Mejorando el comienzo de un cuento

Foto de Ted McGrath Flickr.com

Plaza Santo Domingo, Cartagena, Colombia – Foto de Ted McGrath Flickr.com

Para mi segunda colección de cuentos (aún en elaboración), retomé uno de los primeros relatos que escribí hace unos años y estoy en proceso de reescribirlo y mejorarlo.

Quisiera compartir acá los cambios que ha sufrido hasta ahora el primer apartado de este cuento, para ver algunos de las herramientas que podemos utilizar para mejorar un escrito. Varias de ellas se han discutido en otras entradas de este blog.

Esto no quiere decir que la versión actual de este cuento sea la mejor posible o que no se pueda mejorar. Siempre es posible mejorar. Por eso mismo creo que la versión actual es mejor que la primera versión y que algunas de las cosas que me han servido para mejorar este escrito pueden serle de utilidad a otras personas que también quieran avanzar en el proceso de escritura.

1. Primera versión:

Noche

La Plaza Santo Domingo, en Cartagena, estaba iluminada por la luz amarilla que caía de las farolas y de las bombillas de las construcciones coloniales de su alrededor. Además, para darle un toque intimidad a la fiesta que se celebraba allí esa noche, se habían instalado algunos grandes candelabros en varios puntos de la plaza. En una esquina, un conjunto de arpa, guitarras y violines tocaba una música alegre. Los invitados, que incluían al presidente y a la alta sociedad de Cartagena y Bogotá, charlaban animádamente mientras tomaban whisky o cócteles. La plaza estaba completamente llena y el ambiente era de distensión y fiesta. Pero en medio de ese ambiente festivo había alguien allí que tenía previsto dispararle a quemarropa al presidente.

2. Versión actual:

Noche

Una corriente de nervios recorre la espalda de “la Sombra” mientras camina por la plaza Santo Domingo, alerta a cualquier mirada sospechosa o movimiento extraño. Teme que alguien descubra su propósito.

Sin embargo, a su alrededor todo es calma y festejo. Los invitados beben sus cocteles y charlan entre risas, bajo las luces amarillas de las lámparas y al ritmo de la brisa fresca de la noche y la música clásica que toca un cuarteto frente a la iglesia. Por su parte, el personal de seguridad parece haberse contagiado de la tranquilidad reinante, quizás confiado porque la plaza, pequeña, casi del todo cerrada por las fachadas de las construcciones coloniales y con vías de acceso estrechas, parece ideal para evitar cualquier atentado.

Los músculos de “la Sombra” se relajan y se permite una leve sonrisa. Dos disparos, piensa, solamente dos disparos y todo habrá terminado.

***

Foto de Juan Camilo Trujillo - Flickr.com

Foto de Juan Camilo Trujillo – Flickr.com

Punto de vista

La primera versión comienza con una descripción de la plaza que no transmite emoción ni plantea una situación inquietante. En parte esto se debe a que la historia está narrada desde el punto de vista de un narrador omnisciente y a que este enfoca su relato en la plaza. En la primera versión, el personaje de esta escena solamente aparece en la última frase: “Pero en medio de ese ambiente festivo había alguien allí que tenía previsto dispararle a quemarropa al presidente.” En la versión actual, la historia se narra desde el punto de vista de un personaje que figura desde la primera frase y con una emoción asociada: “Una corriente de nervios recorre la espalda de “la Sombra” mientras camina por la plaza Santo Domingo…”. Vemos lo que él/ella ve, sentimos lo que él/ella siente. El lector comparte la experiencia del personaje, la vive de cerca. Este aspecto lo tratamos en el punto de vista de la narración.

Descripción del lugar

En la primera versión, la plaza Santo Domingo se describe de forma neutra, sin una emoción o expectativa relacionada. En la última versión también se describe la plaza, pero se hace en el contexto de la emoción del personaje, del temor, pues este observa a su alrededor para saber si alguien va a descubrir sus intenciones. No se describe el lugar porque sí, sino debido a que hace parte de la preocupación de “la Sombra” en ese momento.

 Intriga

La última versión tiene más suspenso e intriga que la primera. La primera comienza, como dijimos, con una descripción: “La Plaza Santo Domingo, en Cartagena, estaba iluminada por la luz amarilla que caía de las farolas y de las bombillas de las construcciones coloniales de su alrededor.” En la última versión, desde la primera frase se genera suspenso e intriga: “Una corriente de nervios recorre la espalda de “la Sombra” mientras camina por la plaza Santo Domingo, alerta a cualquier mirada sospechosa o movimiento extraño.” ¿Qué quiere hacer esta persona? ¿Por qué se llama “la Sombra”? ¿Es el alias de un delincuente? ¿Por qué teme que lo/la descubran? Para escribir este comienzo me basé en cierta forma en lo que planteamos en la entrada del blog cuentos y novelas con buenos comienzos.

En las dos versiones, la última frase genera suspenso. Sin embargo, me parece que en la versión más reciente se genera más intriga. (Ver suspenso, misterio e intriga). En la primera versión, se menciona explícitamente el propósito del delincuente: “Pero en medio de ese ambiente festivo había alguien allí que tenía previsto dispararle a quemarropa al presidente.” En la segunda, se dice que el personaje le va a disparar a alguien, pero aún no sabemos a quién. “Los músculos de ‘la Sombra’ se relajan y se permite una leve sonrisa. Dos disparos, piensa, solamente dos disparos y todo habrá terminado”.Creo que en ese momento aún no es necesario revelar más información. De este modo el lector se pregunta: ¿a quién le quiere disparar? ¿Cuál es su plan exactamente? Se sabe que su objetivo es alguien importante, porque se habla de un esquema de seguridad, de un atentado, pero no se especifica de quién se trata.

Menos verbos y palabras abstractas, más imaginación y sensaciones

Algunas palabras no evocan imágenes o sensaciones. Son fáciles de usar pero podrían remplazarse por estructuras o palabras más activas o sugerentes.

Por ejemplo, los verbos “ser” y “haber”, que aparecen como “estaba” y “había” en la primera versión, son muy útiles y por eso mismo tendemos a abusar de ellos.

En la primera versión: “La Plaza Santo Domingo, en Cartagena, estaba…”, que equivale a “La plaza estaba…”, no es muy atractivo ni dinámico.

En la segunda versión estas palabras se utilizan menos, en parte porque se hace más énfasis en la acción de un personaje y en parte porque busqué otra forma de decir las cosas.

Veamos un ejemplo del final, a partir una frase sacada de una de las versiones intermedias entre la primera y la última: “La Sombra” sonríe. Una situación ideal para su cometido. Solamente necesitará unos segundos para hacer un par de disparos y todo habrá terminado.

Las palabras “situación” e “ideal” no dicen mucho por sí mismas, así como “solamente”, “necesitará” y “hacer”. De nuevo, no es malo utilizarlas, pero tampoco es bueno excederse en su uso. En la nueva versión también utilizo este tipo de palabras, pero son menos: Los músculos de “La Sombra” se relajan y se permite una leve sonrisa. Dos disparos, piensa, solamente dos disparos y todo habrá terminado.

Por otra parte, si bien algunas frases quedarían mejor escritas de otro modo, hay que tener en cuenta que en la literatura de entretenimiento se le da prioridad a las emociones y a la acción, sobre el estilo. En este cuento, en vez de ahondar en una emoción, quise que sucedieran cosas rápido. Por ejemplo, podría describir más el temor de “La Sombra”, mostrar cómo lo vivía o lo afectaba, pero decidí pasar pronto a otras cosas. El relato transcurre en un solo día, pero en tres tiempos distintos y en un orden no lineal, y no quería que hubiera mucho espacio narrativo entre los distintos fragmentos.

 

Estructura motivación-mundo exterior-reacción

Hasta el momento de escribir esta entrada del blog no me había dado cuenta de que la última versión de la escena se guía por la estructura que discutimos en la entrada la interacción de los personajes con el entorno.

Se parte de la motivación interna del personaje (angustia y propósito), se contrasta con el mundo exterior (ambiente festivo), frente al cual el personaje reacciona (se permite una leve sonrisa y anticipa el momento en que cumplirá su propósito).

Lo bueno de la estructura discutida en esa entrada del blog es que a la vez que nos lleva a centrarnos en las emociones del personaje para transmitírselas al lector, lo hace dinámicamente en su relación con el mundo exterior, que por lo tanto también se impregna de dichas emociones.

 ***

El ejemplo discutido en esta entrada de blog nos muestra algunas herramientas para mejorar como escritores y nos da un ejemplo práctico de cómo cambia una historia cuando se le aplican. Algunas las hemos discutido anteriormente en este blog. Independientemente de nuestro nivel como escritores, todos podemos seguir aprendiendo y mejorando. Esto se logra, además de escribiendo, leyendo y corrigiendo, una y otra vez, y conociendo las distintas técnicas de escritura.

 ***

 A continuación el comienzo del cuento como va hasta este momento, antes de publicarlo:

 

Un día en Cartagena

Noche

Una corriente de nervios recorre la espalda de “la Sombra” mientras camina por la plaza Santo Domingo, alerta a cualquier mirada sospechosa o movimiento extraño. Teme que alguien descubra su propósito.

Sin embargo, a su alrededor todo es calma y festejo. Los invitados beben sus cocteles y charlan entre risas, bajo las luces amarillas de las lámparas y al ritmo de la brisa fresca de la noche y la música clásica que toca un cuarteto frente a la iglesia. Por su parte, el personal de seguridad parece haberse contagiado de la tranquilidad reinante, quizás confiado porque la plaza, pequeña, casi del todo cerrada por las fachadas de las construcciones coloniales y con vías de acceso estrechas, parece ideal para evitar cualquier atentado.

Los músculos de “la Sombra” se relajan y se permite una leve sonrisa. Dos disparos, piensa, solamente dos disparos y todo habrá terminado.

 

Foto de Manuel Castro - Flickr.com

Foto de Manuel Castro – Flickr.com

Tarde

Carlos se ajustó el auricular y se concentró en las palabras del hombre y la mujer que charlaban en otra de las mesas de la terraza del café, a unos metros de la suya. Pedro, sentado frente a él, fingía leer una revista, pero también escuchaba la conversación de la pareja.

–¿Por qué el afán de concretar hoy la transacción? –dijo la mujer y sonrió–. Así de afán no te puedo pagar todo lo que quieres, tendría que ser menos…

Al parecer, ella representaba a un distribuidor de narcóticos que se movía en la alta sociedad. A decir verdad, la habían escogido bien para el trabajo. Tanto a policías como a hampones les resultaría difícil sospechar de una mujer tan bonita. Cualidad que, como si fuera poco, ahora le servía para intentar obtener una rebaja.

Lástima que una mujer así de linda anduviera en malos pasos, pensó Carlos y se reacomodó en el asiento, desconcertado al sentirse atraído por ella.

–Lo que te ofrezco es calidá’ y pureza –dijo “Nuche”, reacio a bajar el precio–. Esto no lo consigues en cualquier lado. Ya tú verás si quieres comprar o no, esas son las condiciones. ¿Tienes con qué pagar? Pa’vé.

La mujer abrió una cartera roja que cargaba terciada sobre su ligero vestido habano y escarbó en ella. Tomó un objeto pequeño con los dedos pulgar e índice y lo puso con cuidado al lado del vaso de cerveza de “Nuche”. El tipo se inclinó sobre la mesa y le dio vueltas al objeto con los dedos, tratando de exhibirlo lo menos posible.

Pero Carlos alcanzó a ver el color: verde esmeralda.

 

Mañana

Carlos contestó el teléfono en el cuarto del hotel donde se alojaba. Dejó la taza de café oscuro sobre la mesa y miró por la ventana hacia el mar, que clareaba con las primeras luces del día.

–Esta tarde no vas a ir al aeropuerto –dijo el Coronel Martínez, su jefe, después de un breve saludo–. Quiero que Pedro y tú vigilen el encuentro de una pareja en un café de Bocagrande.

