Aún peor, si Zenhoffer sospechaba algo debido a mi ausencia, terminaría la máquina del tiempo durante la noche, viajaría al pasado y, por ejemplo, me esperaría al borde de la carretera por la que yo conduciría dentro unos minutos para matarme.

La cabeza me daba vueltas ante la imposibilidad de hallar un plan de acción claro. ¿Qué hacer? Estaba atrapado. Para colmo, si acudía a las autoridades, perdería la posibilidad de intentar salvar a Margarita. Si lograba que lanzaran una operación, los agentes del FBI, o los que fueran, recorrerían toda la propiedad y encontraría mi máquina. Incluso me considerarían cómplice si al momento de poner la denuncia no les revelaba que había construido una copia del aparato.

Debía encontrar otra solución. ¿Pero cuál? ¿Qué hacer ante un científico con una máquina del tiempo y un grupo de milicianos armados? ¿Cómo “evitar que controlen los viajes”?

A medida que avanzaba por entre árboles y matorrales una idea apareció en mi mente y poco a poco tomó forma.

Al llegar a la camioneta había terminado de elaborar un plan, quizás el único con alguna probabilidad de éxito, pero también el más riesgoso.

 

16

Conduje la camioneta al pueblo tomando las curvas al límite, al punto en que en una de ellas el vehículo rozó un árbol y la llanta se deslizó por el borde del barranco. Alcancé a pensar que moriría en un absurdo accidente y no a manos de los milicianos en el centro de investigación o en el techo de la azotea en Brooklyn, pero a último momento la llanta volvió a la carretera.

A un par de kilómetros del pueblo reduje la velocidad. Manejé despacio hasta la tienda y compré los encargos de Zenhoffer. Caminar me sirvió para tranquilizarme y entender que era absurdo evitar aparentar una demora. Era mi miedo, la paranoia, lo que me aceleraba. No me interrogarían ni sospecharían sobre mi tardanza. En otras ocasiones me había demorado más de la cuenta simplemente por tomarme un café o curiosear en las tiendas.

Necesitaba calmarme y aparentar que el día transcurría con normalidad. Mi vida, por lo que sabía, estaba asegurada al menos hasta el día siguiente, salvo si me delataba por los nervios o una acción equivocada.

De modo que conduje a velocidad normal al regreso. La noche cayó durante el trayecto. Al llegar, estacioné la camioneta donde siempre, frente al centro de investigación, y bajé con las bolsas de las compras. Sin embargo, por más que intenté aparentar calma, mis nervios no respondían a la instrucción y me parecía que mi cuerpo temblaba de pies a cabeza.

Entré a la cocina a dejar las provisiones. Allí estaba Zenhoffer. Me saludó y no me preguntó por la demora. Después me miró en silencio durante varios segundos.

–¿Qué pasa, David? Lo noto nervioso –dijo, sus ojos grises fijos en los míos.

–Nada, eh…, no sé –me salió un hilo de voz–. Supongo que por lo de la máquina. Mañana es el día definitivo… las primeras pruebas… Es una gran responsabilidad y un día histórico.

–Sí, sí –dijo alzando la cara–. Yo también estoy ansioso, debo confesarlo. Pero todo va a salir bien. Incluso hoy quiero trabajar hasta tarde para mañana dedicarle más tiempo a las pruebas. Tranquilo, David.

Terminó la frase con esa sonrisa torcida que antes creía amable, pero que ahora leí por lo que era: parte del engaño, de la máscara que había usado frente a mí desde el comienzo, la máscara detrás de la cual se escondía un verdugo al que no le temblaba la voz para dictar mi sentencia de muerte.

Zenhoffer salió de la cocina. A pesar de la molestia que me representaba verlo, respiré aliviado al comprobar que no sospechaba nada. Desempaqué las provisiones y las guardé en las neveras y alacenas. Luego fingí que trabajaba un par de horas frente a mi computador y al terminar me dediqué a mis actividades normales de fin de jornada. Vi parte del noticiero con dos de los investigadores adjuntos, comí algo rápido y entré a mi habitación. Tomé el lector electrónico e intenté pasar las páginas, pero mi mente no hacía más que dar tumbos por lo sucedido durante la tarde y por la ansiedad de lo que planeaba hacer.

Las horas siguientes transcurrieron en medio de la tranquilidad acostumbrada de la noche. Zenhoffer se quedó unas horas más en el laboratorio e incluso me llamó un par de veces para unas preguntas. Finalmente, todos entraron a sus cuartos a eso de las once y las luces de los corredores se apagaron.

 

17

Esperé en silencio en mi cuarto, con los pelos de punta y muerto del miedo. Temía que hubieran adelantado mi ejecución y que en cualquier momento los milicianos irrumpieran en el cuarto para sacarme y ejecutarme en el bosque. Me sobresalté un par de veces al escuchar ruidos de animales o el embate de una ráfaga de viento contra las copas de los árboles.

Sin embargo, nada de eso ocurrió. Mis miedos se diluyeron con el paso de los minutos y fueron remplazados por los nervios que anticipaban el momento en que saldría de la habitación. La una de la mañana era la hora indicada. Las probabilidades de encontrar a alguien en los pasillos o el laboratorio serían mínimas, a menos que Zenhoffer o alguno de los asistentes no pudieran dormir debido a la ansiedad de poner a funcionar la máquina y decidieran trabajar. En ese caso, me defendería con la misma excusa: la expectativa me había hecho levantarme para revisar detalles de la máquina. Sin embargo, eso no me serviría para cuando saliera del centro de investigación.

Dándole vueltas a esos pensamientos el reloj marcó la una. Con el corazón en la garganta, tomé mis objetos personales y saqué todo el dinero en efectivo que guardaba en el armario. Caminando en puntillas me acerqué a la puerta del cuarto. No percibí ningún ruido en el exterior y abrí la puerta.

Acaricié el suelo con mis zapatos y avancé por el corredor a oscuras, atento a cualquier señal de que alguien se hubiera levantado.

Al llegar al laboratorio caí en cuenta de que sería mejor encender las luces, como si me hubiera levantado a trabajar en un ataque de insomnio.

Oprimí el interruptor y el laboratorio se llenó de luz. Mis ojos se concentraron de inmediato en el cubículo de la máquina del tiempo, un armazón de metal de dos metros de alto. Sabía que podría hacerla funcionar si le trabajaba un par de horas. Le había dicho a Zenhoffer que nos demoraríamos más para ganar tiempo.

Pero no me interesaba utilizarla. Me interesaban los planos, la información, las pruebas para el gobierno y el FBI. Desconecté dos de los computadores portátiles del laboratorio y los dejé sobre una mesa cercana a la salida.

Caminé hasta el costado derecho del laboratorio, donde una puerta daba a la oficina de Zenhoffer. La abrí y entré. Me acerqué a su amplio escritorio de vidrio, desconecté los dos computadores portátiles y los alcé.

Al girarme para salir, sin ver el suelo por la carga, me enredé con el tapete que cubría parte del piso. Trastabillé y me fui hacia adelante. Pensé que caía, pero alcancé a sostenerme apoyando un hombro contra la pared. Exhalé aliviado. El ruido hubiera podido despertar a alguien. La excusa del insomnio no me serviría para explicar los computadores desconectados.

Me giré para ver el tapete con el que había tropezado. La gruesa tela café, corrida hacia un costado, revelaba parte de una lámina metálica en el suelo. ¿Qué era eso? Dejé los computadores sobre el escritorio y jalé la punta del tapete. La lámina de metal se reveló del todo. Formaba un rectángulo, con una manija extraíble en uno de sus extremos. Una compuerta, al parecer.

Saqué la manija y la jalé despacio para no hacer ruido. La compuerta se elevó y debajo encontré un hueco negro. Me agaché, apoyé mis manos en el piso y metí la cabeza. Una luz se prendió al detectar el movimiento e iluminó un pequeño sótano de tres o cuatro metros de ancho por lo mismo de largo, sus paredes tapizadas con armas de toda clase.

Pasé saliva y saqué la cabeza. Zenhoffer, el reconocido premio nobel, guardaba un arsenal bajo su oficina. Un signo más de su perversa alianza con los milicianos.

Seguramente ellos habían financiado y construido el centro de investigación y a cambio Zenhoffer les había permitido construir esa armería oculta para eludir cualquier registro por parte de las autoridades a la sede militar. Eso explicaba también por qué el centro de investigación parecía un búnker. Lo habían diseñado los milicianos.

Cerré la escotilla y regresé el tapete a su puesto. Debía apurarme.

Alcé de nuevo los computadores de Zenhoffer, volví al laboratorio y recogí los otros dos. Con esa evidencia bastaría.

Con mis sentidos en alerta máxima, caminé sin hacer ruido por el vestíbulo del búnker y abrí la puerta principal. Salí y me adentré en la noche.

 

18

Caminé a paso veloz por el bosque, mis pisadas iluminadas apenas por la luz del teléfono celular. Uno que otro animal nocturno protestaba o llamaba en medio de los árboles, sus ruidos confundiéndose con los latidos acelerados de mi corazón. Durante el recorrido repasé varias veces el plan que había trazado unas horas antes. Utilizaría la máquina que había construido en el bosque para viajar al pasado, un par de días a los sumo, al apartamento de un excompañero de colegio que vivía en Washington D.C. y que tenía un alto cargo en el gobierno. No viajaría más atrás en el tiempo, porque a mayor distancia mayor inestabilidad en el viaje, según lo especificaba la teoría. Si tenía la fortuna de encontrar a mi amigo, le contaría un resumen rápido de lo ocurrido y le dejaría las pruebas. En ese plazo de dos días, con sus contactos en el gobierno, el FBI organizaría un desembarco aéreo sorpresa en el centro de investigación para detener a Zenhoffer y sus colegas. Le diría a mi amigo que realizaran el ataque dentro de un par de horas a partir de la hora actual, para que Zenhoffer no alcanzara a notar mi ausencia. Si, por el contrario, mi amigo no estaba, le dejaría una nota con los computadores explicándole en detalle la situación.

Después de volver de Washington al presente y antes de que se produjera el desembarco aéreo, viajaría de nuevo al pasado para rescatar a Margarita.

Un plan sencillo, que esperaba funcionaría sin problemas.

El tiempo se me pasó rápido y en menos de lo pensado llegué al último recodo que llevaba a la máquina. Rodeé la gran roca que me servía de referencia y dirigí mi vista al rincón donde la había construido, entre esa misma roca y dos árboles.

El aparato no estaba.

Parpadeé varias veces.

Imposible. Iluminé alrededor con la linterna del teléfono.

Nada. Ni rastro de la máquina.

¿Qué sucedía? No veía más que troncos, la piedra y la hierba.

Volví sobre mis pasos, incrédulo, y repetí el último tramo del recorrido. Los árboles de siempre, la roca grande a la izquierda, el mismo giro final… y la máquina no estaba.

¿Qué diablos pasaba?

Los milicianos. Seguramente los milicianos habían encontrado la máquina en uno de sus patrullajes por las montañas.

Pero entonces, ¿por qué no me habían delatado?

Me acerqué al sitio exacto donde debía estar la máquina. Dejé los computadores a un costado y examiné el suelo con la luz del teléfono. El pasto estaba intacto, como si nada hubiera oprimido la vegetación con su peso ni hubiera obstaculizado la luz del sol. Ni siquiera había restos del trabajo realizado: ni un tornillo, fragmento de metal o empaque suelto. Nada. Como si la máquina nunca hubiera existido.

Inhalé aire a profundidad y lo boté despacio. Solamente quedaba una explicación. La máquina no estaba allí porque en esta variante de la realidad o en esta alteración de la pintura atemporal no se había construido. Y no se había construido porque yo aún no le había advertido a mi yo joven lo de “no dejes que controlen los viajes”.

Pero entonces, ¿por qué la máquina no existía y mis pensamientos al respecto sí?

No tenía sentido. Pero, ¿qué otra posibilidad lo tenía?

Repasé lo que sabía sobre los viajes en el tiempo para tratar de entender. Al parecer, los viajes eran inestables y era difícil cambiar el pasado o el futuro. Incluso, era posible que la inestabilidad de los viajes se extendiera al medio por el que se realizaban. El mismo Zenhoffer me lo había dicho: es posible que la máquina del tiempo sea una contradicción consigo misma. Quizás al formular mi plan de ir a Washington y cambiar radicalmente la realidad, esta había protestado volviendo a su curso o dibujo inicial… Un curso en el que yo ni siquiera volvía al pasado a advertirle a mi yo joven sobre la máquina, sino en el que quizás moría en el presente a manos de los milicianos, resolviéndose así, de la forma menos complicada, la contradicción. Quizás la realidad no toleraba alteraciones demasiado fuertes, sobre todo de intersecciones fundamentales como la que se había producido con la advertencia a mi yo joven: “No dejes que controlen los viajes”.

No había otra explicación.

Por lo tanto, debía volver al laboratorio, terminar la máquina y viajar al pasado, al apartamento de mis padres en Brooklyn, seguramente a revivir el tiroteo, subir a la azotea y enfrentar mi propia muerte.

Pasé saliva y mis entrañas se removieron en señal de protesta.

Por otra parte… quizás era posible realizar el viaje de otra manera. Quizás podía evitar que me persiguieran y dispararan. Acababa de comprobar que la realidad podía cambiarse, que no todo seguía un curso único. Lo fundamental del viaje al pasado era advertirle a mi yo joven sobre los viajes y quizás también sobre Margarita.

¿Qué otra cosa de importancia había sucedido esa tarde en Brooklyn para tener en cuenta? Repasé en mi memoria los detalles. Además de la persecución y el tiroteo, solo me parecían importantes los mensajes. Eso era lo fundamental. Después mi yo futuro entró al depósito y yo amarré la puerta por fuera. En el cuarto de herramientas no hice nada, salvo mirar…

Una corriente de electricidad recorrió mi cuerpo.

Mi yo futuro se había señalado el pecho en la azotea mientras miraba hacia la ventana donde yo estaba.

¿Qué quería decir eso?

Después de un minuto de reflexión, lo entendí. Mi yo futuro me había dado otra señal, otro mensaje, que solamente ahora entendía y me llenaba de esperanza. Me daba la seguridad necesaria para viajar al pasado en caso de que todo se repitiera tal como lo había vivido de joven.

Animado, alcé los computadores del suelo y los puse sobre las ramas de un árbol cercano. No parecía que fuera a llover, pero de todas formas los protegí con ramas y hojas. Tan pronto terminé, emprendí el regreso a paso veloz hacia el centro de investigación.

 

19

El búnker apareció entre los árboles al final del descenso de la colina. Me detuve al lado de un tronco grueso y examiné la construcción. No vi luces prendidas o movimiento de personas. Me acerqué otros diez metros y esperé un par de minutos. Nada raro ocurrió. Al parecer no habían notado mi ausencia. Miré la hora en el teléfono. Las dos y diez de la madrugada.

Descendí el resto de pendiente y entré a la edificación caminando como si el suelo pudiera explotar bajo mis pies. No escuché más ruido que el tenue rumor del aire acondicionado. De inmediato me dirigí al laboratorio. Entré y seguí derecho a la oficina de Zenhoffer. Corrí el tapete, abrí la escotilla y bajé a la armería. A la izquierda encontré las pistolas. Tomé una y le inserté un cargador. La guardé entre el pantalón y mi ropa interior. Nunca había manejado un arma, así que no me confiaría mucho de ella, pero era mejor tenerla si existía la posibilidad de un enfrentamiento a muerte.

En otra pared encontré lo que buscaba, lo que creía que mi yo futuro me había indicado al señalarse el pecho: un chaleco antibalas. Él sabía que yo lo necesitaría porque su yo joven había visto cómo le disparaban a mi yo viejo… en un extraño círculo o remolino que se había creado en el tiempo gracias a la construcción de la máquina. Me quité la camisa, me puse el chaleco y me volví a poner la camisa encima.

Si el viaje al pasado se repetía exactamente como lo recordaba, los dos disparos que había visto desde la ventana no me matarían.

El problema era que no sabía qué pasaría después. El tipo de la pistola, Anthony, Zenhoffer o cualquiera de sus secuaces, podría rematarme de un balazo en la cara o devolverme malherido al futuro para matarme en el mismo laboratorio donde me encontraba.

En fin, qué importaba. No podía darme el lujo de analizar todas las posibilidades. Mi objetivo era salvar a Margarita y entre más rápido le diera los mensajes a mi yo joven, mejor.

Salí de la armería y un minuto después comencé a trabajar en la máquina del tiempo, totalmente concentrado y a gran velocidad, a sabiendas de que de ello dependía mi vida.

 

20

Un par de horas después le daba los últimos ajustes al aparato. Las manos me sudaban por los nervios y no dejaba mirar hacia la puerta del laboratorio o de escuchar en busca de un ruido de pisadas.

Ya no temía que me persiguieran en el pasado, pues acababa de incluir un programa en la máquina que borraría el destino de cualquier viaje realizado. No quería exponerme a la incertidumbre de lo que sucedería después de los dos disparos en el pecho y estómago.

Terminé de ingresar los últimos códigos en el programa y sin perder tiempo busqué en el mapa GPS las coordenadas del apartamento de mis padres en Brooklyn. Debía escoger el lugar exacto al que viajaría. Según la teoría y las pruebas, sabíamos que la máquina abre un portal en el lugar de destino, que tiende a cerrarse o a “hacer regresar” la materia que viajó. Una masa similar a la que hizo el tránsito cierra el portal. Es decir, es como una puerta inestable que permite un viaje, pero tiende a cerrarse con dos condiciones, el paso del tiempo o un nuevo tránsito de una cantidad de masa no necesariamente igual.

Cuando me disponía a ingresar las coordenadas específicas de mi cuarto, aparecieron en mi mente, como instantáneas superpuestas, los movimientos que mi yo futuro había realizado sobre la azotea del edificio en Brooklyn: se movía hacia un costado, siempre acercándose al borde del edificio.

Entendí lo que significaban esos movimientos. Buscaba su ruta de escape, es decir, volver al portal. Y el modo más fácil de llegar al portal desde la azotea sería si lo situaba en el balcón de mi cuarto, no en su interior. Me bastaría un salto desde la azotea para regresar al futuro. En consecuencia, ingresé las coordenadas del balcón de mi cuarto. Esperaba que no me persiguieran, pero no sobraban las precauciones.

Entré a la máquina e inhalé a profundidad. Miré el reloj digital que colgaba en la pared del frente. Las 4:20 de la mañana. Si mi viaje duraba más o menos lo mismo que recordaba, ojalá esta vez sin la persecución y los disparos, volvería al presente en unos cinco o diez minutos. Al volver, la máquina del bosque tendría que aparecer de nuevo. Saldría del laboratorio de inmediato, alejándome de Zenhoffer y sus secuaces, y retomaría mi plan de viajar a Washington y después rescatar a Margarita.

Estiré el brazo para oprimir el botón rojo e iniciar el viaje.

Un ruido leve de pasos sonó al fondo del corredor.

–Maldita sea –mascullé.

Alguien se había levantado.

Ya no podía hacer nada al respecto.

Oprimí el botón.

 

21

Los objetos que me rodeaban se desvanecieron ante mis ojos como si les chuparan el color y la forma, hasta que una nube negra los remplazó.

Un par de segundos después, un aura verdosa llenó mi campo de visión y escuché un ruido de brisa. A mi alrededor aparecieron tubos de metal oxidado y adelante dos puertas de madera pintada de verde con recuadros de vidrio, enmarcadas en ladrillos ennegrecidos por el smog. Una estaba abierta, la otra cerrada.

Un cosquilleó nervioso sacudió mi cuerpo. Estaba en el balcón de mi cuarto en Brooklyn.

Di un paso al frente y a través de la puerta vi mi habitación de adolescente, con sus afiches de galaxias, sistemas solares y mi cama con un cubrelecho de cuadros azules y amarillos. A un costado, una biblioteca almacenaba centenares de libros de física y ciencia ficción.

El asombro dio paso al afán. No debía perder tiempo. No creía que me persiguieran, pero de todos modos el viaje podría tornarse inestable.

Entré a mi cuarto con los sentidos alerta. No se escuchaba ningún ruido aparte del tráfico de la avenida. Caminé despacio sobre la madera, que a pesar de mi precaución dejó escapar un par de quejidos. Llegué a la puerta y entré a la sala.

Allí estaba él… yo.

Mi yo joven, de pie delante del sofá, me miró con los ojos abiertos de par en par. Experimenté la misma extraña sensación de reconocimiento que me había asombrado de joven. Como si parte de mi conciencia me mirara desde fuera.

No debía perder tiempo. Me acerqué unos pasos y le hablé con la mayor tranquilidad que pude:

–Hola, David. Vengo… vengo del futuro. Quiero explicarte unas cosas con calma –dije y di otro paso al frente.

Un ruido de brisa sonó atrás de mí, en mi cuarto. Giré la cabeza y observé el reflejo del mismo resplandor verdoso que había acompañado mi salto al pasado.

Mis entrañas se revolvieron.

–No es posible… –murmuré asombrado.

Me habían encontrado.

La adrenalina se disparó en mi sangre y mis sentidos se aguzaron. Debía escapar.

–¡Vienen, vienen! ¡Vámonos! ¡Nos van a matar!! –dije en pánico, agarré a mi yo joven de la mano y lo arrastré hacia la puerta.

Salimos al corredor y en ese momento fui consciente de que repetía con exactitud lo sucedido años atrás. Pero lo que hacía era el único curso de acción posible. Debía huir de mis perseguidores. Si no subía por las escaleras me matarían en el corredor.

Corrí los últimos metros que me separaban de ellas y trepé los primeros escalones. Dos disparos retumbaron a mis espaldas e impactaron las barandas. Aumenté la velocidad.

Mi yo joven preguntó algo que no escuché. Su voz me recordó el propósito del viaje: los mensajes.

–Esa gente… –comencé a decirle, pero un nuevo disparo me interrumpió–. No dejes que controlen los viajes.

Al terminar de subir las escaleras, con mi corazón a mil por hora, corrí hacia la puerta del depósito y le dije a mi yo joven que encerrara a los tipos que nos seguían. Lo empujé para que no lo vieran.

Ya entraba al depósito cuando un dolor profundo, no un razonamiento, me movió a devolverme y a lanzarle a mi yo joven la advertencia sobre Margarita. Quizás él… quizás él sí la podría salvar.

No había tiempo para más. Entré al depósito y aparté a mi paso cajas, cables y cuantos trastos se me atravesaban. A la vez, tumbé otros objetos para obstaculizar el paso. Al llegar al otro extremo, salí a la azotea y cerré la puerta de metal desde afuera. Le puse la tranca que algunos jóvenes del edificio utilizaban cuando buscaban privacidad.

Me alejé un par de metros de la puerta y llevé mi mano a la cintura en busca de la pistola.

Mi mano palpó la tela de la camisa. Miré hacia abajo y no encontré el arma. La camisa se había salido de los pantalones al igual que la pistola. Maldije para mis adentros. Al moverme con rapidez por entre el depósito se me debió caer.

Miré alrededor en busca de la persona que me apuntaría con un arma.

No vi a nadie. La azotea estaba vacía.

Raro.

En fin, qué importaba, ya había cumplido mi misión. Ahora debía huir.

Corrí hasta el borde de la azotea, apoyé las manos en el pequeño muro que la rodeaba y me asomé para buscar las escaleras que bajaban al balcón de mi cuarto.

Dos metros a mi derecha, un hombre subía las escaleras metálicas pegadas a la pared con una pistola en la mano. Levantó su rostro y nuestros ojos se encontraron.

Zenhoffer.

Hizo una pausa en su ascenso y me apuntó el arma.

–Quieto, David.

Me eché hacia atrás de un salto. Mi respiración se aceleró y mi corazón golpeó mi pecho. No me sorprendía que fuera Zenhoffer, ni mucho menos, pero otra cosa era encontrármelo cara a cara, apuntándome con un arma, sus ojos inyectados de sangre. Y peor era saber que dentro de poco me dispararía… ¿Resistiría el chaleco antibalas?

Aunque, ¿era necesario que me disparara? Recordé que Zenhoffer le disparaba a mi yo futuro cuando este se le abalanzaba. Si yo no atacaba a Zenhoffer, me bastaría con saltar al balcón desde la azotea.

Zenhoffer emergió por el borde del muro y lo trepó sin dejar de apuntarme con la pistola.

–Nosotros los viejos necesitamos de los atajos del pensamiento –Zenhoffer plantó ambos pies en la azotea–. Al verlo subir por las escaleras, David, me devolví. Me imaginé que buscaría llegar a la azotea y veo que estaba en lo cierto.

–¿Cómo…? –mi voz casi no sale–. ¿Cómo supieron que viajé a este lugar, a este momento? Añadí un código para borrar los datos del GPS –dije más por ganar tiempo y buscar la forma de saltar al balcón, que por curiosidad.

–Una vez más, los atajos del pensamiento –dijo Zenhoffer con su sonrisa torcida–. Hace unos días instalé en la máquina un detector oculto para registrar el destino de todos viajes que se realicen. Quiero tener el control absoluto de los viajes.

“Los atajos del pensamiento”. La frase repetida por Zenhoffer me recordó la señal que había recibido de joven, cuando miraba a la azotea desde el cuarto de herramientas. Giré la cabeza en esa dirección y me señalé el pecho.

–Zenhoffer –dije mientras retrocedía y me volteaba hacia un costado para quedar paralelo al borde de la azotea–. Esta tecnología no debe caer en manos de milicianos, de extremistas. El gobierno debe saber lo que ocurre, el riesgo que existe…

–El gobierno, el gobierno… –dijo Zenhoffer con hastío–. El gobierno no es más que una de las trabas que ha sufrido la ciencia a lo largo de la historia. Es la materialización de la ignorancia y los miedos de la sociedad, un poder que solo existe para controlar y poner obstáculos, que bota las migajas del presupuesto a la ciencia, sobre todo a la que promete aplicaciones militares.

–Los milicianos son peores que el gobierno, son un poder sin control –busqué con la mirada el lugar donde debía estar la escalera, por donde Zenhoffer había subido–. Usted es un obstáculo para ellos, tarde o temprano lo van a matar.

–Me menosprecia, David. Ya me ocuparé de los milicianos. Pero primero es su turno, porque son las personas como usted, las que creen que todo debe seguir las normas sociales y los trámites, las que frenan a la ciencia valiéndose de ideas arcaicas sobre la seguridad, la ética, los valores morales… en fin. La ciencia debe avanzar. Lo siento, David, con gente como usted no queda más que una solución.

–¿Asesinaría por un proyecto científico? –dije desesperado, tratando de ganar un instante más para saltar.

Zenhoffer bufó con desprecio.

–Ya lo he hecho, David, y no es difícil. Margarita era igual a usted. Cuando le conté que el proyecto era secreto y que el gobierno no participaría, se alteró demasiado. La idea le causó repulsión. Tuve que matarla. Con estas mismas manos la empujé al río.

La sangre se me subió a la cabeza y la rabia inundó mi corazón. Margarita no había muerto por accidente. El loco que tenía en frente la había asesinado a sangre fría. Mis músculos se tensionaron, lancé un grito de ira y me propulsé hacia adelante para atacarlo.

Una detonación quebró el aire y un quemonazo me templó el pecho. Mis piernas temblaron.

Un segundo disparo retumbó con fuerza y me empujó hacia atrás.

Con el pecho en llamas, tambaleé hasta recostarme contra el pequeño muro que rodeaba la azotea.

Zenhoffer se acercó para dispararme una tercera vez.

Por puro instinto templé los músculos de mis brazos, me impulsé sobre el muro y me lancé al vacío confiando en que estuviera en el sitio correcto. Me giré y mandé las manos al frente.

Un segundo después, el costado derecho de mi cuerpo chocó contra un piso metálico. Mis músculos y huesos protestaron, pero el golpe significaba vida: había caído en el balcón. Levanté la cabeza para incorporarme lo más rápido posible.

Mientras lo hacía, los colores se refundieron en un solo tono ocre y verdoso, luego negro por completo.

 

22

El negro se volvió verde. Formas metálicas se materializaron sobre un trasfondo blanco.

Parecía el laboratorio, pero… miré hacia abajo. Había aparecido acostado, de medio lado, tal como había caído al balcón desde la azotea.

Un dolor profundo oprimía mi pecho y miles de alfileres punzaban mi hombro.

Pero no podía quedarme pensando en el dolor. Zenhoffer liberaría a los demás del depósito en la azotea y volvería al presente, justo al lugar donde me encontraba.

Me puse en pie de inmediato y salí de la máquina. Di dos pasos hacia adelante y perdí el equilibrio. Me fui contra la mesa de enfrente. Casi me caigo, pero me alcancé a sujetar con las manos. Planté los pies con firmeza en el suelo y levanté el rostro. Respiré a profundidad.

Miré el reloj de pared. Las 4:30am. Habían pasado diez minutos desde mi viaje al pasado.

Esperé un par de segundos más y retomé el andar con pasos cuidados, que aceleré a medida que ganaba confianza. Salí del laboratorio y, tan rápido como me lo permitieron mis piernas, atravesé el vestíbulo y salí por la puerta principal del centro de investigación. Me adentré de inmediato en el bosque, remontando la pendiente de la colina que llevaba en dirección a la máquina del tiempo.

No había recorrido más de una veintena de metros, cuando escuché un portazo a mis espaldas.

Por reflejo me zambullí en el suelo.

¿Por qué habían llegado tan rápido?

Confié en que la oscuridad de la noche y la inmensidad del bosque hubieran ocultado mi movimiento.

Me giré sobre el prado y me arrastré unos centímetros hacia un costado, escondiéndome tras el tronco del árbol más cercano. Me acuclillé y me asomé por el lado, sujetándome de la corteza.

Dos siluetas deambulaban de un lado a otro, a unos tres metros de la puerta del búnker. Movían sus cabezas, al parecer escrutando a la distancia.

Me escondí tras el tronco y maldije en mi interior. ¿Ahora cómo escaparía? Si salía de mi escondite me verían.

Esperé en silencio un minuto y me asomé de nuevo por un costado del árbol. Otras dos personas salían del búnker. Estaban completos: Zenhoffer y los tres investigadores. Seguramente dos de ellos me habían buscado dentro de la construcción.

Agucé la mirada. Una de las siluetas sostenía un objeto alargado con una antena contra su rostro. Un radioteléfono. Zenhoffer se comunicaría con los milicianos.

Apreté un puño con rabia. Zenhoffer los llamaba para que me buscaran en el bosque.

Me resguardé de nuevo tras el tronco, mi ánimo en el suelo, la angustia en mi garganta. Dentro de poco una horda de gente armada me buscaría por todas partes.

Necesitaba huir cuanto antes. ¿Pero cómo? Al parecer, no me quedaba otra opción distinta a salir corriendo monte arriba y confiar en que no me vieran.

No, absurdo. Sería demasiado arriesgado.

Quizás podría arrastrarme durante los veinte o treinta metros que me separaban de la cumbre. Pero sería casi imposible que cuatro personas no detectaran el movimiento. Chasqué la lengua con fastidio. ¿Qué otra posibilidad tenía? ¿Crear una distracción? ¿Pero cómo? ¿Lanzar una piedra a lo lejos? No. Si lo hacía, como mucho llegaría a una veintena de metros y quizás eso terminaría de alertarlos. Necesitaba otra cosa. Una distracción que los hiciera mirar hacia otra parte, algo que llamara…

Una sirena hizo vibrar el bosque y templó mis nervios. Las ventanas del laboratorio se iluminaron con una luz roja titilante.

La alarma contra-incendios. De alguna forma la alarma del laboratorio se había activado. Mi pecho se ensanchó de alivio. Era la distracción que necesitaba.

Me asomé de nuevo por el costado del árbol.

Zenhoffer y sus asistentes corrían de vuelta al centro de investigación, seguramente convencidos de que yo acababa de llegar del pasado.

Sin perder un segundo me levanté, me giré y arranqué a correr cuesta arriba. Ignoraba qué había activado la alarma, pero agradecí que por fin el destino o lo que fuera se pusiera de mi lado.

Jadeando por la carrera, superé la cima de la pendiente y emprendí el descenso.

No había dado tres pasos cuando una explosión atronadora rompió la noche y pareció levantar los árboles de sus raíces.

Me tiré al piso y me llevé las manos a la cabeza. ¿Qué diablos…?

Tras un momento de desconcierto, de no saber qué ocurría, miré mi cuerpo y moví mis manos y piernas. Estaba ileso. La explosión había ocurrido al otro lado de la colina. Me arrodillé, me giré hacia atrás y alcé el rostro. Encima de las copas de los árboles, al otro lado de la pendiente, el cielo se pintaba de anaranjado. Una llamarada siguió a la luz y luego el humo la envolvió formando un pequeño hongo.

¿Qué diablos había sucedido? ¿Una explosión en el centro de investigación?

No me quedaría a averiguarlo. Me puse en pie, me di la vuelta y retomé la carrera hacia el lugar donde estaba la máquina.

Mientras esquivaba árboles y arbustos a toda velocidad, traté de entender qué había ocurrido. ¿Un bombardeo? Dentro de unos minutos viajaría hacia atrás en el tiempo, adonde mi amigo en Washington, quien contactaría a las autoridades. Lo más probable sería que gracias a ese viaje se ordenara el bombardeo del centro de investigación… Aunque por lo visto lo ejecutarían antes de la hora que yo pensaba decirles.

Sonaba plausible… Pero entonces, ¿por qué había sonado la alarma contra incendios? Esa alarma no tenía nada que ver con un ataque aéreo y no se disparaba con facilidad. Además, el gobierno no ordenaría bombardear una tecnología que quizás le interesaría. ¿Se trataba entonces de un simple accidente en el laboratorio? ¿Un percance en la armería, donde se almacenaban explosivos y detonadores…?

Frené mi carrera en seco y quedé parado en medio del bosque.

Explosivos y detonadores. ¡Eso era!

Ninguna de las explicaciones anteriores tenía sentido. La solución estaba en mis manos, en la advertencia que yo mismo me diera años atrás: “no dejes que controlen los viajes”, no dejes que nadie controle los viajes, incluido el gobierno. Ese mensaje, que no sabía en últimas de dónde venía, me decía, me ordenaba casi, que resolviera la contradicción que creaba la máquina, su inestabilidad inherente, destruyéndola. No debía viajar a Washington ni avisar a las autoridades. Yo mismo debía destruir la máquina y crear así la distracción que acababa de posibilitar mi escape.

No tenía lógica que una acción posterior mía permitiera una anterior… Pero ya había aprendido que en el mundo de los viajes en el tiempo la causalidad no preserva su estructura tradicional.

Con ánimos renovados reemprendí la carrera y terminé de recorrer la distancia que me separaba del lugar donde había construido la máquina.

Con tensión en mi cuerpo di la vuelta al último recodo.

El armazón de metal apareció al pie de la gran roca y los dos árboles.

Me detuve y solté una larga exhalación de alivio.

Había funcionado. El viaje al pasado había restaurado el curso de la realidad presente.

Entonces, el paso a seguir era viajar al centro de investigación y detonar los explosivos de la armería. Para ello debía calcular el tiempo con precisión. Cuando salí del laboratorio, después volver del pasado en Brooklyn, el reloj de pared marcaba las 4:30. Los cuatro tipos estaban afuera como máximo dos minutos después. La explosión del centro se produjo unos dos minutos más tarde, es decir, a las 4:34. Por lo tanto, si llegaba al laboratorio a las 4:32, tendría máximo dos minutos para detonar los explosivos en la armería y escapar.

Debía actuar con precisión para no morir. Nada me garantizaba que mi vida no terminaría allí. Repasé varias veces el plan y los movimientos que realizaría. Decidí llevar los computadores, que ahora reposaban sobre la rama del árbol, para destruirlos en la explosión. Busqué las coordenadas del búnker en la máquina y la programé para que me transportara a la mitad del laboratorio. Entré a la armazón metálica con los computadores en mis manos. Respiré hondo y oprimí el botón.

 

23

Actué con determinación, sin remordimiento por el asesinato que me aprestaba a cometer. Al fin y al cabo, Zenhoffer y sus ayudantes habían intentado matarme poco antes.

Apenas me materialicé en el laboratorio, dejé los computadores sobre una mesa, caminé rápido hasta la oficina de Zenhoffer y bajé a la armería. Tomé dos detonadores, guardé uno en mi bolsillo e inserté otro en la pila de explosivos plásticos. Retiré un par de cartuchos para llevar de vuelta al bosque y destruir mi máquina. Activé el detonador con una cuenta de un minuto. Volví al laboratorio y me desplacé hasta la pared cercana a la salida. Jalé la palanca roja de la alarma y caminé hasta el portal. Los colores del laboratorio se difuminaron y volví al futuro.

Menos de dos minutos. Eso fue lo que me tomó destruir la máquina del tiempo y liquidar a Zenhoffer y sus colaboradores.

Nadie controlaría los viajes en el tiempo y menos gente tan desquiciada.

Ahora debía destruir la máquina donde me acababa de materializar, la que yo había construido.

Pero antes me faltaba realizar un viaje más.

Era el momento de rescatar a Margarita.

Pero, ¿cómo hacerlo exactamente? ¿Debía viajar al pasado y detener a Zenhoffer antes de que la empujara al río? No. Eso alteraría la realidad de formas impredecibles. Incluso la realidad podría resistirse a un cambio tan brusco.

Entonces, ¿qué hacer?

Di pasos de un lado a otro mientras pensaba.

Quizás había una señal que me orientara. Lo mismo había ocurrido con otras acciones que relacionaban tiempos distintos: las advertencias de mi yo futuro sobre los viajes y Margarita, la indicación para que vistiera el chaleco antibalas, la explosión del centro de investigación que me señaló que yo mismo debía producirla. ¿Había en el pasado una señal que me indicara cómo proceder?

Repasé lo sucedido en torno a la desaparición de Margarita: los días previos, el día en que llegué al apartamento y encontré la nota donde decía que iba a las montañas, las primeras horas de la búsqueda, el momento en que hallaron sus objetos personales…

¡Eso era!

El teléfono. La llamada.

En su teléfono habían encontrado una llamada extraña desde unas cabinas públicas situadas afuera de una tienda de “caza y pesca”.

Nunca se supo quién hizo esa llamada.

Porque la había hecho yo mismo.

 

24

Viajé al pasado, al mismo día en que Margarita desapareció. Me materialicé en un bosque cercano al almacén de “caza y pesca”, situado al costado de una de las carreteras que se adentraban en la cordillera. Caminé hasta a la construcción y a un costado del parqueadero encontré las cabinas de teléfonos públicos.

A medida que me acercaba a ellas los nervios se apoderaron de mí. Después de meses de haber perdido a Margarita, volvería a escuchar su voz.

Entré a la primera cabina, introduje una moneda en la ranura, y marqué el número que aún me sabía de memoria.

Su teléfono timbró. Había calculado bien el tiempo. Margarita aún no llegaba a la zona sin cobertura de señal.

–¿Hola? –contestó ella.

Su voz conmovió las fibras más íntimas de mi ser. La sentí a mi lado, como si el tiempo no hubiera pasado.

–¡Hola, amor! –dije con lágrimas en los ojos.

–Hola, jaja, ¿qué te pasa? ¿Por qué esa emoción?

–No sé… –dije en un hilo de voz.

–Perdona que no vaya a almorzar hoy, mi vida, pero me estresé. Problemas en la oficina. Luego te cuento.

–No te preocupes –dije y entendí que se refería a Zenhoffer.

Mis músculos se tensionaron al recordar que en ese mismo momento el loco ese la seguía, a la espera del momento propicio para empujarla al río.

Resistí el impulso de prevenirla. No alteraría una realidad que me brindaba la oportunidad de rescatarla.

–¿Dónde estás? –dije esforzándome por hablar normal–. ¿Qué planes tienes?

Remontaba el curso del río y me dijo el lugar aproximado en el que se encontraba. Me contó que subiría hasta el mirador de una cumbre cercana antes de regresar.

De esas indicaciones deduje el tiempo aproximado en que llegaría al lugar donde Zenhoffer la empujaría.

Quería seguir escuchando su voz, hablar con ella durante horas. Pero no debía abusar del regalo del tiempo. Debía terminar pronto lo que me había propuesto.

–Bueno, preciosa, chao. Nos vemos más tarde –dije esperanzado.

Margarita se despidió y colgamos.

Mil emociones se confundieron en mi corazón: nostalgia, amor, tristeza, esperanza… Qué bello y qué raro era hablar con ella en esas circunstancias. Esperaba que no fuera la última vez.

Caí en cuenta de que mis mejillas estaban empapadas de lágrimas y me las limpié con la mano. Debía tranquilizarme, de eso dependía que pudiera salvarla.

Entré al almacén de “Caza y Pesca” y con los dólares que había sacado de mi cuarto en el centro de investigación compré un cable grueso, dos arneses, una polea, dos boyas y tres salvavidas.

Salí del almacén, caminé con las compras hasta el bosque y atravesé el portal para volver al futuro.

Después de hacer cálculos exactos de tiempo y lugar, volví al pasado, al lugar donde Margarita había caído al río.

 

25

Llegué dos horas antes del momento en que calculé que Margarita llegaría. Instalé el dispositivo de rescate cien metros corriente abajo, a la vuelta de un recodo: un cable tendido sobre el río, una malla amarrada al mismo y boyas y salvavidas sobre la trayectoria que recorrería Margarita. Después me escondí entre los matorrales de una elevación cercana, desde donde veía la orilla.

Rescatarla después de que cayera al río era el único curso de acción viable para no crear contradicciones. Esperaba que la razón por la cual su cuerpo nunca se había encontrado, fuera justamente porque yo la había rescatado y llevado al futuro.

Lo más difícil de todo el operativo, fue quedarme quieto cuando la vi llegar caminando desprevenida y, sobre todo, cuando vi a Zenhoffer siguiéndola agazapado.

Pero no debía intervenir.

Así que esperé con los músculos tensos durante un par de minutos. Cuando Zenhoffer salió de su escondite y empujó a Margarita, corrí al borde del río, al otro lado del recodo, sujeté mi arnés al cable y salté al agua.

Tuve pocos segundos para acomodarme. La corriente arrastró a Margarita hacia mí a toda velocidad. Me impactó con fuerza, pero logré sujetarla, con ayuda de la malla. El cable que nos sujetaba se templó al máximo, pero resistió. Margarita se sujetó por instinto a la red y a mis manos. Solo cuando se estabilizó me miró a los ojos. No dijo nada, quizás en shock tanto por el empujón que había recibido, como por la sorpresa de encontrarme en el río.

Yo me concentré en llevarla de vuelta a la orilla. Salimos despacio y solamente cuando pisamos tierra firme me invadió una ola de felicidad y mis músculos se relajaron. La había rescatado. Lo había logrado.

Poco después Margarita salió del estado de shock y lanzó una pregunta tras otra, abrumada por las circunstancias.

Le conté lo esencial y, claro, no me creyó.

Sus dudas solamente se atenuaron cuando vio el cable tendido sobre el río, las mallas y los flotadores, todo instalado con anterioridad. Y solo se disiparon del todo cuando le pedí que me acompañara al futuro y atravesamos el portal que nos llevó de regreso a la máquina del tiempo en el bosque.

 

26

–Aún no lo puedo creer –dijo Margarita dando unos pasos en medio de los árboles.

La noche oscura, estrellada, todavía no daba signos de clarear.

–No lo puedo creer, es… es… –siguió consternada–. Y Zenhoffer… maldito loco, asesino.

Margarita miró la máquina del tiempo. Sacudió la cabeza, superada por la magnitud de lo que sucedía. Su vida y su mundo acababan de transformarse, de dar un salto absurdo, en menos de un minuto.

–Entonces… –siguió–. Tú creíste que yo había muerto…

–Sí, creí que te había perdido para siempre. Durante varias semanas pensé que todo había terminado, que nunca te volvería a ver. Me hundí en la depresión, pensé incluso en suicidarme…

Margarita me miraba con los ojos abiertos de par en par.

–Me salvó el poema de Milton –dije para tranquilizarla–. Me llenó de esperanza, me dio la idea de rescatarte, de luchar. Ahí fue cuando decidí contactar a Zenhoffer y ayudarle a construir la máquina del tiempo. Creo que…

–¿Cuál poema de Milton?

–“Sobre el tiempo”, el que anotaste en la última página de tu cuaderno rojo de poemas.

–Ah… –dijo Margarita y se quedó mirando al vacío.

Seguía pensativa, anonadada. Y lo seguiría durante un buen rato. Pero no podíamos quedarnos donde estábamos durante mucho tiempo. Debíamos huir, escapar de los milicianos y quizás del FBI y el gobierno, que se interesarían por una tecnología como la de los viajes en el tiempo. Adónde huir, no lo sabía. Pero, si habíamos superado una dificultad tan grande, estaba seguro de que nos sobrepondríamos a las que vinieran.

Se lo expliqué en unas cuantas frases.

Apenas asintió, sin mirarme.

Sin embargo, antes de destruir la máquina y huir, quedaba un pequeño asunto por resolver.

–Voy a viajar al pasado para retirar los instrumentos de rescate del río. Nadie debe encontrarlos después. Espérame.

 

27

Al volver al futuro con el cable de acero, los arneses y boyas, encontré a Margarita más calmada, casi con una sonrisa en el rostro.

–El único rastro que queda es la máquina –dije decidido–. Tenemos que destruirla.

Margarita asintió en silencio y se me acercó.

–Lo único que lamento –dije mientras colocaba los dos cartuchos de explosivos dentro del armazón metálico–, es que no la hayas utilizado. Al fin y al cabo, era tu proyecto, tu sueño. Pero debemos hacerlo.

–Te equivocas.

–¿Cómo? ¿No tenemos que destruirla? –dije desconcertado–. ¿Te parece poco todo lo que te conté?

–No, no te equivocas en eso, sino en que sí la utilicé. Mientras estabas en el pasado recogiendo el cable y la red, viajé a…

–¿Qué? –dije en pánico–. ¿Qué hiciste? ¿Cómo se te ocurre? Puedes alterar la realidad, cambiar algo…

–Justamente eso hice, cambiar algo –me interrumpió–. Viaje a nuestro apartamento, unos días después de mi desaparición, durante la madrugada, y escribí el poema de Milton en la última página del cuaderno rojo. Sé qué nunca había escrito ese poema allí.

Un vacío se formó en mi interior y me quedé mirando a Margarita con la boca abierta.

–Pero, pero… –intenté atónito. Las palabras no salieron.

