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Creación

Foto de Nasa

-Bien, Zyrus -dijo el profesor-, excelente tarea, muy buen trabajo. ¿Quién quiere seguir?

Tillt envió un pulso.

-Adelante, ¿qué hiciste? -dijo el profesor.

-Un sistema de expansión de la complejidad -dijo Tillt-. Está en mi canal doce. Es un espacio multidimensional, creado a partir de distorsiones de tejido, que parecen partículas con un comportamiento en parte determinista y en parte aleatorio. Tiene un punto de origen de hipermasa que se expande para luego crear micro concentraciones que llamo galaxias. Los puntos de hipermasa se recrean en una función fractal. Han surgido seres sintientes, semiconscientes, conscientes, megaconscientes e hiperconscientes. El sistema se altera y se recrea de acuerdo a lo que las conciencias logren entender de él. Además, se replica en cada una de las dimensiones que crean los puntos de hipermasa o las hiperconciencias.

El profesor se quedó en silencio un momento, seguramente mientras recorría la extensión de la creación de Tillt en su canal.

-Mmmm. Es bastante sencillo para lo que les pedí, Tillt. No hay hiperalteraciones, la linealidad es excesiva, lo de las dimensiones es simple, el componente azaroso es limitado, carece de suluresencias y la repetición fractal es exagerada, pues no hay demasiada variedad entre los diferentes elementos. Ya es la segunda tarea en la que no te esfuerzas lo suficiente. ¿Quién más quiere presentar la suya?

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Testigo silencioso

Siempre volvía a casa tarde en la noche y atravesaba, veloz y alerta, el lote abandonado.

Pero justo en esa ocasión miraba el teléfono, dichoso aparato, y de la nada dos tipos salieron a mi paso.

-¡Quieto! -dijo uno de ellos, de camisa negra, y apuntó un revólver a mi pecho.

Quedé paralizado. Ni siquiera logré abrir la boca para decir que se llevaran mis pertenencias y no me hicieran daño.

El otro hombre, de ropa sucia y raída, mirada cristalina y errática, carraspeó al hablar:

-Este… este sirve, matemos a este.

Un resuello involuntario escapó de mi boca.  

-¿Seguro? -preguntó el del revólver.

-Sí, sí, sí -dijo ansioso el andrajoso-, que aprendan a no traicionar, a no robar.

-No, no, no -alegué, por fin, a borbotones-. Soy inocente… yo… les juro… nada.

-Jejeje, claro que es inocente -afirmó desquiciado el de ojos como canicas-. Pero alguien nos roba la mercancía. La gente necesita un escarmiento.

-Perfecto -dijo el de camisa negra.  

-No, no, no -le imploré a él, el más cuerdo de los dos, si puede serlo alguien que detiene a otro a punta de pistola en un parque para matarlo.

No se conmovió. Apretó los músculos de su cara y del brazo en que sostenía el revólver.

Dios.

Supe que dispararía.

Contuve la respiración.

No había más que hacer.

Era el fin.

El hombre giró su brazo, apuntó el cañón hacia su compañero y apretó el gatillo.

Un fogonazo salió del arma y un restallido me estremeció los tímpanos.

Si antes mi corazón galopaba, con eso explotó.

-¿Qué, qué…? -balbuceé desconcertado al tiempo que el cuerpo del hombre andrajoso caía fulminado al suelo.

-Silencio -dijo el hombre-. Va a caminar conmigo hasta que estemos lejos. Si encontramos policías, o me buscan luego con cámaras, usted dirá que este tipo me iba a atracar y que le disparé en legítima defensa.

-Pero… por… por…

-Robaba mercancía. Pensaba pasarse a la banda rival. Ahora, usted, colabore. No quiero hacerle daño después. Me llevo sus documentos. Además, ya lo escuchó, el tipo quería matarlo para cubrirse.

Creo que asentí, de nuevo sin habla.

Caminamos juntos unos quince minutos, hasta que el hombre se perdió en la oscuridad de la noche.

No dije nada al respecto. Ni entonces, ni después.

El hombre andrajoso no merecía la muerte.

Pero yo tampoco buscaría problemas con una denuncia cuando su intención era matarme sin motivo.

Que yo sepa, nunca nadie investigó el crimen.

Unos meses después, por azar, encontré la foto del hombre de la camisa negra en la portada de un diario amarillista que colgaba en la reja exterior de la tienda del barrio:

“Abaleado líder de pandilla en enfrentamiento a campo abierto”.

Solté un silbido de asombro, entré a la tienda y compré el paquete de chicles por el que iba.

Nunca volví a atravesar el lote abandonado.

Progreso

La camioneta, montada sobre el andén y el hidrante, parecía una fuente con el agua que salía a chorros por sus ventanas.

-Supongo que fue la causa de todo -dijo el teniente Rodríguez y señaló al hombre de traje, empapado en agua, de pie a unos metros de la camioneta-. Habrá querido eludir a los del choque..

-Hubiera podido pasar por el otro lado -dije-, si el viejo no abandona su auto para irse caminando.

-¿Caminando? ¿Cómo así…? ¿Qué le pasó?