–¿Una pareja? –dijo Carlos extrañado por la orden–. ¿Quiénes son?

–Él es Wellington Rentería, alias “Nuche”, un tipo que se mueve en el bajo mundo del hampa, más un intermediario que un delincuente con una actividad concreta. Sobre la mujer no sabemos nada. Lo raro es que la cita se pactó de afán e involucra una suma importante de dinero. Hay que averiguar exactamente de qué se trata, van a contar con micrófonos para escuchar la conversación.

–¿Pero, mi coronel, nosotros qué tenemos que ver con eso? –dijo Carlos desconcertado–, ¿no deberíamos estar en el aeropuerto colaborando con la seguridad del presidente?

–Justamente de eso se trata. Recibimos información sobre un posible atentado.

 

Noche

“La Sombra” contempla la plaza desde el costado sur. Tiene una visión clara del presidente, que charla desprevenido con un grupo de invitados.

Una tensión nerviosa electrifica sus manos, que quieren sentir ya la inminencia del frío metal de su pistola automática.

Tranquilízate, piensa, falta poco tiempo.

En unos minutos lanzarán los fuegos artificiales. Entonces, todo dependerá de sus movimientos: un par de pasos hacia la oscuridad, levantar el arma y disparar con precisión.

 ***

 Carlos recorre la plaza examinando a cada uno de los invitados, en busca de cualquier gesto que no encaje con el entorno, una mirada torcida, una actitud reservada.

Pero solo encuentra risas, miradas coquetas y manos que alzan vasos y copas. Nada que indique un riesgo para el presidente. Además, el esquema de seguridad ha sido diseñado con precisión.

Respira más despacio y camina con más pausa. Seguramente, la información sobre el atentado fue errada.

Pero su deber es seguir alerta, atento a cualquier señal de peligro.

Se detiene frente a la puerta de la iglesia. Un flash de recuerdos viene a su mente. Revive lo sucedido por la tarde en el café.

Sacude la cabeza de un lado a otro. ¿Cómo manejaron tan mal ese incidente? Se mira las manos y los antebrazos. Los tiene rojos y aún le arden por el rasponazo.

En fin… de cualquier manera no era más que un negocio de la delincuencia sin relevancia para su labor.

 

Tarde

–Vamos, vamos. Hubo una transacción –dijo Pedro electrizado y se puso de pie empujando el asiento hacia atrás.

Carlos, sorprendido, hizo lo mismo. “Nuche” se percató del movimiento de ambos y se levantó como un resorte. La mujer lo imitó.

–¡Quietos, policía! –gritó Pedro y se llevó la mano al cinto.

(Continúa…)

 ***

El resto de este cuento y cuatro más se pueden adquirir en: (cuando salga publicado pongo el link acá y cuelgo la portada en la columna de la derecha con los demás).

Nuevo blog

Foto de Cyron (Flickr.com)

Foto de Cyron (Flickr.com)

Los invito a visitar y a suscribirse a mi nuevo blog “Pasan unas cosas…“.  Es más informal que este, con comentarios y humor sobre acontecimientos de la actualidad. Decidí crearlo para dejar en escribirficcion.wordpress.com los temas de técnica y creatividad relacionados con la escritura. La entrada sobre el náufrago salvadoreño, que había publicado acá, la pasé a pasanunascosas.blogspot.com. ¡Allá nos vemos!

La interacción de los personajes con el entorno

Foto de Ctd 2005 (Flickr.com)

Foto de Ctd 2005 (Flickr.com)

O una versión ampliada de las MRU de Dwight V. Swain

En la literatura de entretenimiento, la acción y la interacción dinámica del protagonista (o del personaje cuyo punto de vista se narra) con los otros personajes y con el mundo se resaltan más que en la literatura tradicional, que a veces da más espacio a la introspección y la descripción.

A continuación, presentaremos una estructura mínima de esta interacción. Más adelante profundizaremos en sus detalles y mostraremos cómo volverla más compleja.

Como toda herramienta de escritura, esta estructura no debe restringir el proceso creativo. Sin embargo, bien usada, sirve para clarificar la prosa y generar las emociones deseadas en el lector.

Estructura mínima de las interacciones

Es posible simplificar en gran medida las interacciones del personaje con su entorno dividiéndolas en tres niveles básicos:

(a) Lo que el personaje quiere y la acción que realiza para conseguirlo.

(b) El obstáculo que se le presenta para ello o un estímulo que lo afecta.

(c) La reacción del personaje a ese obstáculo o estímulo.

En lo relacionado con la historia en general, en otras entradas del blog ya hemos visto cómo utilizar esta estructura para crear narraciones (las historias que contamos, desarrollo de un cuento).[1]

En esta entrada del blog, nos concentraremos en lo que sucede con esa misma estructura, ya no al nivel de toda la historia, sino de las interacciones puntuales de los personajes con el entorno.

Veámoslo en un ejemplo. Supongamos que nuestro protagonista, Carlos, sigue una pista y va a interrogar a Rodolfo a su casa, para preguntarle si conoce a Venancio, un sospechoso de hacer parte de un grupo que amenaza con detonar una bomba en la ciudad.

En este caso, el deseo o propósito específico de Carlos es averiguar sobre Venancio.

Saltémonos la llegada a la casa y los saludos, para entrar en materia:

1.

- ¿Usted conoce a Venancio? –dijo Carlos.

- ¿Venancio? –Rodolfo arrugó el rostro-. ¿Quién es ese tipo?

- Yo sé que usted lo conoce.

Imaginemos el mismo pasaje, con otra reacción del interrogado:

2.

- ¿Usted conoce a Venancio? –dijo Carlos.

El hombre frunció el ceño. Con un movimiento rápido, llevó su brazo al cinto y desenfundó un revolver. Lo apuntó a la cara de Carlos.

El corazón de Carlos se paralizó. Levantó las manos y mostró sus palmas.

- Tranquilo, tranquilo. No sospecho de usted. Solo necesito información –dijo nervioso.

En ambas escenas, Carlos quiere algo, el interrogado reacciona de cierta manera y crea un estímulo u obstáculo al que Carlos responde.

Es una estructura muy sencilla. Sin embargo, en sus detalles se encuentran elementos interesantes, como se verá a continuación.

Foto de Edwin Young (Flickr.com)

Foto de Edwin Young (Flickr.com)

La Unidad de Motivación-Reacción de Dwight V. Swain

El propósito original de esta entrada del blog era explicar la Unidad de Motivación-Reacción, tal como la definió Dwight V. Swain. Pero al releer su exposición[2] y la de uno de sus discípulos[3], caí en cuenta de que faltaba hacer más énfasis en el deseo (objetivos, impulsos) del personaje, para que no pareciera que reacciona sin más ante el mundo exterior.

Vemos la explicación de Dwight Swain sobre su Unidad de Motivación Reacción, el nombre que la da a la dupla Estímulo exterior (motivación exterior) – Reacción del personaje (equivalentes a los elementos (b) y (c) de la estructura presentada más arriba[4]).

“Un personaje puede reaccionar ante cualquier cosa… ante el fin del mundo o el estornudo de un cachorro; ante un soplo de aire fresco o el ruido de bombarderos en el aire” (Swain, 53)

A cada estímulo externo (él lo llama estímulo motivacional o motivación) corresponde una reacción del personaje.

“En conjunto constituyen una unidad de motivación-reacción. Cada unidad indica un cambio, por pequeño que sea  -un cambio en el estado de las cosas, un cambio en el estado mental. Si las seleccionas de forma adecuada, cada una de ellas mueve tu historia un paso adelante. Si las unes entre sí, una después de otra, tu prosa toma impulso, gana en fuerza y en impacto. Antes de que te des cuenta, las frases vuelan sobre la página…” (Swain, 53-54).

Es lo que ocurre, por ejemplo, en un diálogo largo, en el que a cada frase de un personaje  viene como respuesta otra frase o frases.

La reacción de un personaje a un estímulo tiene ciertos componentes que se suceden en un orden específico. Ser conscientes de ese orden y aplicarlo sirve para que nuestros escritos sean más claros para el lector. Veamos:

“Para construir una unidad de motivación-reacción, el orden es el siguiente:

a) estímulo motivador

b) reacción del personaje

(1) sentimiento

(2) acción

(3) habla”

(Swain, 56 )

La siguiente es la explicación detallada de estos elementos, en palabras de Swain:

“El orden de estos componentes es fijo. El sentimiento precede a la acción y la acción al habla, porque el sentimiento proporciona el impulso para los otros dos. Sin una fuerza interior de ese tipo, sin alguna fuente de impulso motivacional, no habría un comportamiento manifiesto que revelara el estado mental de tu personaje.

Vale la pena aclarar que sentimiento no es lo mismo que pensamiento. Si un automóvil suena la bocina detrás de ti, tu corazón salta sin un proceso mental consciente.

En una palabra, sientes.

De hecho, probablemente también saltes. Esto es, realizas una acción, y esa acción es un proceso involuntario y automático. Más adelante, puedes llegar a hablar y decirle algo a quien sonó la bocina. Pero el sentimiento ocurre primero y luego la acción.”

(Swain, 56-57)

No es necesario mostrar siempre los sentimientos y/o las acciones que corresponden a las palabras. Hay pasajes de diálogo que ocasionalmente muestran gestos, pero de resto solo el habla. Los sentimientos y las acciones se muestran en momentos álgidos, cuando el estado emocional del protagonista se altera o sus movimientos enfatizan su reacción (Bickham 136, Swain 58).

Volvamos a los dos ejemplos que dimos anteriormente para tenerlo más claro:

1.

- ¿Usted conoce a Venancio? –dijo Carlos.

- ¿Venancio? –dijo Rodolfo y arrugó el rostro-. ¿Quién es ese tipo?

- Yo sé que usted lo conoce.

2.

- ¿Usted conoce a Venancio? –dijo Carlos.

El hombre frunció el ceño. Con un movimiento rápido, llevó su brazo al cinto y desenfundó un revolver. Lo apuntó a la cara de Carlos.

El corazón de Carlos se paralizó. Levantó las manos y mostró sus palmas.

- Tranquilo, tranquilo. No sospecho de usted. Solo necesito información –dijo nervioso.

En el primer ejemplo, solamente se muestra un gesto que da énfasis a la respuesta del interrogado. En el segundo ejemplo, dado que la reacción del interrogado suscita una emoción fuerte en Carlos, se muestran su reacción emocional y una acción correspondiente, además de las palabras posteriores de respuesta. Fijémonos también en el orden: primero el sentimiento, luego la acción y finalmente las palabras.

 

Foto de Clarita (Morguefile.com)

Foto de Clarita (Morguefile.com)

Cómo complejizar esta estructura básica

Son muchos los elementos para volver más compleja una estructura tan sencilla que resume un tema tan intrincado y profundo. Todos los apartados siguientes están muy relacionados entre sí, pero al dar varios ejemplos de una idea o al explicarla desde varios ángulos nos quedará más clara.

 

Para dos personajes que interactúan entre sí, las reacciones de uno son a la vez estímulos para el otro

No lo hemos mencionado explícitamente, pero resulta evidente. Los personajes se influencian entre sí y actúan según las reacciones del otro.

Volviendo al esquema inicial, tendríamos que la interacción básica se compone de:

(a) Lo que el personaje 1 quiere y la acción que realiza para conseguirlo. (Esta acción es un estímulo para el personaje 2)

(b) El obstáculo que se le presenta al personaje 1 o un estímulo que lo afecta. (Esta es la reacción del personaje 2, que es a la vez es un estímulo para el personaje 1).

(c) La reacción del personaje 1 a ese obstáculo o estímulo del personaje 2. (Que es a la vez un nuevo estímulo para el personaje 2).

Cabe notar que en el caso de la interacción de un personaje con fuerzas inanimadas, como la lluvia o el clima, la situación es menos compleja.

Así pues, entre dos o más personajes, la interacción es una dinámica creativa constante, porque cada acción produce una reacción contraria inesperada, como se aprecia, por ejemplo, en las reacciones del personaje interrogado en los ejemplos dados más arriba y en razón de lo que se explica en el siguiente punto.