–Yo nunca escribí ese poema –insistió Margarita–. Así que cuando me lo contaste, entendí que debía hacerlo mientras volvías al río.

–Pero… cómo es posible… –dije, ahora más sorprendido que ella antes. Aunque a esas alturas ya no debería asombrarme por esas inversiones de la causalidad, en ese momento sentí como si la cuestión metafísica se volviera palpable y me abrumara lo misterioso, lo inexplicable…

–No entiendo… –seguí–, ¿cómo es posible que pase eso? Es como si existiera una fuerza superior, una trascendencia, una realidad profunda. Es como… ¿quién dijo originalmente lo de “no dejes que controlen los viajes”? Yo siempre lo escuché de otro, de mi otro yo, o quizás de esa trascendencia, de esa fuerza…

–Shhhhh –dijo Margarita y tomó mi mano–. Creo que ambos tenemos mucho que pensar sobre lo sucedido. Ya habrá tiempo para ello. Ahora no es momento de entender. Podemos darnos por bien servidos con haber sobrevivido y estar juntos.

Margarita acercó sus labios a los míos y me besó. Nos fundimos en un abrazo. Sentí que revivía y pensé que todo había valido la pena. Y en ese instante me di cuenta de que quizás no podemos ni necesitemos entenderlo todo. Quizás ciertos misterios siempre resulten inexplicables. Quizás la razón no pueda llegar allí donde los tejidos de la realidad carecen de tiempo y causalidad, pero a lo mejor haya una parte nuestra que permanece en contacto con esa capa profunda que nos guía hacia el futuro que más nos conviene.

Así que me relajé y decidí concentrarme en el presente. En el regalo maravilloso que significaba tener a Margarita, mi esposa, de nuevo junto a mí. Abrazándola, besándola en medio del bosque, bajo la noche aún oscura y estrellada, no pude evitar pensar en las últimas líneas del poema de Milton:

 

una vez nuestra alma guiada por el cielo ascienda

Entonces, ya sin la crudeza mundana,

Nos sentaremos vestidos de estrellas por siempre,

Triunfando sobre la Muerte, el Azar y sobre ti

Oh Tiempo!

 

*** FIN ***

© 2015 Santiago Restrepo. Todos los derechos reservados. Publicado originalmente en “Exorcismos exprés y otros cuentos de suspenso y humor”.

El caso de la bóveda bancaria

Foto de Ishmael Orendain (Flickr.com)

Foto de Ishmael Orendain (Flickr.com)

–Gracias, buen hombre –dijo Amanda sin mirar al gerente del banco y se adentró en la bóveda.

–De nada, señorita –respondió el bigotón, se ajustó el chaleco, me dio una breve mirada y, sin saber qué más hacer consigo mismo, se escurrió por la puerta dejándonos solos ante la infinidad plateada de los casilleros que tapizaban la bóveda.

Amanda se acercó a la pared izquierda y la recorrió despacio, moviendo la cabeza de arriba abajo en busca de su número. Vestida como siempre, con telas orientales vaporosas, collares de piedras multicolores y sandalias, su presencia contrastaba con la formalidad del banco. No ocurría lo mismo, por supuesto, con su temperamento frío, como lo acababa de constatar en carne propia el gerente. Sin embargo, en el caso de Amanda esa frialdad no se debía a las cualidades propias del dinero, sino a que su mente vivía inmersa en las abstracciones espirituales que cultivaba con su grupo esotérico-religioso. Para ella el mundo material carecía de importancia.

–Esta es, Édgar, la 328 –señaló animada uno de los casilleros y escarbó en su mochila.

Un par de horas antes, Amanda había llamado a la agencia de detectives para pedirme que la acompañara al banco. Por más que quise, no encontré la manera de negarme. Antes de morir, su padre, el famoso magnate industrial Arturo Baumgarten, me asignó un año de salario a través de una fiducia para que tras su deceso evitara que el mundo y su otro hijo, Fabio, se devoraran a Amanda, las niña de sus ojos, “ignorante de los asuntos prácticos de la vida, perdida en ensoñaciones fantasiosas y patrañas seudorreligiosas”, como se refería cuando estaba de buen humor a las creencias místicas de su hija. En su testamento, el patriarca legó la mitad de su fortuna a cada uno de sus hijos y estableció provisiones especiales para garantizar que nadie le quitara su parte a Amanda, en particular su hermano Fabio, quien seguía al frente del conglomerado empresarial de su padre.

Amanda no entendía ni le interesaba entender nada de cuentas e intereses y menos de rentabilidad o manejo de acciones y, de no ser por los controles que estableciera don Arturo, no habría tenido problema en pagarle con una empresa a un conferencista invitado a su grupo religioso. Por eso me daba curiosidad saber qué guardaba en el casillero y, de ser el caso, debía evitar que cometiera una barbaridad.

Amanda sacó la llave de la mochila, la insertó en la cerradura y la giró despacio. Abrió la puerta plateada y sus manos desaparecieron en el hueco. Con movimientos lentos y cuidadosos sacó con esfuerzo un recipiente cilíndrico de unos veinte centímetros de alto, blanco con arabescos rojizos. ¿Un jarrón de porcelana?

Lo alzó y lo acercó a sus labios.

–Hola, papito, ¿cómo estás? –le dio un beso al recipiente.

¿Qué? ¿Una urna funeraria? ¿Las cenizas de don Arturo? Parpadeé sin dar crédito a mis ojos. ¿Qué hacían las cenizas de don Arturo en un casillero de banco? Cierto, quizás no existía lugar más indicado para su reposo que las entrañas de una institución financiera, pero de todas formas no dejaba de ser raro.

–Vengo a llevarte a un sitio muy especial –le dijo Amanda a la urna.

Lo que me resultaba aún más extraño era que Amanda tratara a las cenizas como si fueran una persona, saludándolas de beso y ahora hablándoles.

En fin, pensé y dejé escapar un suspiro, no era mi tarea juzgar sus excentricidades, que no eran pocas ni extrañas en una familia como la que presidiera don Arturo.

–Traje a Édgar para que me ayude a llevarte –le dijo Amanda a la urna–. Estás muy pesado.

–¿Qué…? –murmuré atónito y entendí que Amanda no me traía para resolver un asunto práctico, como ayudarle a llenar un formulario o explicarle un trámite bancario, donde ya mis habilidades profesionales de detective se verían pordebajeadas, sino simplemente para cargar la urna.

Sin darme ocasión de protestar, Amanda movió sus brazos y sostuvo frente a mí la urna con el cadáver de su padre hecho cenizas, acostumbrada no tanto al burdo mandar como a que los demás leyeran su voluntad en sus gestos y la cumplieran con prontitud.

Indignado, me quedé quieto. Pero Amanda, de contextura delgada y ajena a cualquier labor física, no aguantaría el peso más de unos segundos.

Extendí mis manos a regañadientes y me pregunté una vez más por qué había aceptado ese trabajo. Claro, la respuesta era siempre la misma: porque el salario era muy bueno y me permitía seleccionar otros casos con base en el interés profesional, en vez de limitarme a seguir a esposos infieles por la ciudad.

Recibí la urna y los músculos de mis brazos se templaron. Pesaría unos cinco o seis kilos. Si hubiera sabido a lo que venía, habría traído un carrito de supermercado o un coche de bebés para cargar a don Arturo… a las cenizas de don Arturo.

–¿Qué pasó Amanda? –dije al salir de mi aturdimiento, cuando ella cerraba el casillero y se giraba hacia la salida–. ¿Por qué guardas las cenizas de tu papá en el banco?

–Ah, sí, sí –dijo al aire–, me toca guardarlas acá por culpa de Fabio. Él siempre quiso quedarse con los restos de papito. Para él es un sacrilegio que no se les haya dado cristiana sepultura. Si papito estuviera en mi casa, seguramente Fabio ya lo habría sacado en un descuido. El muy tonto no entiende que las cenizas son parte del mundo, de la naturaleza, de la vida y sufre al pensar que papi no repose en suelo consagrado. Es muy chapado a la antigua.

–Entonces, ¿para qué lo sacas?, ¿adónde vamos?, ¿por qué no lo dejas ahí?

–Voy a llevarlo a la sesión plenaria de mi grupo de meditación. Quiero que papi los conozca y se impregne de las vibraciones positivas, que su espíritu se conecte con el nuestro, que entre al ciclo de armonía.

Claro, en vida el viejo nunca había asistido a una sesión del grupo Amanda, híbrido de nueva era y religiones orientales. Siempre consideró toda religión como charlatanería, distracción para personas sin oficio. Ahora Amanda se aprovechaba de su indefensión posmórtem para llevarlo a las malas. Si don Arturo lo supiera se revolcaría en su tumba… mejor dicho, sus cenizas se revolcarían en la urna.

–Te pedí que vinieras –siguió Amanda mientras subíamos las escaleras para volver al primer piso del banco–, porque es la primera vez que lo saco. No creo que Fabio intente algo, pero prefiero que me acompañes.

Bueno, suspiré al tiempo que recuperaba una pizca de dignidad, por lo menos Amanda no me requería solamente como cargador, sino como medida de seguridad para evitar que su hermano le robara las cenizas.

A medida que subíamos las escaleras y las pinturas de paisajes estilo renacentista que adornaban los techos del primer piso del banco aparecían ante mis ojos, pensé en lo absurdo de mi situación: un detective sacando unas cenizas mortuorias del banco para llevarlas a un grupo de meditación y evitar que uno de los hijos del finado las robe.

Sacudí la cabeza de un lado a otro y escalé los últimos peldaños.

***

–Tu papá nunca quiso ir a esas reuniones, ¿por qué lo llevas ahora que no puede negarse? –dije a unas cuadras del banco, mientras caminábamos por la carrera 15 rumbo a la sede del grupo de meditación, molesto por perder tiempo en algo así, por las absurdas peleas de una familia que sin problemas de plata se inventaba otros y, finalmente, por tener que caminar en medio de una tarde nubosa y fría, que amenazaba con lluvia, cargando un peso que hubiera sido más fácil transportar en taxi, pero que debíamos llevar a pie para “preservar el medioambiente y no contaminar”.

Amanda me respondió como quien le explica a un niño por qué existen el día y la noche y, de paso, como si quisiera ganar un nuevo adepto:

–Édgar, el alma de mi padre sigue presente y su cuerpo contiene una energía universal. Todos somos lo mismo, todos somos uno con la naturaleza. Él nunca quiso venir, pero su alma sí, su alma estaba atrapada en su cuerpo, en su terquedad. Ahora va a unirse con nosotros y consigo mismo.

–Entonces, si tu preocupación esencial es el alma, ¿por qué te molesta que Fabio lo quiera enterrar según los ritos católicos? ¿Por qué peleas con tu hermano por eso?

–Porque él quiere meterlo en un mausoleo en el cementerio, atrapado en un sitio cerrado y oscuro, húmedo, sin ventilación. Papito no merece ese destino.

–No sería muy distinto a estar encerrado en la bóveda de un banco.

–Ay, Édgar, pero eso es culpa de Fabio que no me deja tenerlo en mi casa. Si Fabio respetara la voluntad de mi padre, este problema no existiría. Pero ya sabes cómo es él. Dice que la ley divina está por encima de la ley terrena y que por eso no respeta lo mandado en el testamento.

Alcé las cejas sorprendido. El asunto no me importaba por curiosidad intelectual, sicológica o religiosa, me importaba porque Arturo me pagaba a través de una fiducia para hacer lo que Amanda me ordenara. Si lograba evitar que Amanda y Fabio pelearan por estupideces, seguiría recibiendo el mismo salario, pero sin interrumpir mis demás actividades y sin tener que cargar los restos mortales del viejo de un lado para otro, algo que poco intelecto requería y sí hartos músculos, que por cierto ya protestaban por el esfuerzo.

Me detuve al lado de la terraza de un café y puse la urna sobre una mesa.

–¿Qué pasó? –dijo Amanda y me miró desconcertada.

–Pasó que tu papito pesa mucho. Espera dos minutos descanso.

–Apúrate que va a llover, mira el cielo.

Levanté la mirada. En efecto, el gris de las nubes parecía más oscuro y se acercaba a las cumbres de los edificios.

–Amanda, nos faltan unas pocas cuadras, tranquila.

–La reunión es en cuarenta y cinco minutos –dijo afanada–. Me falta alistar varias cosas.

–Estás muy estresada, relájate. Aplica lo que predicas: con tranquilidad y paz todo se resuelve.

–Aich, no es eso, Édgar, es que tampoco me gusta que dejes a mi papá ahí sobre la mesa como si fuera un costal, eso no está bien.

–¿Por qué no va a estar bien? ¿Qué quieres que haga, que lo siente como a una persona?

–No le faltes al respeto a mi padre, Édgar –dijo tensa.

–¿Cómo le estoy faltando el respeto? –dije molesto–. ¿Acaso guardarlo en la bóveda de un banco es más irrespetuoso que dejarlo un momento sobre una mesa? Habrá sido tu padre y un gran industrial, pero pesa lo mismo que un objeto de igual masa y quien lo carga debe descansar.

–¿Cómo te atreves a comparar a mi papá con un objeto? –dijo indignada–. No seas atrevido.

–Son unas cenizas, Amanda, su cuerpo quedó reducido a cenizas y las cenizas pesan.

–Sí, pero es un cuerpo humano y su espíritu escucha todo lo que dices y ve lo que haces.

–Bueno, en ese caso: “don Arturo, ¿cómo le va?, ¿escuchó adónde lo lleva su hija?” –con cada palabra que yo decía Amanda abría más la boca–. “Al grupo de las ‘patrañas seudorreligiosas’, como usted lo llamaba. ¿Quiere volver al banco?”.

–No seas ignorante, Édgar, Papi ya debió darse cuenta de su error.

–Si tiene alma, también tiene voluntad. Déjalo que escoja.

–No digahhh…ah… ah… ¡ah! –Amanda abrió los ojos de par en par y se llevó una mano a la boca.

–¿Qué pasó? ¿Escuchaste el regaño de tu papi?

–¡Ah… ah…! –Amanda señaló hacia mi costado–. La…la…

Di media vuelta.

La urna no estaba sobre la mesa.

Giré mi cabeza a la izquierda. Un tipo corpulento, de cabeza pelada y vestido de traje se alejaba corriendo con el jarrón bajo el brazo.

–¡Ey! ¡Ey! –grité por reflejo y extendí mi mano hacia él como si pudiera detenerlo con ese gesto.

El tipo siguió su carrera imperturbable.

Arranqué a correr tras él al tiempo que veía como el cuerpo de Amanda se contagiaba de la contextura de las telas holgadas que vestía y caía al suelo cual marioneta sin hilos.

***

–¡Ladrón, cójanlo! –grité corriendo tras el tipo.

Me remordía la conciencia dejar a Amanda tirada en el andén, pero confié en que los peatones la auxiliarían. Ella no me perdonaría que se llevaran las cenizas.

–¡Ladrón, ladrón! –grité de nuevo, pero mi voz se perdió en medio del ruido de la calle, el tráfico y la carrera de los peatones que huían de las primeras gotas de lluvia.

Me concentré entonces en acelerar al máximo y esquivar gente para ganarle terreno al hampón, que aparte de no ser demasiado rápido por corpulento, debía cargar la urna. Me llevaría unos veinte metros y zigzagueaba con esfuerzo entre la muchedumbre.

En la esquina siguente, giró a la derecha acercándose al borde del andén y sin bajar la velocidad levantó la mano para detener un taxi.

Dos vehículos amarillos pasaron de largo. Con la lluvia le sería imposible conseguir uno vacío.

Aceleré mi carrera confiado. El tipo no había planeado bien el robo ni el escape. Debía ser uno de los escoltas de Fabio, el hermano de Amanda.

Aún en carrera, el ladrón estiró su mano libre hacia una moto que pasaba cerca del andén con la intención de tumbar al conductor.

El motociclista se tambaleó, pero mantuvo el equilibrio y aceleró.

El ladrón apuró sus pasos y giró su cabeza para buscarme. Su rostro arrugado revelaba la angustia de lo inminente: lo alcanzaría. Me llevaba apenas diez metros.

Decidió cambiar su recorrido. Giró a la derecha, atravesó el andén en diagonal, y entró a un edificio de tres pisos, un pequeño centro comercial especializado en decoración.

Pensé en gritar y pedir ayuda, pero me arrepentí. No quería perder tiempo con policías, alegatos y quizás hasta abogados. Tenía al ladrón arrinconado y no le quedaría más que admitir el fracaso de su absurdo intento de robo y retirarse con el rabo entre las piernas.

El hampón ascendió por la rampa en forma de U que rodeaba las vitrinas de los almacenes.

A pasos rápidos recorté la distancia a tres o cuatro metros.

Cerca del primer giro de la rampa le grité firme:

–¡Quieto, quieto!

El tipo se detuvo a sabiendas de que le resultaría inútil seguir su carrera y seguramente para evitar que lo sorprendiera por la espalda.

Me miró desafiante y llevó su mano libre a la cintura.

¡Cargaba un arma!

El temor erizó mi piel. No se me había ocurrido esa posibilidad, a pesar de que sería lo normal en un esbirro de Fabio.

Por puro instinto me lancé hacia adelante con el puño cerrado y apunté a la mandíbula del gorila para noquearlo de un golpe.

En el último segundo caí en cuenta, con horror, de que si lo tumbaba, lo cual era poco probable dada su corpulencia, o siquiera lo desestabilizaba, la urna podría caer haciéndose trizas contra el suelo.

Incapaz de detener ya el impulso, aflojé la mano y el puñetazo se convirtió en un manotazo al pecho acompañado de un empujón del resto de mi cuerpo.

El hampón no se desplazó un centímetro y terminó de desenfundar el arma.

En pánico mandé mis manos hacia el metal y me aferré a él con todas mis fuerzas.

–¡Suélteme o disparo! –rugió el hampón.

No le respondí y con las manos desvié el cañón hacia la pared.

El tipo era más fuerte que yo, pero ocupaba su otra mano en sostener la urna contra el pecho.

Mandó un par de patadas que no fueron más que empujones.

Bramando como un toro, lanzó un cabezazo que esquivé con un movimiento al costado

Jalé con fuerzas renovadas el arma y sentí cómo escapaba de su control.

–Suélteme o boto el jarrón –tronó con rabia.

Dejé de hacer fuerza, desconcertado por la amenaza, pero mantuve el control de la dirección en que apuntaba la pistola.

–Bótelo –arriesgué–. ¿Qué va a decir Fabio cuando sepa que regó las cenizas de su padre en un centro comercial?

Al terminar la frase me asaltó un pensamiento horrible. ¿Y si el tipo era un ladrón común y corriente que había robado la urna al ver que la descuidábamos unos segundos?

No, imposible. Vestía traje y corbata. No sería un ladronzuelo de barrio. Tenía que ser uno de los esbirros de Fabio. No se atrevería a soltar la urna.

Su cara redonda y gruesa se retorció evidenciando el fastidio que le producía su situación.

–Suelte la pistola o grito hasta que venga la policía –dije, con poco heroísmo, para ponerle fin al forcejeo.

El tipo no se inmutó.

–A Fabio no le va gustar que la policía se entere de lo ocurrido –dije invocando la presencia fastidiosa de su jefe, a quien yo conocía por haber realizado varios trabajos para don Arturo antes de su muerte.

El tipo lo pensó un par de segundos y relajó los músculos de la mano con que sujetaba el arma.

–Está bien, está bien –exhaló despacio–. Voy a soltar la pistola, tranquilo.

Cerré aún más mis manos sobre el arma, temeroso de sus verdaderas intenciones.

El hampón aflojó sus dedos del todo y me apoderé del metal, retirándolo hacia mí mientras le apuntaba.

–Ahora entrégueme la urna y evitémonos escándalos –dije recio.

Para mi sorpresa el tipo reaccionó con calma y extendió sus brazos con el recipiente. Lo recibí con mi mano libre. Cuando buscaba la mejor forma de sujetarlo contra mi pecho, el tipo mandó las manos hacia el arma para aprovechar que ahora yo tenía una mano ocupada.

Prevenido como estaba, retiré veloz la pistola, la alcé y descargué la cacha con todas mis fuerzas sobre su cabeza.

El tipo quedó paralizado, inclinado hacia adelante con las manos extendidas, y un segundo después se derrumbó y se estrelló contra el suelo. No se movió.

Solté una larga exhalación de alivio.

***

Apreté el jarrón contra mi pecho, guardé la pistola en un bolsillo de la chaqueta y bajé por la rampa. Un par de curiosos se apartaron asustados a mi paso.

Llegué a la puerta principal del centro comercial y miré hacia afuera. No conseguiría un taxi en medio de la lluvia, que ahora caía con fuerza. Pero tampoco esperaría a que cesara. Si el tipo volvía a la conciencia me buscaría de inmediato. La policía también podría aparecer en cualquier momento.

Me separaban unas pocas cuadras del edificio donde funcionaba el centro de meditación de Amanda y su dichosa reunión no tardaría en comenzar. A pie me demoraría unos minutos.

Examiné el jarrón. De porcelana o cerámica gruesa, su pesada tapa rebasaba los bordes con holgura. El agua no le entraría. Si un matón armado con una pistola no había logrado impedir mi misión de llevar el jarrón a su destino, mucho menos lo conseguirían unas gotas de lluvia. Me erguí, apreté el jarrón contra mi pecho y salí a la calle.

Al caminar una decena de metros sobre el andén, con las gotas golpeándome por doquier, pero con el jarrón recuperado en franca lid en mis brazos, no pude evitar sentirme como los héroes que regresan triunfantes de las gestas deportivas y son recibidos por efusivas multitudes. Imaginé que tendría una recepción semejante en el grupo de Amanda. Sus fieles, que habrían pasado de la ilusión a la tristeza, recibirían mi llegada con vítores y aplausos cuando se dieran cuenta de que le devolvía la alegría a su líder.

Entusiasmado por la perspectiva, aceleré el paso y crucé los dos carriles de subida de la avenida. Atravesé el pasto y la ciclorruta del separador y caminé hacia abajo a la espera de un momento para cruzar los dos carriles del sentido contrario.

Veinte segundos después terminó de pasar una oleada de carros y me lancé a la calle. Una gruesa corriente de agua bajaba pegada al andén opuesto, casi un riachuelo café alimentado por la lluvia que convergía de las calles aledañas. Aceleré y calculé el salto que daría hasta el andén. Planté con firmeza mi pie izquierdo al borde de la corriente y lancé el derecho hacia adelante y hacia arriba. Me elevé en el aire.

El horror me atenazó en la mitad del salto, al percatarme de que no había calculado el peso que me sumaba la urna y que me jalaba de regreso al suelo.

Estiré el pie derecho cual garza para llegar al andén. La punta tocó el cemento y por un momento creí que lo lograría. Pero la suela resbaló sobre el borde húmedo y mi pie se fue hacia abajo. Mi zapato se hundió en el charco, mi tobillo se dobló y mi cuerpo se retorció como una serpentina y caí hacia adelante. Solté una mano de la urna y la mandé al andén para proteger mi caída. Logré amortiguar el golpe, pero la urna, que seguía apoyada contra mi pecho, se estrelló contra el borde de cemento y se resquebrajó como alcancía de tierra cocida abierta a martillazos.

Los pedazos de porcelana saltaron alrededor y las cenizas, los restos mortales de Arturo Baumgarten, se desparramaron como confeti sobre la corriente de agua.

***

–¡No, no, no! –grité en pánico y me arrodillé en el charco.

Moví las manos como aspas a motor para atrapar las cenizas y subirlas al andén. Lo único que logré fue dispersarlas más en la corriente, que imperturbable las arrastraba calle abajo. Seguí chapaleando como loco, pero solo logré rescatar algunos pedazos del jarrón. Los amontoné sobre el andén junto a lo poco que quedaba de don Arturo: un pequeño pegote de barro.

Solté una larga exhalación adolorida. La corriente se había llevado al padre de Amanda, disuelto para siempre en las aguas lluvia de la ciudad.

Me arrastré hasta el borde del andén y, empapado de pies a cabeza, me senté al lado de los pedazos de porcelana y el grumo de barro. Me tomé la cabeza con ambas manos. ¿Qué había hecho? ¿Cómo dejé que sucediera algo así? ¿Por qué crucé la calle allí y no en otro lugar? ¿Qué afán tenía? ¿Por qué no retrocedí y, en cambio, me empeciné en saltar el charco?

Sacudí la cabeza de un lado a otro. Yo, que había refunfuñado al pensar que Amanda quería utilizarme como mero cargador, que había vencido luego a un matón a punta de fuerza y astucia, no había sido capaz de llevar el jarrón de un lado a otro sin romperlo en el intento.

¿Qué haría ahora? ¿Qué le diría a Amanda? ¿Cómo explicarle que había perdido el cadáver de su padre?

Amanda no lo toleraría.

Y menos Fabio.

Una pesada sensación de desánimo me invadió.

Pasé saliva y maldije en voz baja. ¿Por qué guardaban las cenizas en un jarrón como si fueran un mueble, un objeto móvil, cuando se sabe que los accidentes pasan, que las cosas se caen?

Sacudí la cabeza de un lado a otro. Eso no era excusa para mi error.

¿Qué hacer?, ¿qué hacer?, me pregunté mientras armaba una torre con los pedazos de porcelana blanquirroja sobre el andén y la lluvia terminaba de deshacer el montón de barro de apellido Baumgarten.

Una opción sería acusar a Fabio de robarse el jarrón, que de hecho fue lo que intentó hacer por medio de su esbirro. Le diría a Amanda que el ladrón había escapado con la urna y que no logré alcanzarlo. Ella llamaría a Fabio y lo culparía por el robo. Fabio me acusaría de mentir. Mi responsabilidad se perdería en medio de la desconfianza reinante entre ambos y nunca se enterarían de lo sucedido. Se culparían entre sí el resto de sus vidas.

Negué con la cabeza y chasqueé la lengua. Ese plan no me convencía. No quería aprovecharme de los sentimientos negativos entre Amanda y Fabio para escapar de mi responsabilidad. Además, quizás interrumpirían su pelea para unirse en mi contra, al darse cuenta de que los engañaba, de que los quería poner al uno contra el otro… como si ya no lo estuvieran. Por otra parte, esa posible solución también me distanciaba de la misión de velar por Amanda que don Arturo me encomendara, pues no haría más que acrecentar el ciclo de odios y reproches con su hermano.

Mientras giraba un pedazo de porcelana en mi mano, imaginé a don Arturo diciéndome una de las pocas frases teñidas de emoción que alguna vez le escuché: “Édgar, vela por el bienestar de Amanda”.

Una voz interior me reprimió con sorna: claro, ahora vuelves a imaginar al viejo de cuerpo entero porque lo acabas de desparramar en un charco.

–No es eso –dije en voz alta, disgustado con mi yo interior–. Tengo una misión y voy a cumplirla.

Ya había protegido a Amanda del delincuente enviado por Fabio, ahora la protegería de mi propio error.

Decidido y con una idea en mente, me puse en pie con energía.

***

Una hora más tarde entré a un moderno edificio de vidrios polarizados en la carrera 15. Pregunté por el salón de conferencias en la recepción, subí al tercer piso e ingresé a un amplio recinto. Encontré a unas cien personas sentadas en posición de loto de cara a una tarima de madera que se levantaba al fondo contra los ventanales. Un pegajoso olor a incienso permeaba la atmósfera. Las paredes exhibían fotos de gurús envueltos en túnicas carmesí.

En la tarima, Amanda parecía levitar a centímetros del suelo, sentada en la misma posición que sus discípulos.

Caminé hacia ella por un camino que se abría en medio de la congregación. Amanda abrió los ojos, avisada quizás por el leve ruido de mis pasos y me miró en silencio durante un par de segundos.

Pensé que bajaría furiosa a recibir la urna regañándome por la tardanza.

Sin embargo, una gran sonrisa iluminó su rostro y se puso en pie como si floreciera.

La preocupación que me invadía se desvaneció. Esa alegría de Amanda era justo lo que buscaba con mi curso de acción. Eso era lo que don Arturo me había pedido. Con mi decisión no solo la protegía de su hermano y de la crueldad del mundo, pues de los representantes de ambos, el matón y el andén, había recibido sendos golpes, sino que la hacía feliz.

–¡Papito, papito, llegaste! –gritó emocionada, saltó de la tarima y corrió a mi encuentro.

Iluso de mí, alcancé a pensar que Amanda me agradecería por traer de vuelta las cenizas. Pero se limitó a arrancarme la urna de las manos sin dirigirme la palabra.

Por supuesto, no reproché su gesto displicente y frío. Primero, porque era su personalidad, formada en medio del lujo y la distancia, llevada luego al extremo por la excesiva abstracción espiritual. Segundo, porque yo había sido el culpable de que el enviado de Fabio nos robara las cenizas. Tercero, porque yo las había dejado caer al agua. Y, cuarto, porque lo que le entregaba no eran los restos de su padre, sino una copia de la urna llena de cenizas volcánicas medicinales compradas de afán en una tienda naturista, para perplejidad del dependiente que vio esfumarse en un minuto su provisión mensual del supuesto remedio. Gracias a Paula y Julián, mis socios en la agencia de detectives, había conseguido rápido un lugar para remplazar la urna y otro para comprar las cenizas.

La congregación rompió en aplausos y vivas de alegría, claramente dirigidos a su líder y no a mí. Me uní con aplausos parcos.

Tras un minuto de alborozo, Amanda marchó triunfal a la tarima, como si ella hubiera recuperado la urna. La puso sobre un pequeño altar adornado con flores e incienso.

Se dio la vuelta y extendió ambos brazos arropando a sus fieles.

–Demos gracias a la vida por el milagro acontecido. Prosigamos nuestro rito de unión con el universo –dijo con voz quebrada por la emoción–. Meditemos juntos en la paz, la tranquilidad y el amor. Ohmmmmmmm.

–Ohmmmmmmmmm –repitió la congregación.

Por mi parte, en ese momento solo quería meditar en lo que haría a continuación. Mi ropa seguía empapada después de la caída al charco. No aguantaría así el resto de la sesión. Alcanzaría a ir a mi apartamento a cambiarme y comer algo, y volvería más tarde con la policía a acompañar a Amanda de regreso al banco. No creía que los matones de Fabio se atrevieran a irrumpir en un edificio de oficinas, en plena carrera 15, para llevarse…

–¡Ahí está! –tronó una voz a la entrada del salón.

Cien cabezas, la mía incluida, nos giramos para averiguar quién hablaba en ese tono.

El matón que yo había noqueado caminaba decidido hacia la tarima y señalaba la urna. Un clon suyo flanqueaba a quien presidía el trío: Fabio, el hermano de Amanda, de unos sesenta años, corpulento, pelo blanco y rostro ajado. Había heredado el rostro serio de caja registradora de su padre.

–Vengo por lo que me pertenece o, mejor, por lo que pertenece a Dios –dijo con una voz firme que pretendía apropiarse de la autoridad divina.

La congregación estalló en murmullos de asombro e indignación.

Caminé con pasos rápidos hacia la tarima principal

–No puedes ir contra la voluntad de mi padre, Fabio –dijo Amanda casi en llanto y se acercó a la urna cubriéndola con su cuerpo–. Él me dejó la custodia de sus restos.

–Tú no puedes ir contra la voluntad de mi padre celestial –dijo Fabio–. Él es el dueño de todo cuanto existe.

Seguramente él no le aplicaba el mismo principio liberal a sus riquezas, pensé con rabia y maldije en mi interior por no haber alertado a la policía. Por el afán de conseguir las cenizas y una copia de la urna ni siquiera se me había ocurrido.

Fabio y sus matones subieron a la tarima por lo escalones del frente.

Sería imposible luchar contra ellos. ¿Qué hacer?, ¿qué hacer?, pensé con angustia mientras trepaba la tarima del lado de Amanda.

Una idea irrumpió en mi mente. Una idea arriesgada que quizás le pondría fin a la absurda pelea entre hermanos y de paso me evitaría el remordimiento de ver cómo ambos reverenciaban un montón de cenizas volcánicas.

Fabio se acercó a Amanda y lanzó una mano al frente para apartarla de su camino.

–¡Un momento! –dije con energía y estiré mi mano con la palma en alto.

Fabio se detuvo y me miró a los ojos.

El matón con el que había luchado le susurró algo al oído.

Fabio asintió. Él ya me conocía por los servicios que yo le prestara a don Arturo en vida.

–No se interponga en mi camino, Édgar –dijo firme–. Ha llegado el momento de darle cristiana sepultura a los restos de mi padre.

–Ese momento pasó hace mucho tiempo –dije con severidad y me moví ampuloso, como maestro de ceremonias, para darle más poder a mis palabras y a lo que pensaba hacer. Miré a la congregación, luego a Amanda y a Fabio, y seguí hablando–. En cambio, ha llegado el momento de que conozcan la verdad sobre la voluntad de don Arturo –hice otra pausa y seguí con voz firme–. Como saben, yo le ayudé durante el último año de su vida en algunas misiones confidenciales. En cuanto al destino de sus restos, ustedes conocen sus creencias: no le importaban porque no creía en nada. Lo único que le importaba era el bienestar de sus hijos, su felicidad, su armonía. Por eso me dio instrucciones precisas para que en caso de disputas les revelara la verdad sobre las cenizas. Y esta es la verdad…

Me acerqué a la urna y la alcé con ambas manos, exhibiéndola con un paneo ante los presentes.

–Esto que ven aquí –dije dramático–, el contenido de esta urna, no son los restos mortales de don Arturo –hice una pausa–. ¡No! Lo que ven aquí no son más que cenizas volcánicas.

–¡Ooooooohhhhhhh, aaaaaaaahhhhhhhhh! –exclamó la congregación asombrada.

–¿Cómo? –bramó Fabio–. ¿De qué está hablando?

–Así como lo oyen, aquí solo hay cenizas de volcán –le quité la tapa a la urna, le di la vuelta y comencé a esparcir el polverío sobre la tarima y el suelo, como quien abona un jardín.

–¡Ooooohhhhhh, aaaaaaahhhhhhh! –se repitieron las exclamaciones de sorpresa.

Los ojos de Fabio desbordaban sus órbitas. Su cuerpo agazapado parecía listo a lanzárseme encima.

Pero no se movió.

Terminé de vaciar la urna y la dejé de nuevo sobre el altar, satisfecho con mi actuación.

Amanda apenas se tapaba la boca con una mano. Fabio parpadeó varias veces y se acercó despacio al reguero de cenizas. Tras contemplarlas unos segundos, me habló entre indignado e incrédulo:

–Entonces, ¿qué pasó con los restos de mi padre?

–Después de la cremación y por instrucciones previas de don Arturo –dije con seguridad–, el funcionario me entregó confidencialmente sus restos y yo los cambié por las cenizas que ven acá. Según la voluntad de don Arturo, yo mismo llevé sus cenizas al mar y allá las esparcí para que reposen por el resto de la eternidad.

–¿Al mar? –Fabio arrugó las cejas–. Mi padre le tenía pánico al mar, lo detestaba.

–Ah… –musité angustiado–. Claro, claro… pero… usted sabe cómo era su padre: un hombre determinado, de propósitos firmes, siempre dispuesto a superar nuevos retos. Quería vencer ese miedo y me dijo que así fuera después de la muerte lo lograría.

Fabio torció la boca y se rascó la cabeza. Se acercó de nuevo a las cenizas. Se agachó y abrió bien los ojos. Sacó un pañuelo, tomó un puñado del polvo grisáceo y después de envolverlo con cuidado lo guardó en uno de los bolsillos de su abrigo.

–Ya veremos si dice la verdad –dijo molesto, aunque sus labios apretados y ojos entrecerrados revelaban el sinsabor de la derrota–. Pero debo decir que no me extrañaría que mi padre haya hecho semejante barbaridad. Siempre se empeñó en señalar nuestros errores y afirmar su terquedad. Ay, padre, no me quedará más que rezar por tu alma para que Dios te tenga en Su gloria a pesar de tu blasfemia final.

Con la cabeza hundida entre los hombros, Fabio se dio media vuelta y barrió el piso con los pies. Sus esbirros se apuraron a flanquearlo y los tres se alejaron por el salón hasta desaparecer por la puerta principal.

***

De pie sobre la tarima, volví mi atención a Amanda. Al verla frágil y conmovida entre sus túnicas orientales, me sentí pleno y satisfecho, pues acababa de cumplir la misión de cuidar de ella que don Arturo me encomendara. No solo eso. Con mi acción, cuestionable quizás para quienes valoran más las formas que los sentimientos, acababa de sembrar las semillas de una reconciliación futura con su hermano.

Amanda retiró la mano que le cubría la boca y descubrí no un gesto de asombro, sino una leve sonrisa.

Dio dos pasos hasta situarse a mi lado.

–Édgar, eso fue genial, magnífico –dijo contenta.

–¿Gracias?

–¿Dónde están las cenizas?

Arrugué las cejas y miré al piso, donde evidentemente reposaban las cenizas.

–A mí nunca se me hubiera ocurrido cambiarlas –siguió Amanda entusiasmada–, aunque sí sospeché que Fabio intentaría engañarme. Por eso, cuando iban a cremar a papi pensé en contratar un test genético para asegurarme de recibir sus restos. Pero la cremación destruye el ADN. Entonces, contraté dos notarios que certificaron todo el proceso, desde que el cuerpo salió de la casa hasta que me entregaron las cenizas. El certificado quedó en la bóveda. ¿Dónde escondiste las cenizas?

Pasé saliva.

–Ahm… –balbuceé anonadado. Pensé rápido en inventar otra mentira, pero me di cuenta de que sería inútil. Bajé la cabeza. No tenía escapatoria, debía contarle la verdad. Lo único que me quedaba era esperar que no la tomara mal. Quizás… incluso le vería el lado bueno.

–¿Dónde están? –insistió.

–Ah… ah… eh… Antes de responderte, déjame decirte que me gustó lo que me enseñaste hoy… Ustedes creen en la unión espiritual de los hombres con la naturaleza, ¿cierto?

–¿Sí…? –sus cejas se replegaron sobre sus ojos.

–¿Creen que todo lo que existe es una sola cosa, porque en esencia somos lo mismo?

–Sí… –estiró el cuello.

–Bueno, entonces alégrate por tu papi, porque ya se integró del todo al ciclo de la naturaleza. Su espíritu es libre como el viento… y el agua. Lo que sucedió fue lo siguiente…

***

No sé por qué Amanda no entendió mi argumento sobre el destino de su padre. Eso pasa con algunas religiones, predican pero no aplican.

Es más, Amanda no solo no entendió mi argumento, sino que apenas salió del shock al escuchar mis palabras, se enfureció de tal manera que se lanzó a golpearme. Salté de la tarima y hui a la carrera del salón, escapando no solo de los palmetazos de Amanda, sino de las rechiflas, cojinazos y manotazos de sus seguidores, que no sabían muy bien por qué su líder me atacaba, pero la imitaban con fervor.

Fue en ese momento, mientras era objeto de sus insultos y golpes, cuando me di cuenta de que Amanda no era tan frágil como pensaba don Arturo. Y lo digo no solo por la fuerza y precisión de sus manotazos, sino por la forma como se había protegido con los notarios de las posibles trampas de su hermano. Así pues, con la seguridad de que Amanda se desenvolvería con éxito en el mundo, aceleré mi carrera y me alejé de ella con la intención de no volver a verla, y tranquilo al saber que don Arturo, esparcido en la naturaleza o en espíritu, también pensaría lo mismo y descansaría en paz.

 

*** FIN ***

 

© 2015 Santiago Restrepo. Todos los derechos reservados. Publicado originalmente en “El caso de la bóveda bancaria y otros cuentos de suspenso y humor”.

“Inversiones duplique su dinero”

Foto de Tracy Olson (Flickr.com)

Foto de Tracy Olson (Flickr.com)

Heriberto descendió la escalera portátil, se alejó unos pasos sobre el antejardín hasta situarse al lado de Yeison, su socio, y miró el letrero que acababa de colgar sobre la fachada de la casa.

“Inversiones duplique su dinero”. Las letras doradas brillaban sobre el fondo negro. A la izquierda, una mano sostenía un fajo de billetes mientras otra se aprestaba a recibir una cantidad igual.

–¡Quedó de maravilla! –dijo Heriberto exultante.

Yeison observaba el letrero en silencio, con el rostro arrugado, como si un elefante verde se acabara de posar sobre la casa.

–A mí me sigue pareciendo que nos vamos a estafar a nosotros mismos –dijo finalmente, rascándose la cabeza–. Si alguien nos da dinero y le devolvemos el doble, no entiendo cómo vamos a ganar.

Heriberto suspiró. Yeison no se caracterizaba por su agilidad de entendimiento. Ya le había explicado varias veces el funcionamiento del negocio y nada que captaba.

De hecho, Heriberto no sabía por qué seguía trabajando con Yeison. Ni siquiera le había ayudado a colgar el letrero, por su miedo a las alturas.

Bueno, en realidad sí sabía por qué: nadie más creía en sus proyectos, en sus emprendimientos. Mayerli, su esposa, ni siquiera los criticaba, se limitaba a despreciarlos con un resoplido y una mirada al techo, por lo que ya ni siquiera los compartía con ella.

–Yeison –dijo Heriberto ansioso–, entremos que pronto llegarán ríos de personas a confiarnos su dinero. Allá le explico.

***

–Es una pirámide, Yeison –dijo Heriberto, sentado detrás del escritorio, su mirada fija en la puerta, a la espera del primer cliente–. Vamos a pagarle a la gente con su propio dinero. A los primeros les pagamos con lo que otros depositen después y así sucesivamente. Como el negocio es tan bueno para los primeros clientes, siempre van a llegar, más porque ellos mismos van a regar la voz. Eso es lo que nos permite financiar los pagos. Es muy sencillo.

Yeison se rascó la quijada y miró al vacío.

Heriberto vio ruedecillas y engranajes dando vueltas en su cabeza de pepino mientras trataba de entender.

Seguramente en vano.

Heriberto suspiró y volvió a mirar a la puerta. Sabía que perdía el tiempo explicándole, pero la espera del primer cliente lo ponía ansioso y necesitaba hablar.

–Pero si alguien nos trae su dinero ahora –dijo Yeison finalmente–, ¿cómo le pagamos el doble si nadie más nos ha traído dinero?

–Justamente por lo que le dije, Yeison. Porque no le pagamos hoy, sino dentro de una semana. Durante ese tiempo vendrán más personas a dejarnos sus ahorros. Con eso le pagaremos. La clave está en el paso del tiempo y en el aumento del número de clientes.

–Pero de todas formas no alcanzaría, porque el doble es mucho más de lo que la persona trae, no hay una persona por cada persona…

Yeison bajó la cabeza y se quedó mirando al suelo. Se había enredado solo con su pregunta.

Heriberto se encogió de hombros. Miró alrededor, en una panorámica del cuarto en que se encontraban, que era en realidad la sala de una casa arrendada. Se preguntó si le faltaría más decoración. El espacio lo ocupaban el escritorio, dos asientos para los clientes y un sofá viejo que los arrendatarios anteriores habían abandonado. En las paredes colgaban un par de afiches con la misma imagen del letrero de la fachada: una mano con billetes y otra que recibía una cantidad igual.

Heriberto creía recordar que los bancos no decoraban sus oficinas, salvo por simples afiches alusivos al ahorro. Nada de flores, cuadros o estatuas.

–Bah –soltó una exclamación despectiva. Con los afiches sería suficiente. La gente no vendría a divertirse o a entretener la mirada, solamente a entregar su dinero. Quizás la falta de decoración sugería un aire de seriedad, de concentración en los negocios y no de entretenimiento… en fin. Además, ya había invertido suficiente en el arriendo de la casa y el letrero.

Una figura se movió en el exterior. Una persona, una mujer, entraba por la puerta de la reja blanca que rodeaba el antejardín. Recorrió el sendero que atravesaba el prado como si explorara una selva desconocida.

–Adelante, adelante –la ánimo Heriberto cuando llegó a dos metros de la puerta.

Se frotó las manos bajo el escritorio.

El primer cliente.

***

–¿Buenos días? –dijo la mujer asomándose desde la puerta.

–Buenos días. Adelante, adelante, por favor –Heriberto se incorporó y la invitó a pasar con una mano.

La mujer dio dos pasos cortos y recorrió el cuarto de un extremo al otro con la mirada. Tendría unos cuarenta y cinco años, vestía una falda morada y un saco del mismo color, zapatos de tacón mediano y una cartera amarilla. Su pelo crespo largo, teñido de naranja, enmarcaba un rostro en forma de pera.

–Siga, siéntese, por favor. Mucho gusto, yo soy Heriberto y él mi secretario, Yeison.

–Berta –la señora medio sonrió, se acercó al escritorio y se sentó en el asiento de la derecha. Plantó su cartera en su regazo.

–¿En qué podemos ayudarle, Berta? –dijo Heriberto servicial y también tomó asiento–. Me imagino que quiere invertir con nosotros.

–Me llamó la atención el letrero de la fachada… No tenía pensado invertir, pero me gustaría averiguar cómo funciona el negocio y saber si es seguro.

–Claro, claro, mi señora –dijo Heriberto–. Déjeme explicarle. Nosotros somos una empresa de inversión multinivel que realiza negocios en nombre de nuestros clientes, sin la intermediación de los bancos, para darles un rendimiento más alto.

–¿No será una pirámide? –Berta entornó los ojos.

–No, claro que no, mi señora.

–Pero… –comenzó Yeison confundido.

Heriberto lo pateó por debajo de la mesa.

–Ay.

–Es una nueva forma de inversión multinivel –se apuró Heriberto–, donde los usuarios, nuestros clientes, se unen para hacerle el quite a los bancos. Usted sabe cómo son esas entidades financieras: ladrones. Cobran por todo y casi no pagan intereses. En cambio, cuando uno les pide prestado, ahí sí cobran duro.

–Ay, sí, tiene toda la razón, ¿Heriberto? –dijo Berta–. Los bancos son terribles. Casi que les sale uno a deber por llevarles los ahorros. Nooooo, esa gente es muy ladrona, muy hambrienta.

Heriberto exhaló aliviado, feliz de conseguir el efecto deseado.

–Claro, claro –la secundó entusiasta–. Y, ¿sabe qué?, mi señora. El gobierno es aliado de los bancos. El gobierno no quiere que el pueblo se enriquezca. Por eso al gobierno no le gustan estos esquemas de ahorro colectivo. Porque no le damos su tajada, como si hacen los bancos.

