Archivo del Autor: Santiago Restrepo

Acerca de Santiago Restrepo

Escritor de cuentos, novelas cortas y novelas de suspenso y acción. Thrillers.

Buena partida

– ¿No entiendo? -le dije a AndreaX, la computadora central de mi casa-. Te pedí que intentarás ganarme en tu nivel más fácil de ajedrez y lo lograste. No soy tan malo. ¿Cómo lo hiciste?

– No fue fácil. Cuando llegamos al medio juego, bajé la temperatura de la casa y dejé pasar más luz por las ventanas. Hice el café sin cafeína y le añadí un toque amargo. Escogí de tu lista de canciones las que bajan tu nivel de atención. Anticipé notificaciones del calendario. La suma de todo eso, como predije, causó que te distrajeras y realizaras malos movimientos. No necesité dejar ingresar zancudos o disparar la alarma de incendios, que eran mis siguientes pasos. Creo que hice un buen trabajo. ¿Otra partida? 

[Zach Duner]

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Tranquilidad bien ganada

Cuando el hombre desenfundó la pistola y la apuntó a mi pecho, decidí, con extraña calma, que no haría nada.

Ello, a pesar de que el dueño de la tienda, en una gasolinería en un pequeño pueblo de Estados Unidos, me había mostrado las armas que guardaba cerca de la caja registradora.

Decidí entregar el dinero sin oponer resistencia, porque yo no había cruzado la frontera para buscar problemas, sino para darle tranquilidad a mi familia. Alejarla de las pandillas, las riñas constantes, la inestabilidad económica y la pobreza. Alejarla de todo aquello que acechó mi juventud en la colonia.

Pero cuando entró la señora con una niña de su mano, y el tipo las empujó y tumbó, no lo pensé: tomé el cañón, lo jalé y moví a un costado, y le di al tipo un cabezazo en la nariz que produjo un horrible craquido. Soltó la pistola, tomé su cabeza, y la golpeé contra el mostrador varias veces. El hombre cayó al piso, donde quedó inmóvil.

Finalmente sí hice algo: retirar a un delincuente más de las calles, para tranquilidad de mi familia.

[Francisco Rodríguez]

Eficiencia

Tras meses de ganarme la confianza de Héctor, por fin lo acompañaba en su avioneta. Sabíamos que trabajaba para los carteles, pero no cuál era su labor.

-Ahhh, esta parte me recuerda los ochenta -dijo feliz al sobrevolar el norte de Miami Beach-. Era tal la demanda de coca, que dejamos de perder tiempo con pistas lejanas y ocultas. Volábamos hasta acá, y ¿ve las casas después del campo de golf? El patrón compró tres cuadras. No alcanzaba a gastarse todo el billete. Sobrevolábamos bajo y dejábamos caer los atados de droga, sin importar que rompieran techos. Salían directo a las calles o se enviaban al norte en camiones.  

-Fiuuuu -silbé impresionado.

-Esa fue la época dorada -dijo y suspiró-. Luego la DEA empezó a apretar. No ayudó que un paquete cayera en el campo de golf y dañara el green preferido del alcalde.

-Después del once de septiembre sería peor, me imagino -dije para traerlo al presente, lo que me interesaba.

-Claro. Se volvió imposible traerla en avionetas.

-Buen momento para retirarse, entonces.

-Jeje, Alejo, ni tanto. La droga llega al sur de Estados Unidos en submarinos, lanchas, camiones, autos. Pero hay formas más eficientes de llevarla al norte, ¿no?

 

[Alejandro Rodríguez]

Extraño favor

-Casi no llegas -dijo Eduardo-. Adelante. Ya está lista la chimenea. ¿Whisk…? ¿Qué te pasa, por qué esa cara?

-Necesito un gran favor -dije afando.

-Claro -Eduardo le dio un sorbo rápido a su whisky.

-Necesito incinerar este brazo en tu chimenea -levanté la bolsa semitransparente con la parte humana en cuestión.

Una explosión de licor salió de la boca de Jorge, seguida de tosidos.