Toda la personalidad de un personaje contribuye a determinar sus acciones/reacciones

Los personajes actúan y reaccionan a los estímulos de acuerdo con su carácter, sus miedos, su historia (pasado remoto o cercano, como el día que han tenido), etcétera. Por más que una reacción parezca simple, la totalidad del personaje influencia cada uno de sus deseos, acciones y reacciones, expresados en pensamientos, palabras, emociones o movimientos corporales.

Es decir, la respuesta de un personaje no es solamente una reacción ante un estímulo externo, sino que también es una reacción a la totalidad de sus motivaciones interiores. Estas son en parte instintivas (como la reacción a la bocina en el ejemplo de Swain) y en parte (en su mayoría) sicológicas, relacionadas con su personalidad e historia.

Esta es la magia de las interacciones, su encanto, su sorpresa. En cada cruce de palabras, en cada intercambio, hay un acercamiento de historias personales, de mundos, de vivencias casi sin fin y desconocidas para el otro, que pueden llevar una conversación o una interacción en cualquier dirección.

Por ejemplo, no sabemos por qué el personaje del ejemplo que dimos saca un arma al ser interrogado. Su reacción puede deberse a una personalidad agresiva, al miedo a la policía, a que lleva años encerrado, a que está drogado, a que hace parte del grupo terrorista, etcétera.

Lo que nos lleva al siguiente punto.

 Una sola acción puede tener varias motivaciones

Es posible que el personaje interrogado por el detective saque el arma por varios o todos los motivos mencionados al final del párrafo anterior.

Es decir, la reacción de un personaje puede tener varias causas.

Pensemos otro ejemplo: un periodista le responde mal a un compañero, porque este le habló en tono displicente, porque discutió por la mañana con su esposa y porque está haciendo frío y el frío lo pone de mal humor. Hay tres causas para un mismo efecto y pueden ser muchas más si se indaga a profundidad.

Cabe mencionar aquí uno de los ejemplos que analizamos en una entrada anterior del blog (Buenos finales de cuentos y novelas). En El silencio de los inocentes o El silencio de los corderos (según la edición), Clarice Starling, la protagonista, quiere atrapar a un asesino en serie no solamente porque es su deber, porque quiere proteger a la comunidad o porque sus crímenes son horrendos, sino también porque al hacerlo contribuye a atenuar un trauma de su infancia.

Es posible que un personaje actúe de cierta manera sin ser consciente del todo de las motivaciones que lo guían

La interacción entre personajes se vuelve más compleja si ellos mismos no conocen los motivos que orientan sus acciones.

El ejemplo de Clarice Starling también aplicaría, pero busquemos uno nuevo.

Un detective reacciona mal ante la actitud del testigo de un crimen y lo golpea. El testigo le responde. Llegan otros compañeros y le piden al detective que se aleje del lugar. El detective se va, molesto. Veinte minutos después  se calma y se da cuenta de que reaccionó así porque está frustrado por la falta de avances en la investigación y porque su jefe lo presionó demasiado para obtener resultados.

La mente humana es tan compleja y los niveles de motivaciones tantos y tan profundos, que probablemente nunca se conozcan del todo los motivos por los que las personas toman ciertas decisiones. En la literatura se puede ir tan a fondo como se quiera en el propósito de representar esta condición humana, bien sea para mostrar esa profundidad o bien sea con el fin de presentarle al lector una versión comprensible, que la ilustre y le genere emociones.

 Un personaje no dice de inmediato su motivación pero actúa de acuerdo con ella

Julián le habla con dulzura a su Margarita, su esposa, y ella le responde cortante.

Él se molesta por su reacción y discuten airadamente. Después de diez minutos, Margarita le dice que le respondió así porque estaba brava por un comentario que él hizo unas horas antes.

Es el “Pero, dime qué te pasa”, “Estás así por tal cosa, ¿no?”, etc., de las relaciones de pareja.

Además de complejizar las interacciones, de esta forma también es posible crear intriga en la narración, tal como se explicó en otra entrada del blog (Suspenso, misterio e intriga). Si mostramos a un personaje actuando de cierta forma, pero ocultamos sus motivaciones o intenciones, el lector se preguntará, “¿qué está tramando este personaje?”. Un cuento podría comenzar con alguien que entra, nervioso, a un edificio por una ventana, de noche. No conocemos sus motivaciones y nos preguntamos “¿qué querrá?, ¿por qué hace eso?”, etc.

 Motivaciones y reacciones interiores

Es posible plantear la introspección bajo este mismo esquema.

Supongamos que un rasgo de su propia personalidad molesta a un personaje. El personaje desea examinar ese rasgo para atenuarlo, comprenderlo o asumirlo. Ese estímulo interno lo lanza a una larga introspección, que finalmente tiene un efecto o quizás ninguno, sobre el mencionado rasgo de su personalidad. Es decir, en su reflexión, el personaje quiere algo relacionado con su interior (conocerse mejor, salir de una duda, ganar seguridad, recordar un evento, aclarar un sentimiento, etc.) y luego se enfrenta a obstáculos también interiores para resolverlos.

En la literatura de entretenimiento, como se vio en el ejemplo de Clarice Starling, un elemento importante consiste en hacer que el mundo exterior cause reacciones e indagaciones en el interior del personaje para que este se cuestione sus propias motivaciones, su carácter, llevándolo eventualmente a cambiar o a comprenderse mejor.

 Motivaciones extensas

Las motivaciones demasiado extensas no son frecuentes en la literatura de entretenimiento, pero mencionemos dos ejemplos de la literatura general, uno inventado y otro real.

- La descripción de los meses de sosiego en un pueblo durante varias páginas puede ser la elaboración de un motivo que llevará a un personaje a cometer un crimen.

- Una novela como el Túnel, de Ernesto Sábato, se construye como una larga indagación sobre los motivos para cometer una acción, un asesinato.

 

Foto de Sean McGrath (Flickr.com)

Foto de Sean McGrath (Flickr.com)

Combinar, probar, experimentar

Los elementos fundamentales de esta estructura facilitan la creación secuencias narrativas ordenadas y claras.

La dinámica de las interacciones humanas es tan compleja, que es inútil tratar de dar una descripción completa. Los elementos dados en esta entrada del blog deberían servir para generarnos inquietudes y alentarnos a experimentar para crear intercambios complejos e interesantes entre los personajes y su entorno.


[1] Recordemos un ejemplo. Un grupo terrorista pone una bomba en una ciudad. El protagonista intentará desactivarla y capturar a los responsables. En este caso, el deseo inicial del personaje no se dice explícitamente: quiere que su comunidad (familia incluida) viva una vida tranquila y segura. No se dice, pero se puede mostrar al personaje pasando un rato agradable en familia cuando lo llaman y le avisan sobre la bomba. (El protagonista también encarna el deseo de la población de vivir en paz).

La bomba es el obstáculo a ese deseo o el estímulo que lo altera.

Durante la historia el personaje realiza acciones para superar ese obstáculo y retornar a una vida de normalidad.

A lo largo de la historia, ese deseo inicial de vivir en paz se transforma en el deseo de encontrar la bomba y en cada uno de los pequeños objetivos que el personaje se traza para ello.

[2] Swain, Dwight V., 1956.  Techniques of the Selling Writer. University of Oklahoma Press, Norman. Traducción propia de las todas las citas literales. No sé si existe traducción al español del libro, no la he encontrado en una búsqueda rápida en internet. Si alguien la conoce, por favor enviarme un correo en la sección de “contacto” del blog.

[3] Bickham, Jack M., 1988. “Giving Order to your Fiction”, en: Clark, Tom y otros (eds.), 1992. The Writer’s Handbook of Novel Writing. Writer’s Digest Books, Cincinnati.

[4] Combinando las dos estructuras tendríamos:

a) deseo, motivación interior del personaje.

b) obstáculo o estímulo exterior [estímulo motivador (Swain)].

c) reacción del personaje [reacción (Swain)].

La sentencia y otros cuentos de suspenso, intriga y humor

Portada de "La sentencia y otros cuentos de suspenso, intriga y humor". Imagen original: ©iStock.com/DC_Colombia

Diseño de portada: Santiago Restrepo. Imagen original: ©iStock.com/DC_Colombia.

Cinco cuentos entretenidos de suspenso, intriga y humor. Se consigue en Amazon en formato Kindle (MéxicoEstados Unidos y LatinoaméricaEspaña, o en cualquier otra tienda Amazon). A continuación la descripción y el comienzo de los cuentos.

La sentencia. Una adivina le pronostica a Fermín Guantiba, un hombre crédulo y supersticioso, que va a morir en dos días. Atontado por el vaticinio, Fermín se pregunta qué hacer con el tiempo que le queda de vida, mientras otros intentan sacar provecho de su debilidad.

Momentos antes del fin del mundo. Un par de horas antes del impacto de un asteroide contra la Tierra, un periodista lucha por escapar del caos y la violencia que se desatan en la ciudad.

Destino final. Cuando Juan Kiezlowski sale del estado de hibernación en un viaje de colonización espacial, Atenea, el sistema de inteligencia artificial de la nave, le informa que su esposa murió. Juan cree que Atenea la asesinó.

Un buen jefe. El gerente de una empresa está dispuesto a lidiar con todo tipo de problemas para que esta progrese. Pero no espera que uno de ellos sea el hallazgo de un cuerpo sin vida frente a la puerta de su oficina.

El show. Durante la grabación de un programa de televisión, una mujer confiesa que le es infiel a su marido con Alberto, un vecino del barrio. Desconcertado por la falsa acusación, Alberto trata de aclarar el malentendido. Pero Marlon, el marido engañado, no quiere oír razones, quiere venganza.

A continuación el comienzo de cada uno de los cinco relatos:

La sentencia

–Ay, Fermín, le tengo malas noticias –dijo Yambé con voz carrasposa, mirando el humo amarillo que salía del tabaco–. Los seres del más allá me anuncian que usted va a morir en dos días.

Una punzada helada atravesó el corazón de Fermín. Abrió la boca, pero las palabras no le salieron. ¿Había escuchado bien? ¿Iba a morir en dos días? No lo podía creer. Escrutó el rostro arrugado de Yambé en busca de alguna aclaración. La expresión dura y los ojos vidriosos de la adivina no le revelaron nada.

–No… no, no puede ser… –balbuceó Fermín.

–Dos días, Fermín, es todo lo que le queda. Es un mensaje muy claro –Yambé ojeó de nuevo las volutas de humo en el aire.

Fermín siguió la mirada de la mujer, tratando de encontrar en la humareda las claves de la sentencia que acababa de escuchar. Pero las formas grises y amarillas nunca le habían dicho nada y tampoco lo hicieron en ese momento. No puede ser, se dijo Fermín, no puede ser cierto. Mi salud está bien. ¿Por qué morir ahora? ¿Por qué a mí? No quiero irme todavía, debe haber algún error.

–A todos nos llega la hora –dijo Yambé como si leyera su pensamiento–. Usted bien lo sabe, Fermín. Le quedan dos días de vida y tiene que aceptarlo. Es el ciclo natural. El tiempo que nos prestan los seres del más allá siempre se agota. A mí me quedan exactamente dos mil quinientos trece días y lo asumo con tranquilidad. No depende de nosotros y debemos honrar a los espíritus con aceptación y respeto por sus designios.

El pecho de Fermín se movía con rapidez. Le faltaba el aire. Se aflojó el nudo de la corbata y miró alrededor en busca de algún tipo de alivio. Pero el cuarto de consulta de Yambé, con poca luz y paredes repletas de máscaras, pieles de animales, muñecos, mechones de pelo, ropas raídas, entre otros objetos extraños, que siempre le había parecido curioso, ahora se le antojó opresivo, pesado e incluso macabro. Además, el humo del tabaco invadía su nariz, sus pulmones, ahogándolo con su mensaje de muerte.

–A lo mejor, eeeeeh… –murmuró Fermín–, a lo mejor se puede hacer algo, una ofrenda, un entierro… algo. Pagaría más, claro está.