–Exacto –Berta puso la cartera sobre la mesa–. Una amiga mía metió un buen dinero en una de esas compañías, dizque pirámides, que el gobierno cerró hace unos años. Si el gobierno no la cierra ella habría ganado millones. ¿Por qué lo cerró el gobierno? ¿Qué se hizo toda la plata que había allá? Blanco es, gallina lo pone. El gobierno, los políticos, los corruptos se quedaron con todo. El gobierno apenas ve una oportunidad le mete leyes para apropiarse de la plata de la gente. Siempre ha sido así.

–Sí, mi señora, los bancos y el gobierno roban al pueblo, es la verdad –la charla estaba tan agradable que Heriberto pensó en ofrecerle un café a Berta, para terminar de generar confianza. Pero, primero, no tenía máquina de café y, segundo, tampoco se trataba de convertir el sitio en un tertuliadero socio-financiero.

–Siempre es lo mismo –siguió Berta y retiró sus manos de la cartera–. Fíjese lo que pasó en Estados Unidos hace unos años con la tal burbuja inmobiliaria. La gente perdió sus casas y el gobierno lo que hizo fue darles plata a los bancos y a los comisionistas para que no quebraran. Y aquí en Colombia, el gobierno intervino las comisionistas fraudulentas y las dizque pirámides, y los ahorradores aún están tratando de recuperar su dinero.

–De acuerdo, mi señora –dijo Heriberto contento, pero ahora sí deseoso de concretar el depósito–. Por eso nosotros pusimos esta empresa. Para que la riqueza llegue directamente a la gente. Y, en particular, a personas como usted, Berta. Mire le explico cómo funciona esto. Usted consigna una suma determinada, digamos un millón…

Berta abrió los ojos de par en par y se echó hacia adelante en el asiento.

***

El negocio creció despacio durante la primera semana. Unos veinte clientes le confiaron sus ahorros a “Inversiones duplique su dinero”. Aunque la empresa aún no atraía las multitudes que Heriberto esperaba, iba bien para ser el comienzo.

A las ocho de la mañana, Berta, la misma mujer que inaugurara los depósitos una semana antes, entró al local acompañada por dos hombres y una mujer.

Heriberto abrió los ojos de par en par, sorprendido y agradecido por la “cola” de clientes potenciales que arrastraba Berta.

A su lado, Yeison observaba en silencio, obedeciendo al pie de la letra la orden de Heriberto: quedarse callado.

Inspirado al ver la compañía de Berta, Heriberto escogió de inmediato un curso de acción:

–¡Berta! –dijo exultante, como si acabara de reencontrarse con una gran amiga–, adelante, adelante. ¿Cómo está? Mi imagino que viene por su dinero, aquí se lo tengo listo desde esta madrugada.

–Hola Heriberto… –murmuró Berta sorprendida por la acogida.

Heriberto abrió el cajón derecho del escritorio y tomó dos fajos de un millón. Se los entregó a Berta con una venia, como si estuviera feliz de dejar partir el dinero.

Berta recibió los fajos con una sonrisa que no le cabía en el rostro.

Sus acompañantes observaban la escena con la boca abierta.

–Dicho y hecho, Berta –dijo Heriberto–. Su inversión y sus ganancias. Ha sido un placer hacer negocios con usted. Como siempre, aquí estamos para servirle. Vuelva cuando quiera.

Heriberto terminó la frase y se concentró en unos papeles que tenía en el escritorio.

En menos de los tres segundos que había calculado, Berta le habló:

–Heriberto.

–¿Sí? –dijo él indiferente, primero sin levantar la vista de los papeles, después subiendo el rostro poco a poco.

Berta seguía con el par de fajos en sus manos.

–Es que… viendo que fue tan fácil y provechoso hacer negocios con usted, quisiera saber si podría dejarle estos dos millones para invertir hasta la próxima semana… y bueno, sumarle a eso otra platica adicional que reuní.

–Pero claro, Berta, si estamos para servirle –dijo Heriberto ampuloso–. Aquí su dinero siempre será bien recibido y muy bien invertido, jeje, por supuesto.

–Y… es que… –siguió Berta–, traje a unos amigos, mis compañeros de bridge –señaló con la mano a sus acompañantes–. Les conté sobre el negocio y quería mostrarles que era cierto. ¿Ellos también podrían invertir?

–Mi querida Berta, tenemos cierto límite para recibir dinero –inventó Heriberto–, pero siendo para usted y sus amigos, con mucho gusto les recibo la cantidad que deseen. A ver, ¿cuánto quiere invertir cada uno?

***

–¿Cuánto hay en el depósito? –preguntó Heriberto, unos días después, tras una oleada de clientes que acudieron gracias a la recomendación de los primeros en recibir sus pagos.

–Ochenta millones.

Heriberto se frotó las manos.

–Excelente, Yeison, excelente –dijo feliz–. Esto va mejor de lo pensado. El “voz a voz” da sus frutos. Esto crece como espuma. ¿Y sabe qué es lo mejor?

–¿Que hasta ahora no ha llegado la policía?

Heriberto chasqueó la lengua.

–Qué policía, ni qué policía –dijo con fastidio–. Deje el miedo. Recuerde que nosotros solamente tomamos lo que la gente quiere entregar. No, Yeison, lo mejor es que la gente que invierte una vez, sigue invirtiendo, deposita lo que ganó. ¿Sabe por qué?

–Mmmm, por…

–Por la codicia, Yeison –Heriberto se le anticipó–. La gente es codiciosa, le cuesta retirarse sabiendo que puede ganar más y más. Si usted dio un millón y le devuelven dos, ¿por qué no dejar esos dos y hasta dos más, para que le devuelvan ocho, y así sucesivamente?

Yeison miraba al techo y se rascaba la barbilla con una mano.

–¿Yeison?

–Sí, sí. Pero muchas personas no han reinvertido todo. No son tan codiciosas.

Heriberto se encogió de hombros.

–Es posible –dijo despectivo–. Pero eso no importa. Estamos bien si se retiran cuatro, ocho duplican su inversión y llegan diez nuevos. No hay problema.

–Sí, sí –dijo Yeison pensativo–. Tiene razón, Heriberto. Es un gran negocio, una gran idea.

El pecho de Heriberto se ensanchó. Por fin alguien reconocía la brillantez de su esquema. Claro, era Yeison, pero era un primer paso.

–Eh… Heriberto –dijo Yeison–. ¿Será que puedo irme un rato? ¿Media hora? Tengo que hacer un trámite.

–Vaya, vaya –dijo Heriberto generoso, con la confianza en las nubes gracias a la buena marcha del negocio.

***

Quince minutos después, sentado solo detrás del escritorio y sin clientes a la vista, Heriberto pensaba en la diversidad de personas que le habían confiado su dinero: gente educada y gente sin formación, personas ricas y de escasos recursos, jóvenes y viejos. Definitivamente, pensó, la codicia es una cualidad igualmente repartida entre la población.

A propósito de personas de edad, un viejo atravesaba la puerta de la reja exterior. La cerró tras de sí con esfuerzo y recorrió con pasos inseguros el sendero del antejardín. Encorvado, avanzaba ayudado por un bastón.

He ahí un ejemplo perfecto de la codicia, pensó Heriberto. El viejo casi no tenía fuerzas para moverse, pero el afán de duplicar su dinero lo había hecho dejar su hogar y lanzarse a las agrestes calles de la ciudad con sus ahorros en los bolsillos.

De bigote y cara aceitosa, el viejo vestía una especie de capucha y gafas negras. ¿Sería ciego?

En fin, qué importaba. Lo fundamental era que trajera dinero.

Heriberto se frotó las manos. Las personas de edad suelen tener buenos ahorros.

–Adelante, señor, bienvenido –dijo Heriberto, cuando el viejo se acercó a la puerta, para darle confianza y quizás guiarlo en su ceguera.

El viejo atravesó el umbral.

Tal vez no era ciego porque no tanteaba el suelo con el bastón.

–Buenas taaardes –dijo con voz carrasposa.

–Bienvenido, siga, por favor –dijo Heriberto, la mata de la amabilidad.

–Vengo a invertir unos ahorritos.

–Claro, claro, sí señor. Siga, siéntese.

El viejo caminó hasta uno de los asientos ubicados frente al escritorio, se agarró del brazo y lo rodeó con dificultad. Se dejó caer en él y soltó un resoplido.

¿Cuánto dinero traería el viejo? ¿Cinco millones? ¿Diez? ¿Veinte?

–Cuénteme, ¿en qué puedo ayudarle? –dijo Heriberto ansioso.

–Gra… gracias –farfulló el viejo–. Quiero invertir un dinero que he ahorrado. Me dijeron que pagan el doble.

–Sí, señor. Es cierto. En una semana le devuelvo el doble de lo que deje hoy. ¿Hablaríamos de una inversión de qué monto?

–¿Monto?

–¿De qué cantidad? ¿Cuánto dinero?

–Ah, sí, sí… cuarenta y dos mil pesos –dijo el viejo entusiasta.

–¿Cuarenta y dos mil pesos? –Heriberto se desinfló.

Se había dejado engañar por el deseo. Así como hay viejos con dinero, también hay los que tienen poco y lo guardan con celo. Cuarenta y dos mil pesos… una suma ínfima, una suma que no les aportaría nada. Cuarenta y dos mil pesos no era ni lo que cargaba Yeison para una semana…

Un momento.

Heriberto examinó el rostro del viejo, su piel grasosa como embadurnada de aceite. Debajo del bigote vislumbró una sustancia blanca. Las gafas negras y la capucha no alcanzaban a tapar del todo un rostro alargado y flaco.

–¿Yeison? –dijo Heriberto sin dar crédito a su sospecha.

–¿Cómo? –dijo el viejo y se removió incómodo en el asiento–. No escucho bien, hable más duro.

–¿Qué diablos…? ¿Yeison? ¿Está loco? ¿Qué hace? –dijo Heriberto furioso y se incorporó de un salto.

–Yo como que mejor me voy –dijo el viejo y se puso de pie con una agilidad inusitada.

Heriberto apuró sus pasos y rodeó el escritorio.

El viejo arrancó a correr hacia la salida.

–¡Quieto! –gritó Heriberto.

El viejo ya iba a atravesar la puerta cuando el bastón, cruzado frente a él, se le trabó con el marco y enredó sus piernas. Se fue hacia adelante y cayó al piso con las manos al frente. La capucha se le salió de la cabeza y apareció el pelo café de Yeison.

Heriberto se detuvo a su lado con los brazos en jarra.

–¿Está loco, Yeison? ¿Qué diablos está haciendo?

Yeison se dio la vuelta, rehuyó la mirada de Heriberto y se incorporó despacio.

–Yeison –dijo Heriberto aún sin dar crédito a sus ojos–, nosotros somos los que recibimos la plata, no los que la entregamos. Tenemos ochenta millones en el cuarto de atrás. ¿Qué hace disfrazándose para traer dos miserables billetes de veinte mil?

Yeison arrastró el pie derecho contra el suelo, adelante y atrás, la cabeza gacha.

–Es que… es que, usted dijo que la plata que está guardada es para el negocio, que no la podemos tocar todavía. Entonces, yo también quería ganar algo mientras tanto. Duplicar el dinero es un buen negocio.

–Yeison… –Heriberto no sabía por dónde empezar–. Primero que todo, ya le dije, nosotros somos los que recibimos la plata. Segundo, este negocio es de paciencia. De esperar para luego retirarnos con mucho dinero. Tercero, ¿cómo le digo…? Es absurdo que usted deposite dinero, Yeison, porque ese dinero va a ser nuestro de todas formas. Espere un poco y en vez de pensar en pequeñeces, piense en grande, piense en que cuando tengamos tres mil o cuatro mil millones de pesos nos vamos.

–Pero usted dijo que no hay que ser codiciosos, que la gente pierde su dinero por la codicia.

Heriberto resopló con fuerza.

–Yeison, yo hablaba de los clientes, no de nosotros. Es diferente. Nosotros no estamos siendo codiciosos porque sabemos cómo funciona esto… bueno, porque sé cómo funciona esto… simplemente hay que esperar un poco más. No es codicia, es paciencia. Además, tres mil millones no es mucho, Yeison. ¿Recuerda cuánto alcanzaron a acumular las pirámides que surgieron en el país hace unos años? Cien veces y más ese valor.

–Sí, pero al final el gobierno intervino…

–El gobierno, la policía, el coco… –recitó Heriberto exasperado–. Deje el miedo. No estamos haciendo nada malo. Tomamos lo que nos quieren entregar. Desde que tengamos a la gente feliz, nadie se va a quejar.

–Pero la gente no está tan feliz, no todos reinvierten las ganancias. ¿Si nos va a alcanzar lo que tenemos para pagar?

Heriberto apretó los dientes y después masculló con rabia:

–Debe ser por el maldito artículo en el periódico sobre el resurgir de las pirámides. Periodistas desocupados, ¿por qué no escriben sobre deportes y esas cosas?

–¿En el periódico? Yo no vi nada de eso.

–En el panfleto que usted lee… que usted mira, no publican esas noticias. Ojalá todo el mundo leyera ese pasquín amarilloso, así tendríamos más clientes. En fin, se vienen pagos grandes, pero la codicia termina por imponerse y así mismo vendrán depósitos sustanciosos. Vamos a seguir creciendo.

***

Unos días más tarde, Yeison se sentía como un gran gerente, solo detrás del escritorio.

Bueno, quizás no como un gran gerente, pero sí como alguien importante, quizás el cajero de un banco o el dependiente de una tienda.

Porque en realidad el gerente, o mejor, el jefe, era Heriberto y, por más que no estuviera, le había dado instrucciones firmes sobre el cuidado del dinero, los recaudos y los pagos. Es más, casi podía sentirlo detrás suyo vigilándolo, listo a lanzarle un regaño.

Yeison se giró hacia atrás para cerciorarse de que no estuviera allí.

No encontró más que la pared y la puerta del cuarto donde guardaban la mayor parte del dinero.

Respiró aliviado. Heriberto todavía estaría en su casa.

Por lo que Yeison le entendió cuando hablaron por teléfono, durante el desayuno Heriberto le había contado a Mayerli, su esposa, que tendrían que mudarse de forma intempestiva a Brasil, por asuntos de negocios. Mayerli no le creyó y a punta de un feroz interrogatorio terminó por sacarle la verdad.

Heriberto había llamado a Yeison para decirle que se demoraría un rato mientras aclaraba todo con Mayerli… y ya habían pasado dos horas.

A Yeison le daba miedo Mayerli. No entendía por qué Heriberto se había casado con ella. Siempre le ponía problema a los grandes negocios que se le ocurrían.

Ahora mismo se ponía brava con Heriberto porque debían viajar a Brasil. Como si Brasil no fuera un buen país. Como si no fuera bueno huir de la gente a la que le quitarían sus ahorros.

En fin. No era su problema, que Heriberto lo solucionara.

Yeison se encogió de hombros y silbó una tonada que había escuchado la víspera en la propaganda de un caldo de gallina. Se sentía tranquilo y confiado. No entendía muy bien cómo funcionaba el negocio, pero lo cierto es que el dinero seguía acumulándose en el cuarto de atrás. Bueno, durante los últimos días había disminuido, pero Heriberto tenía razón. La codicia impulsaba a la gente a venir a la oficina y a entregar su dinero sin averiguar bien de dónde venían de las ganancias.

He ahí un ejemplo, pensó Yeison, al ver a un hombre de chaqueta negra, bluyines y botas, que atravesaba el sendero del antejardín. Caminaba con seguridad y llevaba un morral azul grande colgado al hombro.

Un ligero cosquilleó de nervios recorrió el cuerpo de Yeison. Era el primer cliente que atendería. Esperaba hacerlo bien.

–Buenos días –dijo el hombre apenas entró a la casa–, vengo a invertir un dinero. ¿Usted es el que atiende?

El tipo miró alrededor como si buscara a otra persona. Yeison no entendió por qué.

–Eh… no, mi jefe no está. Pero yo lo atiendo con mucho gusto. Siéntese.

El rostro cuadrado sin afeitar y la rudeza de la expresión del tipo le recordaron a Yeison a los luchadores de las peleas que veía los viernes en televisión.

–Gracias, así estoy bien –dijo el tipo resignado y examinó a Yeison de pies a cabeza–. Me dijeron que pagan buenos intereses.

–Sí, señor, en una semana le pagamos el doble de lo que deposite hoy.

–¿El doble? –el aspecto duro del tipo se disolvió un poco.

–Sí, señor, el doble –dijo Yeison.

–¿Y es un negocio honesto?

–Sí, señor. No queremos llevarnos el dinero de nadie.

El tipo parpadeó dos veces y sus cejas se movieron como olas. Parecía confundido.

¿Por qué sería?

–Bueno… yo quiero invertir –dijo el tipo finalmente, con algo de duda–. Me queda difícil invertir en otras partes. Los bancos piden muchos papeles y la gente lo mira a uno raro cuando saca dinero en efectivo, en fin, es complicado.

–Usted no se preocupe, que aquí le recibimos todo el dinero con gusto y sin problemas, porque necesitamos conseguir nuevos clientes para los pagos –Yeison terminó la frase con una sonrisa, satisfecho con su explicación.

El tipo arrugó las cejas. Escudriñó el rostro de Yeison durante un par de segundos.

–Lo importante es que sea fácil –dijo el tipo finalmente–, y que no haya ningún problema, claro está. Lo que voy a invertir no es solo mío, sino de mi jefe también. Ojalá nos vaya bien.

El tipo movió su mano derecha para bajar el morral del hombro izquierdo. Al hacerlo, la chaqueta se le corrió, dejando ver una pistola a un costado de la cintura.

Yeison pasó saliva.

¿Qué tal que ese tipo lo robara? Heriberto le había dicho que tuviera mucho cuidado y que no le dijera a nadie que guardaban el dinero en el cuarto de atrás.

El tipo puso el morral sobre la mesa y lo abrió.

Metió la mano y sacó un grueso fajo de billetes de cincuenta mil, amarrados con caucho.

Yeison alzó las cejas. Eso era mucho dinero.

–Entonces vuelva en una semana… –comenzó Yeison y mandó la mano al fajo.

–Un momento –lo interrumpió el tipo–. Hay más.

El hombre sacó otro fajo del morral, luego otro y otro más.

–Fiuuuuu –Yeison soltó un silbido de asombro. ¡Qué cantidad de dinero! Era justo lo que necesitaban para cubrir los pagos que se avecinaban.

El tipo decidió cambiar de método. Volteó el morral y lo sacudió. Una avalancha de fajos cayó sobre el escritorio formando una montaña. Un par se escurrieron al suelo. El tipo los recogió como si fueran migajas y los lanzó con displicencia sobre la mesa.

Yeison no creía lo que veía.

–Hay quinientos millones de pesos –dijo el tipo–. Veinticinco fajos de veinte millones cada uno. No los voy a contar, pero no se preocupe. Están completos. De lo contrario mi contador ya habría pasado a mejor vida, jeje.

–Jeje… ¿qué? ¿Cómo así a mejor vida?

–Usted solamente preocúpese porque mi dinero sea bien invertido –dijo el tipo ignorándolo–. Le dejo mi teléfono por si acaso –extendió una tarjeta blanca y Yeison la recibió–. Bueno, fue un placer hacer negocios. Nos vemos en una semana.

Sin más, el hombre dio media vuelta y salió.

Yeison se quedó observando la montaña de billetes.

***

Apenas Yeison terminó de contarle lo sucedido, Heriberto se agarró la cabeza con ambas manos y bramó:

–¿Pero cómo se le ocurre recibirle dinero a ese tipo? ¿Está loco, Yeison?

–Pero… pero… ¿Por qué no? Usted mismo dijo que necesitamos mucha plata para los pagos de esta semana. Ese señor nos llegó como caído del cielo.

–Del infierno será.

–Subido.

–¿Subido?

–Sí, porque el infierno queda abajo –Yeison señaló el suelo–. Entonces si viene del infierno tendría que subir.

Heriberto apretó los dientes y resopló con fuerza. Le dieron ganas de darle un coscorrón a su socio.

–¡Eso qué importa! –tronó finalmente–. Ese tipo debe ser un narcotraficante, Yeison. ¿De dónde cree que va a sacar tanto dinero en efectivo? ¿Por qué cree que no lo lleva a un banco?

–Porque los bancos pagan menos intereses que nosotros.

–¡No! –rugió Heriberto–. Porque los narcotraficantes no tienen cómo justificar esos ingresos y en los bancos los investigan. Los narcos tienen tanto dinero que no alcanzan a legalizarlo todo, a lavarlo en sus negocios fachada. Lo que no lavan, lo esconden, lo entierran, y a este le pareció buena idea traerlo acá. Maldita sea, es muy peligroso meterse con esa gente, Yeison.

–¿Por qué es peligroso si le vamos a pagar?

–Porque… eh…, bueno, porque uno no sabe qué pueda pasar. Es mejor no hacer negocios con delincuentes.

–Lo mismo podrían decir de nosotros.

Heriberto chasqueó la lengua con fastidio.

–Es distinto, Yeison. Nosotros somos nosotros y sabemos lo que hacemos. En cambio no sabemos ese tipo quién es, a qué mafia pertenece, qué tan peligroso es.

–Bueno, eso es cierto. Me dio miedo cuando vi la pistola.

–¿Qué? ¿Pistola? –a Heriberto se le salió la lengua con la pregunta–. ¿Estaba armado? Ay, se lo dije, Yeison, ese tipo es peligroso.

Heriberto se dio la vuelta y caminó de un lado a otro con las manos en los bolsillos y la cabeza gacha. No es bueno mezclarse con esa gente, pensó, esos hampones no respetan nada; menos si se trata de un negocio ilegal, ajeno a la protección del Estado.

–¡Ya sé qué hacer! –dijo Yeison después de unos segundos–. Si quiere lo llamamos y le devolvemos el dinero. La tarjeta con el teléfono está en el cajón. Pero le recuerdo, Heriberto, que en los próximos días tenemos varios pagos grandes.

Heriberto continuó su circuito por la oficina. El tipo ese era un hampón de cuidado, sin duda. Pero también era cierto que necesitaban el dinero. Además, que estuviera armado no quería decir que fuera peligroso. La pistola sería simplemente una herramienta para defenderse de sus enemigos del bajo mundo. Y había clientes de toda clase, él mismo lo había pensado días atrás, clientes honestos y deshonestos, clientes de moral intachable y de moral dudosa. No podía ponerse a escogerlos con lupa.

–Bueno –dijo Heriberto–, supongo que podríamos usar esa plata para pagarles a los demás. Es la idea del negocio, ¿no? En una semana le pagamos el doble a ese tipo y no le recibimos más. Y a lo mejor ese sea el momento de huir.

–Excelente idea, Heriberto. Por eso es que me gusta trabajar con usted.

–Eso sí, me falta terminar de convencer a Mayerli de que vayamos a vivir a Brasil, pero en una semana lo logro.

***

Berta parecía un árbol de navidad de lo contenta. Sus ojos brillaban y una enorme sonrisa atravesaba su rostro.

Heriberto puso su mejor cara de ponqué, escarbó en el cajón del escritorio y sacó varios fajos de billetes.

–Aquí está su inversión de quince millones y sus ganancias –dijo entre dientes, fastidiado al ver partir su dinero y a Berta tan contenta de quitárselo.

–Ay, Heri, muchas gracias –dijo amelcochada–. Es un placer hacer negocios con usted. Me ha ido superbién.

–Tan bien que me imagino que va a reinvertir –dijo Heriberto esperanzado.

–Ay, me dan ganas. Pero figúrese que le dije a Robertico, mi marido, que el carro estaba en el taller y me lo pregunta todos los días. Me toca volverlo a comprar. Le puedo dejar esto –dijo Berta y extendió la mitad de los fajos–. Pero, ¿sabe qué, Heri?

–¿Qué? –dijo Heriberto molesto por esa especie de diminutivo de su nombre y por no obtener de regreso todo el dinero.

Berta se inclinó hacia delante sobre el escritorio, se llevó una mano a la boca y habló en un susurro.

–Aquí entre nos, le cuento que puse en venta un local comercial que tengo con mi esposo hace varios años. Él no sabe nada y le voy a dar la sorpresa cuando le muestre las ganancias. Cuando me entreguen el dinero se lo traigo para que lo invierta bien.

La alegría volvió al cuerpo de Heriberto y se puso en pie entusiasmado.

–Claro, claro, mi querida Berta. Aquí la espero. Ojalá sea pronto, porque no quiero quedarme sin cupo para mi clienta favorita.

–Ay, no. Me lo guarda, Heriberto. Por lo pronto vuelvo el jueves por lo de las joyas. Ese día se cumple una semana.

–Aquí la espero con sus ganancias –dijo Heriberto y sonrió.

Berta, la primera clienta y la más fiel, ya invertía dos veces por semana.

–Es un placer hacer negocios con ustedes –le guiñó un ojo a Heriberto y se despidió de Yeison con un movimiento de mano–. Nos vemos.

Berta salió del local dando saltitos.

–Fiuuu, un local comercial –dijo Yeison sorprendido cuando Berta atravesó la reja que rodeaba el jardín exterior–. Eso es mucho dinero.

–Sí, sí… –dijo Heriberto pensativo–. Pero me preocupa… Berta tampoco reinvirtió todo. Nos estamos estancando. Incluso hemos bajado durante los últimos dos días. Los rumores sobre las nuevas pirámides nos frenan –dejó escapar un suspiro–. En fin, confiemos en la codicia de la gente. Ya nos traerán más dinero.

***

El jueves por la mañana, después de media hora sin clientes, Heriberto notó un movimiento en el exterior y estiró el cuello.

Un hombre corpulento, de bluyines y chaqueta negra, abría la reja exterior y entraba al antejardín.

–Vea, Yeison –dijo Heriberto–, un cliente nuevo. Es cuestión de confiar. La codicia lleva a la gente a…

–No, no, no… –dijo Yeison nervioso–. Es el tipo de… es el del morral con los fajos.

Una corriente fría recorrió la espalda de Heriberto.

El tipo caminó decidido hacia la puerta. Su mirada pesada, sus movimientos rápidos y su cara de pocos amigos, le dieron a entender a Heriberto que se trataba de un delincuente, de un matón.

–¿Pero no vino hace dos días? –le susurró Heriberto a su socio.

–Sí, sí… –dijo Yeison.

Calma, se dijo Heriberto, seguramente está tan contento con la perspectiva de las ganancias que quiere invertir más.

Heriberto decidió utilizar la excusa que ya había pensado para cuando el tipo retirara su dinero y quisiera reinvertir. Le diría que cada persona podía invertir máximo una suma determinada y que él ya la había sobrepasado, porque Yeison, su asistente, había cometido un lamentable error.

–Buenos días –dijo el tipo al atravesar la oficina. Le dio una mirada rápida a Yeison y luego se concentró en Heriberto–. Ah, usted debe ser el… gerente. Mucho gusto, Marcos.

El tipo no extendió la mano. Se limitó a asentir.

–Eh… Heriberto, ¿mucho gusto?

–Le cuento lo que sucede –dijo Marcos sin preámbulos–. Anteayer invertí un dinero acá, me lo recibió él –señaló a Yeison–. Pero resulta que mi jefe me lo pidió. Así que lo necesito ya.

–¿Ya mismo? –dijo Heriberto y tosió con fuerza, atorado con su saliva.

–Sí, ya mismo –dijo Marcos firme, de pie frente al escritorio, sus brazos separados de su cuerpo, cual boxeador ansioso antes del comienzo de un round.

–Eh… ah… –musitó Heriberto, desconcertado no solo por la exigencia, sino por la actitud agresiva del tipo–. Pero… pero usted depositó su dinero hace solo dos días. Le recuerdo que, según el contrato verbal, solo lo puede retirar una semana después, cuando se le entregará no solo esa suma, sino otra cantidad igual –Heriberto hizo énfasis en lo último para apelar a la codicia del delincuente.

–No me sirve dentro de una semana –dijo Marcos tajante–. Lo necesito ya. Es mi dinero… bueno, también de mi jefe… El caso es que lo quiero ya.

Lo dijo con la seguridad de quien está acostumbrado a ser obedecido.

Si por Heriberto fuera, se lo devolvería de inmediato. El problema era que creía que lo que guardaban en el cuarto no bastaría. Incluso si alcanzara, por la tarde debían hacer varios pagos grandes y se quedarían sin respaldo. El negocio colapsaría. La fortuna, las riquezas, se esfumarían.

Heriberto pasó saliva, tomó aire hasta el fondo de sus pulmones y se armó de valor:

–Con mucho gusto le daría ya mismo su dinero –dijo esforzándose por parecer amable y firme a la vez–. Pero la cláusula de permanencia estipula que no es posible. Nuestro contrato verbal…

–¿Contrato verbal? ¿Cláusula de permanencia? –dijo Marcos indignado. Su rostro se enrojeció–. ¡Qué cláusula ni qué nada! ¿Quiere ver mi cláusula de retiro?

Con un movimiento rápido, Marcos llevó su mano derecha al costado de su chaqueta y sacó una pistola que apuntó al rostro Heriberto.

Heriberto se petrificó.

–Esta es mi cláusula –dijo Marcos y movió el arma hacia Yeison, luego de vuelta hacia Heriberto–. Denme mi dinero o los enciendo a bala.

Yeison soltó un chillido ahogado, como el maullido de un gato.

El cañón de la pistola estaba a un metro de la cara de Heriberto. Nunca en su corta carrera de estafador le habían apuntado un arma. Como mucho lo habían agarrado a bastonazos, cachetadas o coscorrones. Quizás había llegado el momento de morir, pensó resignado, atracado en su propia oficina por un mafioso de segunda categoría.

¿Por qué diablos Yeison le había aceptado el dinero? Fue un error dejarlo al frente del negocio. Como también fue un error contarle a Mayerli lo del viaje a Brasil. Ha debido llevarla de sorpresa, decirle que era una segunda luna de miel, y una vez en la playa, en medio de unos cocteles, convencerla de que se quedaran a vivir allá…

Mayerli.

A pesar de todos los problemas, la amaba y la extrañaría en el más allá.

–Bueno, ¿qué espera? –dijo Marcos–. Deme mi dinero, muévase.

Pero quién sabe cuándo moriría Mayerli. Quizás Heriberto tendría que esperar mucho tiempo para que ella se reuniera con él en la otra vida. Además, que pasaría si Mayerli se enamoraba de otra persona antes de morir. Quizás compartiría la eternidad con esa otra persona y no con Heriberto, que se quedaría solo para siempre…

Heriberto apartó el pensamiento horrorizado. Quizás había alguna manera de evitar la muerte sin entregarle el dinero a Marcos. Quizás podía dialogar con él. Al fin y al cabo, volvía antes del plazo estipulado. Además, Marcos no lo mataría si no le daba el dinero, justamente porque lo perdería. Le apuntaba con el arma como amenaza, pero si disparaba y Heriberto no tenía el dinero en la casa, Marcos lo perdería. Debía inventar algo.

–Con mucho gusto le devolvería su dinero ya mismo –dijo Heriberto esforzándose por aparentar tranquilidad–. Pero en este momento su capital está trabajando para usted en una de nuestras inversiones.

–¿Inversiones? –Marcos arrugó la cara.

–Claro. ¿O usted cree que el dinero está acá… no sé, en el cuarto de atrás, por ejemplo, creciendo solo? No señor, el dinero no se multiplica solo. Nosotros lo recibimos y lo invertimos en ciertos negocios para que rinda. Lo mismo que hacen los bancos, solo que nosotros lo hacemos sin tanto papeleo y sin robar al cliente por medio de tarifas, cuotas, intereses y demás.

Marcos se rascó la cabeza con la mano libre, mientras con la otra seguía apuntándole el arma a Heriberto.

–¿Cómo así? –dijo finalmente–. ¿En qué inversiones está mi dinero?

–Bueno… –dijo Heriberto con más confianza, al notar la duda de Marcos–. Eso es secreto profesional, mi querido Marcos. Si revelo el secreto de mi negocio me surgiría mucha competencia.

–Es mi dinero. Quiero saber dónde está.

–¿De dónde sacó todo ese dinero? –lo interrumpió Heriberto, pasando a la ofensiva–. Seguramente usted no le cuenta a cualquier persona de dónde proviene, ¿cierto?

–Bueno, yo también tengo mis, eh…, mis negocios, mis inversiones.

–Exacto, a eso me refiero. Nosotros también tenemos nuestras inversiones. Nos entendemos, mi querido Marcos –Heriberto se atrevió a sonreír–. Deme un par de días para retirar su dinero y se lo devuelvo completo. Sin intereses, claro está.

Los ojos de Marcos parecían dos balas examinando cada resquicio del rostro de Heriberto.

Durante un par de segundos, Heriberto temió que su actuación se derrumbara, que su seguridad desapareciera y que Marcos, al descubrirlo, le disparara.

Un momento después el hampón bajó la pistola.

Heriberto respiró de nuevo.

–Bien, entonces vaya por mi dinero y tráigalo –dijo Marcos–. Donde quiera que esté no necesitará más que unas horas para que se lo entreguen. Así que vuelvo a las cinco de la tarde. Si no me lo entrega, lo mato.

Marcos guardó el arma como si fuera una caja de chicles. Una tranquilidad que le dio mayor peso a su amenaza.

Sin más, se dio media vuelta y buscó la salida.

Poco antes de llegar a la puerta, se giró y señaló a Heriberto.

–Ah, y no se le ocurra escapar. Voy a dejar a uno de mis muchachos vigilando.

Marcos salió al antejardín y caminó hacia la reja.

Una tenaza estrujó la garganta de Heriberto. ¿Y ahora? ¿Qué harían? ¿Cómo conseguirían el dinero? Lo que guardaban en el cuarto no les alcanzaría para Marcos y para los otros pagos del día.

–Yeison, ¿y ahora qué hacemos? –dijo Heriberto.

Yeison no dijo nada.

–¿Yeison? –Heriberto se giró a su izquierda.

Yeison movía la cabeza de un lado a otro sin parar, su boca y ojos bien abiertos.

Heriberto apretó los labios. Un ataque de pánico. Para eso le servía Yeison en los momentos difíciles…

***

Heriberto se puso de pie. Quería averiguar si podrían huir antes de que Marcos enviara al encargado de vigilarlos. Llegó a la puerta y se asomó. Marcos se subía a un vehículo plateado, parqueado unos metros a la derecha de la casa. Cinco segundos después, un hombre vestido de negro salió de la puerta trasera y caminó despacio hacia la reja de la casa.

El tipo enfocó sus ojos en Heriberto.

Era una mirada pesada, fría… de muerte. La mirada de un asesino, de alguien casi sin conciencia, a quien claramente no le importaría dispararle un arma a otra persona.

La sangre de Heriberto se heló y pasó saliva con esfuerzo.

Eso resolvía sus dudas: era imposible huir.

Heriberto arrastró los pies de vuelta al escritorio.

–¿Qué vamos a hacer, Yeison? –dijo nervioso–. ¿Qué vamos a hacer? Hay que devolverle la plata a ese tipo.

Yeison no respondió. Todavía movía la cabeza de un lado a otro.

–El tipo que nos vigila es un asesino –dijo Heriberto, más por desahogarse, que para comunicarle algo a Yeison–. Marcos ha matado y podría matar, sin duda, pero el hampón que dejó en la reja es una asesino profesional, un desalmado. Maldita plaga inmunda, ¿por qué se dedican a cosas ilegales? Sí, bueno, ya sé, nosotros también nos dedicamos a algo ilegal –se anticipó a la objeción de Yeison–, pero nosotros no utilizamos la violencia, no forzamos a nadie a hacer lo que no quiere. Por eso este país está como está: todos quieren imponer su voluntad a la fuerza. Ese tipo quiere saltarse las regulaciones de nuestra empresa, solamente porque le conviene…

–Buenas tardes, trululú –dijo una voz jovial de mujer–. ¿Cómo están mis queridos amigos?

Heriberto volteó su rostro hacia la puerta.

Berta terminaba de recorrer el sendero del antejardín moviéndose como modelo en pasarela. Vestía un enorme sombrero verde, un traje anaranjado y una cartera del mismo color del sombrero. Un atuendo que no por desagradable dejaría de ser costoso… y sin duda Berta lo habría comprado con sus ganancias.

–¿Quién es ese tipo tan feo que está al pie de la reja, Heriberto? –dijo Berta sin darles tiempo de responder el saludo.

–Ah, ehm… un vigilante –improvisó Heriberto–. Con el éxito que hemos tenido es mejor contar con seguridad, para tranquilidad de nuestros clientes.

–Ahhhh… sí, claro –dijo Berta pensativa–. Bueno, con esa cara de puño asusta a cualquier ladrón. En todo caso, Heriberto, para la imagen del negocio, yo le pondría un uniforme, para que se vea decente. Esos trapos que tiene puestos lo hacen ver como un delincuente.

–¿En qué puedo ayudarle, Berta? –Heriberto ignoró la sugerencia–. ¿Viene a invertir lo del local?

El recuerdo lo emocionó. De ahí saldría el dinero para pagarle a Marcos.

–Yeison, recíbale el dinero –dijo Heriberto sin esperar respuesta.

–No, no –Berta sacudió una mano que parecía un sonajero por la cantidad de pulseras–. No lo he vendido todavía. Apenas lo haga le traigo el dinero. Hoy vengo a reclamar lo de las joyas que empeñé, ¿se acuerda? Lo que dejé hace una semana.

–Me imagino que para reinvertir, mi querida Berta –dijo Heriberto amistoso.

–Ay, no, no puedo, Heri. Tengo que sacar las joyas. Esas casas de empeño si son rateras. Reciben las joyas por nada y cobran cada día que pasa. Peores que los bancos. Además, voy a comprar otros dos vestidos como este en una boutique divina que encontré en la ochenta y dos.

Una estocada punzó el pecho de Heriberto. No tenía plata para pagarle a Berta. Mejor dicho, sí tenía, pero si se la daba le quedaría aún menos dinero para pagarle a Marcos.

No podía entregarle un solo billete. Menos a Berta, que ya era de confianza, casi de la familia.

–Mi querida, Berta –dijo Heriberto con su mejor sonrisa–. Tenemos un pequeño contratiempo con su dinero. Ah… lo que pasa es que nos demoraron el pago de una de nuestras inversiones por… por cosas del gobierno, de los bancos, que tratan de frenar nuestro negocio. Pero a más tardar en cuarenta y ocho horas puede pasar por su dinero, fresco y abundante, para que recupere sus joyas y con las ganancias se compre más vestidos como ese tan elegante que lleva puesto.

Las líneas del rostro de Berta se aplanaron como si les pasaran una plancha.

–Pero, pero… ya pasó una semana, Heriberto –dijo angustiada–. Ese es nuestro trato, nuestro negocio. Tengo que recuperar mis joyas. Además, no he pagado la luz ni el agua por invertir con usted. Tiene que cumplirme.

–Claro, Berta. Hasta ahora le hemos cumplido y le seguiremos cumpliendo. ¿O me va a decir que no ha ganado con nosotros? Ese vestido es costoso, ¿no?

–Sí, pero es que…

–Berta, Berta –la interrumpió Heriberto–. Los negocios no son de afanes. Aquí su dinero ha producido y seguirá produciendo. Un par de días de demora no le hacen daño a nadie. Es solo un poco de paciencia, querida Bertica. Aquí la espero pasado mañana con su dinero. No se preocupe.

Heriberto se incorporó, la tomó del brazo y la guio hacia la puerta.

–Pero, pero…

–Es un placer hacer negocios con usted. La espero pasado mañana. Chao.

–Yo, un momento…

–Wilson –llamó Heriberto, inventándole un nombre al matón de la reja–. La señora ya sale.

El tipo apenas los miró.

Berta bajó la cabeza resignada y enfiló hacia la salida.

***

Quince minutos después, Heriberto despedía con promesas a un pensionado, que salió de la casa con las manos vacías y protestando.

Una hora más tarde, Heriberto había postergado otros cuatro pagos y se sentía tan confiado en su capacidad de persuasión, que se le ocurrió que para su siguiente emprendimiento a lo mejor ni siquiera necesitaba montar una fachada, sino simplemente hablar con las personas para convencerlas de que le entregaran su dinero.

Sin embargo, a las cuatro de la tarde llegaron unas ocho personas, casi al tiempo, a reclamar sus ahorros, al parecer alertadas por aquellos a quienes Heriberto había despachado antes.

Sin saber qué hacer, Heriberto se limitó a sacarlos de la casa y a echarle candado a la reja exterior.

A las cinco de la tarde la aglomeración ya era una multitud vociferante.

Por lo visto, el voz a voz no solo funcionaba para atraer clientes, sino también para alertarlos; y al parecer la alarma se propagaba más rápido que la posibilidad de un buen negocio.

Heriberto salió un par de veces a calmar a la muchedumbre. Fue en vano. Con gritos y arengas la gente exigía la devolución de su dinero.

–No podemos entregarles nada –le dijo Heriberto a Yeison, cada uno al pie de una ventana de la sala–. Esa multitud no me gusta, pero prefiero lidiar con ella a enfrentarme a Marcos y su asesino.

–No sé, Heriberto… Esa gente está enfurecida. Mire a ese tipo a la derecha sacudiendo la reja. ¿Qué vamos a hacer?

–En quince minutos intento calmarlos de nuevo –dijo Heriberto nervioso–. Tienen que entender que estas cosas pasan. Hasta a los bancos les sucede lo mismo: si todos sus clientes retiran sus ahorros al tiempo, el banco quiebra.

–Pero un banco no aplaza los pagos porque sí.

–Yo sé, yo sé –dijo Heriberto molesto y restregó su mano derecha contra el costado de su cabeza–. Hemos debido inventarnos una promoción. Ofrecer rendimientos adicionales a quienes no retiren su dinero o algo así. Es más, todavía podemos hacerlo. Elaborar una lista de la gente que…

¡Bang! ¡Bang!

Dos disparos quebraron el aire.

Heriberto se estremeció de pies a cabeza. Yeison se tiró al suelo.

¿Qué era eso? ¿Qué sucedía?

¿El guardaespaldas de Marcos disparaba acosado por la multitud?

Heriberto corrió hasta la puerta y se asomó.

–Ábrame, Heriberto, es la hora –dijo Marcos al otro lado de la reja. En un brazo en alto sostenía una pistola. A su lado, el asesino apuntaba su arma a la multitud, que atemorizada formaba un semicírculo a dos metros de ellos.

–Un momento. Voy a sacar la llave –dijo Heriberto para ganar tiempo, horrorizado al ver a los tipos con sus armas desplegadas.

Dio dos pasos hacia el interior de la casa.

Marcos había enloquecido. ¿Cómo se le ocurría abrirse paso a tiros en una calle?

Su jefe debía haberlo presionado o amenazado para que le devolviera el dinero.

El miedo le dio paso a la rabia. No era justo que ese imbécil arruinara su negocio por el capricho de retirar su dinero. No era justo que solamente por tener un arma hiciera lo que le viniera en gana, abusara de su confianza y maltratara a la gente que esperaba afuera.

Quizás… quizás había una forma de librarse de ese par de delincuentes.

Y de paso de la multitud enardecida, que dentro de poco no se contentaría con frases vacías e intentaría recuperar su dinero a la fuerza.

–Ay –se quejó Heriberto y soltó un largo suspiro.

Los sueños de fortuna habían terminado. Necesitaba salvar algún dinero, pero sobre todo su vida.

–Yeison, venga –dijo Heriberto y movió una mano.

Su socio se acercó sin dejar de dar una que otra mirada hacia fuera.

–Ya sé qué vamos a hacer –le susurró Heriberto–. Corra al cuarto de atrás, agarre unos veinte fajos de billetes y sáquelos al techo por la ventana del segundo piso. Después…

–Pero, Heriberto…

–¡Chito! –lo calló Heriberto furioso–. No es momento de peros. Deje de poner problemas por todo. Vaya, haga lo que le dije y después le explico el resto. ¡Rápido!

Yeison partió hacia el cuarto de atrás y Heriberto volvió a la entrada. Si lograba que la multitud conservara la calma un par de minutos, quizás saldría con vida y algo de dinero del lío en que se había metido.

Heriberto atravesó el sendero del antejardín.

–Apúrese, Heriberto –lo urgió Marcos, que ahora también movía el arma de un lado a otro, apuntándosela a quien más se aproximara a él.

Heriberto insertó la llave en el candado y lo abrió.

La multitud parecía una ola a punto de desbordar un frágil dique.

¡Bang! ¡Bang!

Heriberto pegó un saltó, su corazón paralizado.

Marcos acababa de disparar. La multitud retrocedió atemorizada. Se escucharon gritos de angustia.

Marcos y el sicario retrocedieron de espaldas al gentío, sin dejar de apuntar sus armas, y se escurrieron por la pequeña apertura.

Heriberto cerró y aseguró el candado.

–Vamos, vamos –dijo Marcos y caminó por el sendero–. No sé qué caos armó, Heriberto, pero más le vale que tenga mi dinero.

–No se preocupe, está todo –dijo Heriberto y señaló la puerta de la casa–. Pasemos al cuarto de atrás. Reservado para los clientes exclusivos.

Cruzaron la oficina y entraron al cuarto.

Yeison esperaba de pie, al lado de las pilas de billetes que se acumulaban en una esquina.

Heriberto se sintió orgulloso de su socio. Por fin había respondido con diligencia en un momento de crisis.

–Yeison –dijo Heriberto–, ayúdeles a los señores a contar su dinero. Yo voy a calmar a la muchedumbre.

Heriberto salió del cuarto. Debía actuar con celeridad. Dio pasos largos hasta la puerta, atravesó el sendero del antejardín y se acercó a la reja exterior.

El monstruo de mil cabezas se contorsionaba furioso. No demorarían en escalar la reja o romper el candado.

Heriberto levantó las manos con las palmas hacia adelante.

–Calma, señoras y señores, distinguidos clientas y clientes –dijo desde el fondo de sus pulmones–. Calma que vengo a realizar un anuncio importante.

Después de repetir lo mismo un par de veces, poco a poco se hizo silencio. La necesidad de información se impuso a la ansiedad.

Heriberto habló duro y con firmeza:

–Señoras y señores, “Inversiones duplique su dinero” les anuncia que va a comenzar a realizar pagos en menos de cinco minutos. Ante la afluencia inesperada de clientes, llamé a los dos guardias de seguridad que acabaron de entrar. Se les va a sancionar por abrir fuego, pero temieron por su vida. Ellos van a salir en contados instantes con todo el dinero, para pagarles a ustedes, nuestra distinguida clientela, según el orden de llegada.

Rechiflas y gritos de protesta salieron del fondo del gentío.

