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Mejorando el comienzo de un cuento

Foto de Ted McGrath Flickr.com

Plaza Santo Domingo, Cartagena, Colombia – Foto de Ted McGrath Flickr.com

Para mi segunda colección de cuentos (El vidente y otros cuentos), retomé uno de los primeros relatos que escribí hace unos años y estoy en proceso de reescribirlo y mejorarlo.

Quisiera compartir acá los cambios que ha sufrido hasta ahora el primer apartado de este cuento, para ver algunos de las herramientas que podemos utilizar para mejorar un escrito. Varias de ellas se han discutido en otras entradas de este blog.

Esto no quiere decir que la versión actual de este cuento sea la mejor posible o que no se pueda mejorar. Siempre es posible mejorar. Por eso mismo creo que la versión actual es mejor que la primera versión y que algunas de las cosas que me han servido para mejorar este escrito pueden serle de utilidad a otras personas que también quieran avanzar en el proceso de escritura.

1. Primera versión:

Noche

La Plaza Santo Domingo, en Cartagena, estaba iluminada por la luz amarilla que caía de las farolas y de las bombillas de las construcciones coloniales de su alrededor. Además, para darle un toque intimidad a la fiesta que se celebraba allí esa noche, se habían instalado algunos grandes candelabros en varios puntos de la plaza. En una esquina, un conjunto de arpa, guitarras y violines tocaba una música alegre. Los invitados, que incluían al presidente y a la alta sociedad de Cartagena y Bogotá, charlaban animádamente mientras tomaban whisky o cócteles. La plaza estaba completamente llena y el ambiente era de distensión y fiesta. Pero en medio de ese ambiente festivo había alguien allí que tenía previsto dispararle a quemarropa al presidente.

2. Versión actual:

Noche

Una corriente de nervios recorre la espalda de “la Sombra” mientras camina por la plaza Santo Domingo, alerta a cualquier mirada sospechosa o movimiento extraño. Teme que alguien descubra su propósito.

Sin embargo, a su alrededor todo es calma y festejo. Los invitados beben sus cocteles y charlan entre risas, bajo las luces amarillas de las lámparas y al ritmo de la brisa fresca de la noche y la música clásica que toca un cuarteto frente a la iglesia. Por su parte, el personal de seguridad parece haberse contagiado de la tranquilidad reinante, quizás confiado porque la plaza, pequeña, casi del todo cerrada por las fachadas de las construcciones coloniales y con vías de acceso estrechas, parece ideal para evitar cualquier atentado.

Los músculos de “la Sombra” se relajan y se permite una leve sonrisa. Dos disparos, piensa, solamente dos disparos y todo habrá terminado.

***

Foto de Juan Camilo Trujillo - Flickr.com

Foto de Juan Camilo Trujillo – Flickr.com

Punto de vista

La primera versión comienza con una descripción de la plaza que no transmite emoción ni plantea una situación inquietante. En parte esto se debe a que la historia está narrada desde el punto de vista de un narrador omnisciente y a que este enfoca su relato en la plaza. En la primera versión, el personaje de esta escena solamente aparece en la última frase: “Pero en medio de ese ambiente festivo había alguien allí que tenía previsto dispararle a quemarropa al presidente.” En la versión actual, la historia se narra desde el punto de vista de un personaje que figura desde la primera frase y con una emoción asociada: “Una corriente de nervios recorre la espalda de “la Sombra” mientras camina por la plaza Santo Domingo…”. Vemos lo que él/ella ve, sentimos lo que él/ella siente. El lector comparte la experiencia del personaje, la vive de cerca. Este aspecto lo tratamos en el punto de vista de la narración.

Descripción del lugar

En la primera versión, la plaza Santo Domingo se describe de forma neutra, sin una emoción o expectativa relacionada. En la última versión también se describe la plaza, pero se hace en el contexto de la emoción del personaje, del temor, pues este observa a su alrededor para saber si alguien va a descubrir sus intenciones. No se describe el lugar porque sí, sino debido a que hace parte de la preocupación de “la Sombra” en ese momento.