La expresión de Yambé no cambió. Se pasó una mano por su larga cabellera negriblanca de pelos gruesos y grasientos.

–Fermín, las ofrendas y los entierros son para amarres y ataduras. La muerte es el designio más profundo y no se puede cambiar. Los espíritus de ultramundo son los dueños del tiempo. Nos permiten saber la hora final, como un gesto de cortesía, pero jamás cambiarla.

Yambé acercó el tabaco a sus labios y lo chupó con fuerza. Su rostro delgado se comprimió aún más. Los ojos se le salieron con el esfuerzo. Expulsó una bocanada de humo hacia el techo.

Debe haber algún error, pensó Fermín con desespero. Se remontó al pasado para buscar fallos en las predicciones de Yambé. Llevaba consultándola casi siete años, desde que llegara a Bogotá tras la muerte de su esposa. Pero aún antes de comenzar, Fermín ya sabía que su esfuerzo sería en vano. Yambé no cometía errores. Por eso acudía a ella. Los aciertos, en cambio, abundaban. Cuando visitó su consultorio por primera vez, Yambé supo de inmediato que él acababa de enviudar. Que había vivido toda su vida en el campo. Que estaba pasando por un momento difícil, por una gran tristeza. Que le costaba adaptarse a la ciudad. Un par de años después, le advirtió sobre una enfermedad que los médicos detectaron sin falta. Varias veces lo previno sobre malos negocios que debía evitar. Hace un par de meses le dijo que una mujer aparecería en su vida y, mágicamente, le comenzó a gustar Rosita, la viuda de la tienda vecina a la pensión donde vivía.

–Debe haber algo que… que se pueda hacer, cualquier cosa –dijo Fermín aferrándose a lo que ya le parecía un hilo de vida.

Yambé chupó de nuevo el tabaco y botó otra humarada. No dijo nada.

Fermín hizo fuerza para que ocurriera algo, para que Yambé cambiara su anuncio. La miró ansioso, en busca si no de una palabra salvadora, al menos de una de consuelo.

Encontró una mirada fría en un rostro curtido e inmemorial, el de alguien que está vivo y muerto a la vez y por eso tiene poder sobre personas y espíritus.

La adivina sonrió despacio.

La muerte le mostraba sus dientes con una burla. Fermín se levantó de la silla espantado.

(continúa…)

Momentos antes del fin del mundo

 No sé cuánto tiempo siga vivo. Venía de hacer un reportaje en el centro cuando escuché la noticia en el bus, en el radio de un pasajero. Al comienzo pocos le pusieron atención. Luego otros prendieron sus teléfonos, buscaron por internet y se vio que iba en serio. Yo llamé al periódico para averiguar más. Nadie contestó. Al segundo intento las líneas ya se habían caído. El conductor detuvo el bus articulado en plena avenida Caracas, abrió la puerta y salió corriendo.

Una mujer corre hacia el edificio en el que estoy. La veo desde la ventana del segundo piso. La sigue un grupo de cuatro hombres. Uno de ellos lleva una varilla y golpea en la nuca al que va delante de él, que se desploma de cara contra el suelo con los brazos abiertos

(continúa…)

Destino final

–…temperatura en el interior de la nave: 23 grados Celsius. Todos los sistemas funcionan con normalidad –dijo una voz femenina, artificial, mientras Juan parpadeaba y volvía a la conciencia–. Ubicación actual: nos encontramos a 30 millones de kilómetros del planeta Xirius 5, en el sistema planetario de Aurora…

–Xirius 5, sistema planetario de Aurora –repitió Juan Kietzlowski embotado y se restregó los ojos.

Retiró las manos y parpadeó de nuevo. Al otro lado de un cristal cercano a su rostro, relucían los paneles metálicos del puente de mando de la nave. Terminó de recordar dónde se encontraba.

Atenea, el sistema de inteligencia artificial, seguía mencionando datos y dando información en el mismo tono pausado.

¿Susan, su esposa, habría despertado ya? Juan empujó la puerta de la Hibercam y dio un paso al frente. Su pierna derecha tambaleó al apoyarla en el suelo. Se sujetó de la pared para no caer y caminó con pasos lentos y cuidadosos hasta la cámara de Susan, a un par de metros de la suya.

Tras el cristal protector, su rostro mostraba la placidez característica del estado de hibernación. Aún no había despertado. El corazón de Juan se aceleró. Quería hablar con ella ya, abrazarla, besarla.

–Despiértala, Atenea –dijo Juan pegado al cristal.

–No puedo despertarla –respondió la inteligencia artificial.

–¿Cómo así que “no puedo despertarla”? Despiértala.

–Lo siento, Juan, está muerta.

–¿Qué? ¿Cómo? –dijo Juan casi sin entender–. No… no puede ser. ¡Abre, abre!

Su mente y sus sentidos, antes adormecidos, entraron en alerta total.

–No puedo abrir, sería un riesgo para tu salud.

–Nooooo… ¡Abre, abre! –Juan golpeó el vidrio con sus puños–. ¡No puede ser! No puede estar muerta. ¡Susan! ¡Susan!

–Está muerta. No hay signos vitales, como lo indica la pantalla del costado derecho de la Hibercam.

Juan se lanzó hacia la pantalla de indicadores. La sujetó con ambas manos. El monitor mostraba un cero en las pulsaciones del corazón. Los demás signos vitales confirmaban el estado.

–Noooo… noooooooo… –gritó Juan con el pecho en llamas–. ¿Cómo es posible? No puede ser. ¡Aaaaaahhhhhhh!

–Manejo tres hipótesis –dijo Atenea–. Una combinación entre la baja temperatura y una sobrerreacción del organismo a los químicos. Esto puede ocurrir en un ser humano entre diez mil. En la segunda hipótesis, una enfermedad causada por un virus u otro agente patógeno habría escapado a los controles médicos pre abordaje y a mis sensores. La tercera consiste en que el hipersalto haya tenido consecuencias aún inexploradas en su organismo.

–No puede ser, no puede ser… –Juan se llevó ambas manos al rostro–. Estas cámaras se probaron miles de veces. Se promocionaron como 100% seguras. Lo mismo que el hipersalto. Noooooo… no es posible.

–Siempre hay fallos posibles, Juan. No lo sabemos todo. Y más ahora que todo esto es nuevo, que somos los pioneros.

–No, no está muerta –dijo Juan y volvió a aferrarse a la cámara de Susan–. No está muerta. ¡Abre, abre!

–No puedo abrir –dijo Atenea–. Murió hace año y medio, casi al momento de salir del hipersalto. Sin saber qué causó su muerte no puedo abrir la Hibercam.

–Nooo… –dijo Juan con un hilo de voz que se transformó en un sollozo lastimero–. Noooooo… esto no es posible. ¿Cómo pudo pasar? No, no, nooooooo, Dios, noooooooo.

Juan abrazó la cámara de Susan, como si la sujetara a ella… como si de esa forma le pasara algo de su vida.

–No, Susan, noooooo –dijo en medio del llanto y movió su mano sobre el cristal, acariciando el rostro de su esposa.

Después de un minuto, Juan cerró el puño de su mano derecha y le dio un golpe con todas sus fuerzas al costado de la cámara.

–¡Maldita tecnología! Maldito plan, maldita promesa de una nueva vida, maldita Federación. ¡Oh, no, no, nooooooooo!

***

Juan lloró al pie de la cámara de Susan durante un largo tiempo, hasta que escuchó la voz de Atenea resonar en su tono neutro:

–Juan, siento mucho tu pérdida, pero en medio de la tragedia hay una buena noticia. Como recordarás, si te desperté es porque confirmé que todos los indicadores de Xirius 5 se encuentran dentro del rango de habitabilidad. Según los protocolos, envié una sonda hacia la zona de hipersalto. Ya debió enviar el mensaje a la Tierra. Según mis cálculos, la nave nodriza debe estar a punto de partir y llegará a Xirius 5 en aproximadamente 7 años y 253 días terrestres. Tenemos mucho trabajo por delante.

Juan se alejó unos centímetros de la cámara y miró la pantalla principal del puente de mando.

–¿Qué estás diciendo? –dijo entre confundido y fastidiado–. ¿En qué estás pensando? ¿Crees que eso me importa ahora? No seas ridícula, Atenea.

(continúa…)

Un buen jefe

Creo que fue mi inexperiencia en el manejo de la empresa lo que condujo, al menos en parte, al asesinato de Argüello y a lo que eso implicó para mí.

Claro, ahora es fácil verlo así, cuando ya todo ocurrió. Pero antes de eso, en realidad, yo me consideraba un excelente administrador. Durante sus tres primeros años de funcionamiento, la empresa no solo no quebró, como ocurre con la mayoría de nuevos negocios, sino que prosperó en medio de las adversidades, llegando incluso a tener más de cuarenta empleados.

Sin embargo, un par de meses antes del evento que cambiaría mi vida, la empresa entró en una situación difícil que se agravó con rapidez. Sin una razón aparente las cosas comenzaron a ir mal. Los pedidos sufrieron retrasos, algunos clientes devolvieron mercancía, hubo inspecciones demasiado rigurosas de algunas entidades del Estado, un par de bancos demoraron giros por tecnicismos y se presentaron discrepancias en algunas de nuestras cuentas internas.

El estrés se apoderó de todo el personal. Nadie quería perder su trabajo. Un par de dificultades adicionales y todos quedaríamos en la calle.

Dicen que la cadena se rompe en el eslabón más débil. Y en la empresa toda la tensión se descargaba en Bartolomeo Guzmán, uno de mis mejores empleados en cuanto a rendimiento, pero alguien que sufría de ciertos problemas de personalidad.

Debo admitir que desde el momento en que lo entrevisté para contratarlo me di cuenta de que tenía algo raro. Tras apenas unos minutos de charla, observé que vivía obsesionado con el orden, los detalles. Cuidaba en extremo su forma de vestir, con la camisa bien planchada metida con esmero en el pantalón, unos zapatos duros y gruesos relucientes de betún y un peinado engominado en el que no se rebelaba un solo pelo. Se movía como si pensara cada detalle de lo que su cuerpo expresaba y su voz nasal le salía débil, incluso medrosa. No mostró emoción alguna en su rostro diferente a la tensión. Ni siquiera se le escapó una leve sonrisa.

Pero los comportamientos realmente extraños los comenzó a mostrar unos días después de dar inicio a su labor como contador. Una noche, ya debían ser más de las siete, yo revisaba unas cuentas en el computador de mi escritorio. Agobiado por el exceso de cifras, despegué un instante la cara de la pantalla.

Me topé con el perfil de un rostro a mi lado.

Mi corazón estalló.

–¡Aaaahhh! –grité y pegué un salto que me puso de pie.

El rostro de Guzmán se giró hacía mí, sin alterarse por mi reacción. No sé cómo hizo, pero había entrado y le había dado la vuelta al escritorio sin que yo me diera cuenta.

–¿Qué hace ahí Guzmán? –dije con los pulmones que se me salían del pecho–. ¿Por qué no golpeó? ¡Avíseme cuando quiera entrar!

Guzmán retrocedió como un animal asustado.

Tan temeroso lo vi, que la ira que me inundaba se diluyó. Me senté, me pasé una mano por la cabeza y respiré hondo. Dejé que Guzmán también se tranquilizara, hasta que habló desde el otro extremo de la oficina.

–Golpeé la puerta, señor Rodríguez, pero usted estaba concentrado. Pensé que necesitaba ayuda para revisar.

Le expliqué que eso no se hacía, que me hubiera podido matar del susto, además de ser un acto descortés.

Me miró como si le hablara en un idioma incomprensible.

Ese tipo de comportamientos correspondían a la parte de la personalidad de Guzmán que buscaba pasar desapercibida. Siempre rehuía las miradas ayudado por sus gafas gruesas y por los vestidos grises que lo camuflaban sobre el fondo de las paredes oscuras de las oficinas.