–Calma, calma –dijo Heriberto, feliz de sembrar el caos–. A los que no alcancen a cobrar, los guardias les entregarán un vale para cobrar dentro de un mes. Espero que…

–¡O nos pagan ya o cobramos a la fuerza! –gritó alguien desde atrás.

–Tranquilos, si no les pagan hoy cobran después –remató Heriberto–. Recuerden, se paga por orden de llegada.

Dos o tres personas que estaban cerca a la reja tomaron sus barrotes y los sacudieron con brío.

–¡Paguen, paguen ya! –gritó uno de ellos.

Heriberto se giró y regresó al trote a la casa. Atravesó la sala-oficina y entró al cuarto de atrás.

–Listo, nos vamos –dijo Marcos con un morral al hombro. Su escolta cargaba una tula repleta de billetes.

–Pero… pero… no pueden llevarse todo –Heriberto fingió consternación.

Por supuesto, sabía que los delincuentes serían fieles a su naturaleza y no resistirían la tentación de robar.

Era triste perder tanto dinero, pero no tanto como perder la vida.

Además, los fajos que Yeison había escondido en el techo serían un buen consuelo.

–Agradezca más bien que le respeto la vida, Heriberto –dijo Marcos–. Fue un placer hacer negocios con usted. Adiós.

–Adiós –dijo Heriberto–. Ah, la llave del candado.

Heriberto extendió su mano con el pedazo de metal. Marcos la recibió sin decir nada y se alejó con el matón hacia la puerta.

Heriberto le hizo señas a Yeison para que se acercara.

–Listo –le susurró–. La multitud se les va a abalanzar para recuperar su dinero. Es justo el caos que necesitamos para escapar por el techo sin que nos vean. Vamos.

Heriberto salió del cuarto.

No escuchó las pisadas de Yeison atrás.

Se devolvió.

Su socio seguía plantado en el mismo sitio.

–Vamos, Yeison –dijo Heriberto molesto–. Tenemos poco tiempo.

Yeison negó con la cabeza.

–¿No qué?

–Acuérdese Heriberto que… que a mí no me gustan los lugares altos.

Heriberto cerró los ojos y exhaló con fuerza por la nariz.

–Yeison –dijo comprensivo, pero firme–, esa multitud va a entrar enfurecida a acabar con lo que encuentre a su paso. Nos van a linchar. Vamos.

Yeison negó con la cabeza rápido.

Heriberto suspiró. No había caso. La fobia de Yeison iba más allá de cualquier razonamiento. No se atrevería ni siquiera a asomarse por la…

–Un momento, Yeison –dijo Heriberto con un mal presentimiento–. ¿Escondió los fajos que le dije afuera de la ventana?

Yeison negó con la cabeza:

–Me dan miedo las alturas.

Heriberto se golpeó la frente con la palma abierta.

–¡Arrggggghhhh! –soltó un bufido de frustración–. ¿Pero cómo se le ocurre, Yeison? –siguió indignado–. Sí será bruto. Hubiera podido al menos subirlos al segundo piso, hacer algo en vez de quedase ahí como una mata, sin…

Un griterío atronador llegó desde la calle.

La multitud comenzaba su ataque. La angustia de perder el dinero y la confianza en la fuerza del grupo superaría el miedo a las armas. Marcos y su sicario no tendrían opción alguna. Los despedazarían, los lincharían…

Y lo mismo le pasaría a Heriberto si no se movía.

Pasó saliva. Qué importaban unos cuantos fajos de billetes. Debía salvar su vida.

Yeison, paralizado por el temor, no saldría al techo.

Más de una vez Heriberto había arriesgado su vida por él, pero ahora no le quedaba más remedio que abandonarlo a su suerte.

–Yeison, escóndase –dijo afanado–. Yo me voy.

Heriberto salió del cuarto y subió por las escaleras.

El griterío que venía de la calle se asemejaba al de un estadio repleto y enfurecido.

Heriberto entró al primer cuarto y lo atravesó hasta llegar a la ventana, la misma por la que había salido a colgar el letrero con el nombre del negocio.

Miró hacia abajo. La masa de gente ya invadía el antejardín. La mayoría se arremolinaba alrededor de una pequeña montaña de personas, que seguramente cubría a Marcos y su sicario. Billetes volaban por el aire como confeti. La gente que no se había lanzado sobre la pareja se peleaba por atraparlos.

Era el momento.

Heriberto se agarró del marco de la ventana y mandó su cuerpo hacia arriba. Apoyó sus pies en el metal y pisó las tejas. Sin mirar hacia abajo, dio pasos rápidos a la derecha y remontó la pendiente del tejado hacia atrás de la casa. Tras superar la elevación, pasó al techo de la casa vecina.

Respiró aliviado. Estaba fuera del alcance del gentío. Nadie lo vería. Ahora sería cuestión de correr sobre los techos hasta el final de la cuadra y bajar a la acera de la calle vecina.

Pero antes quería dar otra mirada al espectáculo dantesco que se desarrollaba en el antejardín.

Asomó la cabeza.

La gente se empujaba, se zarandeaba, se daba puñetazos y se sumergía en el mar de cuerpos amontonados con la esperanza de atrapar algún billete.

Heriberto sacudió la cabeza y exhaló despacio.

La codicia había llevado a esa gente a arriesgar su dinero y perderlo.

Claro, él mismo, si hubiera sido menos codicioso, quizás habría podido escapar con una pequeña fortuna.

En fin, se daba por bien servido con preservar su vida y no haberse sumergido en ese mar de violencia, donde cada cual le pegaba al que tuviera más cerca, sin importar sexo o edad. Por ejemplo, una señora vestida toda de naranja, quizás Berta, blandía su cartera con fuerza hacia un hombre que intentaba atrapar un billete.

Y a un par de metros de ella, cerca de la puerta de la casa, un joven le daba un puñetazo a un viejo que se agachaba a recoger un billete.

El viejo cayó al suelo cual tronco.

Pobre hombre

Un momento.

Ese viejo, con esa capucha y bigotes… ¿Yeison?

 

*** FIN ***

© 2015 Santiago Restrepo. Todos los derechos reservados. Publicado originalmente en “El caso del oasis de la tranquilidad y otros cuentos de suspenso y humor”.

El caso del oasis de la tranquilidad

Foto de Erin Williamson (Flickr.com)

Foto de Erin Williamson (Flickr.com)

El mensaje de voz en mi teléfono celular me dejó preocupadísimo:

–Hola, Édgar –decía Amanda–, te necesito para una situación urgente en mi casa. Acá te espero. Adiós.

Eso era todo.

Suficiente para indicarme había ocurrido una tragedia.

Me explico. Hay personas que se estresan por cualquier cosa. Por ejemplo, hacen fila para comprar un helado y no dejan de zapatear a la espera de que los atiendan. Otros manejan esas fricciones normales de la vida armándose de paciencia. Finalmente, están aquellos que no se alteran con nada, los imperturbables, para quienes los problemas no son más que granos de arena en el camino.

Y después de ellos, en su propia categoría, está Amanda Baumgarten.

Se preocupa más una piedra por las acciones de la bolsa de Nueva York que Amanda por un incendio en su casa.

Por eso me inquietaba profundamente que me llamara para decirme que se había presentado una situación urgente que requería mi atención.

Le devolví la llamada para averiguar más, pero no contestó. Guardé el teléfono en mi chaqueta, mientras observaba como el bus en el que viajaba adelantaba carros represados sobre la carrera séptima.

Iba hacia el norte para entrevistar al dueño de una funeraria, quien había llamado a la agencia hace una hora. Según me había dicho por teléfono, le habían robado tres ataúdes durante las últimas semanas y necesitaba un detective privado para hallar a los responsables.

No me encontraba muy lejos de la casa de Amanda, así que se me ocurrió que podría pasar por allá y delegarle a Julián, uno de mis socios, la entrevista con el dueño de la funeraria.

Pero, por otra parte, no me agradaba mucho la idea de ver a Amanda.

Hija y heredera de un gran industrial, don Arturo Baumgarten, a quien yo sirviera en un par de casos antes de su muerte, Amanda había crecido en medio del lujo y las comodidades, sin otro afán distinto a profundizar en sus meditaciones y estudios religiosos. Gracias a esa crianza y a su sustanciosa herencia, Amanda vivía desconectada del mundo cotidiano y, si por ella fuera, se teletransportaría de su casa a su centro de meditación, donde trabajaba, y de vuelta, sin hacer absolutamente nada más en la vida. No entendía ni le interesaba entender nada relacionado con el mundo real, desde el funcionamiento del gobierno hasta el lugar de donde provienen los alimentos. Su secretaria le compraba todo, le hacía todas las diligencias. Gracias a esa personalidad exótica, en un par de ocasiones había tenido un par de malas experiencias con ella.

Por otro lado, durante el par de casos en que trabajé para su padre, el viejo Baumgarten, desarrollé cierta complicidad con él, a pesar de sus excentricidades, pues hasta su último respiro quiso que sus hijos (Amanda y su hermano Fabio) conservaran una imagen inmaculada de él y no les reveló muchas experiencias que a mí sí. Tan cercana fue mi relación con él, que antes de su muerte me pidió que cuidara de su hija, pues la notaba perdida en el mundo, y me dejó un año de salario con ese propósito. (Emolumento al que renuncié posteriormente por esas circunstancias incómodas y aburridas que mencionaba antes, cuyos detalles no vienen al caso).

Así que, de uno u otro modo, yo sentía cierta responsabilidad por Amanda. Además, aunque la agencia prosperaba poco a poco, tampoco podíamos darnos el lujo de rechazar casos, y menos de clientes habituales y adinerados como Amanda y Fabio. Clientes incómodos, cierto, pero clientes al fin y al cabo.

De ese modo, con algo de reticencia, me bajé del bus que me llevaba al norte, llamé a Julián a la agencia y le pedí que se encargara del caso de la funeraria.

Tomé el primer taxi que pasó y le di la dirección de la casa de Amanda.

***

Cuando Amanda me dijo por teléfono que me esperaba en su casa, supuse que se trataba de la que quedaba arriba de la carrera quinta, en las estribaciones de los cerros orientales de Bogotá. No era más que una de sus incontables propiedades, pero era su favorita por el diseño: una casa blanca de líneas rectas y ventanas amplias en medio de un enorme jardín zen de prados y arbustos cuidados por artistas más que jardineros. Era una de las pocas casas que sobrevivían en una zona donde la tierra se pagaba a precio de oro para construir lujosos edificios.

Después de unos diez minutos, el taxi estacionó frente a la reja de entrada que interrumpía el muro de piedra que rodeaba el jardín. Pagué, me bajé y pulsé el timbre. Por enésima vez me pregunté qué grave situación ameritaría una llamada casi de auxilio de parte de Amanda.

Veinte segundos después, Amanda salió por la puerta principal de la casa. Envuelta en una especie de túnica naranja con vetas azules, parecía levitar más que caminar sobre el sendero que atravesaba el jardín. Se veía tranquila, lo que, por supuesto, no era señal de nada, pues siempre mantenía la misma actitud. Su rostro armonioso resaltaba en medio de un pelo café brillante. Era muy linda, pero ella misma le daba poca importancia a eso.

–Hola, Amanda –dije cuando llegó a metros de la reja.

–Hola, Édgar –respondió e insertó una llave en la cerradura.

–¿Qué pasó, Amanda? –dije ávido–. ¿Para qué me llamaste? ¿Estás bien?

–Sí, estoy bien –dijo y abrió–. Ya te muestro para qué te llamé. Sigue.

Exhalé despacio y decidí ajustarme a su ritmo. Atravesé la reja, ella la cerró y caminamos hacia la casa.

–Hace calor, ¿no? –comenté por hacer charla.

–El calor y el frío son pasajeros, Édgar –dijo como si le hablara a un infante–. No te concentres en lo pasajero. El objetivo de nuestro espíritu es lo permanente.

Suspiré. Era inútil comenzar una charla sobre nimiedades. La política, la situación de la ciudad, el clima, todo existía en otro mundo para ella.

Mientras terminábamos de recorrer el sendero, me concentré en el jardín que nos rodeaba. Eso sí, debía reconocer el buen gusto de Amanda: un prado liso como una mesa de billar alojaba arbustos podados al milímetro y zonas de arena y piedra típicas de las culturas orientales. La casa blanca reforzaba la sensación de tranquilidad, a la que también contribuían los hilos de agua que bordeaban la base de sus paredes y que terminaban en un espejo frente a la puerta. Lo atravesamos por un pequeño puente de madera.

La propiedad era un oasis en medio de los edificios y el caos citadino.

Subimos dos escalones y entramos a la casa. Recorrimos un corredor enchapado en baldosines habanos, sus paredes blancas adornadas con cuadros de formas coloridas.

–Mira, Édgar –dijo Amanda cuando entramos a la sala–. Te llamé porque necesito que te deshagas de esos dos cuerpos.

Amanda se detuvo y señaló al fondo.

–¿Cuerpos? –balbuceé y seguí su índice con la mirada.

Entre los sofás y sillones anaranjados de la sala, dos cuerpos yacían tendidos en el suelo.

Abrí los ojos de par en par, al tiempo que mi corazón se aceleraba. Sin entender qué sucedía, di unos pasos hacia adelante para ver mejor por encima del sillón que obstruía mi visión.

No solo vi mejor los cuerpos de dos hombres, uno corpulento y otro más delgado, sino que lo que inicialmente tomé por una camiseta roja tirada en el suelo, resultó ser un líquido escarlata que contrastaba con el habano los baldosines.

Sangre.

Mi corazón se aceleró y mis músculos se debilitaron.

¿Qué… qué era eso? ¿Qué había pasado? ¿Dos muertos en la casa de Amanda?

Respiré hondo varias veces. Me di la vuelta.

Amanda me miraba impasible, como si yo fuera un decorador que le va a dar consejos sobre su sala.

–¿Qué… qué…? –no me salieron más palabras.

–Bueno, ya sabes qué hacer, Édgar –dijo Amanda–. Sácalos y me avisas cuando termines. Voy a meditar al jardín. Ah, y tú debes saber con qué quitar la sangre del piso. Déjalo bien limpio. Chao.

Amanda se dio la vuelta y se dirigió hacia una puerta de vidrio lateral que salía al prado.

–¡Ey, un momento! –exclamé saliendo del trance–. Un momento, Amanda, espera.

Se giró, alzó las cejas y torció el cuello.

Caminé rápido hacia ella.

–¿Estás… estás loca? –las palabras rompieron una presa y salieron a borbotones–. ¿Qué es esto? ¿Qué hacen esos cuerpos ahí? ¿Quién los mató? ¿Qué pasó? ¿Cómo así que me deshaga de ellos?

–Ay, Édgar, a mí no me preguntes esas cosas. Para eso te llame, para que te encargues del problema y te deshagas de los cuerpos.

–¿Me deshaga de los cuerpos? –dije indignado–. Yo no soy un enterrador clandestino, Amanda.

–Yo menos, Édgar. Yo soy la líder espiritual de mi grupo de meditación. Yo no sé nada de esas cosas. Tú eres un detective privado. Tú resuelves los problemas de la gente. Si quisiera llamar a la policía, ya lo habría hecho. Por algo te llamé a ti y no a ellos.

Apreté mis puños y dientes. No era fácil hablar con Amanda, menos en una situación como esa.

Respiré hondo. De nada me servía alterarme. Amanda no sabía ni le interesaba saber nada sobre procedimientos policiales.

De todas formas, debía hacérselo entender de alguna manera.

–Amanda –dije despacio, con énfasis en cada palabra–, yo debo guiarme por las leyes. No puedo ayudarte a esconder unos cuerpos o desaparecerlos. Tengo que avisar a la policía. Eso sí, puedo ser flexible en los tiempos y si hay algún peligro para ti, puedo contactarte con alguien, buscar una solución. Pero primero necesito que me digas qué pasó. ¿Tú los mataste?

–¿Estás loco, Édgar? Yo no mataría a nadie. La vida es sagrada.

Resoplé por la nariz.

–Sí, la vida es sagrada –dije esforzándome por mantener la calma–. También lo creo. Pero hay gente que piensa diferente y ataca a personas inocentes que deben proteger su integridad. Eso se llama legítima defensa.

–Si estás insinuando que yo los maté, te equivocas.

Me armé de paciencia y continué:

–Bueno, tú no los mataste, te creo. Pero están en la sala de tu casa, abaleados, al parecer. Me imagino que sabes lo que pasó… y te lo voy a preguntar. Si no me equivoco, tu religión no ve con buenos ojos las mentiras. ¿Sabes qué pasó aquí? ¿Sabes cómo murieron esos dos hombres?

–Ay, Édgar –dijo y desvió la mirada–. ¿Por qué eres tan complicado? Todo lo enredas sin necesidad.

–Bueno, si no sabes qué pasó, me voy –dije con calma–. Fue un gusto verte, Amanda. No me debes nada por la consulta. Chao.

Terminé la frase, me di la vuelta y me dirigí hacia la salida.

–Aich, espera –protestó.

Me detuve y me giré.

–Cuéntame qué pasó para ayudarte –dije comprensivo–. Es la única manera.

Amanda hizo pucheros como niña regañada.

–Bueno, ven –dijo finalmente.

Atravesó la sala y entró a un corredor cuya pared izquierda estaba formada por vidrios que iban desde el suelo hasta el techo. Permitían una magnífica vista del jardín y, detrás del muro que lo rodeaba, de los lujosos edificios que invadían la zona.

Cinco metros más adelante, Amanda entró por una puerta a su derecha.

La seguí y encontré un cuarto lleno de cojines en el suelo, cuadros de dioses y gurús, y dos pequeñas mesas con incienso y estatuillas de madera. Al fondo, una mujer sentada en el suelo, con la espalda contra la pared, sollozaba sin pausa. Sus brazos rodeaban sus piernas recogidas contra el pecho. De su cabeza hundida entre las piernas apenas se veía una larga cabellera café que se desparramaba sobre sus hombros. Vestía pantalón de cuero negro, zapatos de tacón y una blusa azul ceñida al cuerpo. Una diminuta cartera negra colgaba de su hombro derecho.

–María, María –dijo Amanda con suavidad.

La mujer levantó el rostro, miró primero a Amanda, luego a mí.

Su respiración se cortó y abrió los ojos de par en par.

–¿Quién es? ¿Quién es él? –dijo alarmada.

–Es Édgar, el detective que nos va a ayudar. Pero necesita que le contemos lo que pasó. Después se lleva los cuerpos.

–¡Ey! –dije alerta–. Yo no dije eso, Amanda. Dije que puedo ayudarles, pero no a esconder los cadáveres.

María se quitó el pelo de la cara con ambas manos y luego las apoyó en el suelo para ponerse de pie. Me acerqué y le tendí una mano.

La sujetó y con mi ayuda se puso en pie.

–Gracias –murmuró.

Era una mujer bastante atractiva, aún a pesar de su rostro convulsionado y rojo por un llanto ininterrumpido.

–¿Quieres un vaso de agua? –pregunté.

María asintió.

–En el baño, Édgar –dijo Amanda y señaló una puerta a mi derecha.

Entré, tomé un vaso que encontré al lado del lavamanos, lo enjuagué y lo llené con agua de la llave. Tomé un pañuelo desechable.

Volví al cuarto. Le entregué a María el pañuelo y el vaso.

Ella pasó el pañuelo por sus mejillas y los bordes de sus ojos e inhaló a profundidad. Tomó un par de sorbos de agua.

Respiraba más despacio, al parecer más tranquila.

–María, ¿cuéntame qué pasó? –dije con voz de seda–. Es importante que me digas la verdad para saber cómo ayudarles.

–Édgar, ¿cierto?

Asentí.

–Salgamos, por favor. Aquí no me siento bien.

Supuse que estaba cansada de llorar en el mismo sitio y que dar unos pasos le ayudaría a calmarse. Salimos del cuarto. No nos devolvimos por el corredor, sino que giramos a la derecha. Después de un par de vueltas llegamos a una moderna cocina con muebles de madera hasta el techo y unos butacos altos al lado de una mesa de centro enchapada en mármol. María se sentó. Amanda y yo nos quedamos de pie. María respiró un par de veces hasta el fondo de sus pulmones, le dio un nuevo sorbo al vaso de agua y lo dejó sobre la mesa.

–Lo que pasó fue lo siguiente. Eh… eh… ay, fue mi culpa… ay, noooooo… –un nuevo sollozo cortó sus palabras–. Ay, Édgar, es que Amanda y yo somos amigas desde el colegio. Yo la quiero mucho, es mi mejor amiga. Pero me preocupa verla tan abstraída en sus meditaciones, en su grupo, sin pensar en otras cosas.

–En nuestro interior, en el mundo espiritual, tenemos todo lo necesario –dijo Amanda en tono de sermón.

María no dijo nada. Me miró como diciendo: “Ves, te lo dije”.

–Sí, sí –dijo María por darle gusto a Amanda y siguió–. Yo asisto al grupo de Amanda porque también me gusta meditar. Me parece un plan genial, pero no para pasarme las veinticuatro horas del día en eso, sino para desestresarme, para calmarme. Y allí, en una de las sesiones, conocí a los dos tipos que están muertos en la sala. Hablé con ellos un par de veces y nos hicimos amigos. Salimos a tomar algo y a bailar con unas amigas. Hoy los traje acá para que convenciéramos a Amanda de salir a bailar, de ir a cine aunque sea, de hacer otra cosa, en vez de que esté metida en estas cuatro paredes y el centro de meditación.

–Acuérdate, María, que la ubicación del cuerpo no es importante. Lo fundamental es dónde está tu espíritu.

–Sí, sí. El caso es que los tres llegamos aquí hace como una hora y estábamos hablando normal en la sala, cuando de un momento a otro esos dos imbéciles se nos botaron encima. Uno me agarró a mí y el otro a Amanda. El tipo me subió la blusa, me manoseó y… ayyyyy –el llanto cortó la frase de María.

–No controlan sus impulsos primarios –dijo Amanda serena–. Están… estaban en una fase de desarrollo espiritual muy básica. Afortunadamente, por intervención divina no nos ocurrió nada. La armonía espiritual nos salvó.

–¿La armonía espiritual? –dijo María indignada, olvidando el llanto–. Yo te salvé, nos salvé… no sé cómo. El tipo se descuidó. Yo le daba puños en la cabeza, en la espalda, mientras él trataba de quitarme la blusa y me manoseaba. En ese momento toqué un objeto metálico en la parte de atrás de su pantalón. Una pistola. No lo pensé. La saqué y le disparé… ayyy, ¿qué hice? –el llanto la invadió de nuevo y continuó entre sollozos–. El tipo cayó al suelo. Su compañero soltó a Amanda y se giró hacia mí. Volví a oprimir el gatillo y…. ayyyyyy. Los mateeeeé, los mateeeeeeé.

–Ves, María –dijo Amanda serena–. La armonía espiritual se manifestó. Gracias a ti ellos llegaron a esta casa y gracias a ti se fueron. Eso es armonía. Murieron porque sus energías iban en contravía de la armonía universal. Era lo que tenía que pasar.

–¡No era lo que tenía que pasar! –gritó María indignada. Luego se entristeció y habló pensativa–. No debían morir. Yo los maté. Solamente quería que habláramos, que saliéramos a comer, a bailar, noooo, nooo… esto noooo. Los mateeeeeée, los mateeeeeeé, noooo.

María explotó en un llanto incontenible.

Yo no sabía qué hacer. Finalmente me acerqué y puse una mano en su espalda.

–Tranquila, tranquila –susurré.

–Deja que salgan las lágrimas –dijo Amanda imperturbable–, después vendrá la comprensión.

Las palabras de Amanda rompieron de nuevo la presa:

–Ayyyyyyyy, nooo. Casi nos violaaaaan por mi culpa. Los mateeeeé, nooooooo.

Opté por buscar unas servilletas y dejar que María se desahogara. Después de medio minuto, volvió a ser consciente de sus alrededores. Su llanto se suavizó. Le pasé las servilletas. Se limpió el rostro y los ojos.

Amanda no decía nada. Miraba a su amiga como quien espera a que un niño caprichoso se calme.

Era momento de pasar a la acción.

–Bueno –dije calmado pero firme, mirando a María–. Claramente este es un caso de legítima defensa. Esos dos tipos querían violarlas y tú actuaste para defenderte a ti misma y a Amanda, un acto heroico y valeroso de tu parte. Quizás no solo las habrían violado, sino luego asesinado para que no denunciaran. La Fiscalía no presentará cargos en tu contra, María, te lo garantizo. Ahora lo que debemos hacer es llamar a un abogado y a la policía, y…

–¡No! –me interrumpió María espantada.

Su grito me sobresaltó.

–No podemos llamar a la policía, no, no, no –siguió María y sacudió las manos como si se le quemaran.

–Por eso fue justamente que te llamé, Édgar –dijo Amanda–. Para que soluciones esto sin llamar a la policía.

–¿Por qué no podemos llamar a la policía? –dije confundido.

–Porque… porque… –comenzó María insegura–. Ay, no. Yo no he debido meterme con esos tipos. Pensé que eran sanos, tranquilos. Lo que pasa es que… a ver te cuento… una noche que salí con ellos, conocí al hermano del que intentó violarme: Fernando Grisales, un joven de buena familia que terminó metido de distribuidor de drogas y, fuera de eso, adicto. Vive muy nervioso, incluso paranoico. Y como mete la mitad de lo que vende, le debe mucho dinero a su jefe, un tal “Martillo”. Yo solamente lo vi esa noche, no más. Qué asco. Pero me contó que su vida era un desastre, que estaba a punto de perderlo todo, incluso su vida. Que lo único que le daba fuerza para seguir luchando era su hermano y que si algo llegaba a pasarle sería capaz de matar a quien le hiciera daño. Ayyyyyy, nooooooooooo. Me va a mataaaaaaaar.

María se perdió en un nuevo lamento lloroso.

Claramente se encontraba en shock por lo sucedido: habían intentado violarla, había matado a dos personas y ahora, para colmo, una amenaza de muerte pesaba sobre sus hombros.

María se había metido con las personas equivocadas. Yo no conocía al tal Fernando, pero sí había escuchado sobre la organización de alias “Martillo”, que había conquistado buena parte del mercado de las drogas sintéticas en Bogotá a sangre y fuego.

Justamente por eso, lo mejor sería avisar a la policía para que protegieran a María de cualquier represalia. El problema sería dárselo a entender en el estado en que se encontraba.

Esperé a que se calmara un poco y volví a hablar:

–María, lo mejor es avisar a la policía. Ellos tienen programas de protección para personas amenazadas.

Pensé que estallaría en llanto con fuerzas renovadas, pero respiró rápido por la nariz y luego habló mientras se secaba los restos de las lágrimas:

–No, Édgar, es que no entiendes. Fernando es muy nervioso, su vida está en crisis, está a punto de explotar por cualquier motivo. No le importaría matarme y luego pegarse un tiro. No le importa nada.

–Sí, pero…

–Édgar –me interrumpió Amanda–, María tiene razón. Fernando está en una situación espiritual muy delicada. De verdad sería capaz de matarla. No tiene nada que perder.

Parpadeé varias veces.

–Un momento –dije sorprendido–, ¿tú lo conoces?

–Claro –dijo Amanda–. Fernando fue el primero en asistir a mi grupo de meditación. Después se retiró, pero su hermano comenzó a ir. Ahí conoció a María.

–¿Por qué no me dijiste que conocías a Fernando?

–Pensé que ya lo habías deducido. Eres un detective, ¿no?

Ignoré el comentario de Amanda y arrugué las cejas, extrañado. Allí había algo raro. ¿No se supone que quienes se acercan a un grupo de meditación, quienes tienen inquietudes espirituales, deberían estar en un estado calma y tranquilidad ajeno a cualquier intento de agresión sexual?

–¿Tú conociste a los que están en la sala, Amanda? –dije.

–No, no. Solamente supe que uno de ellos era hermano de Fernando, pero antes de hoy nunca hablé con él.

–Y con Fernando sí hablaste.

–Sí, claro.

–¿De qué hablaron? ¿Qué te dijo?

–¿Y eso qué importa, Édgar? Lo que hablo con mis discípulos tiene el propósito de guiarlos a su luz interior, no le importa a nadie más. ¿O de cuándo acá te importa el bienestar espiritual de los demás?

Resoplé con fuerza y miré hacia arriba.

–Es posible que sea importante para el caso, Amanda –dije paciente–. Por eso te pregunto. Como ves, tus dos discípulos, muertos a tiros, poca luz interior encontraron. Algo falló y quiero saber qué fue.

–Fallaron porque no se comprometieron con el proceso –dijo digna–. Pero, bueno, si quieres saber qué hablé con Fernando, te lo cuento. El día que lo conocí llegó al centro de meditación muy nervioso. Me dijo que tenía problemas. Que sufría una adicción a las drogas y que tenía una deuda grande con su jefe. Mi deber no es juzgar a las personas, sino ayudarles. Le dije que asistiera a las sesiones y que buscara la paz interior.

–¿Eso fue todo lo que hablaron?

–Ese día sí. Después de unas tres sesiones se me acercó de nuevo. Seguía muy nervioso y me dijo que se sentía mal. Yo le dije que esas sensaciones eran pasajeras, que lo único relevante, lo único que debía buscar, era la paz interior. Una vez más le pregunté qué era lo que más le inquietaba y me dijo que las deudas con su jefe, porque lo había amenazado.

–¿Y tú qué le dijiste?

–Que había dos maneras de resolver eso, como todos los problemas. La primera es la forma difícil, pero provechosa a largo plazo, que consiste en hallar la paz espiritual que luego se refleja en bienestar material. La segunda, la forma fácil, mundana, sería conseguir plata prestada y pagarle al jefe. Le dije que para mí no sería ningún problema ir a mi casa y prestarle esa plata, pero que no lo haría porque de esa forma no le ayudaría a encontrar la verdadera solución a sus problemas.

–¿Y qué te dijo?

–Nada. Se quedó pensando y se fue. No volvió. A la siguiente sesión vino su hermano.

Asentí con gravedad mientras conectaba los puntos para inferir lo que evidentemente había ocurrido. Fernando, acosado por las deudas con su jefe, había terminado por ver en Amanda no una solución a sus problemas sicológicos o espirituales, sino a sus necesidades económicas. Amanda le había dicho que le sobraba dinero, más del que él se imaginaba, por cierto, y le había dicho que guardaba parte en su casa. Después de esa sesión, Fernando había enviado a su hermano para que conociera a Amanda. Su hermano, sin adicciones, podría crear más confianza. Él debió ver a María hablando con Amanda, como amigas, y decidió conocer primero a María. Luego fue cuestión de hacerse amigo de ella y sugerirle que visitaran a Amanda. Una vez entraron a la casa hace un par de horas para robarla, decidieron matar dos pájaros de un solo tiro: violarlas primero, para luego matarlas y buscar el dinero. Solo que los dos pájaros muertos resultaron siendo otros.

–Bueno –dije resuelto–, eso lo explica todo. Lo que sucedió fue lo siguiente…

Un timbre de teléfono me interrumpió.

María escarbó en su cartera y sacó un celular rosado.

–¡Ay, ay, es él, es él! –dijo angustiada y casi suelta el aparato.

Mi corazón se aceleró. Al no recibir un reporte de su hermano, Fernando quería averiguar qué sucedía.

–Tranquila –dije–, contéstale y ponlo en altavoz. Si pregunta por su hermano, dile que… dile que se fueron, que no sabes nada. Con eso ganamos tiempo.

–Ay, no, yo estoy muy nerviosa. Habla tú, Amanda.

Amanda me miró.

Asentí con seguridad.

María deslizó un dedo sobre la pantalla y oprimió el botón de altavoz. Puso el aparato sobre la mesa.

–¿Aló? ¿María? –dijo una voz ronca al otro lado de la línea.

–Hola, Fernando, hablas con Amanda.

–¿Amanda? Ah… eh… este es el teléfono de María, ¿no?

–Sí, es que ahora no puede hablar. ¿Quieres que le diga algo de tu parte?

–No. Llamaba para saber si han visto a mi hermano. Me dijo que a lo mejor pasaba por tu casa, pero no contesta el teléfono.

–Aquí está tu hermano –dijo Amanda–. Pero está mal. Puedes pasar a recogerlo cuando quieras.

Los ojos se me salieron de las órbitas y mi corazón azotó mi pecho. ¿Qué diablos decía Amanda?

Mandé mi mano al teléfono celular.

–¿Cómo así? –dijo Fernando–. ¿Qué pasó? Bueno, ya voy para allá. Estoy cerca. Chao.

–Chao –dijo Amanda.

Agarré el aparato e iba pulsar el círculo rojo, pero ya era demasiado tarde. Fernando había colgado.

Tiré el teléfono de vuelta al mostrador y me agarré la cabeza con las manos. María estalló en llanto.

–Ayyyyy, me va a mataaaaaaar. Fernando me va a mataaaaaar –chilló María.

–Amanda –dije furioso y en pánico–, ¿qué hiciste? ¿Estás loca? ¿Cómo le dices que venga? Su hermano está muerto en la sala.

–Édgar, no es bueno mentir. Tú mismo me lo recordaste hace un rato. Es mejor decir siempre la verdad. Además, para eso estás tú, para que hables con él y soluciones el problema.

–¿Estás loca? –dije sin dar crédito a lo que oía–. Ese tipo está desequilibrado, paranoico. La muerte de su hermano lo va a terminar de tostar. Nos va a matar a todos. ¿Cómo se te ocurre, por Dios?

Mi corazón latía a mil por hora.

–La verdad es el único camino armonioso, Édgar.

Iba buscar otra forma de hacer razonar a Amanda, pero recordé que era inútil. Ella se guiaba por sus intuiciones espirituales. Lo demás le resbalaba.

Debía buscar por mi cuenta una solución o Fernando nos mataría. Si no le abríamos, sería capaz de saltar la reja y meterse a la fuerza.

–Ayyyyy, nooooooo, me va a matar, Fernando me va a matar –chilló María.

La única opción era llamar a la policía. Que detuvieran a Fernando con cualquier pretexto para ganar tiempo y proteger a María.

Moví mi mano hacia el teléfono, pero me detuve a mitad de camino.

La policía no llegaría a tiempo.

Fernando debía estar cerca de la casa de Amanda a la espera de noticias.

Llegaría en cualquier momento.

–Ayyyyy, nos van a matar, ayyyyyy –se descuajó María.

–Tranquila –dijo Amanda–, la armonía espiritual está con nosotros. Vas a ver que no pasa nada.

Apreté los dientes con ganas de callar a Amanda, pero me contuve.

¿Qué hacer, qué hacer? ¿Tomar la pistola con la que María había matado a los dos tipos y enfrentarme a Fernando?

No. Yo no era experto en armas. El tipo me mataría.

¿Escondernos? ¿Meternos en un armario?

Tampoco. Fernando registraría la casa en busca del dinero.

¿Qué hacer? ¿Qué hacer?

En ese momento, no sé cómo, se me ocurrió la solución.

–Amanda –dije–, dame una descripción de Fernando. Rápido. ¿Cómo es?

***

A media cuadra de la casa de Amanda, sobre el andén, comencé a caminar de un lado a otro en un circuito de pocos metros. Examinaba a cada uno de los escasos peatones que veía en busca de los rasgos que encajaran con la descripción de Fernando.

Mientras esperaba, juré que nunca aceptaría una nueva solicitud de Amanda. Siempre terminaba en situaciones extrañas, incluso con riesgo para mi vida. En cambio, a ella nada le pasaba y ni siquiera se alteraba. Seguramente, en ese mismo momento estaría cantando o meditando, indiferente a la aproximación de un asesino, a los dos cadáveres que yacían en su sala y al dolor de su amiga que se desbarataba en una crisis nerviosa.

En eso pensaba, cuando a mi izquierda, sobre el andén del otro lado de la calle, una figura dobló la esquina. De inmediato identifiqué a Fernando: un hombre de un metro setenta, apenas más alto que yo, de rostro flaco y alargado, cejas espesas, pelo negro desordenado y grasiento, nariz torcida. Vestía bluyines y chaqueta café. Caminaba acelerado, nervioso. Su rostro demacrado y seco evidenciaba los estragos de la droga.

Una corriente de nervios recorrió mi estómago. Era el momento.

Crucé la calle y me acerqué a él.

–Fernando –lo llamé cuando lo tuve a dos metros.

Levantó el rostro y se llevó una mano a un costado de la chaqueta, como si fuera a sacar un arma.

–¿Qué pasó? –dijo levantando la quijada–. ¿Quién es usted?

–Tranquilo, tranquilo –le mostré mis manos vacías.

–¿Qué quiere? –dijo acelerado.

–Fernando, vengo a ayudarlo. La policía le está tendiendo una trampa.

Sus ojos se abrieron de par en par.

–¿Una trampa?

–Hubo un tiroteo en la casa de Amanda y la policía dio de baja a dos ladrones. Uno de ellos era su hermano, lo siento.

Fernando no dijo nada. Su mirada se perdió en el vacío.

–La policía lo está esperando para capturarlo como determinador de tentativa de homicidio, secuestro extorsivo y hurto agravado. Su hermano y otra persona retuvieron a Amanda y a su amiga e intentaron violarlas. Ellas alcanzaron a llamar a la policía. No sé si las pruebas alcancen para inculparlo a usted, pero si se aparece por allá no les quedarán dudas.

–¿Mi hermano está muerto? –preguntó casi sin aliento.

–Sí. Lo siento.

Miró al andén varios segundos, envuelto en un aura negra. Después levantó la mirada como si recordara algo.

–Un momento, pero… ¿quién es usted? ¿Por qué me dice esto?

–Fernando, mi querido Fernando –dije con el tono de superioridad de quién se sabe poseedor de un poder sobre otra persona–. Usted no puede ir solo por la vida. Su adicción lo tiene destrozado y su situación económica es un caos. Sin embargo, hay alguien que se preocupa por usted. Pero, créame, no lo hace por buena persona. Lo hace porque usted tiene una deuda importante con él, con mi jefe, una deuda que imagino no habrá olvidado.

–¿Su jefe? ¿Ma… Martillo es su jefe?

–A Martillo le desagrada que le demoren los pagos de lo que le deben. Pero le molesta más que nunca le paguen. Y en la cárcel usted nunca va a conseguir el dinero para pagarle. Huya ahora que puede y consiga la plata. La paciencia de mi jefe tiene límites. Y usted sabe qué pasa cuando él pierde la paciencia…

–Sí, sí… claro –dijo nervioso–. Yo quiero pagar… voy a pagar. Justamente este “trabajito” era para conseguir un buen dinero. Pero…

–Ese no es problema de mi jefe. Siento lo de su hermano, pero tómelo como una segunda oportunidad para su vida. Váyase y consiga lo que le debe.

Fernando bajó la cabeza.

–Sí, sí –musitó y se dio media vuelta.

Contuve la respiración mientras Fernando se alejaba despacio, arrastrando los pies.

Durante varios segundos creí que regresaría y pediría más detalles.

Sin embargo, al parecer, el miedo a la policía, a la cárcel y a Martillo superaba sus inquietudes. Le dio la vuelta a la esquina por la que había llegado y desapareció.

Fernando tendría mucho que asimilar. No solo la muerte de su hermano, sino la posible persecución de la policía y la necesidad renovada de conseguir el dinero para pagarle a Martillo.

En fin, eran sus problemas y seguramente los tenía bien merecidos.

Esperé un minuto más por precaución y cuando comprobé que Fernando no regresaría, me di la vuelta y caminé de regreso a la casa de Amanda.

Sentía como si me hubieran quitado un piano de encima.

***

Cuando atravesé el corredor de la entrada y llegué a la sala, lo primero que vi fue a Amanda sentada en posición de loto sobre el sofá, los ojos cerrados, a menos de un metro de los cadáveres. El charco de sangre se había expandido y tocaba las patas de uno de los sillones.

–¿Qué haces, Amanda? –dije escandalizado.

Abrió los ojos despacio.

–Shhhhh, Édgar, estoy realizando una limpieza espiritual para alejar las malas energías.

–Ah, qué bien, me alegro por ti. Ah… y de nada –dije con sorna–, ya resolví el problema con Fernando.

–Sí, ya sé. ¿Para qué crees que te llamé?

Apreté mis manos y casi suelto un grito de rabia.

Pero de nada serviría. Así era Amanda.

–Ahora sí voy a llamar a un amigo de la policía –dije–, él te ayuda en lo que falta. También voy a pedir una ambulancia para tu amiga, que estará nerviosa todavía. Con eso termino. En cuanto al pago…

–Sí, sí, Édgar. Eso arréglalo con mi secretaria en el centro de meditación.

–Claro, claro –dije y entendí que ya había terminado allí–. Bueno, adiós, Amanda, que te vaya bien.

–Lo mismo, Édgar. Chao.

Me di la vuelta y me alejé hacia la salida.

–Édgar –llamó Amanda.

Me giré.

–¿Sí?

–Te doy un consejo. Cuando vayas por tu pago al centro de meditación, aprovecha y entra a una de mis sesiones, porque hoy te noté muy estresado y nervioso. No sé qué te pasa. Tienes que controlar eso, calmarte un poco.

*** FIN ***

© 2015 Santiago Restrepo. Todos los derechos reservados. Publicado originalmente en “El caso de la bóveda bancaria y otros cuentos de suspenso y humor”.

El caso de la mansión del dolor y el placer

Foto de Matt Burleson (Freeimages.com)

Foto de Matt Burleson (Freeimages.com)

–No entiendo por qué no entro yo –dijo Julián, medio en broma, medio en serio, y detuvo el automóvil frente a la reja del predio donde se alzaba la mansión–. Yo soy el más sociable de los tres.

–Exacto –dije–. Por ser el más sociable se te puede ir la lengua en un trabajo encubierto. Acuérdate lo que pasó cuando te infiltraste en el grupo de estafadores.

–Bueno… cualquiera comete un error –dijo Julián compungido.

–Mentiras, Julián –dijo Paula en tono de broma, sentada a mi lado en el asiento de atrás–. En realidad no es por eso. Es porque Édgar y yo tenemos el glamur que requiere este trabajo –Paula sonrió al atizarlo más–. Míranos como nos lucen estos trajes. Además, a ti te queda muy bien el papel de conductor. Eso sí, enderézate la gorra. A lo mejor te ve alguno de los ricachones y te contrata.

–Me la voy a quitar más bien. Voy a conquistar a una mujer que venga sola y nos vemos adentro.

–A eso me refería justamente –dije ahora un tanto serio–. Te pones a hablar y se te olvida tu labor. Ten cuidado. Más bien descansa y nos vemos más tarde. Ah, el teléfono.

Lo saqué del bolsillo y se lo pasé. Ramón Higuera, el cliente que nos había contratado para el caso, nos dijo que en las supuestas veladas literarias a las que asistía su esposa se prohibían los teléfonos para “no interrumpir ni distraer”.

–Vamos, dama –le dije a Paula con exagerada amabilidad.

–Vamos, caballero –respondió ella.

–Julián, la puerta, por favor –le dije como si fuera mi mayordomo, para picarlo más.

Julián resopló molesto, pero se bajó del carro que habíamos alquilado para la ocasión, dio la vuelta por detrás y abrió la puerta del lado de Paula.

***

–No sé si hemos debido aceptar el caso –dijo Paula apenas atravesamos la reja exterior e ingresamos al predio–. Me parece raro.

La mansión blanca de tres pisos se alzaba imponente contra el fondo de los cerros orientales en una noche de luna llena. Se trataba de una construcción antigua, de las primeras casas de recreo que los bogotanos construyeron al norte de la ciudad. En sus amplios jardines abundaban los árboles y los arbustos podados en forma de jarrones y animales. Caminábamos por un sendero empedrado.

–¿Qué le ves de raro? –dije–. Yo no le veo nada de raro. Al contrario, es un caso interesante y nos pagan bien. ¿Qué tal que todos los casos fueran de esposos infieles o robos a empresas?

–Este es un caso de esposos infieles.

Las farolas que bordeaban el sendero creaban proyecciones móviles y alargadas de nuestros cuerpos sobre las piedras, mientras avanzábamos hacia la mansión.

–Sí –dije–, pero no es de seguirlos en moto por toda la ciudad. Simplemente venimos a disfrutar un evento social, una velada literaria al parecer, en una mansión. Cualquier agencia de detectives se pelearía por este caso.

–No sé… –dijo Paula dudosa.

Por supuesto, para mí el caso no era lo único interesante. Paula me gustaba, me atraía. Pero después de un par de situaciones incómodas que vivimos en otros casos de la agencia de detectives, tuve que postergar mi interés en ella. Esta velada me servía de excusa perfecta para causarle una buena impresión y retornar siquiera a una especie de normalidad sobre la cual construir la posibilidad de una relación. No me parecía ideal mezclar trabajo con romance, pero la oportunidad se había presentado y debía aprovecharla. Ramón Higuera, el cliente, necesitaba una pareja para averiguar si su mujer se veía con alguien o le era infiel durante las supuestas veladas literarias a las que ella asistía mientras él viajaba al exterior por asuntos de negocios.

–¿Qué te hace dudar? –dije mientras escuchaba el repiqueteo de sus tacones sobre las piedras y al fondo el rasgar de la brisa entre las copas de los árboles.

–Por ejemplo, me parece raro eso de no traer teléfonos celulares.

–Es para que la gente se desconecte. Imagínate una velada literaria con la gente chateando, contestando mensajes y hablando por teléfono. No tendría sentido.

–Lo de dar una clave para entrar también es raro… Además, ni siquiera sabemos exactamente qué evento es, no sabemos si de verdad es una velada literaria.

–Para tu información ese es nuestro trabajo, averiguar cosas que no se saben.

–Jaja, tan bobo, Édgar. En serio.

–Jeje, yo también hablo en serio. Ramón tampoco sabe si se trata de una velada literaria, para eso nos contrató. ¿Qué otra forma tiene él de averiguar, mientras está fuera del país, de qué tratan esas reuniones, qué hace su esposa en ellas y con quién va? Ninguna. Para eso contrata a la mejor agencia de detectives de la ciudad. Lo de la clave que piden para entrar debe ser una excentricidad de ricos, como ese arbusto en forma de gato –señalé hacia mi derecha.

Paula desvió la mirada hacia el animal esculpido.

–Mmm, no sé… –dijo escéptica–. ¿Y cómo hizo Ramón para conseguir la clave?

–La vio en un correo electrónico de su esposa, junto con los datos de la reunión. No seas tan suspicaz.