 Intriga

La última versión tiene más suspenso e intriga que la primera. La primera comienza, como dijimos, con una descripción: “La Plaza Santo Domingo, en Cartagena, estaba iluminada por la luz amarilla que caía de las farolas y de las bombillas de las construcciones coloniales de su alrededor.” En la última versión, desde la primera frase se genera suspenso e intriga: “Una corriente de nervios recorre la espalda de “la Sombra” mientras camina por la plaza Santo Domingo, alerta a cualquier mirada sospechosa o movimiento extraño.” ¿Qué quiere hacer esta persona? ¿Por qué se llama “la Sombra”? ¿Es el alias de un delincuente? ¿Por qué teme que lo/la descubran? Para escribir este comienzo me basé en cierta forma en lo que planteamos en la entrada del blog cuentos y novelas con buenos comienzos.

En las dos versiones, la última frase genera suspenso. Sin embargo, me parece que en la versión más reciente se genera más intriga. (Ver suspenso, misterio e intriga). En la primera versión, se menciona explícitamente el propósito del delincuente: “Pero en medio de ese ambiente festivo había alguien allí que tenía previsto dispararle a quemarropa al presidente.” En la segunda, se dice que el personaje le va a disparar a alguien, pero aún no sabemos a quién. “Los músculos de ‘la Sombra’ se relajan y se permite una leve sonrisa. Dos disparos, piensa, solamente dos disparos y todo habrá terminado”.Creo que en ese momento aún no es necesario revelar más información. De este modo el lector se pregunta: ¿a quién le quiere disparar? ¿Cuál es su plan exactamente? Se sabe que su objetivo es alguien importante, porque se habla de un esquema de seguridad, de un atentado, pero no se especifica de quién se trata.

Menos verbos y palabras abstractas, más imaginación y sensaciones

Algunas palabras no evocan imágenes o sensaciones. Son fáciles de usar pero podrían remplazarse por estructuras o palabras más activas o sugerentes.

Por ejemplo, los verbos “ser” y “haber”, que aparecen como “estaba” y “había” en la primera versión, son muy útiles y por eso mismo tendemos a abusar de ellos.

En la primera versión: “La Plaza Santo Domingo, en Cartagena, estaba…”, que equivale a “La plaza estaba…”, no es muy atractivo ni dinámico.

En la segunda versión estas palabras se utilizan menos, en parte porque se hace más énfasis en la acción de un personaje y en parte porque busqué otra forma de decir las cosas.

Veamos un ejemplo del final, a partir una frase sacada de una de las versiones intermedias entre la primera y la última: “La Sombra” sonríe. Una situación ideal para su cometido. Solamente necesitará unos segundos para hacer un par de disparos y todo habrá terminado.

Las palabras “situación” e “ideal” no dicen mucho por sí mismas, así como “solamente”, “necesitará” y “hacer”. De nuevo, no es malo utilizarlas, pero tampoco es bueno excederse en su uso. En la nueva versión también utilizo este tipo de palabras, pero son menos: Los músculos de “La Sombra” se relajan y se permite una leve sonrisa. Dos disparos, piensa, solamente dos disparos y todo habrá terminado.

Por otra parte, si bien algunas frases quedarían mejor escritas de otro modo, hay que tener en cuenta que en la literatura de entretenimiento se le da prioridad a las emociones y a la acción, sobre el estilo. En este cuento, en vez de ahondar en una emoción, quise que sucedieran cosas rápido. Por ejemplo, podría describir más el temor de “La Sombra”, mostrar cómo lo vivía o lo afectaba, pero decidí pasar pronto a otras cosas. El relato transcurre en un solo día, pero en tres tiempos distintos y en un orden no lineal, y no quería que hubiera mucho espacio narrativo entre los distintos fragmentos.

 

Estructura motivación-mundo exterior-reacción

Hasta el momento de escribir esta entrada del blog no me había dado cuenta de que la última versión de la escena se guía por la estructura que discutimos en la entrada la interacción de los personajes con el entorno.

Se parte de la motivación interna del personaje (angustia y propósito), se contrasta con el mundo exterior (ambiente festivo), frente al cual el personaje reacciona (se permite una leve sonrisa y anticipa el momento en que cumplirá su propósito).

Lo bueno de la estructura discutida en esa entrada del blog es que a la vez que nos lleva a centrarnos en las emociones del personaje para transmitírselas al lector, lo hace dinámicamente en su relación con el mundo exterior, que por lo tanto también se impregna de dichas emociones.