Pero, y he aquí algo aún más extraño…

(continúa…)

El show

–Y… ¡Volvemos de comerciales! –gritó Anabel, la presentadora, y levantó la mano derecha con el dedo índice arriba–. ¿Seguimos con entusiasmo en el show de Anabel? ¡Díganle sí!

–¡Síiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii! –rugió el público.

Agobiado por una sensación de ridículo, sentado en uno de los asientos del escenario, me pregunté una vez más qué hacía ahí metido. Pero, como cada vez que alguna duda aparecía en mi mente, giré mi cabeza hacia la izquierda para ver a Juliana y recordar que todo tenía un propósito.

–Ya conocemos a nuestros invitados –siguió Anabel–. Pasemos ahora a lo que nos interesa. “Verdades que duelen” en…

–¡El show de Anabel! –completó el gentío desde las gradas del estudio.

–Bien –Anabel cambió el tono de entusiasmo por uno grave y se dirigió a otra de mis vecinas de barrio–. Maritza, usted tiene algo que confesarnos hoy, un secreto que pesa sobre sus hombros desde hace varias semanas. Por favor, cuéntele a toda la teleaudiencia de qué se trata.

Maritza, por quien a diferencia de Juliana yo no sentía atracción o siquiera algo de estima, miró como ternero asustado al público, a las cámaras y luego a la presentadora.

–Adelante, tranquila, díganos lo que tiene que decir –la animó Anabel.

–Yo… yo… –dijo con voz temblorosa–, le estoy siendo infiel a mi esposo.

Un murmullo llenó el recinto.

Abrí los ojos de par en par. Eso no era lo que habíamos acordado que dijera.

Si yo estaba desconcertado, Wilson, el esposo de Maritza, lo parecía aún más. Se revolvió en el asiento y se aferró a él con ambas manos. Giró el rostro hacia su mujer y arrugó las cejas.

–Infidelidad, querido público, el fuego de la pasión, los tormentos del corazón –dijo Anabel como si le picara la lengua, mientras transportaba su cuerpo apretujado por la tela dorada sobre el escenario–. La emoción que destruye los nervios y saca nuestras emociones más profundas. Y cuéntenos, Maritza, ¿con quién está traicionando a su marido?

Maritza respiraba rápido.

–Con Alberto, un vecino del barrio –dijo con voz cortada y me señaló.

El público dejó escapar voces de incredulidad.

Me atraganté con mi propia saliva y tosí un par de veces. Me eché hacia atrás en el asiento. ¿Qué decía Maritza? ¿Ella y yo en una relación? ¿Por qué iba a decir algo distinto a lo planeado…?

Entonces entendí. Los productores buscaban espontaneidad, espectáculo. No querían algo acartonado. Seguramente Sigifredo le había dado instrucciones a Maritza para que cambiara el tema.

–Lo siento, papi –dijo Maritza mirando a su marido y se echó a llorar.

Wilson la examinó de arriba abajo y luego me clavó los ojos con una mezcla emociones que no logré descifrar. También estaba confundido.

–Después de las delicias de la traición vienen los remordimientos y el dolor –sentenció Anabel y caminó como una tigresa hacia mí–. ¿Qué tiene que decir el entrometido en esta bella relación de pareja?

Tardé un par de segundos en caer en cuenta de que se refería a mí. Ayudó el que una cámara se plantara a centímetros de mi cara.

–Ah, yo… yo… –no sabía qué decir. Pero recordé que estaba en juego la bonificación que nos habían prometido por dar un buen espectáculo. Además, quería impresionar a Juliana con mis dotes actorales–. Eh, así es la vida… son las cosas del corazón. Todo comenzó porque me veía con Maritza casi todos los días en el gimnasio y, de charla en charla, terminamos por acercarnos. Ella es muy atractiva y una cosa llevó a la otra…

Wilson no dejaba de mover su cabeza para mirarnos a Maritza y a mí. Los ojos se le salían del rostro. Actuaba bien.

–Así que mientras Wilson trabajaba en… también en el gimnasio, ¿no? –dijo Anabel.

Wilson asintió con la cabeza como si le pesara una tonelada.

–Mientras él se ganaba el sustento de su hogar –siguió Anabel–, usted aprovechaba para traicionar su confianza y acostarse con su mujer.

Maritza seguía llorando. Wilson se puso rojo. Su zapato derecho golpeaba el suelo sin pausa.

–Pues si se presentaba la ocasión la aprovechaba –dije con algo de duda.

–¿Disfrutó su relación con Maritza?

–Claro que la disfruté –dije automáticamente, guiado por el ímpetu de Anabel.

–Ayyyy… –Maritza soltó un grito de dolor en medio de su llanto–. Lo siento, papi, lo siento, te traicioné…

Wilson se levantó tirando su asiento hacia atrás y arrancó a correr hacia mí con los puños cerrados.

Mi corazón se paralizó.

(continúa…)

***

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El primer borrador de un cuento o novela

Foto de Sebastian Fissore  en Stockxchng.com

Foto de Sebastian Fissore en Stockxchng.com

Como se dijo en una entrada anterior del blog, es posible comenzar a escribir un relato a partir de una idea básica o a partir de un plan más elaborado (una lista o esquema donde figuren los personajes, los elementos y giros principales de la trama, con menor o mayor detalle, desde el comienzo hasta el final de la historia). 

Ya sea que tengamos una idea o un plan, el siguiente paso consiste en escribir el primer borrador de nuestra narración. Que sea el primer borrador quiere decir que no va a ser el escrito definitivo, sino la primera versión de varias.

Tener esto presente al momento a escribir nos trae un gran beneficio: nos quita de encima la presión de pensar que esa primera versión será lo que presentaremos, entregaremos, mostraremos, leeremos y/o publicaremos. A su vez, esto nos permite darle rienda suelta a la imaginación, concentrarnos en la creatividad, en el flujo de las ideas, sin preocuparnos por unos estándares de calidad públicos.

En la primera entrada de este blog se señaló que cuando uno quiere comenzar a escribir (como actividad general), es importante aprender a dejar que fluya la creatividad. Para esto se recomendaba escribir sin parar sobre cualquier cosa durante un determinado número de minutos al día, todos los días. En el caso del primer borrador de un escrito, de un cuento o una novela, aplica algo más o menos parecido. Debemos dejar que la escritura fluya sin parar, pero en este caso desarrollando la idea que se nos ocurrió para nuestra historia o siguiendo el plan que elaboramos previamente. Al limitar la creatividad la potenciamos, en este caso, circunscribiéndola a nuestra idea o plan para la historia. Si queremos escribir una narración de la literatura de entretenimiento o en todo caso una historia que no sea experimental, seguramente buscaremos una unidad narrativa, un comienzo, un final, un desarrollo, unos personajes definidos. Estos elementos, tratados en otras entradas de este blog, sirven de marco a nuestra creatividad y permiten presentarla en un orden comprensible para otros.

Así pues, al escribir el primer borrador no debemos detenernos por cuestiones menores de puntuación, por una duda ortográfica o algo así. Eso se revisará después. Tampoco es necesario que lo leamos para saber “qué tal nos está quedando”, pues quizás nos desanimemos al ver que el texto no es tan bueno como pensábamos y dejemos de escribirlo. Tampoco debemos frenarnos por pensamientos que nos sugieran que lo que estamos escribiendo no está quedando bien o cualquier otra idea por el estilo. Muchos escritores profesionales recomiendan terminar el primer borrador sin importar absolutamente nada de lo que se piense. Y lo recomiendan porque incluso ellos dudan sobre la calidad de lo que escriben en ese primer borrador. Pero como ya conocen el proceso de escritura, entonces hacen a un lado sus juicios y simplemente terminan de escribirlo.

Foto de Patrick Hoesly en Flickr.com

Foto de Patrick Hoesly en Flickr.com

Ese primer borrador, con todos sus defectos, errores y crudeza, es una base que se mejorará posteriormente. Incluso, el primer borrador puede considerarse como un plan detallado del cuento o novela que queremos escribir. Probablemente en algunos casos sea más que eso, pero, en general, ese texto será un herramienta para a partir de allí reescribir, una y otra vez, una versión mejorada de la historia.

Por eso el objetivo principal al comenzar a escribir un primer borrador no necesariamente será escribir una muy buena historia. El objetivo principal será terminarlo, para que luego sea posible mejorarlo, ahí sí con el objetivo principal de que sea la mejor historia posible con base en ese material y en las ideas adicionales que se nos ocurran.

Por todas estas razones, un primer borrador es mucho y a la vez es poco. Es mucho, porque sea lo que sea es una obra, una narración que independientemente de su calidad hemos terminado y podemos corregir. Terminar un cuento, una novela, así sea en un primer borrador, es un gran logro. Y a la vez es poco, porque es apenas una parte del trabajo que tendremos que realizar para tener algo que presentable, algo que se pueda mostrar. El trabajo de reescritura y corrección posterior nos tomará incluso mucho más tiempo que el de escritura original. En efecto, al leer el primer borrador quizás encontraremos que es necesario cambiar muchas cosas: corregir comas y gazapos, quitar un personaje, cambiar la forma en la que el protagonista logra sus objetivos, eliminar algunas escenas e introducir otras nuevas, escribirle un final o un comienzo mejor, en fin. Es posible incluso que tengamos que reescribir casi la totalidad del texto, pero ya lo haremos sobre una base y con una idea más clara de lo que queremos lograr.

Sin embargo, cuando leamos ese primer borrador después de terminarlo, las cosas que encontremos que estén mal, que no nos gusten, ya no serán una razón para detenernos, para desanimarnos, sino más bien un motivo para corregir, para mejorar nuestro escrito.  También encontraremos cosas buenas, por supuesto, que nos gustarán y que probablemente queramos ampliar o destacar. Incluso leeremos algunos de los pasajes y diremos: “¿Yo escribí esto? Qué bien”.

Con la práctica, algunos escritores desarrollan otros métodos. Algunos, por ejemplo, prefieren escribir con más pausa y hay incluso los que solamente comienzan la siguiente frase o página cuando han logrado una versión definitiva de la anterior. Pero estos escritores ya han llegado al punto en el que acceden a su creatividad fácilmente. Si estamos comenzando, es importante desarrollar o descubrir nuestra creatividad permitiéndole que salga restringida únicamente por la trama, por la idea que se nos ocurrió, por el estilo de historia que queremos contar, y no por las dudas, las preocupaciones ortográficas, la calidad del relato o factores semejantes.

Así que, a escribir y terminar ese primer borrador.

“Buenos” y “malos” en la literatura de entretenimiento

Foto de Taro Taylor en Flickr.com

Foto de Taro Taylor en Flickr.com

En gran parte de la literatura de entretenimiento seguimos a personajes que luchan en bandos opuestos, uno que podríamos denominar “bueno” y otro “malo”. Esta es una estructura básica de este tipo de literatura y conviene tenerla presente a la hora de crearla.

Encontramos policías que quieren impedir un crimen o encontrar a un asesino, detectives que pretenden recuperar algún elemento robado, héroes que buscan evitar que alguien detone una bomba, magos que se enfrentan a distintas fuerzas del mal, ciudadanos del común acechados por delincuentes, humanos del futuro que  combaten a extraterrestres para que no destruyan la Tierra, heroínas que hacen todo lo posible por conquistar el amor de su vida en contra de sus enemigos, en fin.

¿Qué es bueno y malo? ¿En qué se diferencia este enfoque literario de otros? ¿Por qué nos gusta leer y contar historias con un bando bueno y otro malo? ¿Cómo contamos estas historias? ¿Cómo complejizar esta estructura básica?

Foto de Lance Shields en Flickr.com

Foto de Lance Shields en Flickr.com

¿Qué es bueno y que es malo?

Responder esta pregunta va, por supuesto, más allá de los alcances de este blog. Pero sí podemos dar una definición que sirva para aplicar estas nociones a lo que nos interesa: la escritura y la lectura de literatura de entretenimiento.