–Para tu información es parte del trabajo de detective ser suspicaz.

Reí y ella me secundó. Llegamos al pie de la escalera que subía en semicírculo a la puerta principal de la mansión.

–Vas a ver que no es nada raro –dije para darle seguridad–. Voy a prender el micrófono.

Activé el pequeño interruptor que llevaba en la solapa. Ramón Higuera quería escuchar todo a su regreso y me había proporcionado el aparato. Nuestra otra herramienta sería un esfero con una cámara para obtener pruebas de la infidelidad de su esposa, en caso de presentarse. Antes nos había dado una foto de ella, una atractiva rubia de unos treinta y cinco años. Ramón Higuera, por su parte, tendría unos cincuenta y cinco años y una apariencia de académico o profesor, gracias a su barba y bigotes puntudos, su chaleco y reloj de cadena, aunque en realidad se trataba de un empresario con grandes negocios en el país y el exterior.

–Bueno, llegó el momento –dije e inhalé hondo. Tomé a Paula de la mano y subimos la escalera.

Toqué el timbre a la derecha de la puerta.

***

–¿Quién es? –dijo una voz templada de mujer unos segundos después–. Es tarde para recibir visitas.

–Somos dos amigos de la casa –repetí la clave que Ramón me había dado–, venimos a cumplir lo pactado.

Nadie respondió.

La chapa rechinó y la gruesa puerta de madera pintada de blanco se movió, dando paso a la luz interior y luego al rostro alargado de una mujer de unos cincuenta años, nariz respingada y peinado en forma de trofeo. Vestía un largo traje negro y un collar de perlas. Por un momento me dio la impresión de estar ante una figura de cera de museo.

–Bienvenidos, sigan, por favor, esta es su casa. Mucho gusto, Ifigenia –dijo la mujer y estiró una mano blanca y delgada.

Paula y yo nos presentamos y entramos a la mansión. Unas treinta personas, hombres de traje y mujeres con vestidos largos, se repartían en pequeños grupos en un amplio vestíbulo enchapado en mármol que debía ocupar todo el ancho de la casa y de cuyo elevado techo colgaban enormes racimos de cristal iluminado. En los extremos, dos amplias escaleras en semicírculo llevaban al segundo piso. Al fondo, un corredor se adentraba en la mansión. Cuadros de paisajes al óleo decoraban las paredes.

No habíamos avanzado un metro, cuando un hombre más bajo que yo, de gafas, nariz pronunciada y rastros de pelo gris en los costados de su cabeza redonda, se movió como si diera pasos de baile para llegar frente a nosotros. Traía de la mano a su pareja, una mujer flaca y desgarbada, con una sonrisa más enredada que su pelo crespo.

–Bienvenidos, bienvenidos –dijo el hombre deshaciéndose en amabilidad y extendió su mano–. Sigifredo. Mi esposa, Rupertina. No los habíamos visto por acá.

–Gracias –dije y extendí mi mano–. Édgar.

Paula también se presentó. Habíamos acordado utilizar nuestros nombres verdaderos.

–¿Nerviosos? –dijo Sigifredo.

Paula y yo nos miramos un segundo. Sigifredo sonreía examinándonos por encima de sus anteojos.

–¿Por qué? –dijo Paula.

–Bueno, recuerdo mi primera vez. ¿Te acuerdas, amor? –Sigifredo se giró hacia Rupertina, que asintió–. No es fácil socializar con gente desconocida en una circunstancia como esta.

–Sí, un poco nerviosos –se me adelantó Paula con habilidad. No debíamos revelar nuestra ignorancia, pero sería bueno averiguar de qué se trataba la velada–. No sé si estamos preparados, no sabemos….

–Tranquilos, tranquilos –la interrumpió Sigifredo–, es cuestión de dejarse llevar por el yo interior, el yo profundo. Todos conocemos nuestra verdad, pero a veces se nos olvida. Caminamos por la vida experimentando sensaciones, pero sin ser conscientes de su trascendencia.

–Claro, claro –dijo Paula–. Es importante buscar la verdad.

Por lo tanto, deduje, debía tratarse de una de esas sesiones de autosuperación o de la nueva era. Cada vez era más común que un grupo de gente contratara a un guía sicológico o espiritual para charlas caseras, de entrada restringida, en vez de asistir a un salón de conferencias u otro recinto público.

–¿Hace cuánto vienen ustedes? –preguntó Paula.

Sigifredo y Rupertina se miraron y sonrieron.

–Tres meses –dijo ella–. Nos ha servido mucho como pareja y como personas. Es un proceso de desarrollo que a cualquiera le sentaría bien. No es fácil, pero solo lo difícil produce verdadero aprendizaje.

Mientras Paula seguía la conversación, aproveché para dar una mirada alrededor y buscar a la mujer que debíamos vigilar, la esposa de Ramón. Se llamaba Valentina, medía poco menos de un metro setenta y su pelo rubio enmarcaba un rostro bastante atractivo. A primera vista no la hubiera considerado como la pareja de Ramón, un hombre mayor, no muy atractivo y chapado a la antigua. Sin embargo, no era la primera vez que un industrial se emparejaba con una mujer más joven y atractiva que él.

–Lo bueno de esto –le decía Sigifredo a Paula mientras yo buscaba el cabello rubio entre la concurrencia–, es que todos dejamos afuera nuestros títulos, nuestra personalidad pública. Aquí somos personas, seres humanos. Aquí no hay jueces, embajadores, ni empresarios. Hay gente de carne y hueso. Lo demás es irrelevante. ¿Sabes por qué?

Encontré a la mujer en un grupo de cuatro personas, al otro extremo del vestíbulo, radiante en un vestido largo verde esmeralda.

–¿Por qué? –dijo Paula.

–Porque en nuestra vida cotidiana nos esforzamos por tapar nuestra experiencia sensorial por medio de rutinas, horarios, títulos, estructuras. Aquí apartamos todo eso para encontrar nuestra esencia.

El grupo de Valentina lo conformaban dos parejas. Un hombre de unos cuarenta años, de rostro cuadrado, cuerpo atlético y musculoso, parecía cercano a ella, casi rozándola con su brazo. ¿Sería su amante? Me detuve en ese pensamiento. No debía presuponer nada, sino encontrar evidencias concretas de la supuesta infidelidad.

–Me gustan las ideas y las charlas de superación –dijo Paula–, es algo que antes se veía poco y que ahora se ha masificado.

–Sí, pero muchas de esas teorías olvidan lo fundamental, mi querida amiga –dijo Sigifredo y se acomodó las gafas con una mano, que luego puso sobre el brazo de Paula–. Se centran en profesiones, metas, dinero, pero se olvidan de nuestra condición humana y cotidiana, de nuestra experiencia primaria de vida.

–Claro, claro –dijo Paula pensativa y al parecer incómoda.

Me concentré de nuevo en Valentina. A veces, gestos menores evidencian el cariño entre una pareja. No una tomada de mano o un beso, sino una sonrisa cómplice, una cercanía involuntaria de los cuerpos, un roce desprevenido. Quizás tendría que basarme en ese tipo de señales para inferir la existencia de una relación entre Valentina y su parejo, que, por cierto, se me parecía a un actor de televisión. Sin embargo, eso no le bastaría a Ramón. Él quería pruebas sólidas.

–Amor, mira –dijo Paula a mi lado.

Seguí examinando los gestos de Valentina y su pareja. Paula repitió un tanto irritada:

–Amor, ¿quieres?

Me demoré un par de segundos en reaccionar. Se me olvidaba que pretendíamos ser pareja.

Giré mi cabeza. Paula señalaba una bandeja de plata con galletas redondas adornadas con una torre de sustancias coloridas y un trozo de perejil. Un mesero la sostenía inclinándose hacia nosotros.

Levanté mi mano declinando el ofrecimiento.

–Gracias –dije.

–Delicioso, como siempre –dijo Sigifredo, le guiñó el ojo al mesero y se apuró a tomar otra galleta cuando la bandeja retrocedía.

Volví a mirar a Valentina. Su acompañante le tocó la espalda y ella sonrió. Él le acercó su boca al oído y le susurró algo.

–Mira –dijo Rupertina detrás de mí–, creo que ya casi vamos a empezar. Ifigenia va a hacer el anuncio. Vamos.

Me giré.

–Ya nos vemos –dijo Sigifredo y le guiñó el ojo a Paula. Tomó la mano de su mujer y ambos siguieron a Ifigenia, que caminaba hacia la escalera opuesta.

Cuando Sigifredo y su mujer se alejaron unos metros, Paula me habló con voz templada:

–¿Por qué no dijiste nada?

Pegué el mentón al pecho, sorprendido.

–¿Nada de qué?

–Ese tal Sigifredo se me estaba echando encima.

–¿Cómo? –dije anonadado.

–Se corrió hacia mí tocándome con su costado –dijo indignada–, ¿no te diste cuenta?

–¿Estás segura? El tipo estaba hablando contigo, se acercaría por eso. Lo normal…

–Yo sé lo que es normal –dijo cortante–. Una cosa es acercarse o rozar y otra echarse encima. Se me estaba echando encima.

–Se te acercó para tomar los pasabocas.

–Esa fue la segunda vez. La primera fue peor. Delante de su mujer y todo, el muy descarado –dijo ahora brava–. ¿No te diste cuenta? Se supone que eres mi pareja, deberías actuar como tal.

–Estaba concentrado en el caso. Mira, Valentina está al fondo, en el grupo vecino a la pared. Creo que vino con alguien.

Paula chasqueó la lengua.

–No me hables de eso ahora. Qué asco ese tipejo restregándose contra mí. Es el colmo que no hayas dicho nada.

–Estaba investigando, observando –dije aún desconcertado.

–Pues mucho observas a la que se supone es tu mujer. ¿O así de descuidado eres con tus novias?

Auch. El golpe bajo me dolió.

–¿Por qué no dijiste nada tú? –dije en una reacción que sabía inútil, pero que intentaba rescatar mi orgullo herido.

–Porque no sabía si lo hacía a propósito –dijo Paula ahora con duda–. Hay gente que es pegadiza, que se arrima para hablar… Me pareció raro porque parece educado, pero a la vez es pegachento. Ay, no sé, en todo caso fue feo.

Una campana sonó a un costado del vestíbulo.

Me giré en esa dirección al igual que el resto de los presentes.

–Bienvenidos todos –dijo Ifigenia unos peldaños arriba de la escalera curva que llevaba al segundo piso–. Es un placer y un dolor tenerlos aquí.

¿Un placer y un dolor? ¿Qué quería decir con eso?

Me encogí de hombros. Las cosas de la nueva era y la autosuperación.

–También es grato y molesto recibir a los nuevos miembros –siguió Ifigenia–, a quienes ya conoceremos mejor y, a la vez, nos ayudarán a conocernos mejor.

–¿Ves a la mujer de verde, la que está al lado de la mesa con el florero? –le susurré a Paula para integrarla a la investigación–. Es Valentina. Parece que vino con el tipo de gris. ¿No es un actor? Mira cómo se juntan, como si fueran pareja.

–Entonces, según eso, ¿el gordito pegajoso es mi pareja? –masculló Paula molesta–. Eso no quiere decir nada, Édgar.

–Como siempre, las palabras nos dicen poco y mucho –dijo Ifigenia desde la escalera–. En todo caso, son una guía para llevarnos al descubrimiento interior, a la revelación de nuestra experiencia fundamental, la experiencia de lo que significa el maravilloso viaje de estar vivos. Por eso quiero invitarlos, sin mayores dilaciones, a pasar al salón.

Un murmullo de aprobación se alzó entre la concurrencia. Ifigenia se giró y emprendió el ascenso cual reina en su castillo. Los invitados se arremolinaron en la base de la escalera y comenzaron a subir tras ella.

–No entiendo cómo vamos a saber si Valentina es infiel durante una charla –dijo Paula–. Si son amantes seguramente no van a comportarse como tales en un evento social.

–Tienes razón –apreté los labios–. Quizás nos toque esperar el final de la charla para seguirlos en el carro.

–Entonces va a terminar siendo un caso de seguir a infieles por la ciudad –masculló Paula molesta.

–Bueno, en fin… Al menos ya sabemos que vino acompañada. Esperemos a ver.

Subimos la escalera.

***

En el segundo piso caminamos con el río de invitados por un amplio corredor hasta llegar a una puerta doble de madera que se abría a la izquierda. Ifigenia nos dio una vez más la bienvenida con su sonrisa seca y la mano tendida, y entramos a un gran salón con paredes enchapadas en madera, cuya sobriedad contrastaba con una infinidad de telas rojas y naranjas que colgaban del techo cerca de las paredes y un gran círculo de sofás y sillones del mismo color.

–Sigan, por favor, siéntense –nos azuzó Ifigenia desde la puerta.

Paula y yo giramos a la derecha, entramos al círculo de muebles y nos sentamos en el costado izquierdo de un sofá anaranjado de cuatro puestos, yo pegado al brazo, Paula más cerca a la mitad.

No terminábamos de acomodarnos cuando alguien pasó como un rayo frente a mí y se tiró en el sofá al lado de Paula.

Sigifredo.

El gordito se repantigó y abrió sus piernas. Luego miró como Rupertina, su mujer, se sentaba a su lado.

–¡Ah! –exclamó el gordito en apariencia sorprendido–, ¡los amigos! ¿Cómo están? –nos guiñó un ojo.

–¿Cómo está? –dije seco.

Paula musitó un saludo. Se giró hacía mí, apretó los labios y alzó las cejas. Luego me habló en un susurro:

–¿Sí ves?, quiere pegárseme. Pasémonos a otro lugar.

Mire alrededor en busca de dos puestos libres.

Demasiado tarde. Dos personas que quedaban de pie ocuparon los últimos lugares de un sofá.

–Bien, bien. Estamos todos –dijo Ifigenia y cerró las puertas de madera. Giró una llave dorada en la chapa y la sacó mostrándola en alto–. Esta llave simboliza nuestro compromiso con nosotros mismos. Estamos aquí para encontrar y experimentar nuestro yo interior.

Terminó la frase e introdujo la llave en su escote.

Abrí los ojos de par en par. ¿Qué pasaba? La anfitriona no solo nos encerraba, sino que guardaba la llave en su escote. Examiné el rostro de los demás asistentes. Nadie parecía extrañado.

Ifigenia ingresó al círculo que formaban los muebles y caminó hacia el otro extremo como una tigresa que patrulla su territorio.

Paula se inclinó y me susurró al oído:

–Cámbiame de puesto, este tipo se me está pegando.

Me puse de pie y le extendí la mano a Paula.

–¡Quieto! –tronó una voz desde el otro extremo del círculo–. No es momento de cambios.

Me giré sobresaltado. Ifigenia me señalaba con el índice, su rostro más tensionado que de costumbre.

–Cada cual llega al lugar que le corresponde –dijo seria–. Quédese donde está y piense en el significado de querer cambiar de sitio. ¿Refleja eso una incomodidad suya? ¿Qué le molesta en el fondo de su ser?

Pensé en responder algo o decir que Paula era la que quería el cambio, pero me arrepentí. Las miradas de los demás me punzaban como agujas. Me dejé caer de vuelta en el sofá.

–¿Qué es esto? –me susurró Paula entre dientes, mientras Ifigenia se situaba de pie, entre un sofá y un sillón.

–No sé –murmuré nervioso.

Busqué con la mirada a Valentina. Entre más rápido cumpliéramos nuestra misión, más rápido intentaríamos escapar de una reunión que cada vez se volvía más extraña.

La encontré al otro lado del círculo, sentada al lado del actor, absorta en Ifigenia, cual devota en misa.

–Señoras y señores –dijo Ifigenia sonriente–, comencemos nuestra sesión con unas palabras superfluas pero profundas. Como saben, nuestros sentidos se enmarcan dentro de una experiencia constante de placer y dolor. Dos sensaciones que muchas veces olvidamos o tratamos de tapar en medio de nuestra cotidianidad, pero sensaciones fundamentales que en últimas son dos caras de la misma moneda: la experiencia de estar vivos. Esa experiencia de vida es la que queremos recuperar, abrazar con ímpetu, arrojarnos a ella desprendiéndonos de cualquier prevención. ¿A qué vinimos?

–¡A experimentar el placer y el dolor! –dijeron los presentes con entusiasmo.

–Esto no me gusta nada –me susurró Paula.

No respondí. A mí tampoco me gustaba, pero ¿qué podía hacer?

–Bien, entonces vamos a dar inicio a la selección de nuestros escogidos para el día de hoy –siguió Ifigenia–. Les recuerdo: todos experimentamos las mismas sensaciones, pero en la sociedad algunas personas simbolizan esa experiencia, llevándola al extremo, para que los demás la entendamos mejor. Los elegidos de hoy tendrán la fortuna de sentir más a fondo su humanidad y de servir como referencia a los demás para que recordemos que el dolor y el placer son relativos y constituyen nuestra experiencia fundamental como seres humanos.

–Creo que deberíamos irnos –me dijo Paula.

–¿Cómo vamos a salir si Caradecera le echó llave a la puerta? –dije entre dientes y estrujé el brazo del asiento con mi mano.

Paula apretó los labios y volvió a mirar a Ifigenia.

–Como siempre –siguió Ifigenia–, los elegidos se me han revelado por sus gestos y actitudes. Por esa mirada brillante que dice “quiero ser para otros, quiero darme como cuerpo y símbolo”. En consecuencia, mis dos escogidos de hoy como objetos de placer son… –hizo una pausa y buscó con la mirada en el salón–: primero, Valentina, tú serás uno de los objetos de placer. Irradias una energía positiva que contagia y que esperamos compartas con nosotros.

Valentina, la esposa de Ramón, nuestro cliente. ¿Objeto de placer? ¿Qué diablos quería decir eso?

Valentina sonrió de oreja a oreja e inclinó la cabeza como si le acabaran de conceder un gran honor.

Los presentes gritaron en un coro melodioso:

–¡Que viva el placer! ¡Que viva el placer!

El parejo de Valentina se le acercó y le dio un beso en la mejilla. Me pareció un gesto más que amistoso, pero al fin y al cabo no más que un beso.

Ifigenia retomó la palabra:

–La segunda persona elegida como objeto de placer es… –hizo una pausa que esta vez me pareció más teatral–: Sigifredo. Hoy te noto iluminado, lleno de gozo, casi ansioso por compartir esa energía.

Una sonrisa se expandió en el rostro del gordito. Se removió en el sofá como si lo mecieran. No cabía en sí de la dicha. Hizo venias con la cabeza. Rupertina se le echó encima y le colmó la calva de besos.

–¡Que viva el placer! ¡Que viva el placer! –corearon los asistentes.

Sigifredo le dio un beso a Rupertina, luego la apartó con un brazo, se giró y abrazó a Paula. Le puso la mejilla a la espera de un beso.

Paula quedó tiesa sin saber qué hacer. Finalmente le dio unas palmaditas en el hombro y se quitó el brazo que la atenazaba.

–Bien, ahora pasemos a los elegidos como objetos de dolor –dijo Ifigenia.

Cuando terminó la frase, me dio la impresión de que los asistentes se contraían en sus puestos, como si los puyaran con una aguja.

–Nuestro primer elegido es… –dijo Ifigenia y buscó con su cabeza entre los asistentes–: Humberto.

Las cabezas se giraron hacia mi izquierda. En un sillón, un hombre de unos sesenta y cinco años, de traje y corbatín, barba y bigotes grises bien cortados, con aspecto de juez, sonrió a medias y se reacomodó en el asiento.

–¡Que viva el dolor! ¡Que viva el dolor! –coreó la concurrencia.

El juez hizo una venia corta, casi forzada y después su mirada se perdió en el vacío. Tras un par de segundos, su expresión se alteró: abrió los ojos de par en par y su pecho se movió con rapidez.

–No, yo no quiero el dolor –dijo casi llorando–. Yo no quiero el dolor. ¡Nooooooooo!

Terminó con un grito desgarrador, se puso en pie de un salto imposible y arrancó a correr hacia la puerta.

–¡Noooooo!, yo no quiero el dolor –gritó mientras corría y movía los brazos como aspas.

Varias personas se lanzaron tras él. El más rápido fue el actor, el parejo de Valentina.

–No, por favor, el dolor noooooo –gritó el juez en pánico, agarró la chapa con ambas manos y la sacudió como si se le fuera la vida en ello.

Fue inútil, la puerta no abrió.

El juez se colgó de la chapa, apoyó sus dos pies contra la madera y se sacudió como un taladro.

Yo no creía lo que veía. Un señor de edad, bien vestido y educado, quizás un juez o magistrado, acababa de perder la compostura. Había enloquecido.

La puerta no cedió.

El actor llegó hasta el juez, le pasó las manos por los costados y las unió sobre su estómago. Se echó hacia atrás y lo alzó en el aire.

El juez pataleó como gato aprisionado y lanzó manotazos que no lograron más que arrugar su propio vestido.

Otras tres personas llegaron en ayuda del actor y sujetaron cada una de las extremidades del juez.

–Nooooooo, noooooo, por favor –chilló–. Yo no quiero el dolor, no quieroooooo.

Como si fuera un ternero, lo transportaron colgado de pies y manos hasta el extremo opuesto del círculo. Alguien acercó un asiento que reposaba contra la pared y lo sentaron sin soltarlo.

–Nooooo, por favor –protestó el juez, pero sus gritos se ahogaron tras una mordaza que un hombre apretó contra su boca. Los demás amarraron sus pies y manos al asiento. En menos de un minuto quedó reducido a una masa que se contorsionaba en una lucha inútil contra nudos y cuerdas.

Pasé saliva. ¿Qué sucedía? ¿Qué era esa locura de ser “objeto de dolor” y amarrar a alguien?

–¿En qué diablos me metiste, Édgar? –me susurró Paula con rabia.

Apreté los dientes.

–Yo… eh… –no supe que responder.

–Amigos y amigas –siguió Ifigenia, como si nada hubiera ocurrido–. El placer y el dolor van juntos. No neguemos el uno, porque nos cerramos a entender el otro. Recibamos la designación que nos corresponda, dolor o placer, con alegría, con humildad, con honor. No reneguemos de nuestra condición humana. Debemos entender que…

–¿Qué es esto, Édgar? –insistió Paula, molesta ante mi silencio.

–No sé –dije entre dientes sin dejar de mirar a Ifigenia–. ¿Cómo quieres que sepa? Sé lo mismo que tú.

–Tú hablaste con Ramón, ¿qué te dijo?

–Lo que ya te dije –me giré hacia Paula–. Que él no sabía lo que pasaba en las reuniones, que creía que eran veladas literarias…

–Detecto allí cierta inconformidad, cierto malestar –Ifigenia subió el tono de voz y sentí su atención en mí. Volteé a mirar y encontré sus ojos de gacela centrados en los míos–. Sí, tú, ¿Édgar? Detecto inconformidad, molestia. Primero trataste de cambiar de puesto y ahora me interrumpes. Por lo tanto, la segunda persona designada como objeto de dolor… eres tú.

Ifigenia me señaló y su rostro se arrugó.

Me convertí en un bloque de hielo.

–¿Yo? –un hilo de voz salió de mi boca. El aire me faltó.

–Sí, tú –dijo segura y se quedó mirándome a la espera de una reacción.

–¡Que viva el dolor! ¡Que viva el dolor! –coreó el círculo de gente.

Un peso oprimió mi pecho. No sabía qué diablos significaba ser objeto de dolor, pero, primero, no sonaba nada bien y, segundo, el juez, que al parecer sí lo sabía, había entrado en pánico e intentado huir a toda costa.

Los ojos de los asistentes se concentraron en mí. Me esforcé por formar una sonrisa con los labios e imité las venias de Valentina y Sigifredo. Confié en que nadie leyera en esos gestos vacíos la angustia que trepaba hasta mi garganta.

Paula miraba al frente, las cejas alzadas, como si quisiera distanciarse de quien acaba de contraer una enfermedad contagiosa.

Seguí sonriendo y mirando al aire, cual maniquí de vitrina.

No sabía qué hacer. Mejor dicho, sí sabía, pero no cómo. Debía abandonar el caso y el recinto. Ramón tendría que darme explicaciones por haberme metido en esto e incluso le pediría una indemnización.

Molesto, apagué el micrófono que me había pedido llevar.

–Bien –dijo Ifigenia desde la tarima, al parecer satisfecha o al menos no descontenta con mi reacción–. Ahora que hemos elegido los objetos de dolor, no nos queda más que comenzar. ¿Qué queremos primero, dolor o placer?

–¡Placer! –se apuró Sigifredo dando un saltito en el asiento.

–¡Dolor! ¡Placer! –gritaron unos y otros alrededor del círculo.

–¡Placer, placer! –grité en pánico, al darme cuenta de que necesitaba tiempo para escapar, para intentar algo, cualquier cosa. Debía evitar que comenzaran a tomarme como “objeto de dolor”, significara lo que significara.

Ifigenia levantó una mano y todos callaron:

–Un momento –sus ojos se concentraron en mí–, ¿tú por qué pides comenzar por el placer si fuiste elegido objeto de dolor?

Alcé las cejas sorprendido.

–¿Yo? Eh… –se me trabó la lengua. No supe qué decir. Pero no debía rechazar el dolor, de lo contrario me amarrarían como al juez–. Porque… eh… porque quiero sentir con más intensidad el dolor… para beneficio de todos… y para eso es mejor sentir primero placer. Luego el dolor contrasta y se siente con más intensidad.

Terminé y pasé saliva.

–Uy… –dijo Ifigenia con picante–. Parece que hoy tenemos a alguien dispuesto a ir hasta los abismos más profundos del dolor. Va a ser una velada extraordinaria. Que así sea entonces, señoras y señores –dijo ampulosa–, comencemos por el placer.

–¡Primero el placer y luego el dolor! –corearon los asistentes al unísono, secundando la decisión de su líder, con el mismo tono de los cánticos anteriores–. ¡Primero el placer y luego el dolor!

Ifigenia se alejó con movimientos calculados hacia la pared, donde oprimió un par de botones. Una música cursi y dulzona invadió el recinto, una humareda con olor a incienso brotó de las paredes y las luces se diluyeron. El salón quedó casi a oscuras, salvo por los tonos rojos y naranjas de los velos que colgaban de las paredes, iluminados desde atrás.

¿Qué diablos…?

Como si con eso Ifigenia hubiera dado la largada a una carrera, los asistentes se botaron unos encima de otros y comenzaron a acariciarse, abrazarse y besarse. Algunos se tiraron al suelo.

De inmediato me lancé sobre Paula y la abracé.

–¿Qué haces? –protestó ella cortante, en medio de la penumbra.

–Lo que hacen los demás –le dije en la oreja–. No quiero que me amarren.

Paula no dijo nada y me abrazo con prevención.

Durante unos segundos nos quedamos quietos. ¿Qué era esa locura que ocurría alrededor?

–¿Qué haces? –dijo Paula molesta–. ¡Cuidado!

–¿Prefieres que te abrace yo o que te abrace tu vecino? –le susurré.

–Tú, pero sube la mano –dijo seria.

–Tengo las manos en tu espalda.

Paula se me echó encima y me empujó. Caí al suelo y ella encima de mí.

–Maldito tipo asqueroso –masculló Paula.

De reojo miré a Sigifredo, que estiraba las manos como si se le escapara un tesoro. Se echó hacia adelante en el sofá para tirarse encima de Paula.

Ya preparaba mi mano para darle un empujón, cuando Rupertina lo abrazó y le besó el rostro. Sigifredo la apartó y se inclinó hacia Paula.

Paula lo miró horrorizada.

Justo en ese momento, dos hombres y una mujer pasaron como trombas por encima de nosotros y se lanzaron sobre Sigifredo. Lo llenaron de caricias y besos. El gordito intentó zafarse, pero sus piernas y manos se perdieron en la maraña de extremidades. Rupertina y uno de los recién llegados se quitaron sus camisas.

Claro, como Sigifredo era uno de los “objetos de placer”, los demás lo buscaban para darle placer, que por lo visto no era otro que el erótico-corporal.

¡Valentina! Mi instinto profesional recordó el caso y me retorcí en el suelo para mirar hacia el otro costado del círculo. Busqué con la mirada a la esposa de Ramón. Los mechones de pelo rubio se esparcían en desorden entre varios cuerpos que se movían sobre un sofá rojo. Valentina se quitaba el vestido verde… bueno, en realidad una mano cuyo dueño no alcanzaba a identificar se lo quitaba.

–Mira a la esposa del cliente –le susurré a Paula mientras sacaba de mi bolsillo el esfero con la cámara–, creo que eso es evidencia suficiente de…

–¡Me importa un carajo el caso, Édgar! –dijo furiosa–. ¿Cómo se te ocurre pensar en eso ahora? Tenemos que escapar antes de que nos violen. El gordito está tratando de zafarse de esa gente.

Parpadeé varias veces.

–Tienes razón –dije avergonzado–. Ven, salgamos del círculo. Cuidado, sin llamar la atención.

Nos arrastramos uno al lado del otro. Dejamos atrás el sofá y pasamos frente a un sillón donde tres personas se retorcían en medio de gemidos. Unos pantalones me cayeron en la cara y los aparté de un manotazo.

Iba a girar a la derecha para rodear el sillón y salir del círculo de muebles, cuando dos pies envueltos en medias veladas se plantaron frente a mi cara.

Levanté la mirada.

Ifigenia, en ropa interior negra, nos miraba con los brazos cruzados.

–¿Ustedes por qué están vestidos todavía?

Paula y yo nos miramos en silencio.

–Sé que son nuevos –dijo Ifigenia–, pero deben integrarse, liberarse de las convenciones y ataduras. Para eso están acá. ¿Pueden hacerlo solos o necesitan ayuda?

Ambos callamos.

–¡Marlon, ven! –llamó Ifigenia hacia el otro extremo del círculo.

Paula y yo giramos nuestras cabezas. El actor, la pareja de Valentina, se zafó del enredo de cuerpos y corrió hasta llegar al lado de Ifigenia.

Paula reaccionó con velocidad y me lanzó un chupetón al cuello, al tiempo que con sus manos me quitaba el saco del vestido.

–Uy, esa pasión me gusta –dijo Ifigenia entusiasmada. Tomó la mano de Marlon y se sentó al lado nuestro.

–Necesitamos distraerlos –me susurró Paula al oído.

Marlon e Ifigenia se besaron al tiempo que estiraban sus manos hacia nosotros. La mano derecha de Marlon sujetó mi brazo.

La aparté, pero mientras tanto Ifigenia mandó la suya a mis pantalones y los desapuntó. Busqué su mano para retirarla, pero ella la quitó y la llevó al vestido de Paula. Le bajó la parte superior de un solo tirón.

De un manotazo Marlon arrancó mi camisa rompiéndole los botones.

Mi corazón palpitaba a mil por hora.

Necesitábamos hacer algo o nos violarían.

Giré mi cabeza a un costado mientras alguien me jalaba los pantalones. En el sillón que había pensado bordear para salir del círculo, dos hombres y una mujer se acariciaban semidesnudos, pies y manos entrelazados. Estiré mi brazo, agarré la pierna de la mujer y la jalé con fuerza. El amasijo de cuerpos se deshizo y la mujer cayó sentada al suelo en ropa interior, arrastrando a uno de los hombres en la caída.

–¡Ay!, ¿qué pasa? –se quejó y se sobó el trasero. Me miró entre desconcertada y molesta, pero no le di tiempo de más. Le tomé una mano y la jalé hacia mí. Se deslizó sobre el piso de madera y la empujé hacia Marlon, que con una mano abrazaba a Ifigenia mientras la besaba y con la otra terminaba de quitarle el vestido a Paula, que intentaba resistir, en vano.

–¡Uhhhhhh! –dijo emocionada la mujer que yo acababa de traer y se lanzó sobre Marlon e Ifigenia.

Paula tomó la mano de Marlon que buscaba sus calzones y la puso sobre el sostén de la recién llegada.

Dos piernas me atropellaron golpeándome la espalda y el cuello. Uno de los hombres que había estado con la mujer pasó sobre mí como una tromba. No quería quedarse sin ella. El otro pasó gateando a mi lado y se sumergió en los brazos de Ifigenia.

Tomé la mano de Paula y la empujé hacia el costado del sillón. En cuatro patas salimos del círculo de muebles.

–¿Y ahora? –dijo Paula cuando llegamos al lado de las telas rojas y naranjas que colgaban del techo, cerca de la pared.

–Tú sabes abrir cerraduras –dije afanado–. Abre la puerta principal.

–Esas cerraduras no las conozco, la miré al entrar. Además, nos verían frente a la puerta. ¿Quieres que nos amarren como al barbudo? Un momento… ¡La llave! La llave está en el sostén de Ifigenia. Devuélvete y la sacas.

–¿Qué? –dije atónito–. ¿Estás loca? Escapamos de milagro. Si me devuelvo me violan. ¿Por qué no vas tú? –dije lo último por reflejo y me arrepentí apenas las palabras cruzaron mis labios.

–¿Yo? –dijo indignada y luego siguió brava–. Es tu culpa que estemos acá, Édgar, tú aceptaste el caso. ¿Cómo se te ocurre aceptar esto? Yo te dije que no era buena idea.

Aparté la mirada y callé. Entendía su malestar. Había pasado de acompañarme con reticencia a un caso extraño, a estar encerrada en ropa interior en un salón donde se desarrollaba una especie de orgía. Y aunque no era mi culpa, pues al fin y al cabo ella también era socia y detective de la agencia, me acechaba el remordimiento de pensar que yo había aceptado el caso en parte como una excusa para revivir la posibilidad de una relación con ella, posibilidad que con cada segundo que pasaba se volvía más remota y que de todas formas carecía de importancia en el presente, dada la prioridad de evitar que nos violaran y que luego me tomaran como “objeto de dolor”.

–Antes de volver a la boca del lobo –dije resignado–, miremos detrás de estos velos –aparté con la mano una de las telas anaranjadas–. A lo mejor hay otra puerta. Esta mansión debe tener otra forma de comunicar sus espacios.

–Bueno –dijo Paula a regañadientes–. Pero apúrate.

Corrí otro velo con la mano y me acerqué a la pared de paneles de madera. En cuatro patas recorrí unos dos metros hasta llegar a la esquina. No encontré nada.

¿A lo mejor había una puerta secreta?, pensé en medio del desespero. Empujé un par de paneles en vano.

No me daría por vencido. No volvería al lado de Ifigenia y compañía. Tanteé la otra pared y me desplacé paralelo a ella.

Después de dos paneles, hallé una rejilla metálica de unos cuarenta centímetros de alto y otros tantos de ancho, al parecer un ducto de ventilación. Por allí cabría una persona acostada.

Me di la vuelta.

–Paula, Paula –llamé animado por entre los velos.

–¿Qué? –dijo seria.

–Por acá, ven.

Mientras Paula se acercaba, me giré y llevé mis manos al lugar donde la rejilla se juntaba con la madera. Con la punta de mis dedos logré ejercer presión sobre el metal hacia afuera. Hice fuerza, pero la rejilla no se movió.

En medio de la escasa luz del recinto examiné el borde metálico en busca de tornillos.

Nada.

–¿Qué pasó? –dijo Paula al llegar a mi lado.

–Este ducto, por acá podemos escapar.

–¿Por ahí? ¿Estás loco? Quién sabe adónde conducirá… ¿A un sótano? ¿A un pozo? ¿Qué tal que quedemos atrapados?

–Ya estamos atrapados. No llegaremos a un sitio peor.

–Eso dijiste antes de entrar a la mansión –dijo Paula molesta–. Dijiste que no pasaría nada malo y mira.

–Sí, sí, lo siento. Pero ahora tenemos que huir como sea.

–Yo no me voy a meter por ese hueco –arrugó la boca al terminar la frase.

–Bueno, entonces que disfrutes del gordito, porque yo sí me voy –dije y agarré uno de los bordes de la reja.

–¿Además de que me traes a esta locura, me vas a dejar tirada? –dijo indignada.

Suspiré.

–Al fin qué, ¿vienes o te quedas?

Paula cerró los ojos un par de segundos y exhaló por la nariz. Se acercó y extendió sus manos hacia la reja.

–Jala tú de abajo y yo de arriba –dije.

Entre los dos tiramos de la rendija, que protestó con un chirrido y luego se desprendió saltando del marco. La tomé con ambas manos y la recosté contra la pared a un lado.

Introduje la cabeza en el hueco: un ducto metálico ascendía en una pendiente suave. Cabía una persona acostada.

–Ve tú adelante –dijo Paula.

La miré como para preguntarle si estaba segura y asintió.

No lo pensé dos veces. Debíamos escapar antes de que nos echaran de menos. Apoyé mis antebrazos en el metal, impulsé mi cuerpo con los pies e ingresé al tubo. Moviendo un brazo y luego el otro, me adentré hasta quedar acostado sobre el frío metal, que congeló mi cuerpo, desnudo salvo por los calzoncillos y las medias. Me sentí ridículo en esa posición e indumentaria, pero aparté el pensamiento. No era momento de pensar en eso. Comencé a moverme tan rápido como pude, ascendiendo la pendiente.

–¿Entraste? –le pregunté a Paula cuando escuché ruidos metálicos atrás.

–Sí, ¿ves algo?

–Nada.

Avancé como reptil, en medio de la oscuridad. Una ligera corriente de aire golpeaba mi cara.

Tras recorrer un par de metros más, una risita sonó a mis espaldas.

–¿Qué pasó? –le pregunté a Paula–. ¿Qué te parece chistoso?

Varios golpes sacudieron el ducto metálico.

–¡Quieto, quieto! –dijo Paula.

–Estoy quieto –dije desconcertado.

–Ven acá, no seas traviesa, jiji. ¿Te gustan los jueguitos? –dijo una voz nasal de hombre.

¿Sigifredo? ¿Qué diablos…?

–¡Suélteme, suélteme! –dijo Paula desesperada y de nuevo el metal del ducto sonó con fuerza.

–No me pegues, no incumplas las reglas –la recriminó Sigifredo. Su voz sonó como si estuviera a mi lado, transportada por el tubo–. No ha llegado el momento del dolor, ahora es placer. Déjame consentirte, no seas traviesa. Me tienes que dar placer.

Otra vez golpes en el metal. ¿Patadas de Paula?

–Si me pegas voy a gritar –dijo Sigifredo molesto–. Voy a decirle a Ifigenia que estás rompiendo las reglas.

Una mano empujó mis pies.

–Apúrate, Édgar –dijo Paula con la respiración acelerada.

Espoleado, me arrastré hacia adelante con rapidez. ¿Qué diablos hacía el gordito en el ducto? Era uno de los “objetos de placer”. ¿Cómo había escapado?

En fin, qué importaba. Lo importante era huir de ahí.

–Apúrate, Édgar, por favor. Ese tipo me está manoseando –insistió Paula.

Redoblé mi esfuerzo y encontré una desviación lateral, pero no me detuve a evaluar qué dirección tomar. Seguí derecho. A mi espalda escuchaba los brazos de Paula al avanzar sobre el ducto y sus jadeos. Más atrás, Sigifredo se reía divertido.

Dos metros más adelante, al terminar el ascenso más pronunciado, vislumbré una luz que se filtraba en cuadrículas al final del ducto. Una rejilla. ¡La salida!

Avancé lo más rápido que pude y cuando llegué frente al recuadro metálico, lo empujé de un manotazo, a sabiendas de que cada segundo era una oportunidad más para que Sigifredo manoseara a Paula.

La rejilla cayó al suelo, me arrastré hacia adelante y saqué mis manos. Las apoyé contra el borde exterior y me impulsé hasta caer sobre un tapete rojo. El recinto, una especie de depósito angosto, se iluminó con mi movimiento. De inmediato me giré, me agaché y busqué con la mirada a Paula.

Encontré su rostro, arrugado por el esfuerzo, un metro dentro del ducto.

Metí mis brazos y estiré las manos.

Paula se aferró a ellas, giró el rostro hacia atrás y gritó fastidiada:

–¡Quieto, quieto!

–Jeje, traviesa, traviesa –dijo feliz el gordito.

Jalé a Paula con fuerza. Me pesó más de lo que esperaba, pero logré arrastrarla sobre el metal. Su torso semidesnudo emergió del ducto, luego sus piernas. Las sacudía con vigor como tratando de zafarse de algo. Jalé más y apareció Sigifredo, sus brazos envueltos en los tobillos de Paula. Sonreía como niño en carrusel.

Terminé de jalar a Paula, que cayó al suelo con Sigifredo.

–¡Quítamelo, quítamelo! –dijo Paula en el piso como si se le hubiera prendido un insecto horrible.

Me lancé sobre Sigifredo, agarré sus manos e hice fuerza para separarlo de las piernas de Paula.

–Quieto, ¿qué hace? –dijo Sigifredo.

–Se acabó el juego. ¡Suéltela!

–Soy el objeto de placer. Tienen que darme placer. ¡Que viva el placer! –gritó con un entusiasmo desaforado–. ¡Que viva el placer!

Eché una mano hacia atrás y le planté un puñetazo en la cara. El golpe sacudió su mejilla, sus gafas saltaron y cayeron al tapete.

–¡Ay!, ¿qué hace? –protestó Sigifredo, más confundido que indignado. Zafó sus manos de las piernas de Paula y se llevó la derecha a la cara.

Paula se puso de pie. Sigifredo tomó sus gafas y se incorporó despacio, sobándose la mejilla.

–Todavía no llegamos al momento del dolor, ¿por qué me pega? –reclamó con la cara roja–. No puede romper las reglas.

–Las reglas solamente aplican en el salón. Estamos afuera –inventé para distraerlo, mientras miraba alrededor. El pequeño depósito, de unos cuatro metros de largo por dos de ancho, estaba tapizado con estantes de madera repletos de figuras de soldados, modelos de barcos y pipas de formas extrañas. Un depósito de una colección de arte. Un extremo del recinto terminaba en una puerta de madera, el otro en una ventana cubierta casi del todo por una cortina gruesa.

–Las reglas funcionan hasta que se termina el evento, el lugar no tiene nada que ver –protestó Sigifredo aún sobándose la cara.

Lo ignoré y me acerqué a la ventana. Busqué en un extremo el cordel para abrir la cortina. No lo encontré. Al lado izquierdo vi un largo pedazo de tela que colgaba de una argolla para amarrar la cortina al abrirla. Retiré la tela e hice lo mismo con la del otro lado.

–¿Qué hace? –dijo Sigifredo.

–Tiene razón, discúlpeme Sigifredo –dije arrepentido e hice una especie de venia–. Usted es el objeto de placer. Lo que pasa es que… queríamos estar solos… Somos nuevos y nos daba vergüenza… nos cuesta adaptarnos. Pero tiene razón, es nuestro deber darle placer. Perdóneme por el golpe.

Los ojos del gordito se iluminaron y se concentraron en Paula.

–Un momento, yo creo que… –protestó ella.

Levanté mi mano en señal de paré y la miré con intensidad.

–Sigifredo tiene derecho a recibir placer. Él será el protagonista del juego que teníamos pensado.

–¿Cuál juego? –dijo Sigifredo ansioso, sus ojos bien abiertos–. ¿Cuál juego?

–Queríamos averiguar si el placer se siente más cuando se está a merced de quien lo proporciona. Iba a amarrar a Paula, pero si usted es el objeto de placer, entonces que así sea.

El gordito ni siquiera me miró con desconfianza. Se acercó presuroso y él mismo llevó sus manos detrás de la espalda.

–¡Me gusta, me gusta! –dijo feliz, mientras yo envolvía sus muñecas con uno de los trozos de tela–. Una vez Rupertina me amarró y tengo que decir que me encantó. Claro, esa vez lo hizo como castigo, pero de todos modos fue emocionante. Ahora voy a saber qué se siente por placer. Y, aquí entre nos, les confieso algo: en el salón es muy rico ser objeto de placer. Pero hay demasiado caos, uno no escoge con quién quiere estar y debe competir con los demás por un beso, una caricia. Me gusta que aggghhffff…

Apreté el pedazo de tela sobre su boca, lo templé y amarré los extremos detrás de su cabeza.

Ya no alertaría a nadie cuando huyéramos.

–Bueno, ahora a buscar cómo salir –dijo Paula, se acercó a la ventana y corrió la cortina–. Está cerrada con candado.

–Mmmmmmppffff –protestó Sigifredo por entre la mordaza.

–Espérame doy una mirada afuera –le dije a Paula–. Ten cuidado con él.

Paula tomó un jarrón de los estantes y se lo mostró a Sigifredo.

–Si intenta algo se lo rompo en la cabeza –dijo Paula firme.

–Mmmmmmppffff.

Di dos pasos hasta la puerta, tomé la chapa y la giré. Entré a un pequeño corredor que terminaba en otra puerta. Caminé hasta ella, la abrí despacio, sin hacer ruido, y me asomé.

Poco a poco se reveló ante mí un amplio estudio saturado de bibliotecas, mapas antiguos en las paredes, lámparas de pie, dos sofás, sillones de cuero y un robusto escritorio de madera.

Detrás del escritorio, un hombre en sudadera negra estiraba las manos hacia la pared.

Mi corazón pegó un salto y me retiré escondiéndome tras la puerta.

¿Qué pasaba? ¿Qué hacía alguien en el estudio mientras se desarrollaba esa locura en el salón principal?

El perfil del hombre que acababa de ver reapareció en mi mente y se me hizo conocido, sobre todo por un detalle: bigotes puntudos.

Me agarré del borde de la puerta y me asomé de nuevo. En efecto, reconocí el bigote amplio y puntudo, la barba y el pelo gris desordenado de Ramón Higuera, el cliente que nos había contratado para investigar la infidelidad de Valentina, su esposa.

Arrugué las cejas extrañado. ¿Qué diablos sucedía? Supuestamente él estaba de viaje en Europa.

Abrí la puerta del todo y di un par de pasos dentro del estudio.

–Ramón –lo llamé con voz firme.

Su cuerpo tembló si le dieran un martillazo. Se giró y casi se cae, de no ser porque se alcanzó a agarrar del escritorio con ambas manos.

–¿Édgar? –dijo entre sorprendido y aliviado–. ¿Qué… qué hace acá?

–Eso mismo le pregunto yo, Ramón. Me dijo que viajaba a Europa.

–Yo… eh… mmm –no dijo más, su mirada perdida en el techo.

Examiné la pared hacia donde había levantado las manos. Un cuadro se abría como una ventana sobre goznes, dejando ver un recuadro metálico con un botón negro. Una caja fuerte.

Mi mente funcionó con rapidez y comprendí lo que sucedía.