 ***

El ejemplo discutido en esta entrada de blog nos muestra algunas herramientas para mejorar como escritores y nos da un ejemplo práctico de cómo cambia una historia cuando se le aplican. Algunas las hemos discutido anteriormente en este blog. Independientemente de nuestro nivel como escritores, todos podemos seguir aprendiendo y mejorando. Esto se logra, además de escribiendo, leyendo y corrigiendo, una y otra vez, y conociendo las distintas técnicas de escritura.

 ***

 A continuación el comienzo del cuento como va hasta este momento, antes de publicarlo:

 

Un día en Cartagena

Noche

Una corriente de nervios recorre la espalda de “la Sombra” mientras camina por la plaza Santo Domingo, alerta a cualquier mirada sospechosa o movimiento extraño. Teme que alguien descubra su propósito.

Sin embargo, a su alrededor todo es calma y festejo. Los invitados beben sus cocteles y charlan entre risas, bajo las luces amarillas de las lámparas y al ritmo de la brisa fresca de la noche y la música clásica que toca un cuarteto frente a la iglesia. El personal de seguridad parece haberse contagiado de la tranquilidad reinante, quizás confiado porque la plaza, pequeña, casi del todo cerrada por las fachadas de las construcciones coloniales y con vías de acceso estrechas, parece ideal para evitar cualquier atentado.

Los músculos de “la Sombra” se relajan y se permite una leve sonrisa. Dos disparos, piensa, solamente dos disparos y todo habrá terminado.

Foto de Manuel Castro - Flickr.com

Foto de Manuel Castro – Flickr.com

Tarde

Carlos se ajustó el auricular y se concentró en las palabras del hombre y la mujer que charlaban en otra mesa de la terraza del café, a pocos metros de la suya. Pedro, sentado frente a él, fingía leer una revista, pero también escuchaba la conversación.

–¿Por qué el afán de concretar hoy la transacción? –dijo la mujer y sonrió–. Así de afán no te puedo pagar todo lo que quieres, tendría que ser menos…

Al parecer, ella representaba a un distribuidor de narcóticos que se movía en la alta sociedad. A decir verdad, la habían escogido bien para el trabajo. Tanto a policías como a hampones les resultaría difícil sospechar de una mujer tan bonita. Cualidad que, como si fuera poco, ahora le servía para buscar una rebaja.

Lástima que una mujer así de linda anduviera en malos pasos, pensó Carlos y se reacomodó en el asiento, desconcertado al sentirse atraído por ella.

–Lo que te ofrezco es calidá’ y pureza –dijo “Nuche”, reacio a bajar el precio–. Esto no lo consigues en cualquier lado. Ya tú verás si quieres comprar o no, esas son las condiciones. ¿Tienes con qué pagar? Pa’vé.

La mujer abrió una cartera roja que cargaba terciada sobre su ligero vestido habano y escarbó en ella. Tomó un objeto pequeño con los dedos pulgar e índice y lo puso con cuidado al lado del vaso de cerveza de “Nuche”. El tipo se inclinó sobre la mesa y dio vueltas al objeto con los dedos, tratando de exhibirlo lo menos posible.

Pero Carlos alcanzó a ver el color: verde esmeralda.

Mañana

Carlos contestó el teléfono en el cuarto del hotel donde se alojaba. Dejó la taza de café oscuro sobre la mesa y miró por la ventana hacia el mar que clareaba con las primeras luces del día.

–Esta tarde no vas a ir al aeropuerto –dijo el coronel Martínez, su jefe, después de un breve saludo–. Quiero que Pedro y tú vigilen el encuentro de una pareja en un café de Bocagrande.

–¿Una pareja? –dijo Carlos extrañado por la orden–. ¿Quiénes son?

–Él es Wellington Rentería, alias “Nuche”, un tipo que se mueve en el bajo mundo del hampa, más un intermediario que un delincuente con una actividad concreta. Sobre la mujer no sabemos nada. Lo raro es que la cita se pactó de afán e involucra una suma importante de dinero. Hay que averiguar exactamente de qué se trata, van a contar con micrófonos para escuchar la conversación.

–¿Pero, mi coronel, nosotros qué tenemos que ver con eso? –dijo Carlos desconcertado–, ¿no deberíamos estar en el aeropuerto colaborando con la seguridad del presidente?