Malo sería aquello que busca destruir o hacerle daño por intereses egoístas a una persona o una comunidad. Por ejemplo: un personaje en una novela mata a alguien para robarle dinero y comprar algo para uso personal. Su interés egoísta daña otra vida y también a la comunidad.

Bueno sería aquello que contribuye a mejorar o aumentar el bienestar de una persona o comunidad.  En este caso hay un interés en el bien común. Por ejemplo: el protagonista quiere encontrar al asesino. Su acción beneficia a la comunidad al evitar daños futuros a personas y familias.

Aunque la oposición “mal”/“bien” es simple, esa una más de las oposiciones de conceptos básicos que nos sirven a los humanos (o al menos a nuestra cultura) para guiar nuestra percepción, enmarcar nuestra experiencia y luego complejizar nuestra visión del mundo.

Lo bueno y lo malo son partes de un continuo. Probablemente no haya nada totalmente bueno ni malo. Al mismo tiempo, todas las personas tienen aspectos buenos y aspectos malos, en mayor o menor medida. Y las acciones particulares que a unos (a nosotros mismos, por ejemplo) les parecen buenas o, al menos, no malas, desde el punto de vista de otras personas pueden considerarse malas.

Pero nuestro mayor parte es “buena” y nos gusta tender al bien; tratamos de construir y contribuir, no de destruir. Y esto es así para la mayoría y, en general, para nosotros como especie, porque para sobrevivir como comunidad necesitamos construir, aportar, respaldarnos, mantener el orden social.

¿En qué se diferencia este enfoque literario de otros?

La oposición entre lo bueno y lo malo genera tensiones y se presta para una narración dinámica con un enfrentamiento entre dos bandos.

Otros tipos de literaturas o narraciones ni siquiera consideran estas categorías o las relativizan completamente. En ellas, el protagonista no lucha en contra de algo, sino que narra situaciones sin juzgar. Como consecuencia de esto los personajes pueden ser más reflexivos, escépticos o críticos, dándole énfasis más al razonamiento y no tanto a la acción con un determinado propósito.

Otro estilo de narraciones se va al otro extremo e intenta profundizar, aclarar, lo que es bueno y malo hasta el último detalle. Los protagonistas cuestionan e indagan a profundidad cierta acción, un crimen, por ejemplo, y entonces se asiste a una narración más enfocada en ponderar dilemas morales que en acciones basadas en una oposición.

Por su parte, en los relatos de la literatura de entretenimiento que utilizan esta oposición es posible indagar acerca del “bien” y el “mal”, pero no a profundidad, pues los personajes actúan en uno u otro sentido. El centro de la narración son esas acciones. Por ejemplo, en una novela se puede argumentar que un asesino en serie no es “malo en sí”, sino que cometió a esos crímenes por la violencia y el maltrato que sufrió durante su infancia. Pero el protagonista de todas formas debe detenerlo con urgencia para evitar que siga cometiendo estos crímenes, independientemente de los debates morales.

¿Por qué nos gusta leer y contar historias con un bando bueno y otro malo?

No nos gusta que nos hagan daño y tampoco nos gusta que le hagan daño a otra persona que vive una vida normal. Por eso nos identificamos con y admiramos a quienes evitan este tipo de acciones, capturan a los responsables o luchan de cualquier manera por el bienestar de la comunidad (ciudad, país, mundo). Nos gusta hacerles fuerza para que logren este objetivo.

Al identificarnos con el personaje, lo acompañamos en luchas que quizás no tengamos la oportunidad de vivir, pero que nos llaman la atención o nos emocionan. Seguramente nosotros no tendremos la oportunidad de saltar del piso 30 de un edificio hasta un helicóptero para desactivar una bomba que va a destruir una ciudad. Pero nos gusta escuchar una historia así porque es emocionante, diferente, novedosa y nos identificamos con el propósito del protagonista. Quizás no vivamos para enfrentar a una raza extraterrestre que quiera destruir la tierra, pero nos identificamos con la idea de que nuestra especie sobreviva.

Con este tipo de literatura reafirmamos nuestros valores morales, exteriorizamos el bien y el mal y pasamos un buen rato al seguir las aventuras de sus protagonistas. A veces no queremos abrumarnos con dilemas morales complicados o cuestionar todo, sino simplemente queremos una historia entretenida, que cree resonancia con nuestra visión del mundo.

¿Cómo contamos estas historias?

Como se mencionó anteriormente en este blog, una de las estructuras básicas de la narración en la literatura de entretenimiento consiste en colocar a los personajes ante obstáculos o problemas que deben superar (Las historias que contamos, Desarrollo de un cuento, ¿Qué es la trama?). En el caso de los “malos”, ellos le colocan o amenazan con colocarle un obstáculo o un problema a una comunidad o persona. Por ejemplo, alguien que quiera detonar una bomba para obtener dinero a cambio está obstaculizando el propósito de la comunidad de vivir en paz.

El protagonista, por su parte, intentará resolver este problema, superar este obstáculo, para beneficio de la comunidad.

En esta tensión entre los objetivos opuestos de los dos bandos se desarrolla la historia, puntuada por diferentes enfrentamientos o avances progresivos, que eventualmente se resuelven al final, cuando vence uno de los bandos, en general el del protagonista.

Por supuesto, no es necesario escribir que tal personaje es “bueno” o “malo”. Los pensamientos, las palabras, los planes y las acciones de los personajes son los que le indican al lector, de forma a veces directa y a veces indirecta, que ellos hacen parte de determinado bando. Tampoco es necesario que el autor revele inmediatamente a qué bando pertenece cierto personaje, lo que le permite aumentar el suspenso o generar sorpresas más adelante.

Foto de Alex de Carvalho en Flickr.com

Foto de Alex de Carvalho en Flickr.com

¿Cómo complejizar esta estructura básica?

Es posible crear variantes en esta estructura básica para que la narración sea más compleja e interesante, sin necesidad de relativizar o cuestionar todo.

Por ejemplo, es posible que los “buenos” realicen acciones “malas” y viceversa. Veamos algunas circunstancias en las que esto ocurriría:

- Los seres humanos cometemos errores. Una acción, un error, puede tener consecuencias negativas y puede interpretarse como una acción mala por parte de otros personajes. Además, esta acción le puede crear dilemas morales a quien la realizó e incluso alterar el curso del relato. Por ejemplo: el protagonista, un policía, le dispara por error al testigo de un crimen. Los demás policías pueden sospechar de él y además se verá afectada la investigación del delito. El policía debe lidiar con el hecho de haber matado a alguien inocente.

- Las acciones “malas” también pueden provenir de dificultades por las que atraviese el personaje. Por ejemplo, la esposa de un detective lo abandona. Debido a esto, el detective atraviesa una depresión y deja de capturar a delincuentes peligrosos. El detective se enfrenta así tanto a sus problemas como a los delincuentes que debe capturar.

- A veces es necesaria una acción “mala” para lograr un bien mayor. Por ejemplo, el protagonista debe decidir si tortura a alguien que escondió una bomba que va a matar a miles de personas. Este tipo de dilema, a otra escala, lo vemos a diario en las noticias: ¿Hasta dónde pueden entrometerse las agencias de seguridad en la vida privada de los ciudadanos para proteger a la comunidad? O, más en general, ¿hasta dónde pueden afectarse los derechos individuales para proteger a la comunidad? Otro ejemplo: a veces el protagonista debe tomar la ley en sus manos para resolver un crimen y limpiar su nombre porque la policía sospecha erróneamente de él. En diferentes circunstancias los personajes pueden tener que enfrentarse a la situación de usar algo de “mal” para vencer al “mal”.

- Alguien puede forzar, chantajear o extorsionar a un personaje para que realice una acción mala. En tal caso el personaje deberá ponderar las consecuencias de realizarla o no.

Otras formas en las que se complejiza esa estructura:

- Desde su punto de vista, el malo puede considerar que lo que hace es “bueno”, que beneficia a la humanidad, cuando en realidad le hace mal. Por ejemplo: alguien quiere destruir un país o un grupo humano porque cree erróneamente que beneficiará a toda la humanidad.

- Hay diferentes motivaciones para hacer el bien y el mal. En la novela se pueden explorar sin volverlas el centro de la historia. También es posible explorar el costo de hacer el bien, pues el protagonista muchas veces arriesga su vida en beneficio de la comunidad.

- Al interior de cada bando puede haber personajes con dudas sobre si lo que hace su bando (o el personaje principal de su bando) es realmente bueno o malo. Esto le añade complejidad al relato y crea tensiones adicionales.

-También es posible que un personaje de un determinado bando actúe por egoísmo o remordimiento en beneficio del otro bando. Por ejemplo, un policía quiere poder y fama y termina dejando escapar a un delincuente. El protagonista debe lidiar con ese policía y además capturar al criminal.

El mal en cualquiera de estas formas no se relativiza del todo ni tampoco paraliza al protagonista o lo hunde definitivamente. En la literatura de entretenimiento, en general, el protagonista se redime de los aspectos negativos propios o de su bando para vencer el mal. Y en esta lucha también nos vemos reflejados.

Una parte no tan abundante de la literatura de entretenimiento también narra historias desde el punto de vista de los criminales, de los “malos”. Estas historias nos llevan a una exploración de ese mundo y nos satisfacen de diferentes maneras.

- Por ejemplo, algunas narraciones retratan a ladrones o, mejor, a ladronzuelos a quienes las cosas no les salen muy bien. Además, sus crímenes o planes de crímenes no son muy graves. Estas narraciones crean situaciones cómicas y podemos burlarnos de los “malos”.

- Otros relatos no son tan humorísticos, pero retratan a criminales algo inexpertos o con remordimientos, que pueden terminar enfrentándose a delincuentes más profesionales y peligrosos. El lector explora el lado del mal, pero a la vez acompaña a delincuentes de poca monta, en su enfrentamiento con gente realmente peligrosa. 

***

La oposición del bien y el mal es simple en apariencia, pero genera innumerables posibilidades de historias gracias a la tensión que produce tanto entre bandos contrarios, como al interior de cada uno de ellos y de los mismos personajes. Es una oposición que puede generar acción, que identificamos fácilmente y que nos afecta como personas.

Como lectores, disfrutamos al ver la interacción de estas fuerzas y encontramos una resonancia con nuestros valores, preocupaciones, miedos, a la vez que pasamos un buen rato. 

Secretos mortales (novela corta de suspenso)

Portada de Secretos mortales

Novela corta “Secretos mortales” de Santiago Restrepo

¿Si tu ser querido se involucrara con delincuentes sin saberlo?

¿Si tu pareja guardara un secreto de amenazas?

¿Si tuvieras que escapar de matones que buscan su fortuna?

***

Hay secretos que duelen, secretos que hieren y… secretos que matan. Ana Milena y José Luis, jóvenes esposos, tienen una buena relación y progresan como profesionales, ella como actriz y él con planes de abrir su propia agencia de publicidad. Aparentemente la vida les sonríe. Pero uno de ellos esconde un secreto que arrastra un enorme peso del pasado, un secreto de delincuencia, amenazas y dinero, que se revelará en una noche en la que ambos pondrán a prueba la fortaleza de su relación y lucharán por sus vidas.

A continuación el comienzo. Está disponible en cualquiera de las tiendas online de Amazon (Amazon.com, Amazon.mx, Amazon.es).

Secretos mortales

A punto de insertar una llave en la cerradura, el ruido de un golpe en el interior del apartamento me frenó en seco.

Mi corazón se saltó un latido. ¿Quién estaría adentro? ¿Un ladrón? Imposible. El edificio era seguro. Un vigilante cuidaba a toda hora la entrada principal. Además, no veía señales de que la puerta hubiera sido forzada.

Quizás Ana Milena, mi esposa, había llegado antes de lo previsto para darme una sorpresa. Era viernes y me había llamado a mediodía para avisarme que llegaría a las siete de Girardot, donde entresemana grababa una telenovela. Yo me había volado de la oficina a las cuatro y media para comprar algunos ingredientes y cocinarle comida italiana, su favorita.

Metí la llave, giré la chapa y empujé la puerta.