–Ahora entiendo –dije indignado y caminé hacia él–. Su esposa no es Valentina. Ella es, en verdad, la pareja del actor. Usted me contrató para saber cuándo entrar a la mansión a robar. Usted ya conocía las sesiones y con el micrófono que me entregó quería saber el momento en que Ifigenia se encerraría en el salón, para así entrar a robar tranquilo.

Mi mirada se desvió hacia el fondo del estudio, donde se abrían dos puertas de madera y vidrio que daban a un balcón.

–Cuando escuchó que Ifigenia daba inicio a la sesión–concluí–, usted subió por el balcón.

–No, no, Édgar –dijo Ramón nervioso y sacudió las manos.

–Voy a llamar a la policía –dije y recorrí el estudio con la mirada en busca de un teléfono. No vi ninguno.

–No, por favor, Édgar –dijo Ramón alarmado–. No vaya a llamar a nadie, por lo que más quiera. Déjeme abrir la caja fuerte y le doblo el sueldo.

–¿Qué? –dije sin creer lo que escuchaba–. ¿Está loco? A mí no me soborna, Ramón. Pero sí le voy a cobrar una indemnización después de que la policía lo arreste. ¿Cómo se le ocurre enviarme a esta casa de locos? Míreme: en ropa interior, casi violado y torturado. Va a tener mucho que explicar a las autoridades.

–Édgar, le doy un buen dinero, pero no diga nada. Yo pensé que a lo mejor la sesión le agradaba…

–¿Me agradaba? Me escogieron…

Gritos y pisadas afuera del estudio me interrumpieron. Varias personas se aproximaban con velocidad.

Como si lo electrocutaran, Ramón pegó un saltó, giró su cabeza alrededor y finalmente se tiró al suelo y se metió debajo del escritorio.

–No diga nada, Édgar –dijo Ramón en un susurro–. Por favor, le pago el doble…

–Voy a contar todo… –comencé indignado, pero me frené en secó a la mitad de la frase.

Horrorizado, caí en cuenta de que si me encontraban me llevarían de vuelta al salón para ser objeto de dolor.

En pánico, me giré y corrí hacia la puerta que llevaba al depósito.

Un portazo a mis espaldas me frenó en seco y quebró mis nervios.

–¡Ahí está! –gritó un hombre.

Quedé paralizado y maldije en mi interior. Por discutir con Ramón me habían encontrado. Me llevarían de vuelta al salón, amarrado como animal, y me someterían a horribles torturas, quizás más crueles por infringir las reglas.

Di la vuelta. Marlon e Ifigenia encabezaban un grupo de unas ocho personas, que no por estar en ropa interior se veían menos amenazantes, sus rostros tensos y sus miradas llenas de ira.

–¿Qué pasa acá? –tronó Ifigenia y dio dos pasos adelante–. ¿Dónde está el objeto de placer? ¿Por qué huyeron?

–Eh… eh… –busqué una excusa que involucrara a Ramón, pero todas me parecían tan absurdas que las palabras se me atragantaron. Quizás lo más fácil sería decir que había un ladrón debajo del escritorio y así desviar la atención.

Iba a abrir la boca, cuando un golpe seco sonó a mis espaldas, en el depósito.

El jarrón. Seguramente Paula le acababa de romper el jarrón en la cabeza a Sigifredo.

–El depósito –Ifigenia señaló la puerta–. Marlon, sácalos.

Marlon se alejó del grupo y caminó hacia mí.

Era el fin. Encontrarían a Sigifredo inconsciente, su cabeza sangrando. Llevarían a Paula de vuelta al salón, lo que me impediría escapar. No la abandonaría a su suerte.

No me quedaba más que cumplir mi papel de objeto de dolor. Resignado, bajé la cabeza.

Ruidos y gritos salieron del depósito. Al parecer el jarronazo no había bastado para detener a Sigifredo.

Cuando Marlon estaba por llegar a la puerta, se escucharon pasos dentro y luego la puerta, entreabierta, se terminó de abrir con violencia.

Paula salió corriendo, pero se detuvo en seco dos metros después cuando sus ojos encontraron a Marlon y luego al grupo que encabezaba Ifigenia.

–¿Qué pasa? –le preguntó Ifigenia cortante–. ¿Dónde está el objeto de placer?

Paula, sus ojos abiertos de par en par, no respondió.

De nuevo se escucharon ruidos dentro del depósito y pasos acercándose a toda velocidad.

Sigifredo, en ropa interior, amarrado y amordazado, atravesó la puerta como una tromba.

Casi pegado a él apareció Rupertina, dándole palmetazos en la cabeza y la espalda.

–Desde el comienzo le echaste el ojo, ¿no? –gritaba Rupertina, su cabeza sangrando, mientras le daba coscorrones a Sigifredo y lo correteaba por el estudio.

Sorprendido por la escena, apenas capté que fue ella quien recibió el jarronazo.

–La miraste desde que llegamos y luego corriste a sentártele al lado –seguía Rupertina–. Me dejaste en el salón y te arrastraste como una rata por el tubo para ir tras ella. Idiota. Estas sesiones son para compartir, no para que te encapriches con una aparecida, con una recién llegada.

Ifigenia lanzó una orden que no escuché bien. De inmediato tres personas se lanzaron hacia la pareja. Entre dos sujetaron a Sigifredo y uno tomó a Rupertina.

–¿Qué pasa acá? –preguntó Ifigenia por tercera vez y recorrió con su mirada a los cuatro fugados: Sigifredo, Rupertina, Paula y yo.

–Eh, lo que pasó… –comencé dubitativo, pero Paula me interrumpió y señaló a Sigifredo:

–Él me dijo que tenía que obedecerle porque él era el objeto de placer. Me dijo que lo siguiera por el ducto y lo amarrara. Desde que llegamos a la casa se me está echando encima.

–¡Mmmmmppffff! –protestó Sigifredo por entre la mordaza.

–Ella me golpeó con un jarrón cuando salí del tubo ese –gritó Rupertina y señaló a Paula.

–Yo no le pegué con nada.

–Amarró a mi marido –alegó Rupertina.

–Él me obligó –se defendió Paula.

–¡Bueno ya! –gritó Ifigenia y levantó las manos–. Calma. Claramente aquí hay comportamientos que se salen de las normas. Antes de determinar responsabilidades y asignar castigos, quiero recordarles a todos que estamos acá para explorar nuestra humanidad. Aquí no somos marido y mujer, aquí no buscamos deseos individuales, sino el reconocimiento del otro y de nuestro yo profundo a través de la experiencia fundamental del dolor y el placer. No huyamos de esta vivencia que nos permite…

Por alguna razón o quizás por la inminencia de que me devolvieran al salón, las palabras de Ifigenia devolvieron mi pensamiento hacia Ramón… y hacia la misma Ifigenia. Ella, a diferencia los demás asistentes, había estado sola durante toda la velada. Sin embargo, el estudio en que nos encontrábamos parecía pertenecer a un hombre, decorado con mapas, espadas, muebles toscos. El depósito también guardaba una colección de objetos que se asociarían con más frecuencia con gustos masculinos. Además, Ramón conocía exactamente la ubicación de la caja fuerte. Finalmente, cuando lo amenacé con llamar a la policía, él me pidió que “no llamara a nadie”, es decir, no le temía tanto a la policía como al grupo que lideraba Ifigenia.

Ramón no venía a robar. Venía a sacar sus pertenencias sin que nadie lo notara.

–Ifigenia –la interrumpí, antes de que ordenara nuestro regreso al salón–, creo que aquí en el estudio hay alguien a quien quieres volver a ver. Debajo del escritorio está Ramón.

Los ojos de Ifigenia se abrieron de par en par.

Había acertado.

–Marlon, sácalo –dijo Ifigenia y acompañó la orden con un movimiento de cabeza en dirección al amplio mueble.

Marlon apenas había dado dos pasos, cuando Ramón salió por sus propios medios, encorvado, la cabeza gacha. Miró a Ifigenia y habló con voz quebrada:

–Nooooo, Ifis, mi amor, yo no quiero el dolor. Noooo, por favor.

–Tú conoces el reglamento, mi vida –le respondió Ifigenia–. No debiste huir al ser escogido como objeto de dolor. Tendrás una dosis extra por infringir el reglamento. Sigifredo también será castigado con una dosis extra de placer por escapar.

Al gordito, aún amarrado y amordazado, se le iluminaron los ojos.

–Ifis, mi vida, esto se nos salió de las manos –dijo Ramón casi en llanto–. Recuerda que lo único que queríamos era un poco de variedad, de emoción en nuestro matrimonio…

–Conoces las reglas –dijo ella inflexible–. Tú contribuiste a crearlas y las aceptaste. No puedes huir cuando te toca ser objeto de dolor.

–Nooooooo, yo no quierooooo. ¡Aaaaaahhhhhhh! –Ramón soltó un grito desgarrador, giró su cuerpo y arrancó a correr hacia el balcón.

Tres personas se lanzaron de inmediato tras él. Marlon, el más rápido, pegó un salto, atrapó sus tobillos y lo derribó a un par de metros de la puerta.

–¡Nooooooooo, yo no quiero el dolor! –chilló Ramón, pataleó y mandó puños a diestra y siniestra.

Marlon lo levantó del suelo esquivando los golpes y sus acompañantes le ayudaron a sujetarlo.

–¡Que viva el dolor! ¡Que viva el dolor! –celebró en coro el grupo que esperaba cerca de la puerta.

El trío arrastró a Ramón y lo llevó hasta Ifigenia.

–Ifis, mi amor –chilló Ramón–, no me hagas esto. No quiero. Tenemos que hablar seriamente. Quiero un divorcio.

–Lo que quieras, lindo, pero primero están las reglas y los compromisos. Serás objeto de dolor. En consecuencia, hoy, después del placer, tendremos una sesión triple de dolor. Primero Humberto, luego tú y finalmente él.

Ifigenia se giró hacia mí y me señaló.

Un vacío se formó en mi pecho. Me faltó el aire. Debía huir. Mi instinto me dijo que arrancara a correr hacia el balcón y saltara la baranda sin mirar hacia abajo.

Pero a Ramón de poco le había servido.

Marlon y otros me observaban con atención, listos a lanzarse hacia mí.

Además, no podía huir. No abandonaría a Paula.

Cambié de plan y grité con entusiasmo:

–¡Que viva el dolor! ¡Que viva el dolor!

Le sonreí al grupo y di un par de pasos hacia ellos, como si estuviera ansioso por reiniciar la sesión.

Al notar mi actitud, de inmediato Marlon y los demás se relajaron y desviaron sus miradas. El grupo comenzó a salir por la puerta.

Busqué a Paula con la mirada. Caminaba hacia mí. Alcé las cejas para indicarle que estuviera lista.

Uno tras otro los presentes salían del recinto. Paula y yo nos unimos a la fila.

Adelante, Ramón ya no pataleaba y se dejaba arrastrar por dos personas. Ifigenia le hablaba con cariño:

–Me alegra que hayas vuelto, mi amor. Debes ser un ejemplo para los demás. Nosotros somos los creadores de estas maravillosas sesiones. Tranquilízate, recuerda que el dolor es una experiencia que nos recuerda nuestra humanidad. Vas a ver que nuestro matrimonio saldrá fortalecido.

Dejé pasar a dos hombres que me flanqueaban, asegurándome de quedar de último en la fila. Cuando llegó mi turno de salir, me eché hacia atrás medio metro, cerré la puerta y le eché seguro.

–¡Vámonos! –le dije a Paula, agarré su mano y corrimos hacia el balcón.

Los golpes estremecieron la madera.

–¿Qué pasó? ¡Abran! ¡Abran! –gritó alguien y otras voces lo secundaron.

Salí con Paula al balcón, me acerqué a la baranda y miré hacia abajo. Dos metros nos separaban del jardín.

–Sube –dije afanado.

Paula pasó por encima de la baranda y yo la imité. Los golpes en la puerta se calmaron y se escuchó una llave que rasgaba la cerradura.

Me agarré de la baranda con una mano y le di la otra a Paula. La bajé sosteniéndola todo lo que pude hasta que se dejó caer al prado. Me descolgué y caí al pasto frío y húmedo, dando un bote.

–¡Vamos, vamos! –dijo Paula y agarró mi mano.

Me puse en pie y arrancamos a correr hacia el frente de la casa. Flanqueamos la mansión por entre las matas esculpidas en forma de animales. Llegamos al sendero de piedra. Al fondo se veía la reja de la salida.

Un portazo a la derecha sacudió mis entrañas.

–¡Ahí están! –gritó un hombre.

Volteé la cabeza. Varias personas en ropa interior se lanzaban escaleras abajo desde la puerta principal de la mansión.

–¡Apura! –le dije a Paula y aceleré mis pasos.

Volamos sobre el sendero, mi corazón a punto de explotar.

Ojalá no hayan cerrado la reja con candado, pensé angustiado.

–¡No huyan, deben cumplir su parte! –gritó una mujer.

Recorrimos los últimos metros a toda velocidad. Frené tan cerca de la reja que me estrellé contra el metal. Agarré los barrotes con ambas manos, zafé el pasador y la abrí.

Jalé a Paula de una mano y salimos a la calle.

Miré alrededor. El carro estaba parqueado a la derecha, delante de otros dos vehículos.

–¡Vamos! –me dijo Paula y nos lanzamos hacia el automóvil.

Al llegar, Paula tomó la manija de la puerta de atrás y la jaló. Se botó adentro y yo lo seguí. Cerré la puerta.

–Vámonos, Julián –gritó Paula.

En el puesto de adelante, Julián se irguió como si despertara y luego asomó su cabeza por entre los asientos.

Estalló en carcajadas al vernos en ropa interior.

–Jajaja, ¿qué les pasó?, ¿qué están haciendo?

–¡Arranca, arranca! Nos persiguen –dije en pánico y miré por el vidrio de atrás. Aún no salía nadie por la reja.

–Lo siento, estoy esperando a dos amigos muy glamurosos: Édgar y Paula. ¿Los conocen?

–¡Arranca, es en serio! –gritó Paula.

La reja hizo ruido al moverse. Marlon, el más veloz, salió como toro embravecido, sus ojos desorbitados por la ira.

Julián miró por el retrovisor. Su cuerpo se tensionó, tomó la llave en el interruptor y le dio la vuelta. El motor rugió.

–¡Vámonos! –insistió Paula.

Julián se enderezó aún más y hundió el acelerador justo cuando Marlon mandaba un manotazo a la puerta.

Las llantas rechinaron sobre el asfalto y el carro salió propulsado hacia adelante. Un último golpe de Marlon hizo vibrar las latas del costado.

Volví a respirar cuando vi que la distancia respecto a Marlon y el resto de perseguidores se ampliaba. Por un momento pensé que se subirían a los automóviles para perseguirnos, pero se limitaron a mirar.

Cerré los ojos y solté una larga exhalación. Lo habíamos logrado. Habíamos escapado de una posible violación y de quién sabe qué torturas.

En cambio, Ramón, el cliente, tendría que experimentar en carne propia su propio invento. Bien merecido lo tenía. Eso sí, después hablaría con él y le cobraría una indemnización sustancial por habernos utilizado de esa forma.

La perspectiva de ese dinero extra y la alegría de haber escapado hicieron que no me resultara tan difícil aguantar el viaje de regreso en medio de las constantes bromas de Julián.

–Bueno, ahora sí cuéntenme qué pasó –comenzó punzante–. Ya sabía que eran muy buenos para el trabajo encubierto, pero no sabía que también les gustaba el descubierto. ¿O ese es un nuevo traje glamuroso? ¿Les presto la gorra para que no les de frío?

*** FIN ***

© 2015 Santiago Restrepo. Todos los derechos reservados. Publicado originalmente en “Exorcismos exprés y otros cuentos de suspenso y humor”.

El mensajero llama dos veces

Foto de Evalyn Walsh McLean (Flickr.com)

Foto de Evalyn Walsh McLean (Flickr.com)

Edilberto sabía que al cruzar la reja invadiría una propiedad privada, algo que el manual de “Mensajería Urbana” prohibía tajantemente.

Pero era una oportunidad única para apreciar mejor la mansión que se alzaba ante sus ojos. Blanca, de cuatro pisos y enormes ventanales, era sin duda la casa más grande que Edilberto hubiera visto. El antejardín era tan grande que en él se habría podido disputar un partido de fútbol cinco, de no ser por las fuentes, los hilos de agua y las estatuas de nomos y duendes verdirrojos que lo adornaban. Sin embargo, lo que más le llamaba la atención de la construcción era la forma abombada de las paredes, diseño poco frecuente incluso en los libros de arquitectura que estudiaba para sus clases de la universidad.

Empujó la reja entreabierta. Con los nervios punzándole el estómago plantó su pie derecho en antejardín.

Ojalá nadie saliera de la casa, aunque, en ese caso, diría la verdad: “Timbré tres veces y nadie abrió. Como la reja exterior estaba abierta, entré para golpear en la puerta y entregar el paquete”. La persona, al verlo con el uniforme de la reconocida compañía de mensajería…

¡Zas!

Se miró el pecho y maldijo para sus adentros. Unas cuadras atrás se había quitado la chaqueta azul con el logo de la empresa para atenuar el calor de la tarde.

En fin, le bastaría señalar el camión parqueado al otro lado del separador.

Edilberto recorrió el sendero empedrado y se detuvo ante la imponente puerta de madera de la vivienda… también entreabierta como la reja.

Raro.

–Buenos taaaaaaaardes –llamó y siguió con el eslogan de la empresa–. “Mensajería Urbana trae sus envíos con seguridad y rapidez”

Silencio.

Dejó el paquete en el piso, al lado de la puerta, y llevó su mano derecha a la aldaba dorada en forma de cabeza de dragón.

¡Toc, toc, toc!

La puerta se abrió unos centímetros más con los golpes.

Nadie respondió.

–Buenos taaaaaaaaaardes –repitió–. Mensajeríaaaaaaaa.

Nada.

Edilberto se encogió de hombros y se dio media vuelta.

Al ver el camión de la empresa parqueado a la distancia lo invadió cierta desazón. Era la última entrega de la tarde. Se había apurado para terminar la ruta y así tener tiempo para invitar a Luisa, su novia y compañera de trabajo, a visitar el recién inaugurado centro comercial de la zona. Últimamente no les quedaba tiempo para nada que no fuera trabajar y estudiar. De hecho, por eso mismo consiguieron un trabajo que les permitiera verse durante la semana. Por las noches Edilberto estudiaba arquitectura, mientras que Luisa había comenzado otro trabajo de medio tiempo con el ánimo de juntar más dinero para montar un pequeño negocio de objetos de diseño, carrera que también estudiaba por las noches.

Les hacía falta hacer otras cosas, planes sencillos que sacaran a la relación de la rutina. Cuando Edilberto le propuso el plan del centro comercial a Luisa, hace unas horas, ella le había dicho que sí, que muy buena idea. Pero al recordárselo hace unos minutos, le respondió que tenía sueño, que prefería echar una siesta, porque se había trasnochado trabajando en el diseño de unos accesorios. Que otro día sería rico.

Su esfuerzo había sido en vano.

Se dio media vuelta y miró de nuevo la enorme puerta de madera. ¿Qué hacer? ¿Volver al camión a ver dormir a Luisa? Nada perdería con dar una miradita adentro, solo para apreciar el interior de la mansión. Buena parte de la arquitectura se aprende observando y frente a sí se abría, literalmente, una mansión que aunque no parecía de muy buen gusto, sí poseía un diseño peculiar. ¿Cómo sería por dentro?

¿Y si llegaba alguien? ¿O si había alguien en la casa?

Diría que encontró la puerta abierta, que nadie respondió a sus llamados y que pensó que había sucedido una calamidad, que alguien necesitaba ayuda.

Además, solamente entraría un par de metros para dar una mirada.

Y a lo mejor alguien sí necesitaba ayuda.

Se acercó de nuevo a la puerta y la empujó con la mano derecha.

Apareció ante él un corredor que se ensanchaba a medida que se adentraba en la casa, como un embudo invertido, sus paredes adornadas por pinturas al óleo en marcos dorados.

–Buenos díaaaaas –llamó de nuevo con voz temblorosa.

Silencio.

Miró a la calle. Ningún movimiento extraño.

¿Qué tal que de verdad hubiera ocurrido una tragedia, un accidente?

Lanzó un pie adelante y entró al corredor, su corazón acelerándose.

A la derecha encontró una puerta abierta que dejaba ver la cocina. A la izquierda dos puertas cerradas. Al fondo, el corredor terminaba en una sala amplia con sofás y sillones rojos.

No escuchó un solo ruido.

Avanzó por el corredor y, a medida que lo hacía, los ventanales que remataban la sala revelaron tras de sí una piscina y una pared rocosa por la que caían tenues cascadas de agua en medio de matas y enredaderas.

–Uaahhhh –exclamó impresionado.

Nunca había visto una casa con piscina en Bogotá. En general, solo los clubes, los edificios nuevos o los hoteles se permiten el gasto de construir y mantener una piscina que debe ser cubierta y climatizada para contrarrestar el frío sabanero.

Al llegar a la sala se impresionó aún más con su tamaño. Dos sofás, seis sillones y varias meses ocupaban un gran espacio ovalado, rodeado unos peldaños más arriba por un corredor protegido por una baranda dorada.

Edilberto alzó el rostro. En el techo, de dos pisos de alto, una pintura de ángeles en medio de columnas y nubes irradiaba una sensación de tranquilidad. Más que una mansión, la casa era un palacete.

Le contaría a Luisa.

Sacó su teléfono del bolsillo y le marcó.

El timbré sonó una vez, dos veces, tres veces…

Ya se habría quedado dormida, concluyó con desazón y suspiró. En fin, le mostraría las fotos… Con el teléfono le tomó una al techo y otra a la piscina.

Listo, eso era todo. Ahora de vuelta al trabajo y, de noche, a estudiar para algún día diseñar casas tan grandes como esa, aunque más sobrias… de mejor gusto. Tantos adornos, pinturas y curvas resultaban excesivos.

Se giró para buscar la salida. Al hacerlo, notó que en una pared se abría un hueco al lado de las escaleras.

¿Un hueco? ¿Cómo así? ¿Para qué?

Caminó en esa dirección y subió seis peldaños hasta el corredor que rodeaba la sala y que a la izquierda terminaba en una puerta de vidrio que conducía a la piscina.

Se acercó al hueco. Apoyó una mano en la pared del borde, metió la cabeza y miró hacia abajo. La luz casi no llegaba al fondo, a tres o cuatro metros de profundidad.

Giró la cabeza hacia arriba. En los pisos superiores se abrían dos huecos similares.

¡Construían un ascensor! Los dueños de la mansión querían evitarse la incomodidad de subir escaleras.

–Fiuuuuuu –Edilberto soltó un silbido de asombro–. Increíble.

Por lo tanto, hacia abajo el ascensor llevaría a un parqueadero subterráneo, porque al entrar no había visto espacio para estacionar y…

–¿Qué creíste, que te dejaría ir así no más? –tronó una voz de hombre a la distancia y la reja exterior de la vivienda se cerró con un estruendo metálico–. ¡No seas ridícula!

Los nervios de Edilberto se electrizaron.

Alguien entraba a la casa.

***

Tacones repicaron sobre el sendero de piedra del antejardín y luego sobre el corredor de la entrada.

–¡Entra en razón, maldita sea! –dijo el hombre más cerca. La puerta principal se cerró con un estruendo.

Con el pulso a mil, Edilberto miró a izquierda y derecha en busca de un escondrijo. Al lado de la puerta de vidrio que daba a la piscina, dos muebles bajos recostados contra la baranda del corredor tapaban la vista desde la sala. Como un gato se tiró al suelo y se cubrió tras el par de muebles.

–El Águila acaba de mandar una gente que tiene acá en Bogotá –siguió el tipo–. Dice que no ha encontrado nada y que no se va a dejar robar. ¿Vas a hacer que nos mate? ¿Eso es lo que quieres, que ese loco nos mate por una pendejada?

Los pasos se detuvieron en la sala. Si subían al corredor estaría perdido.

Maldijo para sus adentros. ¿Para qué había entrado a la casa? ¿Cómo se le ocurrió semejante barbaridad?

Se movió a la derecha para ocultarse mejor y se dio cuenta de que a través de una ranura entre los dos muebles veía parte de la sala.

–¿Por una pendejada? –dijo una mujer que apareció en su campo visual. Vestía una minifalda negra, una blusa morada ceñida al cuerpo, medias veladas y zapatos de tacón. Su pelo negro caía en desorden sobre sus hombros–. ¿Te parece que lo que pasó fue una pendejada, idiota? Y ya te lo dije mil veces: yo no me robé nada.

¿De qué diablos hablaban?

Edilberto miró hacia atrás con el deseo de esconderse mejor. Una puerta abierta daba a un cuarto alfombrado con una mesa de billar. Un mejor refugio. Pero si se movía lo verían. Decidió esperar y devolvió su atención a la sala.

–No fue una pendejada, claro que no –dijo el hombre, más bajo que la mujer, barrigón y con canas en su pelo negro y crespo. Vestía una chaqueta de cuero y pantalones de dril–. Y te entiendo, Matilde. Pero no me culpes por lo que hizo el Águila. Me da rabia, claro que me da rabia, pero tú misma viste de lo que es capaz ese tipo, es muy peligroso. Yo no sabía que estabas con él. Y si lo hubiera sabido, me habría amenazado como te amenazó. Habría sido capaz de matarnos ahí mismo.

–Me vendiste, me vendiste a ese cerdo asqueroso y fuera de eso tienes el descaro de negarlo, de alegarme, de hacerte el güevón.

–Yo no te vendí, no digas estupideces.

–¿Entonces por qué me llevaste a la casa de ese idiota si es tan peligroso?

–Porque era su cumpleaños y tengo unos negocios con él de los que no me puedo salir. No me imaginé que intentará abusar de ti. ¿Si te sentías mal por qué no te fuiste?

–¡Porque el idiota ese me amenazó con un arma! ¡Ya te dije!

–¡Exacto! Así de peligroso es. Si no le devolvemos las esmeraldas nos va a matar.

–¡Que yo no saqué ningunas esmeraldas! –gritó ella–. ¿De cuántas formas tengo que decírtelo? ¿El malparido ese me manoseó, trató de violarme y encima me acusa de ladrona? Que se pudra ese asqueroso, que le roben las esmeraldas una y mil veces. Y a ti, remedo de marido, no solo te vale mierda que me ultrajen sino que me crees ladrona.

–Si anoche le hubiera reclamado primero me mata y luego te viola. Tú fuiste la única que salió anoche de su casa. ¿Adónde fuiste?

–Ya te dije. Adonde mi prima, a quedarme allá. Pero no estaba.

–Entonces, ¿por qué volviste después?

–Porque no tenía un peso para volver a Bogotá. Yo lo que no entiendo es por qué ese idiota sospecha de mí y no de las perras que llevó a la casa. Que les pregunte a ellas. Y tú, más bien ten pantalones y dime cuánto te pagó para que me llevaras a su casa.

–No me pagó nada.

–No seas mentiroso, Nelson. No seas miserable. No solamente estás en la ruina, sino que eres un maldito miserable.

–No empeoremos esto –dijo Nelson furioso–. Ten cuidado con lo que dices.

–Me llevaste a Tunja solo para venderme a ese asqueroso. ¿Cuánto te prometió si lograba acostarse conmigo? ¿Qué te dio? ¿Te canceló tus deudas?

–No digas bobadas. Era su fiesta de cumpleaños.

–¿Y yo era el regalo? ¿Sabes qué? Eres un maldito muerto de hambre, un tipo sin carácter. Preferiste venderme a mí que vender esta casa inmunda y de mal gusto. Ni siquiera tienes plata para terminar tu estúpido ascensor.

–Maldita sea –gritó el tipo, rojo de la ira–, ¿piensas que creo que todo lo que inventas, que el Águila casi te viola y no sé qué más güevonadas? Apuesto que te acostaste con él porque te prometió algo y cuando no te lo dio le robaste las esmeraldas.

–Maldito estúpido –la mujer se adelantó unos pasos y le tiró una cachetada.

El rostro del hombre se volteó con el impacto. El ruido del golpe hizo eco en la bóveda del techo.

–¿Por qué diablos te quejas del manoseo de ese tipo si últimamente te revuelcas con cualquier aparecido? –Nelson le agregó desprecio a su rabia–. ¿Crees que no lo sé? ¿Me crees idiota? ¿Si te acuestas con todos esos tipos por qué te molestaría acostarte con uno más?

–Maldito loco paranoico.

Matilde mandó otra cachetada. Nelson la trancó con su brazo derecho. La mujer lanzó la otra mano como un rayo y le plantó un golpe en la sien izquierda.

El tipo dio dos pasos hacia atrás. Con la mano izquierda se tomó el lugar del golpe y con la derecha desenfundó una pistola.

–¡Cálmate estúpida! –gritó y le apuntó el arma al pecho–. ¿Todavía no entiendes lo grave que es esto?

Una corriente fría recorrió la espina dorsal de Edilberto. Calma, se dijo, el tal Nelson solo la quiere asustar.

–Jaja, tú y tus soluciones pendejas. ¿Qué vas a hacer? ¿Dispararme? –dijo la mujer con sorna y desafiante.

–Si no te mato yo, te matan ellos y luego me matan a mí. ¿No entiendes? Nadie le roba al Águila y menos sus esmeraldas.

–Aquí lo que pasa es que no tienes pantalones para hacerte respetar –dijo ella–. A mí me amenazas haciéndote el valiente. Pero frente al Águila te orinas de miedo, cobarde muerto de hambre.

La mujer se acercó a Nelson y estiró un brazo hacia el arma.

Nelson la movió a un costado.

La mujer se lanzó hacia adelante y sujetó el cañón.

–¡Quieta!

Nelson sacudió la mano para recuperar el control la pistola, pero la mujer juntó su otra mano a la primera y las giró hacia un lado.

El tipo perdió el apoyo de un pie. La mujer lo notó y jaló la pistola. Nelson, sin recuperar el equilibrio, la siguió con pasos tambaleantes.

La mujer golpeó sus pantorrillas contra una mesa baja situada al lado de un sofá. Soltó un grito y cayó de espaldas sin soltar la pistola.

Nelson la siguió en la caída.

La mujer golpeó con su espalda el costado de la mesa y luego el suelo.

Nelson le cayó encima y una detonación reventó el aire.

Edilberto se estremeció y su corazón explotó en palpitaciones aceleradas.

El arma se había disparado.

***

Edilberto temblaba de pies a cabeza. Desde donde estaba solo alcanzaba a ver las piernas de la pareja en el suelo, entre el sofá y la mesa baja de madera.

Ninguno se movió durante un par de segundos, hasta que Nelson se arrodilló despacio y extendió las manos hacia adelante.

–Matilde, Matilde –dijo afanado–. ¿Estás bien? Háblame, maldita sea.

Se inclinó sobre su mujer.

–Matilde, no quise… Matilde, háblame, por favor.

¿La habría matado? El pensamiento estremeció los nervios de Edilberto.

–Matilde, Matilde –Nelson sacudió a su esposa.

Fue como si intentara mover un bulto de cemento.

¿Y ahora?, pensó Edilberto con la garganta hecha un nudo de angustia, ¿qué hacer? ¿Esconderse y llamar a la policía? ¿Y qué iba a decir? ¿Qué acababa de presenciar un disparo con arma de fuego porque se le ocurrió entrar a conocer una casa? No, lo mejor sería esperar a que el tal Nelson llevara a su mujer a la clínica o se alejara para llamar una ambulancia. En ese momento escaparía por la puerta principal.

En la sala, Nelson se levantó y contempló el cuerpo de su esposa. Se pasó una mano por la cara, desde la frente hasta la quijada, como si quisiera quitársela.

No se afanaba por auxiliar a su mujer o llamar una ambulancia.

¿Acaso…? ¿La había matado?

Nelson se inclinó de nuevo sobre su mujer, llevó una mano hacia ella y tras unos segundos la retiró.

Se alejó unos pasos.

–¿Qué hice? ¿Qué hice? –se lamentó.

Sí. La había matado. Había asesinado a su esposa.

Edilberto pasó saliva. Acababa de presenciar un asesinato.

Además, en poco tiempo la casa se llenaría de médicos, policías, familiares, amigos.

Las manos le temblaron. Necesitaba escapar lo antes posible… incluso por una ventana. Pero se encontraba atrapado en el costado opuesto de la calle, cerca de la piscina que terminaba en el muro de piedra.

Nelson dio unos pasos hacia el centro de la sala, alejándose del cuerpo de su mujer.

–¿Qué hiciste, Matilde? ¿Qué hiciste? –se quejó lloroso. Después soltó un grito desgarrador, mezcla de rabia y llanto–. ¡Maldita seaaaaaaaaaa!

Nelson caminó en círculos. Después de un minuto se detuvo y miró hacia donde se encontraba Edilberto. Con la cabeza hundida entre los hombros, Nelson se dirigió los pies hacia los mismos peldaños que había subido Edilberto.

En pánico, Edilberto reaccionó como animal acorralado, y se arrastró hacia el cuarto de atrás con la esperanza de que Nelson no lo viera.

Apenas entró, giró a la izquierda para escapar del campo de visión de Nelson y se puso de pie.

Una mesa de billar y otra de póker ocupaban casi todo el recinto, sin armarios u otro lugar donde esconderse. Al fondo, en un espacio unido por una barra, se alzaba un bar en forma de redondel, con taburetes rojos a su alrededor.

Edilberto apuró sus pasos cuidándose de no hacer ruido. El tapete terminaba donde comenzaba el bar. Un piso de baldosines conectaba con el espacio de la piscina, adonde se llegaba por una puerta de vidrio.

Edilberto rodeó el bar en busca de una apertura. En la parte de atrás halló una pequeña puerta. La abrió, entró y se agachó sin hacer ruido, en medio de una infinidad de vasos y botellas.

¿Y ahora? ¿Cómo sabría en qué momento salir sin que Nelson lo viera?

Escuchó con atención.

Las pisadas se acercaban por el corredor.

Unos segundos después dejaron de sonar.

El tipo acababa de entrar al cuarto de juegos y el tapete absorbía el ruido.

El ánimo de Edilberto se fue al suelo al entender lo que ocurría: Nelson, con los nervios destrozados por la muerte de su esposa, quería tomarse un maldito trago.

En una mansión gigante, Edilberto se había escondido justo en el lugar adonde iría Nelson.

Con la adrenalina inundando su sangre, Edilberto miró alrededor en busca de un arma. Sus ojos se detuvieron sobre las botellas. Su única oportunidad sería sorprenderlo con un golpe, dejarlo inconsciente y huir. Tomó el pico de una botella de vino y la alzó con su brazo tembloroso.

Cuando la llevó a la altura de su pecho, el vidrio rodó por su piel sudorosa y se le escapó.

La respiración se le cortó al tiempo que estiraba la otra mano para atraparla.

Demasiado tarde. La botella impactó los baldosines y se quebró con un estruendo.

–¿Quién está ahí? –rugió Nelson a unos metros. Sus pisadas golpearon los baldosines del espacio del bar.

Edilberto mandó sus manos a otra botella.

La tomó del picó y jaló.

–¡Quieto, quieto! –gritó Nelson.

Edilberto giró la cabeza.

Nelson le apuntaba un arma por encima de la barra.

–Suéltela y levante las manos –dijo Nelson.

Edilberto dejó la botella en el piso.

–Levántese despacio.

Edilberto alzó ambas manos y se puso de pie, su cuerpo hecho una gelatina.

–¿Quién es usted? –escupió Nelson–. ¿Qué hace ahí?

–Yo… yo… pasaba… la puerta… –su lengua parecía un tomate. No le salieron más palabras.

–¿Dónde estaba? ¿Qué vio? ¡Dígame qué vio!

Edilberto negó con la cabeza varias veces.

El tipo lo miraba en silencio.

–Yo… yo… –Edilberto lo intentó de nuevo en vano. No podía hablar. Y si pudiera, ¿qué iba a decir?

La mirada de Nelson se dirigió a un costado, como si pensara en otra cosa.

Un momento ideal para quitarle el arma.

Edilberto midió sus movimientos para lanzarse hacia adelante.

Nelson volvió su atención a él.

–¿Usted sabe algo de primeros auxilios? –preguntó urgido.

Edilberto negó con la cabeza.

–No importa, venga –dijo Nelson afanado–. Hubo una tragedia, necesito ayuda.

Nelson bajó el arma y se alejó un par de pasos, dándole espacio a Edilberto para salir.

–Es en la sala, vamos.

Las manos de Edilberto aún temblaban. El tipo parecía no tomarse tan mal la intrusión. Si le ayudaba quizás lo dejaría ir. Le explicaría todo, que por su curiosidad de estudiante de arquitectura había entrado a mirar la casa.

Salieron del cuarto del billar y recorrieron el corredor hasta los escalones que bajaban a la sala.

Los pies de la mujer seguían estirados en el mismo lugar, el resto del cuerpo escondido entre el sofá y la mesa.

La mujer había fallecido. Si viviera, el tipo habría intentado trancar la hemorragia o llamar una ambulancia. En vez de eso había ido al bar en busca de un trago.

Entonces, ¿para qué lo necesitaba? ¿Qué podía hacer Edilberto por un cadáver?

Nelson lo seguía de cerca sin guardar la pistola.

–¿Qué… qué pasó? –dijo Edilberto con ignorancia fingida y señaló a la mujer.

Se detuvo a tres metros del cuerpo.

El tipo acababa de encontrar un intruso en su casa y lo llamaba para auxiliar a… ¿un cadáver?

Edilberto entendió con un destello lo que sucedía.

Sus músculos se tensionaron. Giró su cabeza hacia atrás y vio el brillo del arma que subía hacia el costado izquierdo de su cabeza. Se agachó casi al tiempo en que el arma detonaba con un estampido que le destrozó el tímpano.

Edilberto estiró su mano derecha y agarró la mano con que Nelson sujetaba la pistola.

El tipo se paralizó un segundo, perplejo por la forma en que se le escapaba su presa.

Edilberto giró el arma hacia afuera y luego hacia abajo, torciendo el brazo de Nelson.

Nelson gritó y soltó el mango.

Edilberto se apoderó del arma, la giró y la empuñó. Su mano temblaba sin control.

–¡Quie… Quieto! –dijo.

Nelson no obedeció. Se agachó, llevó su mano al tobillo y agarró un objeto debajo del pantalón.

Una pistola pequeña.

–¡Quieto! –insistió Edilberto.

Nelson levantó el arma.

Edilberto no lo pensó. Apuntó al pecho de Nelson y oprimió el gatillo.

El arma escupió fuego y el culatazo lo empujó hacia atrás.

Nelson abrió los ojos y la boca en un gesto de horror.

Una mancha roja se dibujó sobre su camisa blanca.

Nelson bajó la cabeza y se miró el pecho. Luego alzó los ojos y los posó en Edilberto, como si no entendiera lo que sucedía. Dos segundos después su mirada se perdió en el aire y su cuerpo se dobló. Cayó al suelo, donde quedó inmóvil.

Había muerto.

Edilberto lo había asesinado.

Espantado, dejó caer el arma. Su corazón galopaba sin control. Las formas y colores se diluyeron. Un ruido agudo lo envolvía por completo.

Le faltó el aire. Iba a desvanecerse.

No, no. Calma, calma, calma. El tipo quería matarte, lo hiciste en defensa propia. No fue tu culpa.

Cerró los ojos y repitió la frase varias veces. Revivió el momento en que Nelson había intentado matarlo. Quiso dispararle en la sien mientras Edilberto le daba la espalda. Todavía no entendía cómo se había salvado. Su instinto de supervivencia debió procesar las inconsistencias en el comportamiento y las palabras de Nelson para entender en el último segundo lo que planeaba: matarlo, colocarle el arma en la mano y hacerlo pasar por el asesino de su esposa, quizás su amante o un ladrón. Un asesino que después de matarla se había suicidado disparándose en la sien.

Maldito tipo, bien merecida tenía su muerte.

***

Edilberto se miró las manos. Aún le temblaban. El pitido agudo aún sonaba en su cabeza. El arma había detonado casi en su oído.

Edilberto se alejó del cadáver de Nelson, que yacía a un par de metros del de Matilde. Una pareja unida por el mismo destino trágico, reflejo de una relación destrozada.

Era el momento de huir. Decidido, se giró hacia la salida.

No había dado dos pasos cuando cayó en cuenta de que la policía tarde o temprano investigaría lo ocurrido. No pensarían que Nelson se había suicidado disparándose en el pecho. Tomarían huellas digitales en toda la casa y encontrarían las de Edilberto en las botellas, la puerta del bar, el arma y quizás el mueble detrás del que se había agazapado…

Corrió al baño más cercano, humedeció una toalla de manos y se dio a la tarea de limpiar los objetos que había tocado. Recogió los vidrios de las botellas rotas y los echó en una bolsa para sacarlos de la casa y botarlos. Al terminar metió la toalla en la bolsa y emprendió el rumbo hacia la puerta principal.

A la mitad del corredor de la entrada, un chirrido de frenos afuera de la casa lo hizo detenerse en seco.

Varias puertas de un vehículo se abrieron y se cerraron.

Su corazón se detuvo. ¿La policía? ¿Pero cómo…?

Se giró sobre sus talones. No dejaría que lo encontraran y menos con la bolsa que contenía la evidencia.

Se devolvió por el corredor hacia la sala, al tiempo que escuchaba el quejido metálico de la reja exterior.

Edilberto giró a la derecha en la sala, trepó de dos en dos los escalones que llevaban al corredor y pasó al lado del hueco del ascensor. Esta vez no siguió hacia el fondo, sino que subió las escaleras. No cometería dos veces el mismo error.

Al llegar al segundo piso volteó a la izquierda. Siguió la curva del corredor que replicaba la forma de óvalo de la sala. Abrió la segunda puerta que encontró a la derecha. Un baño. Entró y cerró la puerta.

Escuchó pasos en el primer piso. Miró hacia arriba. En la parte alta del baño se abría una pequeña ventana de ventilación que al parecer daba a la sala. Edilberto subió a la taza sujetándose de la pared. A través de la ventana vio el lugar donde yacían los cuerpos de Nelson y su mujer y atrás parte de la piscina.

Un hombre corpulento, calvo, de chaqueta negra, se acercaba a los cadáveres. Otros tres, armados con subametralladoras, guardaban unos metros de distancia. Vestían ropa de calle, uno incluso con gorra. No eran policías.

–Uy, como que los mataron –dijo el de menor estatura, un tipo flaco y desgarbado.

–Claro que los mataron, Pelusa, no sea güevón –dijo el de la chaqueta, que debía ser el jefe–. ¿Pero quién?

–¿Y si el tipo la mató y luego se suicidó? –dijo el de la gorra.

El jefe dio unos pasos hacia los cadáveres.

–Mmmm… el tipo tiene un disparo en el pecho. No es un suicidio –se inclinó y tocó el cuello de Nelson–. Está caliente. Cuidado, puede haber alguien en la casa

Los otros tres levantaron sus armas y miraron alrededor.

Edilberto bajó la cabeza.

Tras unos segundos volvió a asomarse.

–¿Quién averiguaría lo del robo? –dijo el de la gorra.

–A lo mejor se fueron de lengüilargos… –dijo el jefe–. Ella debió contarle a alguien anoche cuando salió. El patrón todavía no sabe adónde diablos fue.

–¿Entonces qué hacemos? –dijo el chiquito, al que le decían Pelusa.

–Dumar, salga y vigile la entrada –respondió el jefe–. John Jairo, ayúdeme con Pelusa a registrar la casa. Primero asegurémonos de que el que los mató no esté acá.

Dumar, siempre en silencio, se devolvió por el corredor que daba a la puerta de entrada. Los demás comenzaron a husmear en todos los rincones de la sala.

La angustia atenazó la garganta de Edilberto. Si lo encontraban lo matarían. Necesitaba escapar de una buena vez.

¿Pero cómo? ¿Por una ventana? No, el tal Dumar vigilaba la única salida del antejardín.

Su única opción sería ocultarse en la mansión.

Se bajó de la taza y abrió la puerta del baño. Necesitaba esconderse mejor antes de que subieran. Caminó en silencio hacia el fondo del corredor, en busca de otras escaleras.

Las encontró al final del largo pasillo curvo.

En el tercer piso entró a un corredor de la misma forma, pero con más puertas en el costado que daba hacia la sala. El tercer piso quedaba encima del techo de la pintura con los ángeles y por eso tenía más espacio. Edilberto se desplazó hasta la mitad del corredor y abrió una de las puertas de la izquierda. Ingresó a un pequeño gimnasio repleto de pesas, máquinas, colchonetas, balones medicinales.

Cerró la puerta y la sujetó con ambas manos como si alguien fuera a empujarla. ¿Qué hacer? ¿Cómo escapar? Los tipos registrarían toda la casa.

Su única opción sería eludirlos. Aprovechar el tamaño de la mansión y la disposición de las escaleras. Además de que el grupo no parecía muy organizado. Esperaría a que comenzaran a escudriñar en el tercer piso. En ese momento bajaría por las escaleras del extremo opuesto al que registraran y se ocultaría en el segundo piso hasta que se fueran.

Algún error cometerían y Edilberto lo aprovecharía.

De lo contrario, podía darse por muerto.

***

Diez minutos después, agazapado al pie de la puerta del gimnasio, Edilberto escuchó pasos al fondo del corredor.

También escuchó pisadas que venían del lado opuesto.

Subían al tiempo por ambas escaleras.

–Maldición –masculló.

–Pelusa, ¿cómo va? –gritó una voz a la derecha, que reconoció como la del tipo de la gorra, al que le decían John Jairo.

–Caminando, con mucho cuidado –dijo Pelusa a la izquierda.

–¿Ya subió las escaleras? –preguntó con fastidio el de la gorra.

–Ya.

–Entonces comencemos.

Los músculos de Edilberto se tensionaron. ¿Y ahora?

Buscó con desespero una nueva forma de escapar.

Solo le quedaba una opción. Pelusa y John Jairo entrarían a cada uno de los cuartos a revisar que no hubiera nadie. Cuando uno de ellos despejara el corredor, en ese momento Edilberto escaparía por ese costado. Y entre el lado de Pelusa y el de John Jairo, prefería el izquierdo, el de Pelusa, que no parecía muy ágil de entendimiento.

Esperó un minuto, calculando que registraran el primer cuarto de cada extremo, y luego escuchó pasos lentos a la izquierda. Una puerta se abrió.

A la derecha no escuchó nada.

