Tranquilidad bien ganada

Cuando el hombre desenfundó la pistola y la apuntó a mi pecho, decidí, con extraña calma, que no haría nada.

Ello, a pesar de que el dueño de la tienda, en una gasolinería en un pequeño pueblo de Estados Unidos, me había mostrado las armas que guardaba cerca de la caja registradora.

Decidí entregar el dinero sin oponer resistencia, porque yo no había cruzado la frontera para buscar problemas, sino para darle tranquilidad a mi familia. Alejarla de las pandillas, las riñas constantes, la inestabilidad económica y la pobreza. Alejarla de todo aquello que acechó mi juventud en la colonia.

Pero cuando entró la señora con una niña de su mano, y el tipo las empujó y tumbó, no lo pensé: tomé el cañón, lo jalé y moví a un costado, y le di al tipo un cabezazo en la nariz que produjo un horrible craquido. Soltó la pistola, tomé su cabeza, y la golpeé contra el mostrador varias veces. El hombre cayó al piso, donde quedó inmóvil.

Finalmente sí hice algo: retirar a un delincuente más de las calles, para tranquilidad de mi familia.

[Francisco Rodríguez]

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