­–¡Hola, amor, ya lleguee-eé! –llamé con entusiasmo.

Nadie respondió.

Me encogí de hombros. El ruido habría salido del apartamento vecino o de algún objeto mal acomodado.

Alcé las bolsas con las compras y caminé desprevenido por el corto corredor de entrada.

Giré a la izquierda para atravesar el comedor hacia la cocina.

Una sombra negra se me echó encima.

Mi respiración se cortó. ¿Qué era…?

Una mano agarró mi camisa y un puño se movió veloz hacia mi cara.

Levanté un brazo por reflejo, pero apenas desvié el puñetazo que aterrizó con fuerza en el costado izquierdo de mi cabeza.

Todo se nubló, el dolor se expandió por mi cráneo y caí al suelo.

El tipo, vestido de negro y encapuchado, se me acercó.

Me cubrí la cara con los brazos a la espera de un golpe.

Pero el tipo siguió de largo.

Apoyé las manos sobre el tapete y levanté el torso. La figura de negro salía al balcón por la puerta de vidrio del comedor.

Me incorporé. Mi cuerpo se fue de costado. Me agarré de la mesa con ambas manos y esperé un segundo. Miré hacia el balcón. Ya no había nadie.

Salí y me asomé por encima de la baranda. El hombre corría calle abajo a unos veinte metros. Desde donde vivíamos, en el segundo piso del edificio, solo había necesitado un salto de un par de metros para escapar.

Lo observé desconcertado un momento, hasta que reaccioné y saqué el celular del bolsillo. Llamé a la policía.

–Línea de emergencias de Bogotá –me contestó una voz templada.

–Mire… eh, un tipo, un ladrón entró a mi apartamento… –dije agitado–, me atacó y acaba de escapar…

El operador tomó mis datos y me hizo algunas preguntas. A medida que pasaban los segundos me fui calmando y me di cuenta de que sería inútil que la policía lo buscara. La carrera séptima quedaba a pocas cuadras del edificio y para el intruso sería muy fácil desaparecer allí, si es que un cómplice no lo había recogido ya.

De todas formas no interrumpí al operador, quien me informó que dos patrulleros acababan de salir en busca de alguien con las características descritas y que luego pasarían por el edificio.

Le di las gracias y colgué.

En ese momento volví a notar el dolor que se expandía por mi cabeza, justo arriba de mi sien izquierda. Me sobé con una mano y noté una inflamación. El maldito tipo me había dado duro. Tendría que ponerme hielo.

Entré al comedor y vi las bolsas de supermercado tiradas en el piso. La mantequilla y el paquete de pasta se habían salido. Recogí todo y lo llevé a la mesa auxiliar de la cocina. Saqué unos hielos del congelador y los envolví en un trapo. Hice presión con él sobre el lugar del golpe.

Una duda apareció en mi mente y regresé al balcón. Miré hacia abajo. No era difícil trepar el muro lateral del antejardín del edificio. Desde ahí una persona ágil podría saltar hasta nuestro balcón. Al ser el barrio tan tranquilo, nadie se había percatado de esa falla elemental de seguridad.

A continuación, examiné la puerta corrediza que conectaba el comedor con el balcón. No exhibía rastros de violencia. Seguramente yo mismo la había dejado sin seguro. Solté un suspiro profundo.

Entré de nuevo al apartamento. Quería mirar qué había robado el hampón. No recordaba haberle visto algo en las manos o un morral en la espalda.

Inspeccioné el estudio. Los dos computadores seguían en su sitio. En el cuarto donde Ana Milena y yo dormíamos no encontré desorden ni cajones abiertos. Al parecer no faltaba nada.

Quince minutos más tarde llegaron los patrulleros y bajé a hablar con ellos. No habían encontrado al intruso. Arnulfo, el portero y vigilante de turno, no se había dado cuenta de nada y mostró una preocupación exagerada. Les conté detalles de lo sucedido y miramos los videos de seguridad. En uno de ellos se veía al tipo trepando por el muro lateral, como lo supuse. Cinco minutos después, según el tiempo registrado por las cámaras, el intruso saltaba y escapaba. Me rasqué la cabeza. ¿Qué había hecho durante cinco minutos en nuestro apartamento? Los ladrones por lo general no pierden un segundo. Este ni siquiera había desenchufado los computadores o escarbado en los cajones. Muy extraño.

***

Decidí no contarle nada a Ana Milena ese día para no recibirla con una mala noticia.

Llegó poco antes de las siete, dichosa aunque cansada. Mientras se bañaba para refrescarse del viaje, le di los últimos toques a la pasta, preparé una entrada de pan con mozzarella y jamón y serví dos copas de vino tinto. Llevé la entrada y el vino a la sala en una bandeja, que coloqué sobre la mesa de centro, tras apartar un pato de bronce y una matera.

Ana Milena volvió a la sala radiante y con ganas de hablar. Brindamos y me contó que, según algunas encuestas, su personaje en la telenovela ganaba popularidad entre la audiencia y que por ello el canal le daría más despliegue. Entusiasmada, me narró detalles de las grabaciones y otras cosas que ocurrieron en Girardot durante la semana.

Al escucharla hablar con esa pasión me sentí muy contento por ella. Cuando Ana Milena y yo nos conocimos, tres años atrás, ella había abandonado la actuación tras una ruptura dolorosa con su anterior pareja. Pero yo la animé a que retomara su profesión con ímpetu y ahora, tras muchos castings, roles pequeños, cientos de ensayos y días y días de incertidumbre, ese papel en la telenovela parecía ser el salto definitivo en su carrera.

Tras unos minutos más de charla, pasamos al comedor y serví la pasta. Mientras comíamos, le conté algunas cosas sobre la campaña de publicidad en la que trabajaba para una marca de chocolates.

Pero en la mitad de una frase me detuve y me quedé mirando al vacío con un poco de pasta enrollada en el tenedor.

–¿Qué te pasa, amor? –me interpeló Ana Milena.

–¿Ah? No, nada, ¿por qué? –dije apartando el recuerdo del puñetazo del intruso. Ingerí el rollo de pasta.

–Te noto distraído –dijo frunciendo el ceño–. Algo te pasó. ¿Es la oficina? ¿Tu jefe otra vez?

–No, no. No es nada, amor. Me distraje un segundo.

–Yo sé que algo te pasa, ¿qué es?

Ana Milena no se detendría hasta averiguar qué me ocurría. Tomé aire y decidí contarle de una vez.

–Esta tarde se metió un ladrón al apartamento –dejé el tenedor sobre la mesa.

–¿Cómo? –Ana Milena dio un respingo en el asiento.

–Sí, esta tarde, como a las cuatro y media.

Le conté todo lo sucedido, desde que llegué con las compras hasta que el tipo me golpeó y escapó.

–¿Seguro que estás bien? Déjame ver –dijo preocupada. Se levantó y se acercó a mí.

–No es nada, amor, solo fue un golpe. Pudo ser peor.

Me escarbó en el pelo y me sobó. Ya casi no me dolía.

–¿Por qué no me dijiste antes? –reclamó molesta.

–No quería recibirte con esa mala noticia. Te iba a contar mañana.

Esperé una protesta, pero no dijo nada. Se quedó mirando al techo y se mordió el labio inferior.

–¿Qué pasó, preciosa?

–No, nada… angustia. Te hubiera podido pasar algo peor… y, bueno, también me da miedo. ¿Me dices que el tipo no se llevó nada? –Se sentó de nuevo.

–Eso es lo raro –dije un poco extrañado por la pregunta–, no se llevó nada y estuvo como cinco minutos dentro del apartamento.

–¿En serio? –Ana Milena tomó la copa de vino y bebió un gran sorbo.

–Sí, una de las cámaras lo grabó al subir y bajar del balcón. En todo ese tiempo ni siquiera hurgó en los cajones o movió los computadores.

Ana Milena se llevó una mano a la mejilla. Sus ojos me miraban pero su mente se había ido a otra parte

–¿No te parece raro? –insistí.

–A lo mejor quería revisar primero para encontrar algo de más valor.

–Pero todo estaba en orden, como si no hubiera movido nada. Y hay otra cosa, cuando yo entré al apartamento el tipo estaba en la cocina o en el comedor, porque me atacó ahí, junto a esa pared –Señalé el lugar–. No estaba en el cuarto o en el estudio, donde cualquiera sabe que hay cosas más valiosas… ¿Estás bien? Te veo pálida.

–No… sí. Es que… como que hasta ahora caigo en cuenta del peligro… una cosa es que me lo digas y otra darse cuenta, sentirlo…

–Claro, te entiendo –dije, aunque en realidad estaba algo confundido por sus reacciones. Preferí callar durante un tiempo para que asimilara mejor la noticia.

Comí algunos bocados de pasta con parsimonia, hasta que se me ocurrió que la situación daba pie para plantear un tema delicado. Sabía que a Ana Milena no le gustaría. Pero lo del intruso tendría que hacerla cambiar de opinión.

***

Bebí un trago de vino, respiré hondo y dije:

–Amor, el problema de este apartamento es que al estar en el segundo piso, con el balcón, no es muy seguro. Yo sé que te encanta, pero con lo que pasó hoy y con lo bien que te está yendo en la telenovela podríamos pensar en un cambio, en conseguir algo mejor en otra parte. Un sitio más seguro y hasta más grande…

–¡No! –gritó Ana Milena.

La mano me tembló y casi tumbo la copa. No esperaba una respuesta afirmativa, pero tampoco un grito.

–Perdona, amor, estaba pensando en otra cosa –dijo Ana Milena al ver mi reacción–. Pero igual tú ya sabes lo que pienso. Este barrio es bonito y el apartamento es ideal para nosotros, tiene justo el espacio que necesitamos.

Cuando la conocí, Ana Milena ya vivía allí. Durante los tres años que llevábamos casados nunca había querido mudarse, a pesar de que buena parte de nuestros ingresos se iba en pagar el exorbitante arriendo, acorde con los precios de una de las zonas más costosas de la ciudad, las faldas de los cerros orientales de Bogotá.

–¿Te parece ideal pagar todo lo que pagamos para que además ahora se nos entren los ladrones? –dije entre molesto y asombrado por su terquedad.

Ana Milena chasqueó su lengua.

–Tú ya sabes que este apartamento me gusta –dijo.

Exhalé con fuerza. Como siempre que discutíamos el tema, Ana Milena huía de los argumentos y se atrincheraba en un gusto irrebatible, un capricho.

–¿Acaso cuánto tiempo quieres que sigamos acá? –dije con fastidio–. Ya son tres años de privarnos de otras cosas por pagar este maldito arriendo. Ya es hora de cambiar, de variar, de encontrar algo mejor.

Ana Milena no respondió. Miró el plato y apoyó la punta del tenedor en él.

Pensé en decirle algo, en provocarla incluso. Pero me arrepentí. Suspiré hasta el fondo de mis pulmones y me tragué mi frustración.

Volví a la pasta. Escarbé con el tenedor sin armar un bocado.

Pasaría un minuto cuando Ana Milena habló en tono sereno:

–¿Sabes qué, amor? Tienes razón. Puede ser que haya llegado el tiempo de un cambio. Pero te propongo una cosa: déjame hacerme a la idea y hablemos del tema en un par de semanas con más calma. ¿Te parece?

No daba crédito a mis oídos. ¿Acababa Ana Milena de salir de su reducto? ¿Iba a cambiar de posición así no más? ¿O simplemente me estaba dando largas? Opté por seguirle la corriente para luego cobrarle sus palabras.

–Excelente, amor, me parece muy bien –dije con entusiasmo–. Dos semanas es un buen tiempo. Vas a ver que encontraremos algo mejor. Mientras tanto, ya esta tarde llamé al presidente de la junta de administración y me dijo que mañana mismo van a instalar una reja en el muro.

Ana Milena arrugó las cejas.

–¿Mañana? Mañana no, José Luis. Mañana es sábado, es día de descanso. Quiero estar tranquila. Cancélalo, que lo hagan la próxima semana.