Era el momento. Tras unos segundos abrió la puerta y asomó rápido la cabeza a lado y lado.

Nadie.

Salió hacia la izquierda acariciando las baldosas.

Aceleró sus pasos. Pelusa no demoraría en salir.

Pasó una puerta y luego otra. No sabía cuál registraba Pelusa.

Una vibración estremeció el bolsillo derecho de su pantalón.

¡El teléfono!

Al siguiente timbre no solo vibraría, sino que sonaría con un estruendo horrible.

Lo sacó rápido con la mano derecha. En la izquierda sostenía la bolsa con la evidencia. Oprimió el botón de apagado con tanta fuerza y tan rápido que el aparato se le escapó.

Edilberto lo vio caer en cámara lenta.

¡Tac! El teléfono golpeó el suelo.

–¿Quién anda ahí? –gritó Pelusa desde el cuarto más cercano.

Escuchó pasos que se acercaban a la puerta.

La angustia electrizó a Edilberto de los pies a la cabeza. Levantó el celular con la mano derecha y arrancó a correr.

A toda velocidad, atravesó el corredor y se inclinó a la derecha para bajar las escaleras. Antes de dar la curva giró la cabeza hacia atrás. La puerta del cuarto que Pelusa registraba se abría.

Edilberto se agarró de la pared con la mano derecha para frenar su carrera al voltear y miró hacia adelante para buscar el escalón en el que pondría el pie izquierdo.

Encontró un foso negro debajo de su zapato.

El corazón le estalló. ¿Qué era…? Su cuerpo, aferrado al borde de la pared por la mano derecha, giró en el aire sobre el vacío.

En pánico soltó la bolsa de la mano izquierda y al continuar el giro intentó agarrar el borde de la pared.

Su único pie de apoyo, el derecho, resbaló y cayó.

Con ambas manos raspó el borde de la pared tratando de sujetarse mientras su cuerpo se hundía en el abismo.

Edilberto soltó el teléfono y con un esfuerzo desesperado terminó de girar su cuerpo y mandó sus brazos hacia el borde del hueco.

Sus codos y antebrazos impactaron el suelo y su mentón se estrelló contra las baldosas.

Se escurrió como si lo chupara un sifón.

Tensionó los músculos de sus manos y en el último instante antes de caer, sus dedos se prensaron al borde.

La bolsa y el celular golpearon el fondo del pozo.

–¿Quién anda ahí? –dijo Pelusa a unos metros–. ¿John Jairo?

Edilberto apretó los dientes. El dolor del golpe en la quijada se expandió con retorcijones por su cara.

–¿Qué pasó? –dijo John Jairo desde el otro extremo del corredor.

–Oí ruidos a este lado –dijo Pelusa.

–Pues mire qué pasó. ¿Cómo voy a ser yo si estoy al otro lado?

Los músculos de los brazos y las manos de Edilberto se desgarraban del dolor. Pero no se soltaría. Si caía al fondo del pozo se rompería como mínimo una pierna, si no moría o quedaba inválido. Estaba en el tercer piso de la casa y el hueco terminaba en el sótano.

Los pasos de Pelusa se acercaron por el corredor.

Que no vea mis manos, que no vea mis manos, pensó Edilberto con desespero. Cada segundo que pasaba, el peso de su cuerpo templaba más sus músculos. No sabía si la fuerza le alcanzaría para trepar de vuelta.

–¿Qué pasó, Pelusa? –dijo John Jairo más cerca.

–No sé, oí un ruido por aquí. Algo se caería.

Los pasos de John Jairo se acercaron.

–¿Seguro? ¿Miró bien? –dijo a pocos metros.

–No veo nada.

En cualquier momento los dedos sudorosos de Edilberto se deslizarían sobre la saliente y caería al vacío.

Que se vayan, que se vayan, que se vayan.

–Será bruto Pelusa, ¡Mire! –los pasos veloces de John Jairo azotaron el suelo–. ¡Quieto, no se mueva!

Lo habían visto. Edilberto alzó la mirada. Una subametralladora le apuntaba a la cara. Detrás de ella encontró los ojos inyectados de sangre de John Jairo.

–¿Quién diablos es usted? –dijo el tipo con rabia.

–Ayúdeme, por favor, me voy a caer –murmuró Edilberto.

–¡Uy!, ¿ese man qué hace ahí? –dijo Pelusa–. No lo vi. ¡Qué susto!

–Jefeeeeeeee –llamó con un grito John Jairo, sin dejar de apuntarle a Edilberto–. Encontramos a alguien.

–Sáquenme, por favor –suplicó Edilberto temiendo que la vibración de su voz lo hiciera caer.

–Pelusa –dijo John Jairo–. Dele una mano y ayúdelo a salir… No, mejor espere. Es capaz de caerse con él. Ya viene el jefe.

Los dedos de Edilberto se deslizaron un centímetro más. Sacó fuerzas de dónde no tenía para no soltarse.

–Ayudaaaa –susurró en un murmullo de agonía.

–¿Qué pasó, qué paso? –dijo el calvo de chaqueta negra apenas llegó.

–Encontramos a este tipo. Parece que el idiota quería escapar y se fue de cabeza al hueco, jaja.

A cualquiera le puede pasar, pensó Edilberto, y se dio cuenta de que sería un pensamiento horrible antes de morir.

–Sáquenlo, sáquenlo mientras yo vigilo –dijo el jefe.

Pelusa y John Jairo dejaron sus armas en el suelo. Se acercaron y cada uno agarró de un brazo a Edilberto.

Edilberto sintió el jalón y se dejó arrastrar agradecido. Con un envión final, terminaron de sacarlo. Afirmó sus pies en el suelo cual náufrago en tierra firme y llenó sus pulmones de aire. Se enderezó y se pasó las manos por la ropa comprobando agradecido que su cuerpo seguía entero. Se sobó la quijada que parecía de plomo, como si le hubiera dado un puñetazo. Los músculos de sus brazos y manos le ardían. Pero vivía.

–¿Dónde están las esmeraldas? –preguntó el jefe sin darle más pausa y le apuntó el arma al pecho.

–¿Cu… cuáles esmeraldas? –dijo Edilberto con voz temblorosa, mezcla de cansancio y miedo. Había escapado de una muerte horrible para enfrentarse a una quizás peor.

–No se haga el güevón, hermano. Las esmeraldas que se robó la estúpida esa, Matilde. ¿Quién es usted? ¿El amante? ¿Por qué la mató?

–Les juro… les juró que yo no sé.

–No sabe, no sabe –dijo el jefe impaciente–. ¿Será que si la tartamuda le pregunta se acuerda? –Levantó la subametralladora unos centímetros apuntándole a la cara–. Usted los mató, tiene sangre en la camisa. Empiece a hablar o les hace compañía.

Edilberto se miró el estómago y vio un pequeño manchón rojo en su costado derecho. No se había dado cuenta.

Pasó saliva. No sabía qué decir. Esos tipos no aceptarían el silencio por respuesta. Pero tampoco podía decir la verdad, pues involucraría a Luisa. Debía inventar algo creíble…

–¿Entonces? –dijo el jefe y le acercó el cañón a la cara.

–Vea, hermano… Yo… ellos… los escuché hablar en una cafetería. Estaba ahí de casualidad comiéndome una empanada. El tipo la acusaba de haberse robado unas piedras y ella lo negaba. El tipo insistió. Vi que era gente de plata y cuando salieron los seguí. Llegaron a esta casa y parquearon en el sótano. El taxi me dejó afuera. Entraron por la reja principal, todavía discutiendo, tan alterados que ni cerraron las puertas. Yo aproveché y entré. Cogí un cuchillo de la cocina, me les acerqué por sorpresa y los amenacé. El tipo trató de sacar una pistola. Me le tiré y forcejeamos. Era mi vida o la de él. Le quité el arma y le disparé. La mujer gritaba como loca. Me tocó pegarle su pepazo también. Después me puse a buscar las tales esmeraldas por todas partes….y ahí fue cuando ustedes llegaron. No he encontrado nada.

–Sí habla mierda este tipo –escupió John Jairo.

–Si hubiera encontrado las esmeraldas me habría ido hace rato –dijo Edilberto–. ¿Para qué me iba a quedar?

–En eso tiene razón –asintió Pelusa.

–Mmmm, regístrenlo bien –dijo el jefe.

John Jairo lo tanteó por todo lado y esculcó sus bolsillos en vano.

–Está limpio.

–Se los dije. Ya me emproblemé demasiado matando a esos dos. La policía va a investigar y…

–¡Cállase! –tronó el jefe.

–Peguémosle un tiro y ya –dijo John Jairo–. Nos ahorramos un problema y se lo ahorramos a él también.

–Mmm, ya veremos –dijo el jefe–. Su versión cuadra con lo que Nelson le dijo al patrón. Matilde le insistió en que ella no se había robado las piedras. Si el patrón estuviera seguro… Pero como mete tanta gente en la casa… En fin, cumplamos órdenes. Las esmeraldas primero. Vamos a hacer lo siguiente: registremos la casa y después decidimos qué hacer con este tipo.

–Pa’mí que esa vieja y el marido no se robaron las esmeraldas –dijo Pelusa–. Miren esta casa, uich, grandísima, más grande que la del patrón. Gente de plata. Pa’mí que fue la Margola… una vez me sacó unos billetes mientras la besaba. Y Margola no es boba, debió lanzarle las esmeraldas a un cómplice afuera de la casa del patrón. Por demás que…

–¡Cállese Pelusa! –gritó el jefe–. Apurémosle más bien, que no estamos de visita.

***

Sentado en uno de los sofás de la sala, Edilberto palmoteaba su pierna mientras pensaba cómo escapar. Pero con John Jairo a dos metros de él, apuntándole con la subametralladora y haciéndole mala cara, sus posibilidades eran escasas.

Los hampones no encontrarían las esmeraldas. La mujer no se las había robado. Siempre lo negó, incluso cuando su marido la amenazó con la pistola.

Cuando se dieran cuenta, las consecuencias no serían buenas para él: lo matarían. Esa gente no se andaba con rodeos. El Águila debía ser un poderoso esmeraldero de Boyacá.

Por eso mismo necesitaba actuar, en vez de esperar sentado a que lo mataran. ¿Pero qué hacer? John Jairo lo vigilaba sin pestañear. Si intentaba quitarle el arma, no solo no lo conseguiría, sino que con un grito suyo sus compinches acudirían en segundos.

Es más, con esa cara de buitre ofendido, lo único que John Jairo necesitaba para matarlo era un pretexto. Y hace rato buscaba uno.

La única esperanza de Edilberto era implorarle al jefe por su vida, convencerlo de que lo dejara vivir.

Los minutos transcurrieron mientras le daba vueltas a las mismas ideas, hasta que el jefe bajó a la sala.

–Llamó el Águila –le dijo a John Jairo–. Dice que no encuentra a una de las mujeres que llevó a la casa ayer. Parece que salió de Tunja de madrugada. Ahora cree que fue ella la que se robó las piedras. Aquí en la casa no están. Ya buscamos en todas partes.

–¿Ven? Yo no hice nada –dijo Edilberto aliviado como si saliera de su propia tumba.

–Entonces, matemos a este hijueputa –dijo John Jairo–. Por sapo, por meterse donde no lo han llamado. Así no va a abrir la jeta para decir que estuvimos acá.

–No, no, no… –se apuró Edilberto nervioso–. No me maten, no ganan nada con eso.

El jefe lo examinó de arriba abajo. Calló durante unos segundos.

–¿Qué pasó, qué pasó? –dijo Pelusa uniéndose al grupo.

Sus compañeros lo ignoraron.

–Si por mi fuera lo mataría –dijo el jefe finalmente–. Pero el Águila no quiere más muertos. La policía teme un renacer de la violencia esmeraldera y un muerto más no ayudaría. Ya sospechan que el de la semana pasada fue nuestro.

–Pero tampoco es bueno soltarlo –dijo John Jairo–. Este güevón nos echaría la culpa de esos dos fiambres –señaló con la quijada los cadáveres de Nelson y su esposa.

–No, no, no, al contrario –dijo Edilberto desesperado–. Si me matan, la policía los va a buscar. Hasta ahora no han cometido ningún delito, yo sí. Pero si me matan les echarían encima la responsabilidad de los tres muertos. Yo maté a esos dos, dejen que la policía me busque a mí.

Los tres hampones permanecieron en silencio.

Edilberto, con su vida en juego, continuó botando palabras:

–Su jefe no quiere muertos, pero en vez de uno le darían tres. Si los investigadores de la policía no encuentran un culpable rápido, van a averiguar que Nelson y su esposa estuvieron en Boyacá y que estuvo en la casa del Águila. Incluso se enterarán del robo de las esmeraldas. Matarme solo les traería problemas. Más bien, entréguenme a la policía. Tengo sangre en la camisa y mis huellas están en las pistolas –mintió, pues ya las había limpiado–. Con un culpable la policía no investigará más.

–Jaja ¿Y qué quiere –dijo el jefe–, que lo llevemos a la estación más cercana y lo dejemos en la puerta? No sea güevón. Yo lo siento mucho hermano, pero nos toca…

–No me lleven a ningún lado –imploró Edilberto–. Déjenme acá… Yo espero a que llegue la policía… la pueden llamar de…

–¿Usted nos cree idiotas o qué? –tronó el jefe.

–Amárrenme –dijo Edilberto sin pensar, al ver que se quedaba sin opciones.

–Claro –dijo John Jairo con sorna–, y la policía va a pensar que usted se amarró solo.

–Estamos perdiendo tiempo –dijo el jefe y levantó el arma–. Lo siento, pero no hay de otra.

Era el final. La curiosidad mató al gato, como dice el dicho. Edilberto alzó la cabeza y sus ojos encontraron el paisaje celestial de ángeles en el techo. Ojalá me espere algo bueno en la otra vida, porque esta…

–¿Y si lo botamos al hueco para que la policía lo encuentre ahí? –dijo Pelusa.

Edilberto bajó la mirada. Pelusa se tapaba las orejas con los índices a la espera de la detonación.

Edilberto pensó que el jefe dispararía. Pero tras un par de segundos se giró hacia Pelusa.

–¿A cuál hueco?

–Al hueco de la pared –Pelusa señaló el hueco del ascensor–. Donde encontramos al menso. Luego llamamos a la policía de un teléfono público y decimos que oímos disparos en la casa al pasar por enfrente.

–¿Y ese hueco del ascensor no da al sótano de parqueaderos? –dijo el jefe.

–No, yo revisé y todavía no han roto la pared –dijo Pelusa–. Está cerrado, no han terminado la obra.

–Yo creo que lo mejor es que lo matemos –insistió John Jairo.

–No, no –dijo el jefe con entusiasmo–. Es una buena idea, Pelusa… quién lo diría… El jefe no quiere más muertos. Este tipo mató a ese par y la policía va a tener suficiente evidencia para condenarlo. Eso sí –se dirigió a Edilberto–, le advierto que si nos menciona en la investigación lo buscamos y lo matamos –volvió a mirar a John Jairo y a Pelusa–. Que este imbécil les explique cómo se cayó al hueco.

–No le va a quedar difícil, al fin y al cabo ya se cayó una vez –dijo Pelusa.

Los tres hampones rieron al unísono.

***

Apenas los tipos lo bajaron al foso y se alejaron, Edilberto tanteó el suelo en medio de la oscuridad en busca de su teléfono.

Esperaba que no se hubiera roto con la caída desde el tercer piso.

Después de treinta segundos, sus manos se estrellaron contra el rectángulo metálico cerca de una esquina.

Por favor que no se haya dañado.

Lo alzó y oprimió el botón de encendido.

La luz de la pantalla iluminó el hueco.

–Ufffff –se desinfló del alivio.

Marcó el número de Luisa.

El teléfono timbró una vez.

Dos veces.

Tres.

Contesta, despiértate, contesta, despiértate.

Alguien contestó:

–Hola, amor –dijo Luisa y soltó un bostezo–. ¿Qué pasó? ¿Dónde estás?

–Hola mi vida, necesito que me hagas un enorme favor. Escúchame bien y haz lo que te voy a pedir.

–¿Cuánto tiempo dormí?

–Escúchame, es urgente –dijo Edilberto impaciente–. Mira la casa esquinera al otro lado del separador, la de paredes abombadas y nomos en el antejardín. Si no hay nadie afuera, entra rápido y…

–¿En la casa?, ¿estás adentro? ¿Qué…?

–Me caí en un hueco… luego te explico –la interrumpió Edilberto afanado. Los hampones llamarían pronto a la policía–. Pero es urgente que entres y me ayudes a salir rápido.

–No voy a entrar a una casa, Edilberto. ¿Cómo se te ocurre? Es un delito, además el manual de la compañía dice que…

–¡Ya se lo que dice el manual de la compañía! –rugió Edilberto.

–Uy, pero cálmate.

–Perdona… es que… sí, me equivoqué. No he debido entrar… pero ya lo hice y es de vida o muerte que me ayudes.

–¿Qué pasó? –dijo Luisa ahora sí alerta y preocupada.

–Después te cuento. Ahora por favor trae la cuerda de remolque del camión. Entra por la puerta principal y apenas llegues a la sala voltea a la derecha. Hay una gente tirada en el piso, están… inconscientes. Luego te explico. No te detengas. Al fondo hay un hueco grande en la pared, ahí estoy yo. Ah, otra cosa, no toques nada con tus manos, ni la reja de la entrada.

–¿Pero cómo así? Gente Inconsciente. ¿Qué hiciste?

–Por favor –dijo Edilberto desesperado–. Luego te explico.

***

Menos de diez minutos después, Edilberto y Luisa salían por la puerta principal de la casa al antejardín. Aún no se oían las sirenas de la policía.

–¿Qué pasó, Edilberto? –dijo Luisa con los ojos que se le salían de las órbitas–. ¿Ahora sí me vas a explicar? ¿Mataste a esa gente?

–Vámonos primero y luego te explico –repitió Edilberto por tercera vez.

–¿Y esa bolsa? ¿Qué llevas ahí? ¿Te estás robando algo?

–No, no.

Llegaron a la reja exterior y Edilberto la abrió tocándola con la bolsa. Miró hacia ambos lado de la calle empinada. No vio nada extraño.

–¿No tocaste nada, cierto?

–No, no.

Unos metros más y estarían a salvo.

–¿Cómo te metiste en esto, Edilberto, no lo puedo creer? ¿Qué hiciste?

¿Qué hice? Ser curioso y metido. Quién iba a pensar que por entregar un…

Edilberto se detuvo en seco sobre el andén.

El paquete.

Las esmeraldas.

–Te alcanzo en el camión –dijo Edilberto afanado–. Maneja tú, enciéndelo.

Se dio vuelta sin esperar la respuesta de Luisa.

El pequeño paquete seguía al lado derecho de la puerta, donde lo había dejado desde el comienzo… unos pocos centímetros por fuera del alcance del registro de los hampones, pero a plena vista de todo el que entrara o saliera de la casa y por lo mismo quizás imperceptible.

Corrió hasta él y lo alzó. Pesado para su tamaño, tal como lo recordaba. Ahora sabía a qué se debía.

Caminó hasta la reja, salió y trotó hasta el camión.

–¿Qué haces? –dijo Luisa con los ojos en el paquete–. ¿Por qué lo devuelves?

–Luego te cuento –dijo Edilberto con urgencia–. Vamos, vamos.

Luisa iba a decir algo, pero al ver el rostro de angustia de Edilberto se concentró en el timón y giró la llave del encendido. El motor rugió y el vehículo se puso en marcha.

Con el paquete sobre sus piernas, Edilberto cayó en cuenta de que no solo se llevaba las esmeraldas, sino también el último rastro de sus acciones en la mansión. Si la policía hubiera encontrado el paquete, sabrían que él estuvo en la casa en el momento aproximado de la muerte de Nelson. Un crimen cometido en defensa propia, cierto, pero que quizás la policía no interpretaría de la misma manera, dada su intrusión en la vivienda y la falta de pruebas adicionales.

Las esmeraldas no le servirían únicamente para garantizar su libertad. También le permitirían concentrarse en sus estudios de arquitectura con tranquilidad y ayudarle a Luisa a montar su negocio de diseño. No le molestaba robárselas al tal Águila: un criminal, un hampón, el jefe de unos tipos que por poco lo matan.

Y nadie sabría que las piedras estuvieron en la mansión. Edilberto garabatearía una firma en el recibo y se perdería en la compañía, porque nadie sabía que Matilde las había enviado desde Tunja. Porque eso fue lo que hizo al salir de la casa del Águila: enviar las esmeraldas a su propia casa. Solamente un desprendible en las oficinas de la compañía daría fe de ello. Pero ni la policía ni los hombres del Águila sabían que ese desprendible existía y por lo tanto no lo buscarían.

–¿Ahora sí me vas a contar qué fue lo que pasó, Edilberto, por Dios? –Luisa detuvo el camión frente a un semáforo en rojo y lo miró.

–Sí, sí, claro. Te voy a contar todo, pero desde el comienzo –dijo Edilberto, que no sabía cómo explicarle lo sucedido. Era consciente de que se había equivocado al entrar a la casa, pero ya no podía hacer nada al respecto. Además, por poco había pagado ese error con su vida. Después, lo único que había hecho era luchar por sobrevivir. ¿Lo entendería Luisa? Si lo contaba despacio, tal como había sucedido, cualquier persona lo entendería. ¿O no? No le quedaba más que intentarlo.

*** FIN ***

© 2015 Santiago Restrepo. Todos los derechos reservados. Publicado originalmente en “Exorcismos exprés y otros cuentos de suspenso y humor”.

El caso de las milenias

Foto de Leonid Mamchenkov (Flickr.com)

Foto de Leonid Mamchenkov (Flickr.com)

1

–Según esto, Néxar –dijo Rexus mirando el visor arriba de uno de sus ojos–, tú desciendes de una especie que se originó en el brazo exterior de una galaxia del sistema Zerion, la N-7645.

–Bah, para mí eso no es importante –dije, me encogí de hombros y le di un sorbo al hidroflox. Sus burbujas se deshicieron en mi boca dejando un toque de acidez–. Hay tantas especies, tan esparcidas en el universo, que el asunto del origen es irrelevante. Mira alrededor, por ejemplo, ¿cuántas especies distintas hay en el bar, en una de las miles de millones de naves que atraviesan el universo en este instante?

Rexus giró su cabeza alargada y escamosa en un paneo por la terraza y el interior del bar, sus mesas, cabinas y divanes atiborrados de clientes.

Ubicado en uno de los pisos superiores de Tigrit, el bar en que nos encontrábamos era uno de los más concurridos del sector. Por fortuna, habíamos conseguido un puesto en la terraza, lo que nos permitía una vista maravillosa sobre el mar y las dos lunas que se alzaban en el cielo o, mejor, sobre la enorme piscina de borde infinito y la pared de la nave sobre la que se proyectaban simulaciones de eventos estelares. En ese momento, dos lunas azul turquesa daban la impresión de que nos encontrábamos en un planeta, quizás uno de los del cinturón de Arvyn. Gimnasios, bares y apartamentos privados compartían la misma vista en Tigrit, el edificio semicircular que rodeaba la playa, una de las zonas más apetecidas del crucero interestalar clase 5 en el que viajábamos.

–Unas cincuenta y tres especies, diría yo –dijo Rexus y volvió sus ojos saltones hacia mí–. Pero yo no te pregunto sobre otras especies, Néxar, sino sobre la tuya. Al menos te debe interesar de dónde proviene tú propia especie.

Me habían asignado a Rexus como asistente en mi cargo de “Auditor general de procesos” de la nave, en parte debido a sus útiles conocimientos sobre las características de la infinidad de especies del universo. Sin embargo, esa curiosidad propia de los sauk por momentos dejaba de ser útil y se volvía cansona, sobre todo cuando Rexus se enfrascaba en preguntas inútiles sobre el origen de las especies.

–La verdad, no me interesa mucho, porque conozco las cualidades de mi especie –dije y le di un nuevo sorbo a mi bebida–. Y lo importante de cualquier especie, más que el origen, son sus cualidades. Además, los datos puntuales los encuentras en el visor o, si uno no quiere consultar el visor, se lo pregunta a un ser de una especie que se preocupe más por esos temas. Así que, para darte gusto, dime Rexus, ¿cuál es el origen de mi especie?

Sus enormes pupilas se movieron hacia arriba a la derecha, hacia el visor.

–¡Sin pantalla! –lo recriminé.

Su lengua se paseó por sus largos labios de seudorreptil y bajó la mirada. Habló despacio:

–Bueno… eh… los humanos comenzaron a expandirse por el brazo de su galaxia hace unos tres millones de años, dando origen a diversas subespecies. Hace dos millones de años fueron contactados por Imperia, con lo cual se integraron a la civilización universal y desde entonces se han expandido por el universo al punto en que algunos, los más distraídos, ni siquiera recuerdan de dónde vienen. Hoy en día se encuentran humanos en todos los dominios de Imperia, aunque son pocos comparativamente con el resto de especies, tanto así que es una rareza extraordinaria encontrar dos humanos en uno de los bares de un crucero clase 5 en la galaxia central.

–¿Dos humanos? –dije sorprendido. Estiré mi cuello y lo giré, escarbando ansioso entre mesas y divanes–. ¿Dónde hay otro?

–Al fondo, cerca de las burbujas de relajación, míralo.

Llevé mi mirada en esa dirección y la encontré.

–Mírala –corregí a Rexus.

–¿Cómo?

Cerca del campo de burbujas, una atractiva mujer de pelo azul, ojos color miel y rasgos finos, observaba el baile de los redondeles de poliflex adecuándose a su percepción para lograr una imagen estimuladora de sus ondas cerebrales.

–Es una mujer –le aclaré a Rexus–. Eh… es decir…

–Ah, sí, sí. Cierto, dos sexos. ¿La conoces?

La mujer apartó la mirada de las burbujas y sus ojos encontraron los míos. Sonrió de inmediato y me guiñó un ojo con picardía.

Su gesto me desconcertó. Le correspondí con una sonrisa forzada. Con tan pocos humanos en una nave, encontrar a otro creaba de inmediato cierta camaradería, por no decir amistad. Sin embargo, ella empezaba con… ¿coquetería?

–Dicen que dos sexos en una especie es eficiente desde el punto de vista evolutivo –dijo Rexus–. Pero yo no sé en qué contribuye la distracción a la evolución. Te pregunté que si la conoces.

–Ah, no, no –musité sin despegar mi vista de la mujer, que miró las burbujas, se pasó una mano despacio por su largo pelo azul y volvió a observarme con una sonrisa pronunciada, más que amistosa.

–No entiendo cómo funciona eso, Néxar –dijo Rexus–. ¿Cada vez que ves a una persona del sexo opuesto tienes que quedarte mirándola y olvidar lo demás?

Chasqué la lengua y me volteé hacia Rexus.

–Es que… me está coqueteando… ¿creo? Es decir, me parece que hay algo más que un reconocimiento amistoso en sus gestos.

–Ts, ts. No entiendo cómo avanzaron tanto como especie sin exteriorizar el proceso reproductivo.

–Hay tiempo para todo –dije molesto–. La coquetería, la conquista, la interacción con un miembro del sexo opuesto, todo es un arte, un motor creativo que nos impulsa en nuestra vida en general. Algo demasiado sofisticado para una especie como la tuya que almacena huevos en galpones.

–Mmmpfff –rezongó herido–. Ver a ese… a esa mujer ya te alteró. Bueno, ¿cuál es el siguiente paso? ¿Debes bailar para llamar su atención? ¿Tu piel cambia de color? ¿Envías ondas de ultrasonido hasta encontrar una resonancia? A ver, qué dice aquí… –Rexus se concentró en el visor.

Decidí acercarme a la mujer. Entre escuchar a Rexus disertar y bromear sobre los humanos y conocer a la mujer, prefería mil veces lo segundo.

–Ya vengo, espérame un momento –dije y oprimí el botón para que el asiento se desamoldara de mi cuerpo.

Justo en ese momento, la mujer se incorporó de un salto. Lanzó su bebida contra las burbujas de relajación y arrancó a correr entre las mesas.

Mi respiración se cortó. ¿Qué pasaba?

La mujer apartó tentáculos y brazos, tumbó la bandeja que llevaba un robot hacia una mesa y salió a la terraza. Pasó veloz a un par de metros de nosotros y llegó hasta las barandas. Gritó a voz en cuello:

–¡Los voy a matar a todos! ¡Nadie se va a salvar! ¡Libertad!

Se dio media vuelta, apoyó sus dos manos sobre el vidrio y saltó al vacío.

–¡Nooooooooo! –grité horrorizado.

Extendí la mano en un gesto inútil y corrí hacia la baranda.

El grito de la mujer se difuminó a medida que caía y terminó en un golpe seco, que se escuchó claramente en medio de un bar enmudecido, salvo por los inevitables murmullos de un grupo de Jalires.

Llegué al vidrio de un metro de alto y, a pesar de que sabía lo que encontraría, me asomé.

Diez pisos más abajo, sobre el borde sintético del mar-piscina, el cuerpo de la mujer yacía boca abajo, sus brazos estirados y una pierna torcida, en una posición imposible.

No cabía duda. Había muerto.

 

2

–Los humanos pertenecen al treinta y cinco por ciento de las especies cuyos procesos de percepción y conocimiento pueden alterarse hasta el punto de volverse caóticos, engañosos e incluso autodestructivos –Rexus se giró hacia mí y concluyó seguro–. Es decir, estaba loca.

–¿Quieres dejar de consultar todo en el visor? –dije fastidiado más por su forma de referirse a la mujer que por su manía de buscar todo en el visor.

–Si tú no me explicas lo que pasó, me toca averiguarlo.

–No sé qué pasó –dije seco.

Bajábamos por el ascensor hacia el primer nivel. Además de desconcertado, me sentía vacío, sin fuerzas. Un ser humano, independientemente de que fuera una mujer atractiva, se acababa de matar de forma absurda. Lamentablemente, yo no podía hacer mucho por esclarecer lo sucedido. Por más que quisiera, mi cargo en la nave, “Auditor general de procesos”, no me concedía poderes de investigación para ese tipo de incidentes. Solamente accedería al reporte más adelante, para, dado el caso, notificar irregularidades a mi superior en el puerto de desembarque. Así que bajaba a la playa más por empatía que otra cosa.

–Una de las causas de la locura –Rexus volvió a la carga–, son las relaciones fallidas con miembros del sexo opuesto. ¿Eso quiere decir que tú eres responsable de su muerte porque ella te coqueteó y tú no respondiste a sus avances?

Mandé la mano a la cara de Rexus, le arranqué el visor de su cabeza de reptil y lo guardé en mi chaqueta.

–¿Qué pasó? –dijo asombrado–. ¿Por qué te molesta la pregunta?

–Te queda de tarea averiguarlo. Pero la respuesta es: no, no se enloqueció por eso.

–¿Entonces por qué? ¿No tuviste la sofisticación necesaria para ese arte?

Apreté los dientes.

Salimos del ascensor y caminamos hacia las puertas que daban a la playa.

Al dar unos pasos me calmé un poco.

–Lo siento, Rexus –dije medio arrepentido–. Me molesta que esa mujer haya muerto. Francamente, no sé qué pasó. Es muy raro que alguien pierda la razón en un crucero clase 5. No hay apariencia de encierro. Al contrario, existen espacios que simulan mundos abiertos, las comodidades abundan e incluso se ofrece ayuda sicológica.

–A lo mejor estaba drogada –dijo Rexus–, razón suficiente para coquetearte y querer matarse.

Me detuve en seco antes de llegar a la puerta.

–¿Quieres considerar en serio alguna posibilidad? –troné.

Rexus no dijo nada. Sus ojos se hundieron en su cabeza.

–Es que tampoco se me ocurre qué pudo pasar –dijo Rexus, por fin serio–. La mujer estaba tranquila, tomaba su bebida e incluso miraba las burbujas de relajación. De un momento a otro se alteró y corrió para arrojarse al vacío.

–Exacto –dije–. Eso es evidencia suficiente de que no estaba drogada. Nadie que esté drogado mira las burbujas de relajación. Sin embargo, no se puede descartar un ataque sicótico. Aunque también es poco probable, dada la apariencia de normalidad anterior. En fin, no sé qué pensar. Quizás la autopsia revele información adicional.

Rexus asintió.

–Ven –dije y lo guie tocando su caparazón–. Mejor no voy a mirar el cadáver. De nada me sirve.

Dimos media vuelta y entramos a Xinuo 3, un corredor comercial de vegetación exuberante, por donde circulaban peatones y todo tipo de vehículos autopropulsados o de baja energía.

–Ahora que lo pienso –dijo Rexus–. Otra opción sería que un controlador de mentes se hubiera apoderado de la mujer.

–¿Un controlador? –dije desconcertado–. No creo. Hubo escaneos antes de abordar. Además, ¿qué sacaría con matarse?

–Bueno, tú sabes que últimamente ha habido casos en que los controladores eluden los escaneos. Al parecer una nueva tecnología. Se mataría para protestar porque Imperia les prohíbe el acceso a la Unión. Eso explicaría lo que dijo antes de saltar al vacío: “¡Los voy a matar a todos! ¡Nadie se va a salvar! ¡Libertad!”.

–Pero dijo que nos mataría y se suicidó. No tiene sentido. Eso encajaría más con una forma de locura.

Rexus asintió y se quedó en silencio un momento. Luego habló con calma:

–A lo mejor, la mujer simplemente se mató al rebelarse contra el controlador. Su sistema nervioso produciría un corto circuito. Quizás lo que interpretaste como coquetería eran gestos de protesta o de incoherencia de su cuerpo protestando contra el controlador.

–Mmm, no sé… –dije–. Aunque, ahora que lo mencionas, recuerdo un caso reciente de terrorismo de los controladores en el espaciopuerto de Hailea. Antes de pasar por los escaners, un G’nkir gritó que no podían negarles su derecho a vivir, que controlar una mente ajena no equivalía a destruir a esa persona. Acto seguido sacó un arma y comenzó a disparar. Los guardias lo mataron al instante. Así que es una posibilidad. Si supiéramos más sobre los efectos de los controladores en las mentes humanas podríamos confirmar o descartar la hipótesis.

–Cierto. Para ello me serviría el visor. ¿Me lo devuelves?

Reacio, saqué el aparato y extendí mi mano.

Rexus no lo tomó. Miraba hacia el fondo del corredor.

–¿No quieres el visor?

–Creo que vi otro sauk –dijo como hipnotizado–. Al fondo.

–Mira quién habla de costumbres raras… –dije y suspiré.

Rexus perenecía a la especie sauk. No son muchos los que han salido de su galaxia natal por apego a sus clanes de origen. Los que se alejan, al encontrarse unos con otros, tienen la necesidad casi física de intercambiar información sobre sus antepasados y su parentela. Quizás, al no crear familias como otras especies, los sauk forman lazos más fuertes con sus clanes y les resulta imprescindible reconocerse mediante un intercambio ritual de información.

–Vamos –dijo Rexus. Por reflejo mandó su mano al visor y se lo puso.

–No, gracias –dije–. Te dejo que intercambies datos inútiles con tu semejante. No entiendo cómo la evolución creó un sistema tan ineficiente de formación de tejido social.

Rexus no me escuchó y se alejó a pasos rápidos.

 

3

Volví a mi habitación en el sector N2. Me serví una bebida tonificante y activé la cámara de hiperrealidad para adentrarme en alguna de las últimas producciones.

Cuando me disponía a iniciar la proyección, me detuve. Me sentía inquieto, incómodo. Sumergirme en la hiperrealidad quizás postergaría esa sensación, pero no la eliminaría.

No lograba sacar de mi mente el suicidio de la mujer en el bar. Sentía como si hubiera perdido a alguien muy cercano a mí, a pesar de no conocerla antes. Los seres humanos no abundaban en la galaxia central y eran aún más escasos los que viajaban a Imperia. Encontrar uno para verlo morir poco después resultaba doloroso y perturbador. El hecho de que fuera una mujer atractiva y que además me hubiera coqueteado, o al menos eso creía, no facilitaba las cosas.

Me alejé de la cámara de hiperrealidad y dejé la bebida en el mostrador. Abrí la puerta de mi habitación y salí. Necesitaba caminar, despejar la mente. Quizás más tarde pasaría por el servicio médico para averiguar por los resultados de la autopsia, aunque si se trataba de un desorden mental, el diagnóstico tardaría varios días.

Tomé una de las cintas transportadoras rumbo a un corredor panorámico. Nada como observar la infinidad del espacio para relajarse.

Dos minutos después, la cinta me dejó al lado de un ascensor y subí con dos seres en forma de hongo que no determiné.

Salí del ascensor, giré en U por el pasillo y me adentré en el corredor. La pared de la derecha y el techo permitían observar las miles de millones de estrellas del núcleo de la galaxia, hacia donde nos dirigíamos y donde se ubicaba el Centro de Gobierno Universal de Imperia. Por supuesto, el panorama no se apreciaba a través de un material transparente, sino de pantallas que proyectaban las imágenes de cientos de cámaras exteriores montadas sobre la armadura del crucero.

De cualquier manera, la visión me tranquilizó y caminé a un ritmo más pausado.

A lo mejor también me sentía inquieto por mi nombramiento como auditor del crucero. Se trataba de un trabajo con pocas responsabilidades, pero en el que ejercía por primera vez como funcionario de Imperia. Sabía que, en parte, me habían nombrado por ser humano, pues se acostumbraba que los cruceros fueran dirigidos por un equipo de la misma especie para facilitar la comunicación. Al ser tan raros los humanos en esa galaxia, no habían tenido mucho de dónde escoger para completar el cuadro de mando. Quizás mi nombramiento también era una prueba de mis jefes antes de asignarme el trabajo que me esperaba al llegar a Imperia y sobre el que aún carecía de detalles.

Lo sucedido con la mujer en la terraza y el viaje a Imperia eran dos situaciones nuevas y extrañas para mí. Había dejado atrás mi mundo de origen, Nakil, el centro de comercio local de una zona apartada de la galaxia, donde hace menos de dos mil años se había instalado una pequeña colonia de humanos. Allí, la resolución de un crimen que involucró a tres especies distintas me había valido la oferta de trabajo por la que ahora viajaba a Imperia. Y si bien Nakil era un planeta con bastante movimiento, no dejaba de ser un mundo de la periferia, que nunca había visto en sus cielos un crucero clase 5 como en el que ahora viajaba.

Enfrentarme a la novedad y a un futuro incierto eran factores que quizás contribuían a que me afectara tanto la muerte de esa mujer. Ella no solo era otro ser humano, sino que para mí de pronto significaba un polo a tierra, un recuerdo de lo que dejaba atrás, de mi identidad original. Verla morir de esa forma tan extraña no solo me afectaba por ese hecho, sino porque me recordaba que estaba lejos de mi mundo y que me enfrentaba constantemente a lo desconocido.

En esas reflexiones me encontraba, mirando hacia la infinidad de puntos brillantes en el horizonte negro, cuando una figura me adelantó veloz a la izquierda. Volteé a mirar y encontré una larga cabellera azul y la silueta de un ser humano, una mujer.

¿Una mujer de pelo azul? ¿Cuáles eran las probabilidades de encontrar dos mujeres de pelo azul en un crucero clase 5, en una galaxia con pocos seres humanos?

Apuré el paso por reflejo y la llamé.

–¡Hola, hola!

La mujer no se dio por enterada.

Me acerqué un poco más y le puse una mano en el hombro.

–Hola –insistí.

La mujer se giró, su pelo azul moviéndose como un abanico, y encontré el mismo rostro hermoso de la mujer que había saltado al vacío en el bar.

 

4

La mujer arrugó sus cejas.

–¿Lo conozco? –dijo.

–Tú… eh… –me trabé–. Tú… tú…

La mujer torció los labios, giró la cabeza hacia adelante y siguió caminando con prisa por el corredor.

Parpadeé varias veces. ¿Qué sucedía? Apuré mi caminar y la alcancé.

–Perdona –dije a su lado–. Es que… una mujer idéntica a ti se lanzó de la terraza de uno de los bares de Tigrit. ¿Tienes una hermana gemela?

La mujer me miró como si fuera de otra especie y le hablara sin traductor.

–No sé de qué me habla –dijo molesta–. Ahora no quiero hablar con nadie, permiso.

La mujer aceleró y me dejó atrás. La seguí a unos cinco metros. ¿Qué sucedía? ¿Quién era ella? Algo no andaba bien. Era imposible que no fuera gemela de la mujer de la terraza. Pero también era casi imposible que lo fuera. ¿Cuál era la probabilidad de que dos gemelas viajaran en una misma nave, en una zona de baja densidad humana, sin saber que su hermana viajaba en la misma nave? ¿Cero? ¿O acaso el hecho de ver a tan pocos humanos desde hacía meses había atrofiado mi capacidad para distinguir las diferencias en los rostros? O, de pronto, el impacto del suicidio de la mujer y el hecho de que esta llevara el pelo azul confundían mis sentidos e imaginaba que era la misma. El remordimiento y la tristeza me llevaban a imaginar que la veía de nuevo.

Pero juraría que era idéntica.

Ignoré el paisaje estelar y me concentré en seguirla. Le daría otra mirada más adelante.

Además, había otra cosa extraña. ¿Por qué un ser humano me ignoraba, casi despreciaba, en una nave repleta de otras especies? No era lo normal. En un mar de seres extraños, encontrar a un semejante equivalía a encontrar a un amigo.

Un minuto después, la mujer salió del corredor panorámico y giró por el primer pasillo a la izquierda. Veinte metros más adelante, ingresó al paseo iridiscente, un homenaje a los mundos del cinturón de Argus. Lo atravesó sin disminuir la velocidad y sin mirar a los lados, como si las piedras brillantes no existieran o no fueran más que burdo metal.

Raro.

Treinta metros después, volteó a la derecha y se adentró en un corredor de habitaciones.

Pensé en alcanzarla y hablarle de nuevo. Pero, ¿para decirle qué? Necesitaba pensar algo mejor antes de aproximarme de nuevo.

La mujer giró a la izquierda, hacia una puerta, y estiró su mano hacia el lector de composición molecular. La lámina de metal se corrió y ella atravesó el umbral. La puerta volvió a su posición original.

 

5

Al menos ya sabía dónde vivía, pensé medio resignado, medio esperanzado. Más tarde intentaría hablarle de nuevo.

Además, se me acababa de ocurrir otra posibilidad. Hace un par de días, Rexus me había hablado de algunos mundos que los seres humanos poblaron con grandes números de copias genéticas de unos pocos individuos. Sin necesidad de evolucionar más, los planeadores consideraron que esa era una opción válida para expandirse rápido por ciertas zonas del universo.

Pero el problema seguía siendo el mismo. En la galaxia central de Imperia esos mundos no existían. Las probabilidades de que dos copias de una persona se cruzaran eran muy bajas.

Otro curso de acción sería averiguar cuántos humanos había entre los cincuenta mil pasajeros de la nave…

Chasqué la lengua con fastidio. Desde el interior del crucero no se podía acceder al registro de pasajeros. Su identidad estaba protegida por la Segunda Convención Intergaláctica sobre Transporte y Comercio. Los documentos de abordaje son confidenciales, salvo para las autoridades de los puertos de embarque y desembarque.

En fin. Me encogí de hombros y volví al paseo iridiscente. Dejaría el asunto para después. Tomaría una bebida allí mismo y me deleitaría con las luces de las paredes durante quince minutos. Debía relajarme y olvidar el tema un rato. La autopsia de la mujer del balcón tomaría tiempo y ya sabía dónde vivía su semejante. Más bien, llamaría a Keret y Rexus y les propondría que viéramos más tarde el espectáculo de los Narubos en el auditorio principal. No tenía cabeza en ese momento para ponerme a leer informes de procedimiento.

Entré al corredor iridiscente y esta vez sí dejé que mi atención se paseara por las piedras brillantes, cuyos destellos multicolor interactuaban sin pausa entre sí. Los tonos de rojo se transformaban en naranja, luego en amarillo y azul, creando oleadas que semejaban un mar coralino en perpetuo movimiento.

Busqué una banca al costado del pasillo. Me senté y llamé a un robot para pedirle un refresco.

El NX-3 rodó hacia mí desde su estación.

En ese momento, por el rabillo del ojo, me pareció ver una silueta humana en movimiento a mi derecha.

Me giré rápido con un extraño presentimiento.

Mi corazón pegó un salto.

Allí estaba. La misma mujer de pelo azul.

Me restregué los ojos con los nudillos y parpadeé varias veces.

Sí, allí estaba, era ella.

Me puse en pie y la examiné mientras se acercaba.

–¿Qué desea humano? –dijo una voz metálica cerca de mí.

Miré hacia abajo.

El robot chaparro esperaba mi pedido. Lo ignoré y regresé mi atención a la mujer. Caminaba con naturalidad, admirando las piedras de las paredes, más relajada que la que seguí hace unos minutos.

–¿Qué desea ordenar? –repitió el robot.

–Nada, nada –dije molesto.

–Se cargará a su cuenta una multa de 2 créditos por solicitar…

Me alejé del robot, que me persiguió recitando la sanción, y me situé en la línea de aproximación de la mujer.

Algo muy raro ocurría y estaba determinado a averiguar qué era.

Al acercarse, los ojos de la mujer se enfocaron en mí. Se detuvo a poco más de un metro.

–¿Hola? –dijo desconcertada.

–Hola –dije sorprendido por su reacción.

–¿Te conozco?

–No, no –dije rápido–. Es que hace un rato una mujer idéntica a ti se suicidó saltando desde las terrazas de los bares Tigrit.

–Qué lástima. Un ser humano muerto…

Iba a explicarle lo extraño de la situación o a preguntarle por su parecido con esa otra mujer, pero me decidí por un enfoque práctico.

–Mira –dije y le mostré en el visor el holograma que me acreditaba como auditor de la nave.

El cargo no me daba autoridad para lo que pensaba pedirle, pero disminuiría una eventual desconfianza. La mujer se inclinó hacia adelante y examinó el holograma. No dijo nada.

–Quisiera que conocieras a alguien allí –dije y señalé el corredor de la habitación de la mujer–. ¿Me harías el favor de acompañarme un minuto?

La mujer arrugó las cejas extrañada por la petición. Le dio una nueva mirada al holograma.

–No veo en qué podría servirte –dijo con duda–, pero… vamos.

Salimos del paseo iridiscente y en silencio ingresamos al corredor de habitaciones. No le adelanté nada. Quería observar su reacción cuando viera a la mujer. Por otra parte, al verlas lado a lado también verificaría si eran idénticas.