-Lo desesperaron los gritos del flacuchento -lo señalé en la ambulancia-. Un ataque de nervios.

-Ah… Entonces él comenzó todo.

-No, fue la señora -señalé a la mujer de unos cincuenta años que tomaba agua en un andén, el rostro enrojecido, el pelo hecho una bola de sudor, las gafas en el pasto-. No avanzó. Quería pasar al carril central de la avenida, metiéndosele a los carros poco a poco. Ya sabe, como se acostumbra. No fue capaz. Entró en crisis y se pegó a la bocina para que le dieran paso. Fue inútil, con la falta de civismo. Los bocinazos estallaron los nervios del del flacuchento, que chocó al de adelante. El viejo se desesperó y se fue. La camioneta buscó otro camino y toteó el hidrante. Los heridos fueron por otra discusión más atrás, que terminó en pelea.

-Qué caos -dijo el teniente y llenó de aire sus pulmones-. ¿Qué sugiere, Pérez? ¿Qué hacemos?

-Corrámonos un poco que nos estamos mojando.

-No, hombre -dijo fastidiado-. ¿Qué hacemos para mejorar esta intersección? Ya es la tercera vez que pasa algo grave. Cada vez es peor.

-Ah… ¿Qué tal una campaña educativa?

El teniente alzó las cejas y suspiró.

-Por ahora instalemos un semáforo.

Una tarde en el zoológico de Nurk

-El zoológico de Nurk tiene la única colección en el universo de esta curiosa rama evolutiva -dijo orgulloso el guía-: dinosaurios rescatados del planeta Tierra antes de que los humanos existieran.

-¡Qué ternura de animalitos! -dijo un niño mientras un pterodáctilo le picoteaba el zapato a través de la reja.

-¿Por qué no destruimos ese planeta antes de que los humanos salieran? -dijo uno de los turistas.

-Nuestros antepasados no eran previsivos -le respondió otro visitante-. Nos habríamos librado de esa plaga.

-¿Plaga? -dijo otro más-. Es culpa de los militares que no pueden con ellos y sus aliados. Pero plaga no son. Un tío que vive en la galaxia Zelix me dice que son deliciosos.

-Jeje, cierto. Costumbres curiosas de nuestra especie. Dicen que fritos son ricos. En otras galaxias los tienen como mascotas. A mi entender, no son más que una curiosidad de zoológico. Pueden verlo por ustedes mismos en la próxima galería. Sigamos.

Buena partida

– ¿No entiendo? -le dije a AndreaX, la computadora central de mi casa-. Te pedí que intentarás ganarme en tu nivel más fácil de ajedrez y lo lograste. No soy tan malo. ¿Cómo lo hiciste?

– No fue fácil. Cuando llegamos al medio juego, bajé la temperatura de la casa y dejé pasar más luz por las ventanas. Hice el café sin cafeína y le añadí un toque amargo. Escogí de tu lista de canciones las que bajan tu nivel de atención. Anticipé notificaciones del calendario. La suma de todo eso, como predije, causó que te distrajeras y realizaras malos movimientos. No necesité dejar ingresar zancudos o disparar la alarma de incendios, que eran mis siguientes pasos. Creo que hice un buen trabajo. ¿Otra partida? 

[Zach Duner]

Espíritu navideño

-Aquí está su recompensa, Édgar -dijo el agente Roldán y dejó la bolsa sobre el andén.

-¿Qué? -dije sin dar crédito a mis ojos-. ¿Papás Noel?

-¿Qué quería? ¿Dinero? La policía está corta de recursos. Incautamos droga y contrabando. Sobró algo de contrabando.

-Casi me matan desarticulando la banda de Wang. Fue un trabajo duro.

-Pues tendrá una gran Navidad gracias a él.

-Pero… pero… ¿Qué voy a hacer con todos esos Papás Noel?

-Decore la sede de la agencia de detectives. Es un poco gris. Hay que celebrar la Navidad.

-Si los vendo no me van a dar nada -dije y me rasqué la cabeza.

-Jeje, eso mismo pensó mi teniente.

Expulsé aire por la nariz, indignado por la situación.

-Lo único que se me ocurre es regalarlos -dije finalmente.

-Excelente, Édgar. ¿Si vio? Le sirvieron. Ya se contagió del espíritu navideño.

 

[Édgar Duarte]

 

Zen

-Medita y sabrás quién tomó el cuenco -dijo el monje.

Resoplé, pero obedecí.  

A eso me había llevado el libro Quién se ha llevado mi queso, luego el de El monje que vendió su ferrari, y otros más. A dejar todo y meditar en el Himalaya. Ahora, alguien se había llevado mi cuenco y debía meditar para hallar al culpable.

Medité y medité.

Estrujé mi cerebro y los planos astrales.

Una hora después, la luz se hizo.

-Tú, maestro, te has llevado mi cuenco -dije apenas volvió.

-Lo lograste. Te felicito.

-¿Y cuál es la lección?

-Ninguna. Perdí el mío y no lo encuentro. Necesitaba desayunar. Toma el burro, baja al pueblo y me consigues otro.

[Andrés Durán]

 

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