–Justamente de eso se trata. Recibimos información sobre un posible atentado.

Noche

“La Sombra” contempla la plaza desde el costado sur. Tiene una visión clara del presidente, que charla desprevenido con un grupo de invitados.

Una tensión nerviosa electrifica sus manos, que quieren sentir ya la inminencia del frío metal de la pistola automática.

Tranquilízate, piensa, falta poco.

En unos minutos lanzarán los fuegos artificiales. Entonces, todo dependerá de sus movimientos: un par de pasos hacia la oscuridad, levantar el arma y disparar con precisión.

***

Carlos recorre la plaza examinando a cada uno de los invitados en busca de cualquier gesto que no encaje, una mirada torcida, una actitud reservada.

Pero solo encuentra risas, miradas coquetas y manos que alzan vasos y copas. Nada que indique un riesgo para el presidente. Además, el esquema de seguridad ha sido diseñado con precisión.

Respira más despacio. Seguramente la información sobre el atentado fue errada.

Pero su deber es seguir alerta, atento a cualquier señal de peligro.

Se detiene frente a la puerta de la iglesia. Un flash de recuerdos viene a su mente. Revive lo sucedido por la tarde en el café.

Sacude la cabeza de un lado a otro. ¿Cómo manejaron tan mal ese incidente? Se mira las manos y los antebrazos. Los tiene rojos y aún le arden por el rasponazo.

En fin… de cualquier manera no se trataría más que de un negocio de la delincuencia sin relevancia para su labor.

Tarde

–Vamos, vamos. Hubo una transacción –dijo Pedro electrizado y se puso de pie empujando el asiento hacia atrás.

Carlos, sorprendido, hizo lo mismo. “Nuche” se percató del movimiento de ambos y se levantó como un resorte. La mujer lo imitó.

–¡Quietos, policía! –gritó Pedro y se llevó la mano al cinto.

Carlos también desenfundó su arma.

El café estalló en gritos de pánico. Algunas personas se tiraron al suelo y otras arrancaron a correr hacia la salida. “Nuche” y la mujer ignoraron la advertencia. Se giraron y saltaron la baranda de vidrios que separaba la terraza del andén.

La mujer corrió hacia la derecha y “Nuche” hacia la izquierda.

–¡Sigue a la mujer! –gritó Pedro y se abalanzó hacia la salida.

La adrenalina invadió la sangre de Carlos, que se propulsó hacia adelante. Esquivó una mujer que gritaba y alzaba los brazos, pero al hacerlo chocó con un mesero que retrocedía protegiendo una bandeja con su cuerpo. El hombre se tambaleó y los platos con pescado y patacón volaron por los aires.

La mujer se le escapaba.

Al ver tanto gentío en la salida, Carlos cambió su rumbo, corrió hasta el borde del restaurante contiguo y saltó la baranda divisoria.

La mujer corría a toda velocidad por el andén. Si cruzaba la calle hacia la playa, Carlos buscaría la salida principal del local.

Pero la mujer dobló a la derecha, rodeando el restaurante.

Carlos apuró su carrera y calculó su trayectoria para interceptarla. Voló sobre los últimos metros que lo separaban del extremo del local, apoyó su pie en un asiento y saltó con los brazos extendidos sobre la baranda, para atrapar a la mujer en la caída. La tenía…

La mujer se agazapó como gato amenazado.

Carlos pasó de largo y cayó sobre el asfalto raspándose las manos y los antebrazos. Mil punzadas de dolor se los estrujaron.

Ignoró la sensación y se apoyó en los puños para levantarse.

A diez metros la mujer se subió a una moto con un conductor que la esperaba.

Las llantas del vehículo chirriaron quemando el pavimento.

Carlos se puso en pie y giró su cabeza alrededor en busca de otra moto, un taxi, cualquier vehículo para seguirlos…

No encontró nada.

En pocos segundos la moto se perdió en la distancia.

–¡Maldita sea! –gritó Carlos frustrado, con las manos ardiéndole de dolor.

Sacó su teléfono del bolsillo de su pantalón y llamó a Pedro.

“Nuche” también se le había escapado.

Mañana

–Mi coronel, si este encuentro está relacionado con un atentado, ¿no necesitaríamos más gente para vigilar a la pareja? –dijo Carlos arrugando las cejas, con el teléfono pegado a la oreja–. Dos personas no son suficientes.