-¿Qué? ¿Estás loco? ¿Qué es eso, por Dios? -dijo cuando medio se repuso.

-Un brazo -dije, mientras me limpiaba la cara de la aspersión de trago-. Luego te explico. No tengo mucho tiempo.

-No, no, no -sacudió los brazos como aspas, habló a borbotones-. No traigas eso acá. Llévatelo. ¿De quién es? Bótalo en una caneca. Tíralo a un potrero.

-Lo encontrarían. No puedo. Hay cámaras.

-Te van a matar por eso.

– No te preocupes. El dueño está afuera, en el carro.

Sus ojos casi se le desprenden de la cara.

-¿A quién secuestraste? Voy a llamar a la…

-A nadie, calma -lo interrumpí-. Es un miembro del cartel de los Zarcos condenado a muerte. Quiere huir a Estados Unidos, pero les tatúan un número en el brazo -levanté la bolsa y se lo señalé-. Él decidió cortárselo.

[Andrés Kozlowicz]

Evidencia

Los casos que me tocan, pensé y solté un largo suspiro.

-¡Ay, no! ¡Ay, no! -chilló el hombre, una vez más, en la camilla-. ¡Ayúdeme, doctor!

-Tranquilo -le dije con voz de seda-. Ya está mejor.

El hombre movía la cabeza como veleta. Sus ojos parecían dos huevos fritos.

-Cuénteme, ¿qué es lo último que recuerda? -dije.

-Eh… eh… un árbol… muy cerca… muy cerca.

-Bien, ya comienza a recuperar la memoria. De paso, eso explica el golpe en su cara.

-Pero… pero… ¿qué pasó?

-Ya lo recordará y se lo contará a los policías que lo esperan apenas esté mejor.

-¡Aaaaahhhhhh! -gritó y se tanteó los bolsillos-. No, no, la policía no.

-Demasiado tarde, ya tienen la evidencia… aunque no muy limpia. Dos consejos para el futuro. Primero, si no quiere policía, no venda drogas. Segundo, si lo van a capturar, no se las coma.

[Bernardo Andrade]

Espíritu navideño

-Aquí está su recompensa, Édgar -dijo el agente Roldán y dejó la bolsa sobre el andén.

-¿Qué? -dije sin dar crédito a mis ojos-. ¿Papás Noel?

-¿Qué quería? ¿Dinero? La policía está corta de recursos. Incautamos droga y contrabando. Sobró algo de contrabando.

-Casi me matan desarticulando la banda de Wang. Fue un trabajo duro.

-Pues tendrá una gran Navidad gracias a él.

-Pero… pero… ¿Qué voy a hacer con todos esos Papás Noel?

-Decore la sede de la agencia de detectives. Es un poco gris. Hay que celebrar la Navidad.

-Si los vendo no me van a dar nada -dije y me rasqué la cabeza.

-Jeje, eso mismo pensó mi teniente.

Expulsé aire por la nariz, indignado por la situación.

-Lo único que se me ocurre es regalarlos -dije finalmente.

-Excelente, Édgar. ¿Si vio? Le sirvieron. Ya se contagió del espíritu navideño.

 

[Édgar Duarte]

 

Zen

-Medita y sabrás quién tomó el cuenco -dijo el monje.

Resoplé, pero obedecí.  

A eso me había llevado el libro Quién se ha llevado mi queso, luego el de El monje que vendió su ferrari, y otros más. A dejar todo y meditar en el Himalaya. Ahora, alguien se había llevado mi cuenco y debía meditar para hallar al culpable.

Medité y medité.

Estrujé mi cerebro y los planos astrales.

Una hora después, la luz se hizo.

-Tú, maestro, te has llevado mi cuenco -dije apenas volvió.

-Lo lograste. Te felicito.

-¿Y cuál es la lección?

-Ninguna. Perdí el mío y no lo encuentro. Necesitaba desayunar. Toma el burro, baja al pueblo y me consigues otro.

[Andrés Durán]

 

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