Llegamos a la puerta y oprimí el botón de llamada.

Unos segundos después la puerta se abrió. La mujer de pelo azul asomó la cara, nos miró y de inmediato su rostro se contorsionó en una mueca de molestia y fastidio.

Me giré para ver la reacción de mi acompañante y encontré un puño que se movía veloz hacia mi cara.

El golpe me dio de lleno en el pómulo, enviando punzadas de dolor por toda mi cara, y me empujó hacia un costado. Perdí el equilibrio y mandé una mano para protegerme en la caída.

Demasiado tarde. Mi cabeza impactó la esquina metálica entre el corredor y el vestíbulo. El golpe hizo vibrar mi cráneo.

Todo quedó a oscuras.

 

6

–¿Qué te pasó? –dijo Rexus apenas me vio, sus ojos saltones concentrados en el vendaje que envolvía mi cabeza.

–Te cuento cuando entremos –dije y me corrí a la derecha para abrirle espacio en el sofá.

Nos encontrábamos en la antecámara del puente de mando. Después de golpearme la cabeza, había despertado en la enfermería, adonde me llevaron un par de robots. Apenas me repuse, llamé a Rexus para que me acompañara a hablar con el capitán. Claramente, los incidentes con las mujeres de pelo azul ameritaban un reporte para abrir una investigación.

Rexus se sentó sin quitar la vista de mi vendaje.

–¿Te diste golpes contra las paredes en tu cuarto por la muerte de la mujer? –dijo Rexus–. ¿Por no haber respondido a su coqueteo?

–No es chistoso, Rexus –dije serio–. Una mujer de mi especie perdió la vida.

–Bueno, entonces cuéntame qué pasó.

–Espera a que entremos, ya nos van a llamar. A ti no te molesta repetir las cosas mil veces, más si se trata de tu origen y tu clan. Pero ya estamos a punto de entrar, ten paciencia. Más bien, pensaba proponerte que fuéramos con Keret esta noche… no, mejor hoy no… en estos días, a ver el espectáculo de los Narubos. Dicen que es la especie más plástica del universo, que se pueden fundir varios en uno, incluso para crear formas y…

–Señores –me interrumpió la voz metálica del robot que custodiaba la entrada–, el capitán los espera. Pasen, por favor.

–Ah…, vamos –dije–. Luego cuadramos lo de los Narubos.

Nos pusimos en pie, la puerta se abrió y la atravesamos.

El puente de mando de un crucero clase 5, como el de casi cualquier nave interespacial, se compone básicamente de pantallas que arrojan todo tipo de imágenes e información, además de una amplia mesa de reuniones para tratar, principalmente, los problemas que se derivan de la convivencia entre las distintas especies. Los problemas mecánicos y de navegación son resueltos en su mayoría por los robots de servicio técnico.

Tel Harnick, el capitán, un hombre de barba negra y poblada, de unos ciento quince años estándar, discutía con Daren Igzu, su jefe de seguridad, también humano, frente a una de las pantallas.

–Hola, Néxar –dijo el capitán jovial–. ¿A qué debo el honor de su visita? ¿He cometido algún fallo en los procedimientos? ¿Bebí demasiado anoche? Espero que no.

Tel soltó una carcajada, se acercó y me dio una palmada en la espalda.

–Veo que trae a su asistente –dijo mirando a Rexus e hizo una mueca de disgusto fingido–. ¿Qué pasó? ¿No le gustó? ¿Quiere que lo cambiemos?

Rexus apretó su larga boca escamosa, pero no dijo nada.

–Capitán –dije serio–, vengo a hablarle de un tema delicado relacionado con la seguridad de la nave. Por eso le pedí que Daren estuviera acá.

Miré al jefe de seguridad, de unos setenta años, rostro cuadrado y contextura atlética. Su mirada incisiva e inteligente no dejaba escapar nada de lo que sucedía a su alrededor.

–Hablemos, Hablemos –dijo Tel jovial–. Pero recuerde, Néxar, que nada es tan delicado o urgente que no se pueda discutir con calma, acompañado de una bebida. ¿Qué quieren?

–Nada, gracias –dije y negué con la cabeza.

–Yo le recibiría uno de esos –dijo Rexus sin hacerse rogar, señalando una dispensador de hidroflox, convenientemente situado en el centro de la habitación.

–Esa es la actitud, Rexus –dijo el capitán–. Ustedes los sauk conocen bien el orden de las cosas, ¿no? –tomó un vaso y lo llenó del líquido amarillo–. Todo tiene su tiempo, ¿cierto?

El capitán le entregó el vaso a Rexus y tomó otro medio lleno que reposaba en la mesa central. Le dio un largo sorbo y luego me miró.

–Bueno, Néxar, cuénteme, ¿qué ocurrió?, ¿qué lo tiene tan tenso?

–Me imagino, capitán –dije–, que se enteró del incidente en las terrazas de Tigrit.

–¿La pelea entre los Uliyurs y los Nefkes? Ts, ts. Una tragedia anunciada, si quiere saber mi opinión. Pero como el reglamento no me da poderes para restringir…

–No, no –lo interrumpí levantando la mano–. Le hablo del suicidio de la mujer, la humana, la que saltó del balcón.

–Ah, sí, sí. Daren también me contaba algo al respecto –el capitán miró al jefe de seguridad y luego a Rexus–. Ah, ¿qué le parece, mi querido Rexus? Los humanos preocupados por la muerte de uno de los suyos, mientras ignoran una semibatalla entre otras dos especies que dejó seis muertos.

–No la ignoramos, capitán –lo interrumpió Daren–. Lo que pasa es que, como usted dice, era una tragedia anunciada. En cambio lo de la mujer es bastante extraño.

–Pero la mujer ya está muerta –dijo el capitán–, en cambio hay más Uliyurs y Nefkes en la nave.

–Bueno. Eso era justamente lo que quería comentarle –dije–. La mujer no está muerta. Mejor dicho, sí está muerta, pero en la nave hay otras idénticas a ella.

La cabeza de Rexus se giró hacia mí.

–¿Cómo? –dijo sorprendido.

–Sí –dije y les conté lo sucedido por la tarde, desde el incidente en la terraza, hasta el encuentro con las otras dos mujeres, el puñetazo y el golpe en la cabeza.

Apenas terminé, Daren tomó la palabra:

–No es el único caso, Néxar. Yo también quería comentarle eso al capitán. Hace unos días se presentó un incidente de seguridad al que no le di mucha importancia, hasta hoy, cuando me enteré de que hay otras mujeres iguales. En esa ocasión, una mujer de pelo azul amenazó a un guardia de seguridad. El guardia siguió el protocolo para esos casos, pero la mujer no obedeció. El guardia se vio forzado a disparar y la mujer murió. Hasta ahora la autopsia no ha revelado nada extraño y tampoco el registro de su habitación.

–Mmmmm –dijo el capitán pensativo–. Tres incidentes de violencia protagonizados por una mujer de aspecto similar. Sin embargo, salvo en el problema con el guardia, que ya se “solucionó”, me parece que estamos armando una tormenta en un vaso de agua. Una mujer se suicidó y otra golpeó a alguien que la llevó a mostrarle una mujer idéntica. Creo que todos sabemos que existen planetas con códigos genéticos muy homogéneos. No sería raro que algunos humanos iguales viajaran en un mismo crucero.

–Perdón, capitán –intervine–, pero sí sería raro. En esta galaxia no hay planetas de ese tipo. Por otra parte, lo raro no es solamente la apariencia similar de las mujeres, sino su comportamiento. ¿Qué tal que un grupo terrorista haya reclutado a una serie de mujeres similares para realizar atentados? Recuerde que la mujer que saltó un vacío amenazó con “matarnos a todos”.

–¿Terrorista es suicidarse desde un balcón? –dijo el capitán arrugando la frente–. ¿Terrorista es darle un puño a alguien? No me parece, Néxar. No exageremos, no nos dejemos arrastrar por el pánico. Lo más probable es que se trate de mujeres genéticamente iguales, quizás con una fobia a los espacios cerrados.

–Creo que lo mejor sería interrogar a la mujer del cuarto cercano al paseo iridiscente –dije.

–Eso sería un error de procedimiento, auditor –dijo el capitán serio–. La mujer que lo golpeó fue la que huyó, no la del cuarto, que no tiene por qué responder a un interrogatorio.

–Un momento –dijo Rexus, que acababa de darle un largo sorbo al líquido amarillo–. Creo que hay una posibilidad que no hemos considerado. Me imagino que todos han escuchado hablar de las milenias.

El nombre evocó en mi mente la idea de una de las especies más extrañas del universo. Se le conoce por ser la más longeva, pero también por su particular mecanismo de adaptación y supervivencia.

Asentí despacio, al igual que Tel y Daren. Rexus siguió hablando:

–Como sabrán, las milenias son seres que sobreviven realizando entre diez y doce copias de un ser vivo. Las copias funcionan como guardianas del núcleo, de la copia original, la única capaz de volver a cambiar forma y que se refugia en un lugar seguro.

–Pero las milenias casi no se mueven –dije–, generalmente se quedan en un planeta durante decenas o cientos de miles de años, o incluso durante toda su vida.

–No se mueven, salvo cuando un peligro amenaza su supervivencia –dijo Rexus a sus anchas, exponiendo datos sobre una especie particular–, como, por ejemplo, una guerra a gran escala o una catástrofe planetaria inminente. Si una milenia quisiera dejar su mundo y buscar otro con garantías de estabilidad, qué mejor lugar para emigrar que Imperia, la sede del Centro de Gobierno Universal.

–Es una especie muy extraña –dijo Daren, incómodo–. He oído sobre las milenias, pero nunca he visto una. ¿Cómo funcionan? ¿Las copias son idénticas? ¿Cómo controla la copia original a las demás?

–Nadie lo sabe –dijo Rexus–. Al parecer por ondas de Feler o algo así. Tampoco se sabe si el control es absoluto o si las copias cuentan con cierta autonomía. Las copias son idénticas o casi idénticas al modelo original gracias a un proceso de copia molecular. Es una especie muy poco numerosa, se cree que existen entre dos mil y cuatro mil milenias en todo el universo conocido. Por supuesto, la especie compensa ese bajo número de miembros con su longevidad, que se cree llega a entre dos y tres millones de años.

–Fiuuuuu –silbó el capitán asombrado.

–Pero, entonces –dijo Daren–, si estamos ante una milenia, ¿por qué tres de sus copias asumirían actitudes extrañas, de locura incluso, en un lapso tan corto de tiempo?

–En el caso de la que golpeó a Néxar –dijo Rexus–, cabría interpretar su reacción como un mecanismo de defensa instintivo de la especie, casi un reflejo. Néxar acercó una copia a la otra. Para una milenia, claramente es una amenaza que alguien reúna a sus copias, pues hace más vulnerable a la original.

–En los otros dos incidentes –dijo Daren–, el de la terraza y el del guardia de seguridad, no había más copias presentes.

Nadie dijo nada durante unos segundos.

–¿Qué tal que un controlador de mentes se haya apoderado de la milenia original? –dije recordando mi conversación con Rexus–. Pocas especies pueden resistir sus ataques. ¿Y qué mejor presa para un controlador que una milenia, un ser que se compone no de una, sino de diez o doce mentes? Como saben, una facción de los controladores ha optado por el terrorismo, ante el rechazo de Imperia a su solicitud de membresía.

El capitán alzó las cejas y abrió los ojos de par en par. Daren estiró sus labios asombrado.

–Eso explicaría la agresividad de las copias que murieron –dijo Daren pensativo–. Tanto la que enfrentó al guardia, como la que se suicidó, ambas se mostraron desafiantes hasta el último momento.

–Fueron agresivas, pero inconsistentes –dijo Rexus–. Sobre todo la del balcón, que amenazó con matar a quienes la rodeaban, justo antes de lanzarse al vacío. Quizás esa inconsistencia se presentó por la dificultad para el controlador de manejar las copias de la milenia. Seguramente no tienen experiencia en eso.

Nadie dijo nada durante unos segundos. Se trataba de una situación extraña, cuyas variantes e implicaciones se resistían a la comprensión.

Finalmente el capitán intervino:

–Señores, señores, me parece que conjeturamos demasiado. Estamos elaborando hipótesis descabelladas que mezclan a dos de las especies más raras del universo. No nos dejemos llevar por el pánico.

–¿Pero qué otra opción explicaría lo sucedido? –dijo Rexus.

El capitán movió la cabeza de un lado a otro y luego se tomó la barba con una mano.

–Bueno, es posible que sea una milenia –dijo finalmente–, las demás explicaciones no parecen muy factibles. Pero no creo que sea terrorista ni que esté dominada por un controlador de mentes. Puede que haya pasado toda su vida, un millón de años o más, en un solo planeta. Seguramente no está acostumbrada a viajar en una nave, encerrada durante tanto tiempo, por más que sea un crucero clase 5. Ustedes lo saben, a muchas especies les pasa, al punto en que es uno de los principales motivos de consulta de los servicios de estabilidad perceptiva y mental de la nave. Seguramente las copias de la milenia se desequilibraron hasta llegar a cometer acciones autodestructivas.

–En cualquier caso –dijo Daren–, sería bueno encontrar e interrogar a las copias de la milenia.

–¿Interrogarlas? –dijo el capitán–. ¿Bajo sospecha de qué? No podemos interrogarlas.

–Está bien –dijo Daren–, no interrogarlas, pero sí hablar con ellas, incluso con la asistencia del sicólogo. Sería una especie de asistencia o valoración por posibles síntomas de estrés. Así sabríamos si están confundidas o desequilibradas o incluso podríamos inferir si la copia original fue víctima de un controlador de mentes.

–¿Y si no las encontramos? –dijo Rexus–. A lo mejor deciden resguardarse en sus cuartos a la espera de que la situación se calme.

–En ese caso podríamos comenzar una indagación simple en las habitaciones–dijo Daren.

–¿En las habitaciones? –el capitán subió el tono de voz–. No, no podemos realizar un registro general. La identidad de los pasajeros, así como sus habitaciones, están protegidas por la Segunda Convención Intergaláctica sobre Transporte y Comercio, salvo en caso de peligro inminente para la seguridad de la nave, que hasta el momento no existe.

–No me refiero a un registro, capitán –dijo Daren–, me refiero a solicitar la colaboración de los viajeros. El que no abra, no pasa nada.

–No estoy de acuerdo –dijo el capitán–. Importunar a los viajeros es una medida exagerada para lo que ocurrió. Lo que sí podemos hacer –dijo mirando al jefe de seguridad–, es monitorear las cámaras y que sus hombres estén pendientes por si ven a algunas de las copias. En ese caso sería perfectamente normal hablar con ellas, con una o dos, de modo informal y en un espacio público, para obtener más información. Pero nada de molestar a los pasajeros por simples sospechas y conjeturas. ¿Está claro?

–Por supuesto, capitán –dijo Daren.

Con eso y unas palabras de despedida, la reunión terminó.

 

7

–Entonces, ¿qué piensas? –le dije a Rexus al sentarnos en la barra de uno de los bares interiores de Xinuo 3. Yo tomaba un coctel de Arnak, que además de ser tonificante, se caracteriza por ocultar parte de los procesos mentales, creando la impresión de saltos ocasionales en el pensamiento.

–Sigo pensando lo mismo: ustedes los humanos son muy complicados y más cuando se juntan.

–Ja, todo sería más complicado si la milenia hubiera copiado un sauk. Las copias se buscarían para contarse la historia de sus clanes y el sistema de seguridad de la milenia colapsaría.

–Bah, pero no enloquecerían –dijo digno–. Ahora viajarían en calma, cada una en su habitación. Voy a darle un par de consejos a la copia original, si es que la encontramos.

Rexus le dio un sorbo a una bebida energizante y yo hice lo mismo con mi coctel de Arnak.

–En serio, Rexus, ¿qué piensas? –insistí–. ¿Crees que un controlador de mentes se apoderó de la milenia original, que las copias están locas o qué?

Rexus saboreó su bebida y se quedó en silencio unos segundos.

–No sé –dijo finalmente–, cualquier posibilidad es difícil de aceptar: tanto que sean humanos de un planeta genéticamente homogéneo, como que los controladores de mentes se hayan apoderado de una milenia. Me inclino más por un problema sicológico en las milenias causado por la novedad de los viajes espaciales. En todo caso, pronto se sabrá. Al hablar con las mujeres habrá señales en uno u otro sentido.

–Sí, pero… ¿sabes qué? Me pareció extraño que el capitán se mostrara reacio a tomar medidas. Claro, tampoco puede montar un Estado policial a la primera amenaza. Aunque… no sé qué otra cosa hubiera hecho yo. En fin, ya veremos qué ocurre.

Ambos hicimos silencio.

–Bueno –dije–, pasando a otro tema, ahora sí cuéntame, ¿quién fue el congénere que te encontraste esta tarde?

Apenas terminé me arrepentí. Con entusiasmo Rexus comenzó a hablarme de linajes y clanes, parentescos y grupos, y tuve que callarlo a los dos minutos recordándole la idea de asistir a la función de los Narubos. Acordamos ir en un par de días y consultar con Keret. Luego hablamos de Imperia y de lo que nos esperaría al llegar. Media hora después terminamos la charla y cada cual partió rumbo a su habitación.

Por el camino y quizás gracias al tiempo para pensar o al efecto del coctel de Arnak, se me ocurrió una cuestión muy elemental que no había considerado en relación con las milenias.

 

8

¿Por qué la milenia había copiado a un ser humano y en particular a una mujer?, pensé mientras me transportaba sobre una de las bandas hacia mi habitación. La respuesta era sencilla: el capitán, el jefe de seguridad y yo, el auditor, éramos humanos y, por casualidad, hombres. Esa información estaba disponible para el público desde mucho antes de abordar el crucero, pues algunos seres se negaban a viajar en naves tripuladas por equipos de determinadas especies.

La milenia había copiado a un ser humano, a una mujer, para tener la posibilidad de establecer una relación más cercana, incluso romántica, con uno o varios de los integrantes de la tripulación, seguramente para acceder a los reportes de seguridad y protegerse de cualquier amenaza.

Es más, antes de que la mujer del bar saltara al vacío, me había coqueteado, quizás con ánimos de comenzar una relación. Si lo había intentado conmigo, a lo mejor también lo había hecho con el capitán o el jefe de seguridad.

Entre el jefe de seguridad y el capitán, me inclinaba más a sospechar del capitán. Durante la reunión me había parecido extraño que minimizara los incidentes con las milenias, diciendo que armábamos una tormenta en un vaso de agua. Lo sospechoso no era que evitara procedimientos extremos o exagerados, pero sí que quisiera restarle importancia a lo sucedido.

Finalmente, si una de las copias de la milenia tenía una relación con el capitán, ¿qué mejor momento que esa misma noche para visitarlo, averiguar por el incidente y por las medidas que se tomarían?

Cambié de rumbo y me dirigí hacia la habitación del capitán.

 

9

–¿Néxar? ¿Qué quiere? No es hora para visitas –dijo el capitán con fastidio, su rostro en la pantalla incrustada al lado de la puerta.

–Encontré cierta información importante y urgente que quiero discutir con usted, capitán –dije un tanto inseguro. Quizás cometía un error al intentar entrar a su habitación, pero algo me decía que estaba en lo cierto y no había otra forma de averiguarlo.

–No hay nada tan urgente que no pueda esperar hasta mañana –dijo Tel.

–Le recuerdo –dije enfático–, que según las regulaciones, cuando se presentan asuntos que puedan comprometer la seguridad de la nave, es deber del capitán atender la situación.

El capitán apretó los músculos del rostro. Miró hacia los lados como buscando una salida y después habló con voz templada:

–Espere un momento.

Su imagen desapareció y la pantalla quedó en negro. No me sentía bien en esa posición de intruso, de llegar a altas horas de la noche a escarbar en la vida privada del capitán. Pero si de verdad estaba con una milenia, cuyos propósitos desconocíamos, o con una milenia manejada por un controlador de mentes con propósitos terroristas, mi intrusión estaría más que justificada.

Tras un minuto de espera, la puerta se abrió y el capitán me indicó con una mano que siguiera. Entré a un espacio amplio, conformado por la barra de nutrición a un costado y varios muebles de estar al otro. En la pared del fondo, una pantalla mostraba colores y formas estimulantes, sintonizados con la edad del capitán.

–Cuénteme, Néxar –dijo Tel molesto–, ¿cuál es la supuesta situación urgente que no da espera?

En mi campo de visión no detecté ninguna señal de la milenia. A la derecha de la sala, una puerta entreabierta daba al cuarto del capitán. Más allá se encontraba el acceso al estudio.

–Bueno –comencé para ganar tiempo–, estuve pensando en otra posibilidad sobre las milenias.

–¿Una posibilidad? –dijo indignado–. ¿Viene a molestarme a esta hora por una posibilidad?

¿Cómo hacer para entrar a su cuarto? Lo más fácil sería acercarme con un movimiento rápido y empujar la puerta. ¿Y si no encontraba nada? ¿O peor, si entraba y encontraba a otra mujer, la pareja del capitán? Perdería el puesto como auditor y quizás allí mismo se acabaría mi futuro profesional en Imperia.

Pero no me quedaba otra opción.

Caminé de un lado a otro, como si reflexionara con mis pasos, mientras me acercaba a la puerta:

–Bueno, es más que eso –inventé sobre la marcha–. No sabemos exactamente qué quiere esta milenia. No sabemos por qué escogió esta nave, ni por qué se dirige a Imperia. No tenemos una explicación para sus acciones incoherentes.

–Sí, sí, eso ya lo sabemos –respondió impaciente.

–Pero si las milenias representan un peligro potencial para la nave –seguí–, ¿no deberíamos extremar nuestras precauciones?

–Usted sabe que los procedimientos contemplan esas eventualidades.

–Sí. Pero si hay peligro, es mi deber, o el de cualquier pasajero, alertar a las autoridades. Y si existe una sospecha, pero sin pruebas para una alerta formal, entonces es deber del pasajero investigar en la medida de lo posible esa sospecha. ¿De acuerdo?

Me acerqué aún más a la puerta del cuarto. El capitán se movió en la misma dirección, como para trancarme el paso. Su acción me dio seguridad.

–De acuerdo –dijo el capitán–, pero no veo por qué…

Di varios pasos veloces hacia la habitación y empujé la lámina de metal.

–Ey, ¿qué hace? –gritó Tel y se lanzó hacia mí–. ¡Quieto!

La puerta se abrió y entré a la habitación, ocupada por una cama, un par de repisas y un sillón de realidad virtual. En la cama, entre las cobijas, una persona se movió alertada por el ruido, sus cabellos azules entremezclados con las sábanas.

La milenia apoyó sus brazos en la cama y me miró a los ojos.

–¿Qué está haciendo? –tronó el capitán mientras cruzaba la puerta–. ¿Qué hace en mi habitación? ¡Fuera!

–Creo que el que tiene que dar explicaciones es usted, capitán.

–¡Salga, salga! –dijo ya no tan firme, su rostro rojo. Movió las manos y habló rápido–. Esto va contra las normas, es un abuso, una intrusión, ¿qué cree que está haciendo, Néxar?

Salí despacio mostrándole las palmas. Apenas crucé el umbral de regreso al espacio social, pasé a la ofensiva:

–¿Qué estoy haciendo? Exactamente lo que le dije que haría. Sospecho que usted, Tel, nada menos que el capitán, está poniendo en riesgo la seguridad de la nave y lo acabo de comprobar. ¿Qué hace un terrorista potencial en su cuarto, capitán?

–¿Terrorista? –dijo Tel indignado, siguiéndome de cerca–. ¿De qué habla, Néxar? No se ha comprobado nada, solo tenemos sospechas. Lo que está comprobado es que usted se entromete en mi vida privada. Esto le va a costar caro. No hay ninguna regulación que me impida tener una relación con una pasajera de la nave.

–Capitán, la milenia está con usted justamente para obtener información. No es un ser humano, es un organismo replicador.

Cuando terminé la frase, la milenia salió del cuarto como si nada hubiera ocurrido. Vestía una pantaloneta corta y una camiseta. Una leve sonrisa se asomaba en su rostro. Caminó despacio hacia la puerta exterior, con una sensualidad que hacía olvidar que era una masa de replicación molecular.

–Creo que ustedes dos tienen cosas de qué hablar –dijo la milenia–. Nos vemos otro día, cariño –le dijo al capitán, le guiñó un ojo y siguió su camino hacia la puerta.

–Espera un momento –dijo el capitán ansioso y dio varios pasos hacia ella–. Néxar ya se iba.

–No, todavía no me voy –dije firme.

El capitán gruñó con fastidio.

La milenia abrió la puerta, le dejó una hermosa sonrisa a Tel y salió.

El capitán se giró hacia mí y me quemó con la mirada.

–Lo entiendo –dije comprensivo–. Es muy atractiva. A mí también me habría costado actuar de otra forma. Pero en este momento tenemos otras prioridades.

El capitán dejó sus ojos fijos en los míos, quizás evaluando si continuar su ataque o dialogar.

Finalmente, bajó la cabeza, soltó un largo suspiro y caminó hacia la barra de la cocina. Tomó un vaso, lo puso bajó el dispensador de hidroflox y lo llenó. No me ofreció y yo tampoco quería.

–Supongo que tiene razón, Néxar –dijo abatido y le dio un sorbo a la bebida–. No debería seguir mi relación con ella… con ese ser, más bien.

–Entonces sí es una milenia.

–Sí, claro que sí. Aunque yo creo que no es culpable.

–No lo sabemos todavía.

–Cierto, cierto –dijo el capitán con fastidio y bebió del espumoso líquido amarillo–. Pero ella nunca me ha interrogado sobre temas oficiales, ni hemos hablado de sus copias o sus planes. Siempre hablamos de nosotros.

–De nosotros… de un ser humano y una masa replicadora –dije con sarcasmo–. Pero me imagino que ella… ese ser, le habrá preguntado sobre su trabajo.

–No, nada. Aunque quizás se me haya escapado algo… Lo que pasa es que… –hizo una pausa para tomar otro sorbo largo de hidroflox–, es bueno hablar con alguien al final de la jornada, desestresarse. No he debido, ya sé… de cualquier modo, Néxar, no creo que ella sea terrorista o esté controlada por terroristas. Actúa como una persona normal e independiente. Y bueno… si le conté algo no fue mucho, nada importante.

Hice una pausa sin saber qué decir. Hasta el momento no había un delito, en eso acertaba el capitán. Y tampoco sabíamos cuáles eran los propósitos de la milenia.

De todos modos era una situación delicada.

–Esperemos que no ocurra nada grave, capitán –opté por un camino intermedio–. Pero de ser así y si se llega a saber que la milenia o el controlador de mentes que la tiene en su poder obtuvieron información de usted para llevar a cabo alguno de sus planes, va a estar en graves problemas.

–¿Me está amenazando, Néxar?

–No, capitán –dije serio–, solo le recuerdo su deber y sus responsabilidades.

Tras unas palabras vacías de despedida, abandoné el recinto.

 

10

Dos días después, me encontraba en una de las cámaras G-0 de meditación y sincronización nerviosa, cuando una ligera señal auditiva en mi visor me advirtió sobre un mensaje urgente. Detuve el proceso armonizador y observé la proyección.

Un mensaje de Rexus: “Una bomba explotó en uno de los gimnasios del corredor P4. El capitán nos espera para una reunión urgente en 15 minutos en el puente de mando”.

Mi sangre se heló. El proceso de sincronización de mi cerebro se arruinó con un rechinar interno. ¿Una bomba? ¿Qué sucedía?

Salí de la cámara tan rápido como pude y me duché para quitarme el gel amplificador. Me vestí en un volar y me dirigí hacia la cabina de mando.

Allí encontré al capitán, a Daren, el jefe de seguridad, a Rexus y a un par de funcionarios más. Sus rostros de piedra evidenciaban una angustia profunda. El capitán esquivó mi mirada.

–¿Qué pasó? –dije apenas entré.

–Explotó una bomba en uno de los gimnasios del corredor P4 –dijo Daren–. Por fortuna, no fue más que un artefacto de fabricación artesanal. De lo contrario la tragedia habría sido mayor. En todo caso, hay un muerto y cinco heridos.

–¿Hay pistas sobre los autores? –pregunté de inmediato.

–No tenemos pistas concretas –siguió Daren–, pero tenemos un indicio importante. Una cámara de seguridad alcanza a tomar parte de los casilleros. No podemos determinar exactamente en cuál de ellos se produjo la explosión, pero sí podemos limitar el número a unos quince. De esos, diez estaban ocupados. Observen la pantalla, por favor –señaló hacia una de las paredes, donde apareció una pared llena de casilleros–. Vamos a pasar cortes del video en el que se observa a cada una de los diez seres que guardaron sus pertenencias allí. Sin ánimos de prejuzgar, creo que especialmente uno de ellos merece nuestra atención.

Las instantáneas desfilaron en la pantalla. Cada una permanecía durante unos segundos, con seres de distintas especies que no me decían nada, hasta que, por supuesto, apareció la imagen que esperaba: una de las milenias dejaba sus pertenencias en un casillero.

El primero en decir lo que todos pensábamos fue, para mi sorpresa, el capitán. Y habló en un tono decidido que le desconocía:

–Esa imagen no prueba nada por sí misma. Pero creo que todos estamos de acuerdo en que con los precedentes resulta muy difícil que no volquemos nuestras sospechas sobre las milenias.

Sin duda, el remordimiento o el temor por las consecuencias de sus actos impulsaban su determinación.

–Daren –siguió el capitán–, ¿qué resultados hay en la búsqueda preliminar de las milenias?

–Hemos localizado a tres, capitán –dijo el jefe de seguridad–. Pero las conversaciones informales no revelaron nada adicional. Ante las preguntas importantes las milenias adujeron su derecho a no ser interrogadas sin causa justa.

El capitán asintió y se quedó en silencio durante unos segundos. No bebía hidroflox, una imagen a la que tampoco estaba acostumbrado. Finalmente habló con voz firme:

–Llegó el momento de ampliar los recursos para ubicar e interrogar a todas las copias de las milenias. No tenemos pruebas, pero sí indicios que autorizan un interrogatorio extensivo, en particular a la copia original. Adicionalmente, voy a iniciar consultas con el puerto de destino planteándoles la posibilidad de un registro cuarto por cuarto, en caso de que no encontremos a las diez o doce copias.

–Bien –dijo Daren–, voy a emitir una orden de búsqueda general. Así iremos descartando habitaciones y secciones. Comenzaré los interrogatorios formales con las que ya están ubicadas.

Tras discutir los procedimientos que se seguirían y examinar hipótesis alternas para descartar un error, el capitán dio por terminada la reunión.

Al salir comenté lo sucedido con Rexus mientras caminábamos por el corredor. Me invitó a uno de los bares aledaños, pero decliné la invitación. No me sentía con ánimos.

Nos despedimos y quedamos de hablar después.

 

11

Volví a mi habitación y al abrir la puerta encontré una lámina de microcristales en el suelo con una inscripción. La alcé.

“Necesito hablar contigo. No le digas a nadie. Encontrémonos en el cuarto de máquinas del reactor B14 a las 22 horas. Debes haber notado que algo no anda bien. La mujer del bar”.

Mi corazón se aceleró. ¿De qué se trataba eso? Leí de nuevo la nota, más despacio. Claramente era un mensaje de la milenia… o de alguien que se hacía pasar por ella.

Pero, ¿quién se haría pasar por una milenia o para qué?

¿Una trampa? Había formas más sencillas de tenderme una trampa.

Lo más probable es que fuera ella quien me escribía. Pero, ¿por qué o para qué?

Memoricé el lugar y la hora del encuentro. Puse la placa sobre la mesa y diez segundos después los microcristales se separaron. Solo quedó una capa de polvo. Las placas se destruían un minuto después de moverse, tras la activación inicial.

Sacudí la cabeza de un lado a otro. Seguía sin entender. ¿Por qué la milenia quería contactarme? ¿Acaso para matarme? ¿Quería deshacerse de mí?

Quizás la milenia sabía que yo había alertado al capitán. Quería sacarme del camino para preservar su influencia en la nave.

Pero era demasiado tarde para ello. Tras la bomba en el gimnasio ya no había influencia que preservar.

Por otra parte, qué sucedía si yo asumía que la milenia no me tendía una trampa y decía la verdad. ¿Qué implicaba eso? ¿A qué se refería con lo de “debes haber notado que algo no anda bien”?

Quizás la milenia se dirigía a mí como auditor y quería señalarme alguna irregularidad en los procedimientos.

Busqué en mi memoria. No encontré ningún fallo. Lo único que me pareció extraño fue la ligereza inicial del capitán ante la amenaza potencial y el haberlo encontrado con la milenia. Pero nada de eso era un delito.

Todo se había realizado según los procedimientos, regulaciones y convenciones vigentes.

A lo mejor la irregularidad no se refería a una cuestión de procedimiento, sino de otro tipo: un comportamiento extraño, maniobras torcidas.

¿Pero qué podía ser?

Después de unos minutos de duda, decidí que lo mejor sería ir al encuentro de la milenia o de quien me citara.

No creía que fuera una trampa. No veía razón alguna para ello.

Miré mi reloj. Me sobraba tiempo para llegar al lugar de encuentro. Salí de mi cuarto y decidí caminar en vez de tomar las bandas transportadoras. Quería reflexionar para saber si se me escapaba alguna posibilidad.

Dejé atrás el corredor de habitaciones y entré al pasaje comercial más cercano.

 

12

Repasé lo acontecido desde el suicidio de la milenia en el bar hasta la última reunión en el puente de mando.

Desde un comienzo asumí que la milenia actuaba irracionalmente o bajo el influjo de un controlador de mentes. Sus extrañas acciones, como el suicidio o la agresión, me llevaron a esa suposición. Pero, ¿qué sucedía si asumía que la milenia no estaba loca ni actuaba con fines terroristas, sino que actuaba en beneficio propio?

Al igual que el puñetazo que me gané al reunir a las copias, quizás el suicidio de la mujer del bar también era una acción justificable desde cierto punto de vista, como cuando los jugadores de Zengu sacrifican parte de sus defensas para preservar sus posiciones más importantes.

En ese caso, la racionalidad de la milenia se asemejaría a la de la mayoría de especies, al guiarse por su instinto de supervivencia.

Pero, ¿por qué suicidar una de sus copias?

Busqué en mi memoria otros eventos que me llamaran la atención. ¿Qué otra cosa podía contemplar bajo otra luz? ¿El encuentro con la otra milenia en el corredor panorámico?

No…

¡Sí!

Eso era justamente lo extraño. En un mismo día, en un intervalo de menos de una hora, me había cruzado con tres copias de las milenia. ¿Cuál era la probabilidad de que eso ocurriera en una nave que transportaba a cincuenta mil pasajeros? Muy baja, sobre todo considerando que la milenia no acostumbraría a pasear sus copias porque sí en los corredores de la nave.

Dado lo extraño de los demás acontecimientos (el suicidio, la agresión), no me había percatado de lo raros que resultaban esos encuentros.

Con ese pensamiento, salí de los corredores principales y me adentré en los de servicio.

Entonces, quizás la milenia me había buscado desde ese primer momento por alguna razón. Quizás quería llamar mi atención sobre cierto problema: “debes haber notado que algo anda mal”.

¿Quería avisarme sobre un peligro para la nave?

¿O acaso quería llamar mi atención sobre un peligro que ella misma corría?

Quizás eso sería lo que llevaría a una milenia a realizar acciones desesperadas, a salir de su rutina de pasar desapercibida, que sería su primera opción como estrategia de supervivencia.

A lo mejor la copia original sintió que su vida corría peligro y quiso alertarme.

Pero, ¿por qué sentiría o percibiría un riesgo para su vida? ¿Se sentía insegura al someterse a reglas y procedimientos distintos a los de su mundo de origen? ¿Quería hablar conmigo justamente porque yo era experto en los procedimientos de la nave? ¿O acaso se sentía insegura porque viajaba a un destino desconocido?

La respuesta me llegó como un relámpago.

El viaje de la milenia a Imperia lo explicaba todo, el hecho de abandonar un mundo de después de decenas, cientos de miles de años o más.

Justo en ese momento divisé una de las puertas del cuarto del reactor B23. Más tranquilo respecto a lo que me esperaba, pero perturbado por el curso de acción que debería tomar después, la atravesé.

 

13

Sorteé tubos, ductos, máquinas de control, y encontré a la milenia de pie, cerca del reactor.

–Hola, Néxar –dijo con una sonrisa cautivante, apenas llegué a unos metros de ella.

Por más que supiera que se trataba de una copia microcelular de una mujer, no lograba dejar de sentirme atraído por su belleza.

Recordé lo que estaba en juego y aparté ese pensamiento.

–Hola –dije.

–Decidiste venir. No me equivoqué al juzgarte.

–Creo que entiendo lo que sucede –dije y examiné sus ojos color miel, llenos de serenidad.

–¿Estás seguro? A veces no es fácil comprender a otras especies.

–Cierto, pero hay que ponerse en la perspectiva del otro. En tu caso, has vivido durante cientos de miles de años o incluso millones. Hace poco abandonaste un mundo que debió ser tu hogar desde hace mucho tiempo y viajas a Imperia, seguramente en busca de mayor estabilidad. ¿Por qué podrías considerarte en peligro al punto de movilizar a tus copias por la nave? O mejor, ¿por qué alguien querría hacerte daño? La respuesta es sencilla. A lo largo de cientos de miles de años has acumulado una enorme fortuna que en buena parte transportas contigo, dada la desconfianza que formas de vida como la tuya sienten ante instituciones y valores monetarios más inestables que tu propia vida.

–Cierto. Soy propietaria de bienes raíces en varias galaxias y tengo acciones en conglomerados empresariales. Pero traigo una fortuna apreciable en la nave.

–¿Y quién querría apoderarse de ella? –dije más seguro de mi teoría–. Daren, el jefe de seguridad. De alguna forma supo que había una milenia en la nave. No se enteraría durante el abordaje, porque la identidad de los viajeros es confidencial para la tripulación, para evitar problemas como estos. Por lo tanto, Daren debió ver a tus copias gracias a las cámaras de seguridad. O quizás sospechó lo que ocurría cuando una de ellas comenzó una relación con el capitán y a lo mejor otra intentó acercársele a él. No lo sé. En todo caso, desde que supo que eras una milenia comenzó a elaborar un plan para apoderarse de tu fortuna. Intentó encontrar a todas las copias y realizó un montaje, ayudado por un guardia cómplice, para matar a una de ellas y registrar su cuarto, quizás creyendo que era la original.

–Así fue.

–Pero a Daren aún le faltaba obtener una orden del puerto que lo autorizara a registrar cada una de las habitaciones. Eso solo lo permitiría un riesgo grave para la seguridad de la nave y logró crearlo plantando una bomba en los casilleros del gimnasio, pues conocía la rutina de una de tus copias.

–Cierto.

Me quedé en silencio unos segundos y después formulé la duda que me quedaba:

–Lo que no entiendo es: ¿por qué no me contactaste o me advertiste de otra manera? ¿Por qué no le dijiste al capitán?

–Porque no tenía pruebas –dijo la milenia con voz pausada–. Sería la palabra de una pasajera contra la del jefe de seguridad. Necesitaba que la situación se desarrollara para contarte. Ahora que sabes lo que ocurre, puedes notificar a las autoridades del puerto e investigar a fondo al jefe de seguridad. Debes evitar que realice el registro de las habitacio…

¡Zang!

Una descarga eléctrica sacudió el recinto y una luz brillante lo iluminó por un instante.

La cabeza de la milenia estalló en mil pedazos frente a mis ojos.

El tiempo se detuvo y la sangre se heló en mis venas.

Un segundo después, por reflejo, llevé mi mano a la cintura para sacar mi pistola y me giré.

–No lo intente, Néxar –dijo una voz a la distancia–. Suba las manos, palmas abiertas.

Con el corazón acelerado, obedecí.

A unos quince metros, en el segundo nivel del recinto que alojaba al reactor, Daren salía de entre unos gruesos tubos metálicos pegados a la pared, al lado de una pasarela de servicio.

Avanzó sin dejar de apuntarme con el arma y bajó por una escalera.

–Sabía que me iba a guiar a ella, Néxar –dijo cuando puso los pies en la plataforma, a unos metros de mí–. Desde un comienzo la milenia quiso avisarle, quiso llamar su atención. Primero en el bar, luego con las otras dos copias. Solamente tuve que ordenar que lo siguieran. Cuando hace un rato me dijeron que entraba a la zona de reactores me imaginé que no venía a realizar una inspección técnica.

Al acercarse, el jefe de seguridad se inclinó sobre el cadáver de la milenia, como para cerciorarse de que estuviera muerta y luego se giró hacia mí.

–Entenderá que debo matarlo, lo siento –dijo Daren y levantó el arma hacia mi pecho.

Un vacío se formó en mi interior. Abrí la boca para protestar.

No alcancé a decir nada.

Un restallido tronó y un haz de energía me encegueció.

Temblé de pies a cabeza y por un instante creí morir.

Pero no sentí nada.

Abrí los ojos y vi como el cuerpo del jefe de seguridad caía al suelo.

Parpadeé varias veces sin dar crédito a mis ojos.

El cuerpo de Daren yacía frente a mí, su pecho calcinado y deformado por la descarga de energía.

–Estaba dispuesto a todo –dijo una voz a mis espaldas–. Era la única solución.

Casi paralizado por el miedo, me giré despacio. Una milenia salía de entre los tanques de refrigeración.

El jefe de seguridad no había matado más que a una de sus copias.

Un ser que ha sobrevivido millones de años no se dejaría eliminar tan fácil.

–Lo siento –dijo la milenia al acercarse–, pero era necesario.

Traté de decir algo, pero mi lengua no se movió.

La milenia llegó a mi lado y le dio una breve mirada al cadáver de Daren.

–Entonces… entonces… –intenté finalmente, con voz temblorosa, aún nervioso por la cercanía de la muerte–. No puede ser… No… Esto era lo que querías desde el comienzo… Planeaste todo… querías que Daren supiera que tú me buscabas. Por eso no le contaste al capitán. Querías que Daren me vigilara, me siguiera… Por eso me citaste acá, no para hablar conmigo o advertirme del peligro, sino para que Daren intentara matarte y así tú pudieras matarlo.

–Daren te quería asesinar a ti también, para responsabilizar a mis copias del crimen. Así obtendría fácilmente la orden de registro para las habitaciones. Esta era la única solución. Daren estaba dispuesto a todo.

–Sí, sí… –murmuré, aún confundido por la sofisticación y riesgo del plan de la milenia.

–Me imagino que no se presentarán cargos en mi contra –dijo confiada–. Al fin y al cabo, te salvé la vida.

–No, no, claro que no… No comparto tus métodos, pero te enfrentabas a una situación inusual: nada menos que un plan contra tu vida implementado por el jefe de seguridad, con todos los poderes que su cargo le confiere.

La milenia respiró hasta el fondo de sus pulmones, al parecer aliviada. Luego me miró con intensidad, como si examinara cada centímetro de mi rostro.

Mi piel se erizó y sin quererlo volví a concentrarme en su belleza, en su rostro armonioso y su largo cabello azul. Quizás la adrenalina que invadía mis venas me hacía verla aún más atractiva.

La milenia se acercó a mí.

–Eres inteligente, Néxar. Tienes facciones que denotan agudeza. Y eres honesto. En la nave te respetan.

Pasé saliva. No supe qué decir. Un corrientazo de atracción recorrió mi cuerpo.

–A los dos nos interesa la estabilidad –dijo la milenia pensativa. Luego siguió resuelta–. Me interesas, una persona como tú…

–Un momento –la interrumpí–. Agradezco tus cumplidos, y debo confesar que también me atraes. Pero me siento un poco incómodo en esta situación. Al fin y al cabo no eres más que una masa replicadora microcelular. No me sentiría bien en una relación contigo.

–Ah… –la milenia abrió los ojos de par en par y sonrió con picardía–. Jaja, entendiste mal. No me interesas de forma romántica, ni te estoy coqueteando. Esa estrategia solo la quise usar con el capitán. Además, el cuerpo que copié ya no me sirve para el resto del viaje. Necesito copiar a otro ser vivo. Te examinaba porque se me ocurre que eres un buen candidato. Me gustaría copiarte. Sería otra forma de estar cerca del capitán y, por tu buen desempeño en este caso, seguramente te ascenderán a jefe de seguridad.

–¿Qué? –dije escandalizado–. ¿Quieres copiarme? No, no, no –sacudí las manos espantado–. No creo que sea adecuado, no. Soy un funcionario de Imperia, soy una persona, no me gustaría que me copien, yo…

–Las ventajas son muchas –me interrumpió–: te pagaría muy bien; no gastarías tiempo leyendo aburridos informes de procedimientos; además, yo haría mejor tu trabajo gracias a las múltiples copias tuyas que existirían, claro, sin que nadie se entere; finalmente, quedarías con todo el tiempo libre a tu disposición y cuando estemos por llegar a Imperia, te devolvería tu trabajo.

–Es una locura. Aunque… es interesante –dije, evaluando las ventajas. Sin embargo, pudo más la prevención–. Pero no, en realidad no es una buena idea.

–Además, todavía nos un buen tiempo de viaje. ¿No crees que sería mejor invertirlo en actividades más interesantes como, por ejemplo, conocer a la mujer que copié para asumir esta identidad?

–¿Qué? ¿Cómo? ¿Está en la nave? –dije atónito. Nunca se me había ocurrido esa posibilidad–. ¿La mujer original está en la nave?

–Sí, la copié poco después de abordar. No sale mucho de su habitación, pero creo que es porque no conoce a nadie de tu especie. Te podría decir dónde vive. ¿Te interesaría?

Mis pensamientos tomaron un nuevo rumbo con rapidez. La milenia sin duda haría bien mi trabajo. Qué mejor garante de estabilidad que un ser que ha vivido millones de años. Al fin y al cabo, a eso iba a Imperia, en busca de estabilidad.

En cuanto a mí, ya sabía lo difícil que era la escasez de humanos en la nave, ya no decir de mujeres. Rexus era un buen amigo, pero al fin y al cabo era un ser de otra especie. Nada como conocer a un ser humano y mejor aún si trataba de una mujer bonita e inteligente.

–Bien, trato hecho –dije resuelto.

–Trato hecho –dijo la milenia y me guiñó el ojo.

 

*** FIN ***

© 2015 Santiago Restrepo. Todos los derechos reservados. Publicado originalmente en “Exorcismos exprés y otros cuentos de suspenso y humor”.