–No estamos seguros de que esté relacionado, es solo una pista –dijo el coronel Martínez–. ¿Sabes cuántas pistas tenemos?

Carlos conocía la respuesta: decenas, cientos. Informantes, ciudadanos, delincuentes, todos quieren colaborar… sobre todo cuando es posible que reciban una recompensa monetaria.

–Todos tenemos labores asignadas y falta personal –siguió el coronel–, es decir, lo de siempre… solamente que al parecer hoy la amenaza es real. En algún sitio de esta ciudad hay hampones planeando el atentado y necesitamos encontrarlos.

–Una transacción entre dos delincuentes del bajo mundo en un café…  –dijo Carlos pensativo–. Debe ser algo relacionado con narcóticos. ¿No es una pista muy débil? Con todo el respeto, mi coronel, ¿este es el castigo que nos debía?

Noche

Carlos detiene su caminar en el costado norte de la plaza. Una mujer llama su atención… Está sola, de pie en un rincón, con una copa de vino en la mano. No la alcanza a ver bien, pero su perfil le resulta familiar.

Se acerca un poco más. Cree reconocerla.

Carlos se aproxima con sigilo, por un lado, para evitar que lo vea.

La mujer viste de blanco, como todos los invitados, y carga una cartera donde fácilmente cabría un arma. Mueve su rostro un poco más hacia la izquierda y…

Carlos confirma su sospecha.

Sus músculos se tensionan. Es la mujer que se le escapó por la tarde en el café.

Entiende entonces la conexión. Una mujer tan bonita es la persona ideal para cometer un atentado en un evento como este. Nadie sospecharía de ella.

Carlos contiene la respiración y evita mirarla. No quiere que perciba sus movimientos. Sigue acercándose despacio.

Llega a su lado, saca su arma y la presiona contra sus costillas.

–No se mueva, está arrestada. Policía –dice Carlos en voz baja, para que solamente ella lo oiga.

–¿Arrestada? –La mujer gira su rostro despacio y lo mira de pies a cabeza–. Ah, pero si es el policía escandaloso de por la tarde. Parece que ya aprendió algo. Mucho gusto, Andrea González, Inteligencia Militar.

–¿Inteligencia Militar? –balbucea Carlos desconcertado, no solo por lo que oye, sino por la tranquilidad de la mujer–. ¿Cómo…?

–Saque usted mismo mi identificación de la cartera… está con mi arma de dotación.

Carlos así lo hace y examina con cuidado el documento y el arma. La mujer dice la verdad, es agente de Inteligencia Militar.

No es la primera vez, ni será la última, que dos agencias de inteligencia del Estado choquen en misiones por naturaleza secretas.

–¿Pero… qué hacía esta tarde negociando con “Nuche”? ¿Por qué…? –Carlos no termina la frase, aún atónito.

–Queríamos entregarle una esmeralda con un rastreador electrónico. Pero usted y su amiguito dañaron la operación. ¿Por qué no esperaron al menos a que culminara la transacción antes de armar semejante alboroto?

–Claro que esperamos… –comienza Carlos seguro, pero su voz se diluye en medio de la duda.

Tarde

Nuche volaba sobre el andén.

Pedro lo seguía a todo lo que le daban las piernas, recortándole terreno. Miró hacia atrás buscando a Carlos, pero no lo vio. Perseguiría a la mujer, tal como le había indicado.

Cuando doblaron la siguiente esquina, Pedro gritó:

–¡Nuche, Nuche! ¡Espera!

Nuche giró su cabeza, reconoció a Pedro y bajó la velocidad hasta caminar.

Pedro lo alcanzó e igualó su paso. Dio un nuevo vistazo hacia atrás. Nada sospechoso.

–Ajá, “Sombrita”, qué susto me diste –dijo Nuche llevándose una mano al pecho–. ¿Qué carajos querías hacer? ¿Arrestarme?

–No seas bruto –Pedro escupió las palabras–. ¿Qué carajos querías hacer tú? Esa mujer es de Inteligencia Militar.

–¿De verdáaa? No jodaaaaaa. No parecía… El patrón fue el que me dio el contacto. Como está urgido por conseguir las piedras pa’pagarte. Lo que pasa e’que no ha sido fácil.