–Pero… amor, no podemos dejar eso así.

–El tipo no va a volver en estos días, no te preocupes. No voy a gastarme el fin de semana aguantándome una obra aquí al lado, el ruido, el polvo, en fin. No. Tengo dos días en Bogotá y los quiero disfrutar en paz. Que lo hagan entresemana.

Ana Milena no cedería. Ya le conocía el tono. Al parecer había remplazado un capricho por otro.

Debió captar mi molestia, porque suavizó su voz:

–Amor, en vez de discutir, ¿por qué no nos tomamos unos vinos y nos concentramos en nosotros dos? ¿Te parece?

Parpadeé varias veces.

–Claro que sí, maravilloso –dije relajándome un poco.

Terminamos la pasta despacio y pasamos al sofá de la sala.

Sin embargo, lo que debió ser una charla tranquila y romántica, terminó siendo algo muy diferente.

***

Nos tomamos la primera copa de vino despacio. Hablamos de nuestras familias, de amigos en común y de una comida que estábamos planeando para el siguiente fin de semana en nuestro apartamento.

Ana Milena se tomó la segunda copa de vino como si fuera agua y la tercera le dio paso a una expresividad extraña:

–¡Te amo, tienes que saber que te amo! –dijo abrazándome–. Puede que tengamos momentos de dificultad pero yo, contigo… eres alguien que me ha entendido muy bien. Realmente. No olvides eso, amor.

–Yo también te amo, preciosa.

–¡Siempre te voy a amar! Te perdonaría muchas cosas, ¿sabes? Eso no quiere decir que hagas algo malo. No, no, pero te perdonaría. Es cuestión de entenderse.

–¿Cómo así? –dije arrugando las cejas.

–No, nada, amorcito… que perdonar es amar. Y yo te amo. Es bonito lo que hay entre los dos, nunca lo olvides. Nos amamos. Hay que seguir construyendo y superar todos los retos. Eso es lo importante. Si pasan cosas o han pasado, es otra cosa, ¿cierto, amor?

Respondí afirmativamente, aunque con la cabeza enredada. Le pregunté por qué me hablaba así, si acaso quería contarme algo. Ignoró mi pregunta y continuó en la misma tónica.

Traté de que no tomara más, pero fue en vano. Me tocó apurar algunas copas de vino para que no terminaran en su estómago.

En medio de unas palabras sobre la vida, Ana Milena me dijo que estaba cansada y se acostó en el sofá. Murmuró algunas cosas entre dientes y quedó profunda.

Sin entender muy bien qué acababa de pasar, esperé unos minutos hasta que estuvo bien dormida, la alcé y la acosté en nuestra cama. Le quité los zapatos, el saco y la arropé.

Fui hasta la cocina y me serví un vaso de agua. Pensé en acostarme también, pero ahora era yo el que se sentía intranquilo.

***

Caminé un rato por el apartamento y luego me senté en uno de los sillones de la sala.

Me desconcertaba el comportamiento de Ana Milena. Lo pensativa que se había mostrado durante la comida y la expresividad rara de la charla posterior. Además, había bebido demasiado rápido, algo poco característico en ella. Y el reencuentro romántico, algo muy esperado por ambos todos los viernes, había terminado en un sueño tempranero.

Quizás lo del ladrón la había afectado… Pero eso no explicaría sus extrañas frases sobre el perdón, sobre nuestro amor, como si quisiera asegurarse de que la seguiría queriendo en caso de que algo ocurriera… o hubiera ocurrido.

¿Acaso me estaría siendo infiel? Mi estómago se revolvió ante la posibilidad. Y no es que yo fuera celoso, pero a veces era inevitable pensar en eso durante los días en que Ana Milena se ausentaba. No me resultaba fácil pasar los días encerrado en el piso 30 de un edificio en la fría Bogotá, mientras ella filmaba escenas en vestidos cortos bajo el ardiente sol de Girardot. Tampoco era agradable llegar al apartamento de noche, prender el televisor y verla coqueteando o incluso besándose con los galanes de la telenovela.

Pero, independientemente de lo duro del asunto, yo entendía plenamente su profesión, la respaldaba al cien por ciento y viceversa. Nuestra relación era sólida y no existían motivos reales para celarnos. Además, nuestra comunicación era excelente cuando ella viajaba a Girardot.

Si no era una infidelidad, ¿entonces qué ocurría?

Quizás lo del robo la había alterado en un nivel distinto. Una situación así puede impactar negativamente la sensación general de seguridad. Es más, a lo mejor yo también me sentía inseguro por eso mismo y dudaba de comportamientos o palabras de Ana Milena que, aunque raros, en otra circunstancia habría pasado por alto.

Sonaba lógico, pero algo me decía que no se trataba de eso. Algo me inquietaba y lamentablemente era el asunto de una posible infidelidad. Y es que en los raros momentos en los que irrumpía esa idea, siempre resurgía un elemento del pasado de Ana Milena que terminaba proyectando su sombra sobre el presente.

Valga la pena aclarar, eso sí, que el pasado nunca importó en nuestra relación. Desde el comienzo acordamos no hablar mucho de las uniones anteriores de cada cual y creo que eso fue positivo. Pero algo de lo poco que ella me había contado alimentaba mis dudas.

Ambos estuvimos casados antes de conocernos. O mejor, ambos compartimos nuestras vidas con otras personas. Ella vivió con alguien en unión libre y yo estuve casado por lo civil. Ana Milena conoció a su expareja, Julián, un empresario, en un bar de la Zona Rosa, una noche en la que salió con sus compañeras de universidad. En ese entonces, a ella le faltaban dos años para terminar su carrera de Actuación y Medios de Comunicación y, tras unos meses de noviazgo, se fueron a vivir juntos. La relación fue buena al comienzo, pero, según me contó Ana Milena, con el tiempo se fue deteriorando, al punto en que durante el último año ella estuvo segura de que él le fue infiel en repetidas ocasiones. Sin embargo, eso no terminó la relación. El final definitivo se produjo cuando él se trasladó a la costa norte por razones de trabajo y ella decidió no acompañarlo. En total duraron casi cuatro años entre noviazgo y convivencia. Eso era prácticamente todo lo que yo sabía.

Lo único que no me cuadraba de esa historia era que una mujer bonita, independiente y con carácter, como Ana Milena, se aguantara un año de infidelidades. ¿Por qué no le terminó si sabía que él le era infiel? ¿O es que acaso ella le correspondía con amoríos propios? ¿Por qué conmigo se mostró tan firme al advertirme que no toleraría ese tipo de comportamiento cuando antes no le importó tanto? Nada de eso me cuadraba y no lo entendía.

A cambio de dejar el pasado atrás y construir nuestro futuro, nunca le formulé esas preguntas a Ana Milena. Para mí bastaba la confianza mutua. Pero cuando esa confianza se debilitaba, como ahora que la notaba tan rara, las dudas reaparecían.

Barajé teorías durante media hora, hasta que me cansé y decidí irme a dormir con la esperanza de que al día siguiente el panorama se aclarara.

***

El sábado Ana Milena amaneció animada y me dijo que aprovecháramos el día soleado con un paseo por la Sabana. Me sorprendió su cambio de actitud y lo acepté agradecido, sin preguntar a qué se debía.

Salimos en su carro y sin mucho planear paramos a comer pandeyucas por el camino, almorzamos en un restaurante campestre de carnes a la parrilla y llegamos a Guatavita a media tarde, donde caminamos, tomamos tinto y comimos merengón y brevas con arequipe. Al regreso, Ana Milena insistió en que pasáramos por un centro comercial, donde miró vestidos en una tienda de ropa, pero finalmente no compró nada. Llegamos al edificio a las siete y media de la noche, rendidos y con ganas de descansar.

Parqueamos en el sótano, nos bajamos y caminamos hacia el ascensor. Un sonido de pasos a la derecha llamó mi atención. De entre otros carros parqueados salía un tipo vestido con chaqueta de cuero café y camisa blanca de rayas. Hablaba por celular y en la otra mano llevaba una botella de vino.

Aparté la mirada y oprimí el botón del ascensor.

–Me acabo de bajar, Tatis –decía el tipo por el celular–. Ábreme que ya voy subiendo. Ya vienen Julio y Manuela. Chao.

Las puertas se abrieron y entramos. Hundí el 2 y el tipo el 3.

El ascensor se detuvo en nuestro piso y bajamos.

–Estoy cansada –dijo Ana Milena con una sonrisa y puso una mano en mi hombro.

–Yo también. Pero la pasamos rico.

–Sí, amor.

Inserté la llave en la cerradura y abrí.

Prendí la luz, hice seguir a Ana Milena y cerré la puerta al entrar.

Pasamos el corredor de entrada. En la sala, Ana Milena dejó caer su cartera en el sofá. Yo me quité la chaqueta y la puse sobre un sillón.

Dos personas saltaron hacia nosotros desde la oscuridad del comedor apuntándonos con pistolas.

Mi corazón estalló. Di dos pasos a la derecha y me coloqué delante de Ana Milena.

–¡Quietos! ¡Quietos o disparamos! ¡Callados! –dijo duro uno de ellos.

Levanté el brazo izquierdo mostrándoles mi palma vacía.

–Tr…, tranquilos, tranquilos –dije nervioso–. No nos hagan nada, llévense lo que quieran.

–Callado, ¿no entendió? ¡Callado! –dijo el más alto de los dos, un calvo corpulento, de aspecto atlético.

Ambos se acercaron a menos de dos metros de nosotros.

Ana Milena y yo retrocedimos hasta que tocamos el sofá.

–Eso sí, calladitos –siguió el calvo, al parecer el líder–. No vayan a hacer ninguna estupidez si no se quieren ganar un tiro. Siéntense.

Ana Milena soltó un sollozo. La ayudé a sentarse.

–Tranquila, amor –le dije con voz débil y temblorosa.

–Eso sí, muy bien –dijo el calvo–. Y usted tranquila, que ya sabe que esto no es con usted. Wílmer, la puerta.

¿Ya sabe que esto no es con usted? ¿Le hablaba a Ana Milena? Debí entender mal.

El otro tipo, de pelo negro crespo, nariz gruesa, cuerpo ancho con más grasa que músculos, dio unos pasos hacia la puerta y la abrió.

El hombre de la chaqueta de cuero que había subido con nosotros en el ascensor entró con una actitud determinada, muy distinta a la del visitante de reunión social que fingió ser antes. Ya no era un yuppie que iba a una comida a tomarse unos vinos, sino un hampón con una ligera barba negra, quijada gruesa, pelo corto engominado, alguien de buena familia metido en malos pasos desde hace tiempo. Al pasar por el corredor dejó la botella de vino sobre una mesita alta y angosta.

–Bien, Roberto, muy bien –dijo el calvo y luego le habló al bajito corpulento–. Wílmer, requíselos. A la señorita solo el bolso. Se ve que no esconde nada en eso que lleva puesto.

El vestido verde ajustado al cuerpo de Ana Milena dejaba sus hombros y parte de sus muslos al descubierto.

Wílmer apretó los labios. Pasó su mirada por todo el cuerpo de Ana Milena. Pero no se le acercó. Levantó la cartera de un tirón, sacó varias cosas de un manotazo y las examinó. Vació el resto de cosméticos y objetos personales sobre el sofá. Botó la cartera y lo que tenía en la mano al piso.

–Nada, solo pendejadas –dijo Wílmer.

El calvo me indicó que me pusiera de pie. Así lo hice y Wílmer me palmeó la camisa, la cintura y los tobillos.

Al finalizar asintió con su cabeza de marrano en dirección al calvo. Wílmer no solamente era el de más bajo rango entre los tres, sino también el más ordinario, tanto en su comportamiento grosero como en su forma de vestir: pantalones de tela gris barata y una camisa marrón de cuadros medio cubierta por una chaqueta de tela gastada y sucia.

(continúa…)

***

Foto de Santiago Restrepo

Foto de Santiago Restrepo

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Los invito a leerla y espero que disfruten leyéndola tanto como yo disfruté escribiéndola.