–Que no sea fácil no quiere decir que se tiren todo por el afán –dijo Pedro molesto–. Si no consiguen las piedras, entonces que sea en efectivo, con un recargo del 30 por ciento. Si no, no hay trato.

Mañana                                          

–¿El castigo que les debía? –respondió el coronel Martínez, desconcertado–. No, claro que no. Ahora no es momento de castigos, eso lo resolveremos cuando el presidente se vaya. Yo les iba a asignar parte de la vigilancia del aeropuerto, pero anoche Pedro me sugirió el cambio. Él ha trabajado con gente que se mueve en esos círculos y a lo mejor le queda más fácil reconocer al contacto del tal “Nuche”.

–Bueno, una pista es una pista –dijo Carlos resignado–. Y a lo mejor algo resulta de todo eso… aunque no creo.

–De todas formas, esta noche ustedes dos van a integrar el anillo interior de seguridad en la plaza. Así que atento, Carlos, no quiero errores.

Noche

–Es Pedro –dijo Carlos con la mirada perdida en el aire.

–¿Cómo? –Andrea arrugó las cejas.

–Pedro, mi compañero –dijo Carlos con firmeza y la miró–. Él es el que le va a atentar contra el presidente. Pidió la vigilancia del café y armó el escándalo justamente para que la transacción no se realizara.

–¿Qué? ¿Por…?

Carlos dejó de escuchar a la mujer y giró su cabeza para buscar a Pedro. Su compañero se turnaba con otro agente la vigilancia de la puerta de una de las casas del costado sur de la plaza.

Avanzó en esa dirección con pasos largos. Si corría lo alertaría.

A su espalda, un silbido cortó el ruido de las voces de los invitados. Se volteó rápido. Una estela dorada atravesaba la noche. Estalló en el aire y desparramó chispas azules.

Fuegos artificiales. La distracción que Pedro necesitaba.

Aceleró su paso.

Un nuevo silbido sonó detrás de él.

A unos quince metros de la puerta de la casa que Pedro vigilaba, Carlos buscó su figura donde debería estar. No lo vio.

Varias detonaciones estremecieron el cielo y un destello verde y rosado iluminó la plaza y el interior de la casa.

Pedro levantaba una pistola hacia donde Carlos había visto al presidente por última vez.

Sin perder un segundo, Carlos desenfundó su arma con rapidez, apuntó y disparó una… dos… tres veces.

Las detonaciones se mezclaron con las de los fuegos artificiales y se ahogaron en medio de los gritos de asombro y júbilo de la multitud que miraba al cielo.

Pedro se llevó las manos al pecho y un par de segundos después se desplomó hacia adelante.

Su cuerpo quedó tendido en el suelo, iluminado por las luces multicolores de la pólvora que tronaba sin cesar.

Al día siguiente

Al pie de la Torre del Reloj, Carlos se encontró con Andrea en medio de turistas, vendedores y un grupo de niños que corría tras un balón.

Carlos la había vuelto a ver durante la de investigación posterior al atentado y decidió invitarla a salir, aprovechando los dos días libres que se había ganado por su labor (habría sido uno más de no ser por el castigo pendiente que el coronel le había cobrado).

–No debería salir con usted –dijo Andrea apenas se saludaron.

–¿Ah, no? ¿Y eso por qué? –dijo Carlos desconcertado.

–Una amiga me dijo que estaba loca por salir con alguien así –Andrea le sonrió.

–¿Cómo así?

–Sí. Le conté que iba a salir con alguien y me preguntó: “¿Cómo lo conociste?”. Le dije la verdad: “Me vio en una terraza, me persiguió y casi me tumba. Lo dejé tirado en la calle. Cuando lo volví a ver me apuntó con una pistola para arrestarme. Al día siguiente me invitó a salir”.

Carlos rio con ganas.

–Bueno, entonces debo reivindicarme. ¿Qué tal un café para comenzar?

–Me parece –dijo Andrea.

Se giraron y a paso lento se adentraron en los vericuetos de la ciudad amurallada.

*** FIN ***

© 2014 Santiago Restrepo. Todos los derechos reservados. Publicado originalmente en “El vidente y otros cuentos de suspenso, intriga y humor”.

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